
Clásico·Sátira
El fantasma de Canterville
Oscar Wilde
El espectro más temible de la aristocracia inglesa se enfrenta a su peor pesadilla: una práctica familia estadounidense imposible de asustar.

“Un sacerdote devoto llega a una remota hacienda gallega donde el salvajismo, la pasión y la decadencia desafían toda redención.”
Enviado a los agrestes montes gallegos para poner orden en la hacienda de don Pedro Moscoso, el joven y tímido sacerdote don Julián descubre un caserón señorial devorado por la incultura y la desidia moral. Lejos de la aristocrática nobleza que imaginaba, los Pazos de Ulloa se han convertido en un feudo brutal dominado por instintos primitivos, caciquismo y pasiones clandestinas. Decidido a redimir al señor feudal y civilizar la finca, Julián intentará concertar un matrimonio decente, sin sospechar que las fuerzas telúricas de la violencia y el aislamiento consumen inexorablemente a quienes osan purificar las sombras del linaje.
“¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa del señor marqués de Ulloa?”
“El tío —exclamó, doblando la carta— siempre tan guasón y tan célebre....”
“Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo que no con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos.”
“Otra vez haga el favor de dar dos golpes en la puerta antes de entrar....”
“«La Henriada, poema francés, puesto en verso español: su autor, el señor de Voltaire...».”
“Julián se refugió en su cuarto, adonde hizo subir, medio arrastro, al niño, para la lección acostumbrada.”
“En suma, allí se juntaba lo más granado de la comarca, faltando sólo el marqués de Ulloa, que vendría de fijo a los postres.”
“Es que yo siempre lo tuve a usted por un bienaventurado, como nuestro patrón San Julián..., pero esto pasa de castaño oscuro....”
“¡Dios sobre todo! —murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitar un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.”
“No, no era Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien lo arrojaba del paraíso....”
“La casta de los señores de Pardo es muy saludable, gracias a Dios....”
“Abrió: era Rita, en chambra, con un pañuelo de seda atado a lo curro, luciendo su hermosa garganta descubierta.”
“No lo diga usted dos veces —insistió el señor de Ulloa, impulsado por voces de su conciencia, que en aquel momento se dejaban oír claras y apremiantes.”
“Por lo mismo —declaró un día delante de su mujer— vamos a tomar soleta pronto.”
“Creo... —tartamudeó atragantándose—, creo que... de Sabel, la que guisa estos días.”
“En la cumbre amarilleaba a la luz del sol poniente un edificio prolongado, con torre a la izquierda, y a la derecha un palomar derruido, sin techo ya.”
“Su devoción había vuelto, no a renacer, pues no muriera nunca, pero sí a reavivarse y encenderse.”
“Si yo estuviese en el pellejo del Felipe... ya le quiero un recado a don Pedro.”
“Sabel la sirvió en persona, por hallarse aquel día muy ocupada Filomena, la doncella, que acostumbraba atender al comedor.”
“La encuentro a usted con muy buen semblante, señorita —dijo el capellán mintiendo como un bellaco.”
“«Delirios impuestos por la naturaleza con muy sabios fines», explicaba Juncal.”
“Extraño no, pues vivía unido espiritualmente a la familia por el respeto, por la adhesión, por la costumbre.”
“¡Valiente cosa para tanto alboroto! —exclamó el marido encogiéndose de hombros.”
“Señorita..., a don Máximo Juncal, que no piensa más que en política, todo se le vuelve hablar de eso; pero mire usted, en cada tiempo hay su legua de mal camino....”
“¡Así Dios me salve y me dé la gloria como es verdad! —clamó el hocico de ratón, poniendo el semblante más compungido del mundo.”
“Entró un día en la punta de los pies, y sin ser sentido fue arrimándose a la cuna.”
“Antagonistas perpetuos, su lucha, como la de los dictadores romanos, no debía terminarse sino con la pérdida y muerte del uno.”
“Por entonces, la pasión política sacaba partido hasta de la estatura, del color del pelo, de la edad.”
“¡Ah!, sí, la muchacha ésa que vivía en la casa antes de que Moscoso se casase, y de la cual tiene un hijo....”
“Aguárdate un poco, Naya —le dijo familiarmente, dándole, según costumbre entre curas, el nombre de su parroquia.”
“Hacía tiempo que la pequeña redoblaba la risa, y su carcajada melodiosa, repentina y breve, era sólo comparable a gorjeo de pájaro.”
“Buenas cosas van a decir de nosotros los badulaques de la Junta de Orense.”
“¿Está usted loco? —respondió don Pedro, fulminándole una mirada despreciativa.”
“Lo que es quererla... —balbució Julián, casi afónico de puro enternecido.”
“El chiquillo se quedó allí, solicitado por las dos tentaciones más fuertes que en su vida había sufrido.”
“Vio a la niña dormida, y al ama, de bruces sobre el lecho de Nucha, roncando sordamente.”
“No olvidará, no, la escena terrible, por muchos años que pesen sobre sus hombros y por muchas canas que le enfríen las sienes.”
“La gran huronera, desafiando al tiempo, permanece tan pesada, tan sombría, tan adusta como siempre.”

Clásico·Sátira
Oscar Wilde
El espectro más temible de la aristocracia inglesa se enfrenta a su peor pesadilla: una práctica familia estadounidense imposible de asustar.

Clásico·Novela gótica
Bram Stoker
Cuando el conde Drácula abandona los Cárpatos hacia Londres, el terror ancestral cruza el umbral de la modernidad.

Clásico·Ficción Gótica
Gustavo Adolfo Bécquer
Adéntrate en el lado más oscuro y fascinante del romanticismo español con las historias de fantasmas y misterios imposibles de Gustavo Adolfo Bécquer.
Obra de dominio público (1886). Texto: Project Gutenberg #18005. La versión en inglés es una traducción asistida por IA y puede contener erratas. Edición digital de Inkora Stories. Más información