Peter Pan·Episodio 06

¡Vámonos, vámonos! · II

~9 min · 1881 palabras

Por un momento ella había olvidado la ignorancia de él respecto a los besos. —Pensé que querrías recuperarlo —dijo él con cierta amargura, disponiéndose a devolverle el dedal.

—¡Cielos santos! —dijo la buena de Wendy—. No me refiero a un beso, me refiero a un dedal.

—¿Y qué es eso?

—Es así. —Y le dio un beso en la mejilla.

—¡Qué raro! —dijo Peter con gravedad—. ¿Y ahora quieres que te dé yo un dedal a ti?

—Si gustas —repuso Wendy, manteniendo la cabeza erguida esta vez.

Peter le arreó el dedal y casi en el acto la niña pegó un chillido. —¿Qué ocurre, Wendy?

—Ha sido exactamente como si alguien me hubiera tirado del pelo.

—Habrá sido Campi. Jamás la había visto tan traviesa.

Y en efecto, Campi volvía a revolotear furiosa por la habitación soltando improperios.

—Dice que te hará eso, Wendy, cada vez que yo te dé un dedal.

—¿Pero por qué?

—¿Por qué, Campi?

De nuevo Campi soltó: «¡Tonto de capirote!». Peter fue incapaz de comprender por qué, pero Wendy lo entendió perfectamente; y se sintió una pizca defraudada cuando él reconoció que acudía a la ventana no para verla a ella, sino para escuchar cuentos.

—Verás, es que yo no me sé ningún cuento. Ninguno de los niños perdidos se sabe historias.

—¡Qué cosa más espantosa! —exclamó Wendy.

—¿Sabes —preguntó Peter— por qué las golondrinas anidan bajo los aleros de las casas? Para escuchar los cuentos. ¡Oh, Wendy, tu madre te estaba contando una historia tan hermosa!

—¿Qué cuento era?

—El de aquel príncipe que no lograba encontrar a la dama que calzaba la zapatilla de cristal.

—¡Peter! —exclamó Wendy con entusiasmo—. ¡Esa era Cenicienta, y la encontró, y vivieron felices para siempre jamás!

Peter se puso tan contento que se levantó del suelo donde habían estado sentados y corrió hacia la ventana.

—¿A dónde vas? —gritó ella con zozobra.

—A contárselo a los otros chicos.

—¡No te vayas, Peter! —suplicó ella—. ¡Yo me sé montones y montones de cuentos!

Esas fueron sus palabras textuales, de suerte que no cabe negar que fue ella quien lo tentó primero.

Él regresó sobre sus pasos, y había ahora un brillo de codicia en sus ojos que debió de haberla alarmado, pero que no lo hizo.

—¡Oh, la de cuentos que podría contarles a los chicos! —exclamó ella; y entonces Peter la agarró de la mano y empezó a tirar de ella hacia la ventana.

—¡Suéltame! —le ordenó la niña.

—Wendy, vente conmigo y cuéntaselos a los otros muchachos.

Por descontado se sintió sumamente halagada de que se lo pidiera, pero repuso: —¡Cielos, no puedo! ¡Piensa en mamá! Además, yo no sé volar.

—Yo te enseñaré.

—¡Oh, qué maravilla debe de ser volar!

—Te enseñaré a encaramarte a lomos del viento y a salir volando.

—¡Oh! —exclamó extasiada.

—Wendy, Wendy, mientras estás ahí dormida en tu tonta cama podrías andar volando conmigo diciéndoles cosas graciosas a las estrellas.

—¡Oh!

—Y además, Wendy, hay sirenas.

—¿Sirenas? ¿Con cola y todo?

—Unas colas larguísimas.

—¡Oh! —gritó Wendy—. ¡Poder ver una sirena!

Él se había vuelto sumamente astuto. —Wendy —dijo—, cuánto te respetaríamos todos.

Ella se retorcía de desasosiego. Parecía como si hiciera esfuerzos por quedarse plantada en el suelo del dormitorio.

Pero él no tuvo piedad de ella.

—Wendy —dijo el muy pícaro—: podrías arroparnos por las noches.

—¡Oh!

—A ninguno de nosotros nos han arropado en la cama jamás.

—¡Oh! —y sus brazos se extendieron hacia él.

—Y podrías zurcirnos la ropa y hacernos bolsillos. Ninguno de nosotros tiene bolsillos.

¿Cómo iba a resistirse? —¡Claro que es una tentación fascinante! —exclamó—. Peter, ¿les enseñarías a volar a John y a Michael también?

—Si quieres —contestó él con indiferencia; y ella corrió hacia John y Michael y los sacudió—. ¡Despierten! —gritó—. ¡Ha venido Peter Pan y nos va a enseñar a volar!

John se frotó los ojos. —En ese caso me levantaré —dijo. Desde luego ya estaba tirado en el suelo—. ¡Hola! —exclamó—. ¡Ya estoy en pie!

Michael también se levantó en aquel instante, despabilado como una navaja de seis hojas y una sierra; pero Peter hizo de pronto una seña de silencio. En sus rostros se dibujó la terrible astucia de los niños que aguzan el oído para captar ruidos del mundo de los mayores. Todo estaba en calma chicha. En tal caso todo marchaba bien. ¡No, esperen! Todo marchaba rematadamente mal. Nana, que no había cesado de ladrar lastimeramente en toda la tarde, guardaba silencio ahora. Era su silencio lo que habían escuchado.

—¡Apaguen la luz! ¡A esconderse! ¡Deprisa! —gritó John, asumiendo el mando por única vez a lo largo de toda la aventura. Y así, cuando entró Liza trayendo a Nana, el cuarto de los niños parecía el de siempre, muy oscuro, y cualquiera habría jurado oír a sus tres pequeños inquilinos respirando angelicalmente mientras dormían. En realidad lo hacían con fingido primor desde detrás de las cortinas de la ventana.

Liza estaba de muy mal humor, pues se hallaba en la cocina amasando los pudines de Navidad y había tenido que abandonarlos, con una pasa pegada todavía a la mejilla, por culpa de las absurdas sospechas de Nana. Pensó que la mejor manera de tener un poco de tranquilidad era subir a Nana un momento al cuarto de los niños, pero bajo custodia, naturalmente.

—Ahí la tienes, fiera desconfiada —dijo, no disgustada de que Nana estuviera en desgracia—. Están a salvo de sobra, ¿verdad? Cada uno de los angelitos profundamente dormido en su cama. Escucha su dulce respiración.

Aquí Michael, animado por el éxito, respiró tan ruidosamente que estuvieron a un pelo de ser descubiertos. Nana conocía esa clase de respiraciones e intentó zafarse de las garras de Liza.

Pero Liza era bastante torpe. —¡Se acabó la broma, Nana! —dijo con severidad, sacándola a rastras de la habitación—. Te advierto que como vuelvas a ladrar iré derecha a buscar al señor y a la señora y los traeré de vuelta de la fiesta, ¡y menudo castigo te va a arrear el señor!

Volvió a atar a la desdichada perra; pero ¿creen acaso que Nana dejó de ladrar? ¡Traer al señor y a la señora de la fiesta! ¡Pero si eso era exactamente lo que ella deseaba! ¿Creen que le importaba que la castigaran con tal de que sus pequeños estuvieran a salvo? Por desgracia, Liza regresó a sus pudines, y Nana, viendo que no cabía esperar auxilio de ella, tiró y tiró de la cadena hasta que logró partirla. Al instante siguiente irrumpía en el comedor del número veintisiete levantando las patas delanteras al cielo, su manera más expresiva de dar la alarma. El señor y la señora Darling comprendieron en el acto que algo terrible sucedía en su casa y, sin despedirse de la anfitriona, se lanzaron a la calle a la carrera.

Pero habían transcurrido ya diez minutos desde que aquellos tres pícaros respiraban tras las cortinas, y Peter Pan es capaz de hacer una barbaridad de cosas en diez minutos.

Regresemos ahora al dormitorio.

—Ya no hay peligro —anunció John, saliendo de su escondite—. Oye, Peter, ¿de verdad sabes volar?

En vez de molestarse en responderle, Peter voló alrededor de la habitación, posándose de pasada sobre la repisa de la chimenea.

—¡Qué pasada! —exclamaron John y Michael.

—¡Qué preciosidad! —gritó Wendy.

—¡Sí, soy una preciosidad, oh, qué preciosidad soy! —dijo Peter, olvidando sus buenos modales una vez más.

Parecía deliciosamente fácil, y lo intentaron primero desde el suelo y luego desde las camas, pero siempre iban a parar hacia abajo en lugar de subir.

—Oye, ¿cómo se hace? —preguntó John frotándose la rodilla. Era un muchacho sumamente práctico.

—No tienes más que pensar pensamientos hermosos y maravillosos —explicó Peter—, y ellos te elevan por los aires.

Se lo demostró de nuevo.

—Te sale con tanta soltura —dijo John—, ¿no podrías hacerlo muy despacito una vez?

Peter lo hizo despacio y deprisa. —¡Ya lo tengo, Wendy! —gritó John; pero pronto comprobó que no tenía nada. Ninguno de ellos lograba elevarse un solo palmo, a pesar de que incluso Michael ya leía palabras de dos sílabas, mientras que Peter no distinguía la A de la Z.

Por descontado, Peter se había estado burlando de ellos, pues nadie puede volar a menos que le hayan soplado encima polvillo de hadas. Por fortuna, como ya mencionamos, una de sus manos estaba embadurnada de él, y sopló una pizca sobre cada uno con los resultados más soberbios.

—Ahora no tienen más que menear los hombros de esta manera —les indicó— y dejarse ir.

Se hallaban todos sobre sus camas, y el valeroso Michael se soltó el primero. No era exactamente su intención soltarse, pero lo hizo, y en el acto salió flotando por toda la habitación.

—¡Estoy volando! —chilló en pleno vuelo.

John se dejó ir y se cruzó con Wendy cerca del cuarto de baño.

—¡Oh, qué maravilla!

—¡Oh, qué locura!

—¡Mírenme a mí!

—¡Mírenme a mí!

—¡Mírenme a mí!

No eran ni mucho menos tan elegantes como Peter, no podían evitar patalear un poco, pero sus cabecitas golpeaban suavemente contra el techo, y no hay casi nada en el mundo tan delicioso como eso. Peter le dio la mano a Wendy al principio, pero tuvo que desistir, tan indignada se puso Campi.

Arriba y abajo iban, y vuelta y vuelta. Celestial fue la palabra elegida por Wendy.

—Oigan —gritó John—, ¿por qué no salimos todos afuera?

Naturalmente, a eso era a lo que Peter los había estado atrayendo.

Michael estaba listo: deseaba comprobar cuánto tardaba en recorrer mil millones de millas. Pero Wendy vaciló.

—¡Sirenas! —repitió Peter.

—¡Oh!

—Y también hay piratas.

—¡Piratas! —gritó John, agarrando su chistera de los domingos—. ¡Vámonos de inmediato!

Fue justamente en aquel instante cuando el señor y la señora Darling salieron a la carrera del número veintisiete junto con Nana. Corrieron al centro de la calzada para mirar hacia la ventana del dormitorio; y sí, todavía estaba cerrada, pero el cuarto estaba encendido como una pira, y lo más sobrecogedor de todo: podían ver en sombras sobre la cortina a tres pequeñas figuritas en ropas de dormir dando vueltas y más vueltas, no sobre el suelo, sino en el aire.

¡No eran tres figuras, eran cuatro!

Temblando de pies a cabeza abrieron la puerta de la calle. El señor Darling se habría precipitado escaleras arriba, pero la señora Darling le hizo señas para que subiera sin hacer ruido. Incluso intentó que su corazón latiera despacio.

¿Llegarán al cuarto de los niños a tiempo? Si lo logran, qué gran ventura para ellos y todos respiraremos aliviados; pero no habrá historia que contar. Por otra parte, si no llegan a tiempo, les prometo solemnemente que todo terminará saliendo bien al final.

Habrían llegado al dormitorio a tiempo a no ser porque las pequeñas estrellas los estaban vigilando. Una vez más las estrellas abrieron la ventana de par en par con su soplo, y la más diminuta de todas gritó:

—¡Alerta, Peter!

Entonces Peter comprendió que no había un solo segundo que perder. —¡Vamos! —ordenó con tono imperioso, y se lanzó de cabeza hacia la noche, seguido por John, Michael y Wendy.

El señor y la señora Darling y Nana entraron como una tromba en el cuarto infantil demasiado tarde. Los pajarillos habían volado.

Fin del Episodio 6 · de 27

¡Vámonos, vámonos! · II

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