El vuelo · II
~6 min · 1274 palabras
No quieren que aterricemos —explicó él.
—¿Quiénes son ellos? —susurró Wendy con un escalofrío.
Pero él no podía o no quería decirlo. Campanilla se había quedado dormida sobre su hombro, pero él la despertó y la mandó por delante.
A veces se detenía en seco en el aire aguzando el oído, con la mano puesta sobre la oreja; y otras clavaba la vista hacia abajo con unos ojos tan penetrantes que parecían perforar dos pozos hasta la tierra. Tras hacer estas pesquisas, reanudaba la marcha.
Su valor resultaba casi sobrecogedor. —¿Les apetece correr una aventura ahora mismo —le preguntó con indiferencia a John—, o prefieren merendar primero?
Wendy contestó «merendar primero» en el acto, y Michael le apretó la mano con profunda gratitud; pero el intrépido John vaciló.
—¿Qué clase de aventura? —inquirió con prudencia.
—Hay un pirata durmiendo en la maleza justo debajo de nosotros —le reveló Peter—. Si quieren, bajamos y lo matamos.
—Yo no lo veo —dijo John tras una prolongada pausa.
—Yo sí lo veo.
—Ponte en el caso —dijo John con voz algo apagada— de que se despertara.
Peter habló lleno de indignación: —¡No pensarás que lo iba a matar mientras duerme! Primero lo despertaría y luego lo mataría. Así es como lo hago siempre.
—¡Caramba! ¿Y matas a muchos?
—A montones.
John dijo: «Qué formidable», pero resolvió merendar primero. Preguntó si había muchos piratas en la isla en aquel momento, y Peter aseguró que jamás había conocido a tantos.
—¿Quién es el capitán ahora?
—Garfio —contestó Peter, ensombreciéndose su rostro con fiereza al pronunciar aquella palabra aborrecida.
—¿James Garfio?
—El mismo.
Entonces Michael rompió a llorar de veras y hasta John solo lograba hablar a trompicones, pues ambos conocían la terrible reputación de Garfio.
—Era el contramaestre de Barbanegra —susurró John con voz ronca—. Es el peor de todos ellos. Es el único hombre al que temía el mismísimo Barbacoa.
—Ese mismo es —asintió Peter.
—¿Y cómo es? ¿Es muy grande?
—No es tan grande como era.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Le corté un pedazo.
—¡Tú!
—Sí, yo —dijo Peter con sequedad.
—No pretendía faltarte al respeto.
—Bueno, está bien.
—Pero oye, ¿qué pedazo le cortaste?
—La mano derecha.
—¿Entonces ya no puede pelear?
—¡Y vaya si pelea!
—¿Es zurdo?
—Lleva un garfio de hierro en vez de mano derecha, y desgarra con él.
—¡Desgarra!
—Oye, John —dijo Peter.
—Sí.
—Di: «A la orden, mi capitán».
—A la orden, mi capitán.
—Hay una cosa —prosiguió Peter— que todo muchacho que sirva a mis órdenes tiene que jurar, y tú debes hacer lo mismo.
John palideció.
—Es esto: si nos encontramos con Garfio en combate abierto, debes dejármelo a mí.
—Lo prometo —dijo John con lealtad.
Por el momento se sentían menos sobrecogidos, pues Campi volaba con ellos y a su luz alcanzaban a distinguirse unos a otros. Por desgracia, el hada no lograba volar tan despacio como ellos, de modo que tenía que dar vueltas y más vueltas a su alrededor trazando un círculo en cuyo centro avanzaban como dentro de un halo. A Wendy aquello le agradaba bastante, hasta que Peter le señaló los inconvenientes.
—Me dice —explicó él— que los piratas nos avistaron antes de caer la noche y han sacado el Gran Tom.
—¿El cañón grande?
—Sí. Y como es natural verán su lucecita, y si adivinan que estamos cerca de ella abrirán fuego con toda seguridad.
—¡Wendy!
—¡John!
—¡Michael!
—¡Dile que se marche ahora mismo, Peter! —gritaron los tres a la vez, pero él se negó en redondo.
—Cree que nos hemos extraviado —repuso él con tiesura— y tiene bastante miedo. ¡No pensarán que la voy a mandar lejos ella solita estando asustada!
Por un instante el círculo de luz se quebró y algo le propinó a Peter un pellizquito cariñoso.
—Entonces dile —suplicó Wendy— que apague la luz.
—No puede apagarla. Es casi la única cosa que las hadas no pueden hacer. Se apaga sola cuando se queda dormida, igual que las estrellas.
—Pues dile que se duerma en el acto —casi ordenó John.
—No puede dormir salvo cuando tiene sueño. Es la otra única cosa que las hadas no pueden hacer.
—Me parece a mí —gruñó John— que esas son las dos únicas cosas que valen la pena.
Aquí se llevó un pellizco, pero nada cariñoso esta vez.
—Si al menos alguno de nosotros tuviera un bolsillo —dijo Peter—, podríamos llevarla dentro. —Sin embargo, habían partido con tanta prisa que no había ni un solo bolsillo entre los cuatro.
Tuvo una idea feliz: ¡la chistera de John!
Campi aceptó viajar en la chistera si la llevaban en la mano. John la portó al principio, aunque ella había confiado en que la llevara Peter. Muy pronto Wendy tomó el sombrero porque John se quejaba de que le chocaba contra la rodilla al volar; y esto, como veremos, trajo funestas consecuencias, pues Campanilla detestaba estar en deuda con Wendy.
Dentro del negro sombrero de copa la luz quedó completamente oculta, y continuaron volando en silencio. Fue el silencio más denso que jamás habían conocido, roto una vez por un rumor distante que Peter explicó que eran las fieras bebiendo en el vado, y otra por un chasquido áspero que bien podían ser ramas rozándose, pero que él aseguró que eran los pieles rojas afilando sus cuchillos.
Incluso aquellos ruidos cesaron. Para Michael la soledad resultaba pavorosa. —¡Ojalá algo hiciera un ruido cualquiera! —suplicó.
Como en respuesta a su plegaria, el aire fue rasgado por el estrépito más descomunal que habían escuchado jamás. Los piratas habían disparado el Gran Tom contra ellos.
El trueno del cañonazo retumbó en las montañas, y los ecos parecían clamar salvajemente: «¿Dónde están? ¿Dónde están? ¿Dónde están?».
De forma tan tajante aprendieron los tres aterrorizados hermanos la diferencia que media entre una isla soñada y la mismísima isla hecha realidad.
Cuando al fin el firmamento recobró la calma, John y Michael se encontraron a solas en medio de la tiniebla. John braceaba maquinalmente en el aire y Michael, sin saber cómo flotar, flotaba.
—¿Te han alcanzado? —susurró John con voz temblorosa.
—Todavía no lo he comprobado —le respondió Michael en un susurro.
Sabemos ya que nadie había resultado herido. Peter, sin embargo, había sido arrastrado mar adentro por la onda expansiva del cañonazo, mientras que Wendy fue empujada hacia lo alto sin más compañía que la de Campanilla.
Habría sido una gran suerte para Wendy haber soltado la chistera en aquel instante.
No sé si la idea se le ocurrió a Campi de improviso o si la había tramado durante el trayecto, pero en el acto salió de la chistera y comenzó a guiar a Wendy hacia su perdición.
Campi no era del todo mala; o más bien, ahora mismo era enteramente mala, pero en otras ocasiones era enteramente buena. Las hadas tienen que ser una cosa o la otra por fuerza, porque al ser tan diminutas por desgracia solo tienen cabida para un solo sentimiento cada vez. Con todo, se les permite cambiar, siempre que sea una mudanza completa. En aquel momento estaba llena de celos feroces contra Wendy. Lo que decía en su primoroso tintineo Wendy no podía comprenderlo, y sospecho que incluía no pocas palabrotas; pero sonaba bondadoso, y volaba hacia delante y hacia atrás queriendo decir claramente: «Sígueme, y todo saldrá bien».
¿Qué otra cosa podía hacer la pobre Wendy? Llamó a Peter, a John y a Michael, y solo obtuvo ecos burlones en respuesta. Todavía ignoraba que Campi la aborrecía con el odio salvaje de una auténtica mujer. Y así, desconcertada y tambaleándose ya en su vuelo, siguió a Campi camino de su perdición.
Fin del Episodio 8 · de 27
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