El vuelo · I
~9 min · 1732 palabras
Segunda a la derecha y todo recto hasta el amanecer.
Ese, según Peter le había asegurado a Wendy, era el camino hacia el País de Nunca Jamás; pero ni siquiera los pájaros, llevando mapas y consultándolos en las esquinas ventosas, habrían sido capaces de avistarlo con semejantes señas. Peter, ya ven, se limitaba a soltar lo primero que se le pasaba por la cabeza.
Al principio sus compañeros confiaban ciegamente en él, y eran tan colosales los deleites de volar que perdían el tiempo describiendo círculos en torno a las agujas de las iglesias o a cualquier otro edificio alto del trayecto que les hiciera gracia.
John y Michael echaban carreras, dándole a Michael un poco de ventaja.
Recordaban con sumo desdén que no hacía mucho se consideraban tipos muy valientes por ser capaces de dar una vuelta flotando alrededor de un dormitorio.
No hacía mucho tiempo. Pero ¿cuánto tiempo hacía en realidad? Ya se encontraban volando sobre el mar abierto cuando este pensamiento empezó a inquietar seriamente a Wendy. John calculaba que era ya el segundo océano que cruzaban y su tercera noche en el aire.
A ratos reinaba la oscuridad y a ratos la luz; ora sentían un frío terrible, ora un calor insoportable. ¿Sentían de veras hambre a veces, o se limitaban a fingirla porque Peter tenía un método nuevo y alegre de darles de comer? Su sistema consistía en perseguir a las aves que llevaban en el pico viandas aptas para humanos y arrebatárselas al vuelo; luego las aves los perseguían a ellos para recuperarlas; y así andaban todos cazándose alegremente durante millas enteras, despidiéndose al fin con mutuas muestras de afecto. Pero Wendy advirtió con tierna preocupación que Peter no parecía sospechar que aquella era una manera bastante estrafalaria de ganarse el pan, ni tampoco que existieran otros métodos más normales.
Desde luego, en lo que no fingían lo más mínimo era en el sueño: estaban rendidos; y aquello encerraba un gravísimo peligro, pues en cuanto daban una cabezada, caían a plomo hacia abajo. Lo más espantoso del caso era que a Peter aquello le parecía divertidísimo.
—¡Ahí va otra vez! —gritaba alborozado cada vez que Michael caía de repente como una piedra.
—¡Sálvalo, sálvalo! —suplicaba Wendy, contemplando con horror el mar implacable allá abajo. Al final, Peter se lanzaba en picado por el aire y atrapaba a Michael justo un segundo antes de que se estrellara contra las olas, y era una delicia ver con qué elegancia lo hacía; pero aguardaba siempre hasta el mismísimo último instante, y una sentía que lo que le interesaba era lucir su propia destreza y no salvar una vida humana. Además, sentía pasión por la novedad, y el juego que lo fascinaba en un momento dejaba de interesarle al siguiente, de modo que siempre cabía la posibilidad de que la próxima vez que te cayeras te dejara rodar hasta el fondo.
Podía dormir en el aire sin caerse por el simple procedimiento de tenderse de espaldas y dejarse flotar; pero esto se debía, en parte al menos, a que era tan liviano que si te ponías detrás de él y soplabas, salía despedido más deprisa.
—Sé más educado con él —le susurró Wendy a John mientras jugaban a «Sigan al jefe».
—Pues dile que deje de presumir tanto —repuso John.
Al jugar a Sigan al jefe, Peter volaba rozando la superficie del agua y tocaba la cola de cada tiburón al pasar, exactamente como en la calle puedes pasar el dedo por una barandilla de hierro. Ellos no lograban imitarlo con mucha fortuna, de modo que tal vez sí tuviera un poco de fanfarronería, sobre todo porque no dejaba de mirar hacia atrás para contar cuántas colas de tiburón se les habían escapado.
—Tienen que ser amables con él —insistió Wendy ante sus hermanos—. ¡Qué sería de nosotros si decidiera abandonarnos!
—Podríamos regresar —sugirió Michael.
—¿Y cómo íbamos a encontrar el camino de vuelta sin él?
—Bueno, pues en ese caso seguiríamos adelante —dijo John.
—Eso es lo más terrible, John: tendríamos que seguir volando por fuerza, porque no sabemos cómo detenernos.
Aquello era una gran verdad: Peter se había olvidado de enseñarles cómo frenar.
John afirmó que, en el peor de los casos, lo único que tenían que hacer era seguir siempre en línea recta, pues el mundo era redondo y tarde o temprano regresarían a su propia ventana.
—¿Y quién nos va a conseguir comida, John?
—Le quité un buen bocado del pico a aquella águila con bastante soltura, Wendy.
—Al vigésimo intento —le recordó Wendy—. E incluso aunque aprendiéramos a cazar comida, fíjate cómo chocamos contra las nubes y contra todo si él no está cerca para echarnos una mano.
En efecto, no paraban de darse porrazos. Ahora ya volaban con fuerza, aunque seguían pataleando en exceso; pero si divisaban una nube delante de ellos, cuanto más empeño ponían en esquivarla, con mayor fijeza se estrellaban contra ella. Si Nana hubiera venido con ellos, a estas alturas ya le habría puesto un buen vendaje a Michael en la frente.
Peter no se encontraba con ellos en aquel momento y se sentían bastante solos allá arriba por su cuenta. Podía desplazarse con tanta mayor rapidez que ellos que de pronto desaparecía de la vista para correr alguna aventura en la que ellos no tenían parte alguna. Bajaba luego riéndose a carcajadas por alguna ocurrencia disparatada que le había soltado a una estrella, habiendo olvidado ya en qué consistía; o regresaba con escamas de sirena pegadas a la ropa, sin ser capaz de relatar con certeza qué había sucedido. Resultaba en verdad sumamente exasperante para unos niños que jamás habían visto una sirena en su vida.
—Y si se olvida de ellas tan aprisa —razonaba Wendy—, ¿cómo podemos esperar que se acuerde de nosotros?
En efecto, a veces cuando regresaba no los recordaba bien, al menos no del todo. Wendy estaba segurísima de ello. Veía asomar el reconocimiento en sus ojos justo en el momento en que se disponía a darles las buenas tardes y continuar de largo; una vez incluso tuvo que llamarlo por su propio nombre.
—Soy Wendy —le dijo muy angustiada.
Él lo lamentó de veras: —Oye, Wendy —le cuchicheó—: cada vez que veas que me olvido de ti, no tienes más que repetir «Soy Wendy», y entonces me acordaré.
Desde luego, aquello no resultaba muy tranquilizador. Con todo, para enmendarse les enseñó a tumbarse a lo largo sobre un viento favorable que soplaba en su misma dirección, y aquello supuso un alivio tan grato que lo probaron repetidas veces comprobando que podían dormir así con total seguridad. En verdad habrían dormido mucho más tiempo, pero Peter se cansaba enseguida de dormir, y no tardaba en ordenar con su voz de capitán: «¡Todos abajo aquí!». De modo que, entre riñas ocasionales pero por lo general de lo más alegres, fueron aproximándose al País de Nunca Jamás; pues al cabo de muchas lunas lo alcanzaron por fin, y lo que es más: habían volado bastante derechos todo el tiempo, no tanto quizá por la pericia de Peter o de Campi como porque la propia isla andaba buscándolos a ellos. Solo de esa manera puede alguien avistar aquellas costas mágicas.
—Ahí está —dijo Peter con toda calma.
—¿Dónde, dónde?
—Hacia donde señalan todas las flechas.
En efecto, un millón de flechas de oro se la señalaban a los niños, todas ellas disparadas por su amigo el sol, que deseaba asegurarse de que encontraran el camino antes de dejarlos a solas con la noche.
Wendy, John y Michael se empinaron en el aire de puntillas para echar su primer vistazo a la isla. Por extraño que parezca, todos la reconocieron en el acto y, antes de que el miedo se apoderara de ellos, la saludaron no como a una tierra soñada y vista al fin, sino como a un viejo amigo al que se regresa para pasar las vacaciones de verano.
—John, allí está la laguna.
—Wendy, mira las tortugas enterrando sus huevos en la arena.
—¡Oye, John, veo a tu flamenco con la pata rota!
—¡Mira, Michael, allí está tu cueva!
—John, ¿qué es eso que asoma entre la maleza?
—Es una loba con sus lobeznos. ¡Wendy, creo que ese es tu cachorrito!
—¡Allí está mi barca, John, con los costados hundidos!
—No, esa no es. Si nosotros quemamos tu barca.
—Esa es, de todos modos. ¡Oye, John, veo el humo del campamento de los pieles rojas!
—¿Dónde? Enséñamelo, y te diré por el modo en que sube el humo si están en pie de guerra.
—Allí, justo al otro lado del Río Misterioso.
—Ya lo veo. Sí, están en pie de guerra, no cabe la menor duda.
A Peter le fastidió un poco que supieran tantas cosas; pero si deseaba enseñorearse de ellos, su triunfo estaba a la vuelta de la esquina, pues ¿no les he contado ya que de improviso el miedo cayó sobre ellos?
Llegó al desvanecerse las flechas de luz, dejando la isla sumida en sombras.
En los viejos tiempos en casa, el País de Nunca Jamás siempre comenzaba a cobrar un aspecto oscuro y amenazador a la hora de acostarse. Entonces surgían en él parajes inexplorados que se ensanchaban, sombras negras se movían por ellos, el rugido de las fieras salvajes sonaba enteramente distinto y, sobre todo, perdías la certeza absoluta de salir vencedor. Te alegrabas un montón de que las lamparillas de noche estuvieran encendidas. Incluso agradecías que Nana te asegurara que aquello de allí era solo la repisa de la chimenea y que Nunca Jamás era pura fantasía.
Desde luego, en aquellos días Nunca Jamás era pura fantasía, pero ahora era de verdad, no había lamparillas encendidas, la oscuridad crecía a cada instante... y ¿dónde estaba Nana?
Habían estado volando separados, pero ahora se apretujaron contra Peter. El muchacho había perdido por fin su aire displicente: sus ojos brillaban con fuerza y un cosquilleo los recorría cada vez que rozaban su cuerpo. Se hallaban ya sobre la temible isla, volando tan bajo que a veces los árboles les rozaban los pies. Nada terrible se divisaba en el aire; y sin embargo, su avance se había vuelto lento y fatigoso, tal como si tuvieran que abrirse paso a empujones a través de fuerzas invisibles y enemigas. A veces quedaban suspendidos en el aire hasta que Peter lograba quebrar la resistencia a puñetazos.
Fin del Episodio 7 · de 27
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