Peter Pan·Episodio 09

La isla hecha realidad · I

~11 min · 2212 palabras

Al sentir que Peter estaba de regreso, el País de Nunca Jamás había despertado una vez más a la vida. Deberíamos utilizar el pluscuamperfecto y decir «se había despabilado», pero despertar suena mejor y era siempre la expresión empleada por Peter.

En su ausencia, las cosas suelen estar tranquilas en la isla. Las hadas se quedan una hora más en la cama por la mañana, las fieras atienden a sus crías, los pieles rojas se dan atracones formidables durante seis días con sus noches, y cuando los piratas y los niños perdidos se cruzan por el camino, se limitan a morderse el pulgar en señal de desprecio. Pero con la llegada de Peter, que detesta la desgana, todos se ponen en movimiento otra vez: si pegaras el oído al suelo ahora mismo, oirías la isla entera bullendo de vida.

Aquella tarde, las fuerzas principales de la isla estaban dispuestas de la siguiente manera: los niños perdidos habían salido a buscar a Peter, los piratas habían salido a buscar a los niños perdidos, los pieles rojas habían salido a buscar a los piratas y las fieras habían salido a buscar a los pieles rojas. Daban vueltas y más vueltas alrededor de la isla, pero no se encontraban nunca porque todos avanzaban exactamente al mismo compás.

Todos tenían sed de sangre salvo los niños, a quienes por regla general también les gustaba, pero aquella noche habían salido a recibir a su capitán. El número de niños en la isla varía, desde luego, según caen en combate y cosas parecidas; y cuando dan muestras de estar creciendo, lo cual va contra el reglamento, Peter hace una limpia para despejar el grupo; pero por entonces eran seis en total, contando a los gemelos como dos. Finjamos que nos tumbamos aquí entre las cañas de azúcar para observarlos mientras desfilan sigilosamente en fila india, cada uno con la mano puesta sobre su puñal.

Peter les tiene terminantemente prohibido parecerse a él en lo más mínimo, y visten las pieles de los osos cazados por ellos mismos, con las que resultan tan redondos y peludos que, cuando tropiezan, ruedan como pelotas. Por esa razón han aprendido a pisar con un aplomo admirable.

El primero en pasar es Tootles, no el menos valiente, sino el más desafortunado de toda aquella valerosa pandilla. Había participado en menos aventuras que ninguno de ellos, porque los grandes acontecimientos ocurrían invariablemente en cuanto él doblaba la esquina; todo parecía en calma, él aprovechaba la ocasión para ir a recoger unas cuantas ramas para la leña y, cuando regresaba, los demás ya estaban barriendo la sangre derramada. Esta mala estrella había impreso una dulce melancolía a su semblante, pero lejos de agriar su carácter lo había dulcificado, de modo que era sin duda el más humilde de todos los muchachos. Pobre y bondadoso Tootles, esta noche el peligro flota en el aire para ti. Anda con cuidado, no sea que se te presente una aventura que, de aceptarla, te suma en la más negra desdicha. Tootles, el hada Campanilla, dispuesta a cometer una maldad esta noche, anda buscando un instrumento dócil, y piensa que tú eres el más fácil de embaucar. Cuidado con Campanilla.

Ojalá pudiera escucharnos, pero en realidad nosotros no estamos en la isla, y él pasa de largo, mordiéndose los nudillos.

Luego viene Nibs, alegre y desenvuelto, seguido de Slightly, que talla silbatos con ramas de los árboles y baila con éxtasis al son de sus propias melodías. Slightly es el más presumido de la banda. Cree recordar los días anteriores a perderse, con sus usos y costumbres, y eso le ha dejado en la nariz un respingo sumamente altanero. Curly va en cuarto lugar; es un torbellino de travesuras, y tantas veces ha tenido que dar la cara cuando Peter ordenaba con severidad: «Que dé un paso al frente el culpable», que ahora, a esa orden, da un paso al frente de forma automática, haya sido él o no. Por último vienen los Gemelos, a quienes resulta imposible describir porque a buen seguro acabaríamos describiendo al equivocado. Peter jamás tuvo muy claro qué eran unos gemelos, y a su banda no le estaba permitido saber nada que él ignorase, de modo que estos dos vivían siempre en una agradable vaguedad acerca de sí mismos y se esforzaban por complacer a todos manteniéndose muy pegados el uno al otro con ademán de pedir disculpas.

Los muchachos desaparecen entre las sombras y, tras una pausa, aunque no muy larga, pues en la isla las cosas marchan con premura, aparecen los piratas pisándoles los talones. Los oímos antes de verlos, y cantan siempre la misma espantosa tonada:

«¡Atraca y sujeta, yo-ho, a virar, que a ser piratas salimos al mar; y si un cañonazo nos va a separar, ¡abajo en el fondo nos vamos a hallar!».

Jamás colgó de las horcas del muelle de las ejecuciones una cuadrilla de aspecto más villano. Aquí, un poco adelantado, pegando de vez en cuando la oreja al suelo para escuchar, con los corpulentos brazos al desnudo y reales de a ocho colgando de las orejas a guisa de adornos, avanza el apuesto italiano Cecco, aquel que grabó su nombre con letras de sangre sobre la espalda del gobernador de la prisión de Gao. El gigantesco negro que le sigue ha tenido muchos nombres desde que abandonó aquel con el que las madres morenas todavía asustan a sus hijos a orillas del Guadjo-mo. Aquí está Bill Jukes, tatuado de pies a cabeza, el mismísimo Bill Jukes que recibió seis docenas de azotes a bordo del Walrus a manos de Flint antes de soltar la bolsa de doblones; y Cookson, de quien se decía que era hermano de Murphy el Negro (aunque jamás llegó a probarse); y el refinado Starkey, en otro tiempo maestro auxiliar en una escuela pública y todavía primoroso en sus modales a la hora de matar; y Claraboya (la Claraboya de Morgan); y el contramaestre irlandés Smee, un individuo curiosamente bonachón que apuñalaba, por así decirlo, sin causar agravio, y que era el único no conformista en la tripulación de Garfio; y Noodler, cuyas manos estaban colocadas al revés; y Robert Mullins, y Alf Mason, y muchos otros forajidos ampliamente conocidos y temidos en las aguas del Mar de las Antillas.

En medio de todos ellos, la figura más sombría e imponente en aquel oscuro escenario, se reclinaba James Garfio, o Jas. Garfio, como él mismo firmaba, de quien se aseguraba que era el único hombre al que temía el mismísimo Cocinero del Mar. Iba confortablemente recostado en un tosco carromato arrastrado y empujado por sus hombres, y en lugar de mano derecha lucía el garfio de hierro con el que de tarde en tarde los azuzaba para que aceleraran el paso. Como a perros trataba y hablaba aquel hombre espantoso, y como perros le obedecían ellos. En persona resultaba cadavérico y de tez morena, y llevaba el cabello peinado en largos tirabuzones que a cierta distancia parecían cirios negros y prestaban una expresión singularmente amenazadora a su noble rostro. Sus ojos tenían el azul de las miosótidas y una profunda melancolía, salvo en el instante de hundirte el garfio, momento en el que asomaban en ellos dos motas rojas que los encendían con fulgor aterrador. En los modales conservaba todavía el porte de un gran señor, de suerte que te destripaba con una distinción consumada, y he oído decir que era un consumado narrador de anécdotas. Jamás resultaba más siniestro que cuando hacía gala de su cortesía más exquisita, lo cual constituye probablemente la prueba más certera de la buena cuna; y la elegancia de su dicción, incluso al soltar blasfemias, unida al empaque de su porte, demostraba que pertenecía a una casta enteramente distinta a la de su chusma. Hombre de indomable valor, se decía que lo único capaz de arredrarlo era la vista de su propia sangre, espesa y de un color insólito. En el vestir imitaba en cierto modo la indumentaria de la época de Carlos II, por haber oído decir en sus años mozos que guardaba un parecido asombroso con los infortunados Estuardo; y en la boca llevaba una boquilla de su propia invención que le permitía fumar dos cigarros al mismo tiempo. Pero sin duda alguna lo más espantoso de su persona era su garra de hierro.

Matemos ahora a un pirata para mostrar el método de Garfio. Claraboya servirá a las mil maravillas. Al pasar a su lado, Claraboya tropieza torpemente contra él y le descoloca el cuello de encaje; el garfio sale disparado hacia adelante, se oye un sonido desgarrador y un único chillido; luego el cuerpo es apartado de un puntapié y los piratas prosiguen la marcha. Ni siquiera se ha quitado los cigarros de la boca.

Tal es el hombre terrible contra el que se enfrenta Peter Pan. ¿Quién vencerá?

Pisándole los talones a los piratas, deslizándose sin ruido por la senda de la guerra, invisible para ojos inexpertos, avanzan los pieles rojas, con las pupilas bien abiertas. Llevan tomahawks y cuchillos, y sus cuerpos desnudos relucen untados de pintura y grasa. Colgando a su cintura lucen cabelleras arrancadas, tanto de muchachos como de piratas, pues pertenecen a la tribu de los piccaninnies y no deben confundirse con los más compasivos delawares o con los hurones. En la vanguardia, a gatas, repta Pequeña Gran Pantera, un guerrero poseedor de tantas cabelleras que en semejante postura estorban un tanto su avance. Cerrando la marcha, el puesto de mayor peligro, viene Tigrilla, orgullosa y erguida, princesa por derecho propio. Es la más hermosa de las morenas dianas y la reina de los piccaninnies, coqueta, fría y apasionada por turnos; no hay guerrero que no anhele desposar a tan esquiva doncella, pero ella mantiene a raya el altar a golpes de hacha. Observen cómo pisan sobre las ramas secas sin producir el menor chasquido. El único rumor perceptible es su respiración un tanto fatigosa. La verdad es que están todos un poco gruesos a causa de la reciente comilona, pero con el tiempo lo rebajarán. Por el momento, no obstante, representa su mayor peligro.

Los pieles rojas se desvanecen como sombras, tal como habían llegado, y pronto ocupan su lugar las fieras, en una comitiva colosal y abigarrada: leones, tigres, osos y un sinfín de alimañas menores que huyen de ellos, pues toda suerte de bestias y, muy en especial, todos los devoradores de hombres, conviven codo con codo en aquella afortunada isla. Llevan la lengua fuera: esta noche tienen un hambre feroz.

Cuando han desfilado todas, aparece la última figura: un cocodrilo gigantesco. Enseguida veremos a quién va buscando.

El cocodrilo pasa de largo, pero al poco reaparecen los muchachos, pues la procesión ha de continuar indefinidamente hasta que alguno de los bandos se detenga o altere el paso. Entonces caerán de inmediato los unos sobre los otros.

Todos vigilan con mirada atenta hacia adelante, pero ninguno sospecha que el peligro pueda estarse deslizando por su espalda. Esto demuestra cuán real era la isla.

Los primeros en salirse del círculo en movimiento fueron los niños. Se dejaron caer sobre el césped, junto a su hogar subterráneo.

—¡Cómo me gustaría que volviera Peter! —dijeron todos con inquietud, aunque en estatura y más aún en corpulencia superaban con creces a su capitán.

—Yo soy el único que no le tiene miedo a los piratas —afirmó Slightly con el tono presumido que le impedía ser el preferido del grupo; pero tal vez algún rumor lejano lo alarmó, pues añadió apresuradamente—: Aunque me gustaría que volviera y nos dijera si ha averiguado algo más sobre Cenicienta.

Se pusieron a hablar de Cenicienta, y Tootles estaba convencido de que su madre debió de parecerse muchísimo a ella.

Solo en ausencia de Peter podían hablar de madres, pues él había prohibido el tema por considerarlo una solemne tontería.

—Todo lo que recuerdo de mi madre —les confió Nibs— es que le decía a menudo a mi padre: «¡Ay, cómo desearía tener mi propio talonario de cheques!». No sé qué es un talonario de cheques, pero me encantaría regalarle uno a mi madre.

Mientras hablaban escucharon un rumor lejano. Ni ustedes ni yo, que no somos criaturas salvajes del bosque, habríamos oído nada, pero ellos lo captaron al instante, y no era otro que el cántico sombrío:

«¡Yo-ho, yo-ho, la vida pirata, la enseña de huesos y calavera, una hora alegre, soga de esparto, ¡y rumbo al fondo de la ribera!».

Al instante, los niños perdidos... ¿pero dónde se han metido? Ya no están allí. Ni los conejos habrían desaparecido con mayor presteza.

Les diré dónde están. Con la excepción de Nibs, que ha salido disparado a reconocer el terreno, ya se encuentran en su hogar bajo tierra, una morada sumamente deliciosa de la que enseguida sabremos mucho más. ¿Pero cómo han entrado? Porque a simple vista no hay entrada alguna, ni siquiera una piedra grande que al rodar descubra la boca de una cueva. Si miran con atención, no obstante, repararán en que hay siete árboles corpulentos, cada uno con una hendidura en el tronco hueco del tamaño justo de un muchacho. Son las siete entradas al hogar subterráneo que Garfio lleva tantas lunas buscando en vano. ¿Dará con ellas esta noche?

Fin del Episodio 9 · de 27

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