Peter Pan·Episodio 05

¡Vámonos, vámonos! · I

~13 min · 2556 palabras

Durante unos instantes después de que el señor y la señora Darling abandonaran la casa, las lamparillas de noche junto a los lechos de los tres niños continuaron ardiendo con viva claridad. Eran unas lamparillas primorosas y deliciosas, y una no puede evitar desear que hubieran permanecido despiertas para ver a Peter; pero la luz de Wendy parpadeó y soltó un bostezo tan monumental que las otras dos bostezaron también, y antes de que pudieran cerrar la boca se apagaron las tres al unísono.

Había ahora otra luz en la habitación, mil veces más brillante que las lamparillas de noche, y en el tiempo que hemos empleado en contar esto ya había recorrido todos los cajones del cuarto infantil buscando la sombra de Peter, registrado el armario ropero y vuelto del revés cada uno de los bolsillos. En realidad no era una luz: producía esa claridad al revolotear con tan pasmosa rapidez, pero cuando se posaba por un segundo comprobabas que se trataba de un hada, no más larga que tu mano, aunque todavía en edad de crecer. Era una jovencita llamada Campanilla, exquisitamente ataviada con una hoja esquelética de escote bajo y cuadrado a través del cual su figura lucía con la mayor ventaja. Tenía una ligera inclinación a la redondez de carnes.

Un instante después de la entrada del hada, la ventana se abrió de golpe empujada por el aliento de las pequeñas estrellas, y Peter se dejó caer al suelo de un salto. Había traído a Campanilla en la mano durante parte del trayecto, y aún tenía los dedos embadurnados con el polvillo de las hadas.

—Campanilla —llamó en voz muy baja, tras cerciorarse de que los niños dormían a pierna suelta—; Campi, ¿dónde te has metido? —Ella se había guarecido en una jarra de loza en aquel momento y el lugar le gustaba una barbaridad: jamás se había metido en una jarra hasta entonces.

—¡Oh, sal de esa jarra de una vez y dime si sabes dónde han guardado mi sombra!

Un tintineo primoroso, idéntico al tañido de campanillas de oro, fue su respuesta. Es el lenguaje de las hadas. Ustedes, los niños corrientes, jamás pueden escucharlo; pero si llegaran a oírlo, sabrían en el acto que ya lo habían escuchado una vez mucho tiempo atrás.

Campi le indicó que la sombra estaba en la caja grande. Se refería a la cómoda; y Peter se abalanzó sobre los cajones, arrojando su contenido por el suelo con ambas manos, del mismo modo en que los reyes esparcen monedas entre la multitud. En un santiamén recuperó su sombra, y en medio de su alborozo olvidó por completo que acababa de dejar encerrada a Campanilla dentro de un cajón.

Si es que pensaba en algo, cosa que no creo que hiciera jamás, era en que él y su sombra, al aproximarse, se fundirían como dos gotas de agua; de suerte que, al ver que no ocurría nada de eso, se quedó espantado. Intentó pegarla con jabón del cuarto de baño, pero el experimento también fracasó. Un estremecimiento de pena recorrió a Peter; se sentó en el suelo y rompió a llorar.

Sus sollozos despertaron a Wendy, que se incorporó en la cama. No le causó alarma ver a un muchacho desconocido llorando en el suelo de su dormitorio: sintió tan solo una grata curiosidad.

—Niño —le dijo con cortesía—, ¿por qué lloras?

Peter sabía ser sumamente educado cuando quería, habiendo aprendido las maneras ceremoniosas de la corte de las hadas, de modo que se puso en pie y le hizo una reverencia perfecta. Ella se sintió sumamente complacida y le devolvió una graciosa inclinación desde la cama.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

—Wendy Moira Angela Darling —respondió ella con no poco orgullo—. ¿Y cuál es tu nombre?

—Peter Pan.

Ella ya estaba casi segura de que era Peter, pero le pareció un nombre comparativamente breve.

—¿Nada más?

—Nada más —repuso él con cierta sequedad. Sintió por primera vez en su vida que era un nombre un tanto corto.

—Cuánto lo siento —dijo Wendy Moira Angela.

—No tiene ninguna importancia —tragó saliva Peter.

Ella le preguntó dónde vivía.

—Segunda a la derecha —dijo Peter—, y luego todo recto hasta el amanecer.

—¡Vaya una dirección más rara!

A Peter se le cayó el alma a los pies. Por primera vez sospechó que acaso fuera una dirección bastante rara.

—No tiene nada de rara —dijo él.

—Quiero decir —aclaró Wendy con delicadeza, recordando que ejercía de anfitriona—, ¿eso es lo que ponen en las cartas?

Él deseó con toda su alma que ella no hubiera sacado a relucir las cartas.

—A mí no me llegan cartas —contestó con desdén.

—¿Pero a tu madre sí le llegarán cartas?

—No tengo madre —dijo él. No solo carecía de madre, sino que no sentía el menor deseo de tener una. Las consideraba personas sumamente sobrevaloradas. Wendy, en cambio, sintió en el acto que se hallaba ante una auténtica tragedia.

—¡Oh, Peter, con razón estabas llorando! —exclamó; saltó de la cama y corrió hacia él.

—No estaba llorando por las madres —protestó él indignado—. Lloraba porque no consigo que se me pegue la sombra. Además, no estaba llorando nada.

—¿Se te ha desprendido?

—Sí.

Entonces Wendy vio la sombra tirada en el suelo, con un aspecto tan deslucido y arrugado, y sintió una pena tremenda por Peter. —¡Qué horror! —dijo; pero no pudo evitar sonreír al ver que había intentado pegarla con jabón. ¡Típico de los chicos!

Por fortuna supo al instante lo que había que hacer. —Hay que coserla —sentenció, con un tono ligeramente protector.

—¿Qué es coser? —inquirió él.

—Eres tremendamente ignorante.

—No, no lo soy.

Pero ella se regocijaba en su ignorancia. —Te la coseré yo misma, hombrecito mío —dijo, aunque él era tan alto como ella; sacó su costurero y cosió la sombra al pie de Peter con puntadas firmes.

—Mucho me temo que te va a doler un poco —le advirtió.

—¡Bah, no voy a llorar! —aseguró Peter, quien ya opinaba que no había llorado jamás en toda su existencia. Apretó los dientes y no soltó una sola lágrima, y muy pronto su sombra se comportaba con todo decoro, aunque todavía un poco arrugada.

—Acaso debí haberle pasado la plancha —comentó Wendy pensativa; pero Peter, como buen muchacho, era indiferente a las apariencias y ahora no paraba de dar brincos poseído por el júbilo más loco. Por desgracia, ya había olvidado por completo que le debía su ventura a Wendy. Se figuraba que se había colocado la sombra él solito—. ¡Qué listo soy! —cacareó entusiasmado—. ¡Oh, qué prodigio de listo que soy!

Resulta humillante tener que confesar que esta fatuidad de Peter constituía una de sus cualidades más fascinantes. Para decirlo con brutal franqueza: jamás existió un muchacho más engreído sobre la faz de la tierra.

Pero por el momento Wendy se sintió escandalizada. —¡Menudo presumido! —exclamó con feroz sarcasmo—. ¡Por descontado que yo no he tenido nada que ver!

—Hiciste un poquito —dijo Peter sin darle importancia, y continuó bailando.

—¿Un poquito? —replicó ella con altanería—. ¡Si no sirvo para nada, al menos sé retirarme! —Y se metió en la cama con la mayor dignidad del mundo, tapándose la cara con las mantas.

Para inducirla a asomar la cabeza, él fingió marcharse; y cuando esto fracasó, se sentó a los pies de la cama y le dio unos golpecitos suaves con la punta del pie. —Wendy —dijo—, no te escondas. No puedo evitar cantar el gallo, Wendy, cuando me siento contento de mí mismo. —Ella seguía sin mirar, aunque escuchaba con viva atención—. Wendy —prosiguió él, con un tono de voz al que ninguna mujer ha sido capaz de resistirse jamás—: Wendy, una chica es más útil que veinte chicos juntos.

Ahora bien: Wendy era una mujer de la cabeza a los pies, por más que no midiera demasiados palmos, de modo que asomó los ojos por encima de las sábanas.

—¿De verdad piensas eso, Peter?

—Sí, lo pienso de verdad.

—Me parece un detalle lindísimo por tu parte —declaró ella—, así que me levantaré otra vez. —Y se sentó junto a él al borde de la cama. Añadió que le daría un beso si a él le apetecía; pero Peter no comprendió a qué se refería y extendió la mano a la espera.

—¿Acaso no sabes lo que es un beso? —le preguntó pasmada.

—Lo sabré en cuanto me lo des —respondió él con tiesura; y para no herir sus sentimientos, ella le puso un dedal en la mano.

—Y ahora —dijo él—, ¿quieres que te dé yo un beso a ti? —Y ella contestó con una pizca de remilgo: —Si tienes la amabilidad. —Se rebajó bastante inclinando el rostro hacia él, pero él se limitó a depositar un botón de bellota en la palma de su mano; de modo que ella devolvió despacio la cara a su posición anterior y dijo con dulzura que llevaría su beso colgado de la cadenita que lucía al cuello. Fue una inmensa fortuna que lo pusiera en aquella cadena, pues más adelante le salvaría la vida.

Cuando la gente de nuestra clase es presentada, es costumbre preguntarse mutuamente la edad; y Wendy, a quien siempre le gustaba obrar con corrección, le preguntó a Peter cuántos años tenía. No fue una pregunta muy acertada: se parecía a esos exámenes que preguntan por la gramática cuando lo que tú deseabas que te preguntaran eran los Reyes de Inglaterra.

—No lo sé —contestó él con desasosiego—; pero soy bastante joven. —En realidad no sabía nada en absoluto, solo tenía sospechas; pero dijo a voleo—: Wendy, me escapé el mismo día en que nací.

Wendy quedó asombradísima, pero fascinada; y con ademán digno de un salón distinguido, dio una palmadita sobre su camisón para indicarle que podía sentarse más cerca de ella.

—Fue porque oí a mi padre y a mi madre —explicó él en un susurro— hablando sobre lo que yo debía ser cuando llegara a ser un hombre. —Ahora se hallaba extraordinariamente agitado—. Yo no quiero ser un hombre jamás —dijo con pasión—. Quiero ser siempre un muchacho pequeño y pasármelo bien. De modo que me fugué a los jardines de Kensington y viví muchísimo, muchísimo tiempo entre las hadas.

Ella le dedicó una mirada de la más encendida admiración; él creyó que era por haberse fugado, pero en verdad era por conocer a las hadas. Wendy había llevado una vida tan hogareña que codearse con las hadas le parecía un prodigio insólito. Le bombardeó a preguntas sobre ellas, para gran sorpresa de él, pues a Peter le resultaban más bien un estorbo que andaba siempre metiéndose por medio, hasta el punto de que a veces tenía que arrearles un cachete. Con todo, en el fondo les tenía cariño, y le relató a la niña el nacimiento de las hadas.

—Verás, Wendy: cuando el primer bebé del mundo soltó su primera carcajada, la risa se rompió en mil pedazos y todos salieron dando brincos en derredor; y ese fue el principio de las hadas.

Una conversación bastante sosa esta, pero al ser tan casera a ella le entusiasmó.

—Y por esa razón —prosiguió él con afabilidad— debería haber un hada para cada niño y para cada niña.

—¿Debería haberla? ¿Es que no la hay?

—No. Como los niños saben ahora tantas cosas, muy pronto dejan de creer en las hadas; y cada vez que un niño dice: «Yo no creo en las hadas», hay un hada en alguna parte que cae muerta en el acto.

A decir verdad, a él le pareció que ya habían hablado más que suficiente sobre las hadas, y le chocó que Campanilla estuviera tan calladita. —No logro imaginar a dónde se habrá ido —dijo, poniéndose en pie, y llamó a Campi por su nombre. El corazón de Wendy dio un vuelco presa de una emoción repentina.

—Peter —exclamó, aferrándose a él—, ¡no querrás decirme que hay un hada de verdad en este cuarto!

—Aquí estaba hace un instante —dijo él con impaciencia—. ¿No la oyes? —Y ambos aguzaron el oído.

—El único sonido que alcanzo a percibir —dijo Wendy— es como un tintineo de campanillas.

—Pues esa es Campi, ese es el idioma de las hadas. Me parece que yo también la oigo.

El sonido procedía de la cómoda, y Peter puso cara de travieso. Nadie en el mundo podía poner una cara tan pícara como Peter, y el más adorable de los gorjeos era su risa. Aún conservaba intacta su primera risa de recién nacido.

—¡Wendy! —cuchicheó jubilosa la criatura—. ¡Creo que la dejé encerrada en el cajón!

Liberó a la pobre Campi del cajón, y el hada echó a volar por la habitación chillando llena de furia. —No deberías decir esas palabrotas —le afeó Peter—. Claro que lo siento muchísimo, pero ¿cómo iba a saber yo que estabas metida en el cajón?

Wendy no le escuchaba a él. —¡Oh, Peter —suplicó—, si al menos se estuviera quieta para que pudiera verla!

—Casi nunca se están quietas —dijo él; pero por un instante la primorosa figurita fue a posarse sobre el reloj de cuco—. ¡Oh, qué maravilla! —exclamó Wendy, aunque el rostro de Campi aún estaba descompuesto por el enfado.

—Campi —dijo Peter amablemente—: esta señorita dice que le gustaría que fueses su hada.

Campanilla respondió con descarada insolencia.

—¿Qué dice, Peter?

Él tuvo que hacer de traductor: —No es muy educada. Dice que eres una muchachota fea de remate y que ella es mi hada a mí.

Intentó razonar con Campi: —Sabes perfectamente que no puedes ser mi hada, Campi, porque yo soy un caballero y tú eres una dama.

A lo cual Campi replicó con estas textuales palabras: «¡Tonto de capirote!», y desapareció en el cuarto de baño. —Es un hada bastante ordinaria —se disculpó Peter—; se llama Campanilla porque su oficio es remendar ollas y calderos.

A estas alturas se hallaban sentados juntos en el sillón orejero, y Wendy lo acosó a nuevas preguntas.

—Si no vives en los jardines de Kensington ahora...

—A veces sigo viviendo allí.

—Pero ¿dónde vives casi todo el tiempo?

—Con los niños perdidos.

—¿Quiénes son esos?

—Son los niños que se caen de los cochecitos de bebé cuando la niñera está mirando para otro lado. Si no los reclama nadie al cabo de siete días, los mandan muy lejos, al País de Nunca Jamás, para ahorrarse los gastos. Yo soy el capitán.

—¡Qué divertido debe de ser!

—Sí —dijo el astuto Peter—, pero estamos bastante solos. Ya ves, no tenemos compañía femenina.

—¿Es que no hay ninguna chica entre ellos?

—¡Oh, qué va! Las chicas, ya sabes, son muchísimo más listas para andarse cayendo de los cochecitos.

Aquello halagó a Wendy una barbaridad. —Me parece una maravilla —dijo— la forma en que hablas de las chicas; John, en cambio, no hace más que despreciarnos.

Por toda respuesta, Peter se levantó y tiró a John de la cama de una patada, mantas y todo; de una sola patada. Aquello le pareció a Wendy un exceso de confianza para una primera visita, y le advirtió con entereza que él no era capitán en aquella casa. Con todo, John siguió durmiendo tan plácidamente en el suelo que ella le permitió quedarse allí. —Y sé que tu intención era ser amable —dijo apiadándose—, así que puedes darme un beso.

Fin del Episodio 5 · de 27

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