Peter Pan·Episodio 03

La sombra · I

~9 min · 1804 palabras

La señora Darling gritó despavorida, y, como si respondiera a una campanilla, la puerta se abrió de par en par y entró Nana, que regresaba de su tarde libre. Gruñó ferozmente y se abalanzó sobre el muchacho, quien saltó ágilmente por la ventana. La señora Darling volvió a chillar, esta vez angustiada por la suerte del niño, pues creyó que se había matado; bajó corriendo a la calle para buscar su cuerpecito, pero no había rastro de él; levantó la mirada y, en medio de la noche negra, no alcanzó a divisar nada salvo lo que le pareció una estrella fugaz.

Regresó al cuarto de los niños y encontró a Nana con algo en la boca, que resultó ser la sombra del muchacho. Al saltar él hacia la ventana, Nana la había cerrado de golpe, demasiado tarde para atraparlo, pero su sombra no había tenido tiempo de escapar; la ventana cayó de golpe y se la cercenó limpiamente.

Bien pueden tener la certeza de que la señora Darling examinó la sombra con suma minuciosidad, pero era una sombra del tipo más corriente y ordinario.

Nana no abrigaba la menor duda sobre lo que convenía hacer con ella. La colgó fuera de la ventana, queriendo dar a entender: «Seguro que regresa a buscarla; pongámosla donde pueda recogerla con facilidad sin molestar a los niños».

Por desgracia, la señora Darling no podía dejarla tendida en la ventana: se parecía demasiado a ropa puesta a secar y rebajaba el buen tono de la casa. Pensó en enseñársela al señor Darling, pero este se hallaba sumido en el cálculo de los abrigos de invierno para John y Michael, con una toalla húmeda atada a la frente para despejarse las ideas, y le pareció una crueldad importunarlo; además, sabía de memoria lo que diría: «Todo esto es consecuencia de tener a una perra por institutriz».

Decidió enrollar la sombra con esmero y guardarla en un cajón, hasta que se presentara una ocasión propicia para contárselo a su marido. ¡Ay de mí!

La ocasión se presentó una semana más tarde, aquel viernes que jamás podrá olvidarse. Desde luego tenía que ser un viernes.

—Debí haber andado con pies de plomo tratándose de un viernes —solía lamentarse ella después ante su marido, mientras acaso Nana se sentaba a su lado tomándole la mano.

—No, de ningún modo —decía siempre el señor Darling—: toda la culpa es mía. Yo, George Darling, fui el causante de todo. Mea culpa, mea culpa. —Había recibido una esmerada educación clásica.

Permanecían sentados así noche tras noche, rememorando aquel viernes aciago, hasta que cada uno de sus detalles quedó grabado a fuego en sus cerebros, trasluciéndose por el reverso como el cuño en una moneda falsa.

—¡Si al menos no hubiera aceptado aquella invitación a cenar en el número veintisiete! —suspiraba la señora Darling.

—¡Si al menos no hubiera vertido mi medicina en el plato de Nana! —decía el señor Darling.

—¡Si al menos hubiera fingido que la medicina me gustaba! —era lo que expresaban los ojos húmedos de Nana.

—Mi afición a las fiestas, George.

—Mi fatídico sentido del humor, querida mía.

—Mi susceptibilidad ante pequeñeces, mis queridos amos.

Luego alguno de ellos, o todos a la vez, se echaban a llorar sin consuelo; Nana al pensar: «Es verdad, es verdad, no debieron haber tomado a una perra por niñera». Muchas veces era el propio señor Darling quien le secaba las lágrimas a Nana con su pañuelo.

—¡Ese engendro! —bramaba el señor Darling, y el ladrido de Nana era el fiel eco de su queja; pero la señora Darling jamás censuraba a Peter: había algo en la comisura derecha de su boca que le impedía hablar mal de él.

Se sentaban allí, en el cuarto de los niños desierto, recordando con doloroso cariño hasta el más minúsculo detalle de aquella tarde espantosa. Había comenzado de forma tan rutinaria, con tanta semejanza a otros cien anocheceres, con Nana calentando el agua para el baño de Michael y llevándolo a horcajadas sobre el lomo.

—No pienso irme a la cama —había berreado él, como quien todavía se creía con la última palabra sobre el caso—; no quiero, no quiero. Nana, todavía no son las seis. ¡Ay, Dios mío, ya no te voy a querer nunca más, Nana! ¡Te digo que no quiero bañarme, no quiero y no quiero!

En aquel momento había entrado la señora Darling con su traje de noche blanco. Se había vestido temprano porque a Wendy le encantaba verla de gala, luciendo el collar que le había regalado George. Llevaba en el brazo la pulsera de Wendy, que le había pedido prestada; a Wendy le chiflaba prestarle sus joyas a su madre.

Se había encontrado a sus dos hijos mayores jugando a hacer de padre y madre en ocasión del nacimiento de Wendy, y John estaba diciendo:

—Tengo el placer de comunicarle, señora Darling, que acaba de convertirse en madre —con idéntico tono al que el propio señor Darling debió de emplear en la ocasión real.

Wendy había dado brincos de contento, tal como la verdadera señora Darling debió de haber hecho.

Luego nació John, con la solemnidad añadida que él consideraba debida al nacimiento de un varón; y Michael llegó de su baño pidiendo nacer también, pero John le soltó con crudeza que no querían más niños en la casa.

Michael estuvo a punto de romper a llorar. —Nadie me quiere a mí —dijo; y por descontado la dama del vestido blanco no pudo tolerar semejante queja.

—Yo sí te quiero —dijo ella—; deseo con toda mi alma tener un tercer hijo.

—¿Niño o niña? —preguntó Michael, no muy convencido.

—Niño.

Entonces el pequeño se arrojó en sus brazos. Una menudencia insignificante para que el señor y la señora Darling y Nana la rememorasen ahora; pero no tan insignificante si aquella iba a ser la última noche de Michael en el cuarto infantil.

Continuaban desgranando sus recuerdos.

—Fue entonces cuando irrumpí yo como una tromba, ¿verdad? —solía decir el señor Darling, despreciándose a sí mismo; y a fe que había sido como una auténtica tromba.

Acaso cupiera alguna disculpa para él. También él se había estado vistiendo para el convite, y todo había marchado a pedir de boca hasta llegar a la corbata. Es algo pasmoso tener que contarlo, pero aquel hombre, pese a dominar los fondos y las acciones, carecía de verdadero señorío sobre su corbata. A veces la prenda se doblegaba sin resistencia, pero había ocasiones en que más le habría valido a la paz del hogar tragarse el orgullo y ponerse una corbata postiza ya anudada.

Aquella tarde era precisamente una de tales ocasiones. Entró en el cuarto de los niños furioso como un basilisco, llevando la arrugada y diminuta fiera en la mano.

—Pero ¿qué ocurre, padre querido?

—¡Que qué ocurre! —bramó; chilló de veras—. ¡Esta corbata se niega a anudarse! —Se tornó peligrosamente sarcástico—: ¡Alrededor de mi cuello, no! ¡En el barrote de la cama, sí! ¡Vaya si se anuda veinte veces en el barrote de la cama; pero alrededor de mi cuello, no! ¡Oh, no, qué va, ruega que la disculpen!

Creyó que la señora Darling no se mostraba lo bastante compungida y añadió con tono adusto: —Te advierto una cosa, madre: como esta corbata no quede anudada a mi cuello, esta noche no salimos a cenar; y si esta noche no salimos a cenar, jamás volveré a pisar el despacho; y si no vuelvo al despacho, tú y yo moriremos de inanición y nuestros hijos acabarán tirados por las calles.

Incluso entonces la señora Darling conservó la calma. —Déjame probar a mí, querido —dijo; y en verdad eso era lo que él había venido a pedirle. Con sus manos frescas y delicadas le anudó la corbata, mientras los niños aguardaban alrededor para ver sellado su destino. Otro hombre se habría ofendido al verla resolverlo con tanta soltura, pero el señor Darling poseía un natural demasiado noble para eso: le dio las gracias a la ligera, olvidó su cólera en el acto y al segundo siguiente bailaba por la habitación con Michael a cuestas.

—¡Qué locuras hicimos! —dice ahora la señora Darling al recordarlo.

—¡Nuestra última fiesta! —se lamenta el señor Darling con un gemido.

—Oh, George, ¿te acuerdas de que Michael me soltó de pronto: «¿Cómo llegaste a conocerme, mamá?»?

—¡Me acuerdo perfectamente!

—Eran tan dulces, ¿no te parece, George?

—¡Y eran nuestros, nuestros de verdad!... y ahora se han marchado.

La fiesta había tocado a su fin con la entrada de Nana y, con pésima fortuna, el señor Darling chocó de lleno contra ella, llenándose los pantalones de pelos. No solo eran pantalones nuevos, sino que eran los primeros que tenía con franja de adorno, de modo que tuvo que morderse los labios para no romper a llorar. La señora Darling lo cepilló afanosamente, pero él volvió a insistir en que era un disparate colosal tener a una perra por institutriz.

—George, Nana es un auténtico tesoro.

—No lo dudo, pero a veces me asalta el incómodo recelo de que trata a los niños como si fueran cachorros de perro.

—¡Oh, no, mi bien! Estoy segurísima de que sabe que tienen alma.

—Vaya usted a saber —dijo el señor Darling pensativo—, vaya usted a saber. —Fue una coyuntura oportuna, según sintió su esposa, para revelarle lo del muchacho. Al principio él se burló de la historia, pero se quedó muy serio en cuanto ella le mostró la sombra.

—No conozco a nadie con esa pinta —dijo tras examinarla a conciencia—, pero tiene aspecto de ser un reverendo pillo.

—Todavía estábamos discutiéndolo, ¿te acuerdas? —dice el señor Darling—, cuando entró Nana con la medicina de Michael. Jamás volverás a traer la botella en la boca, Nana, y toda la culpa ha sido mía.

Pese a ser un hombre cabal, no cabe duda de que se había portado de manera harto ridícula con el asunto de la medicina. Si tenía una flaqueza, era la de presumir de haber tomado jarabes toda su vida con valentía inaudita; de modo que ahora, al ver a Michael esquivar la cuchara que Nana sostenía con la boca, le espetó con reproche: —Pórtate como un hombre, Michael.

—¡No quiero, no quiero! —gritaba Michael desobediente. La señora Darling salió del cuarto para traerle un bombón de chocolate, y el señor Darling consideró que aquello denotaba una imperdonable falta de firmeza.

—Madre, no lo consientas —le gritó él tras sus pasos—. Michael, cuando yo tenía tu edad me tomaba la medicina sin rechistar. Decía: «Muchísimas gracias, queridos padres, por darme pócimas que me curan».

Creía de verdad lo que decía, y Wendy, que ya estaba en camisón, se lo creyó a pie juntillas y añadió, para animar a su hermano: —Esa medicina que tomas tú a veces, papá, es muchísimo más repugnante, ¿a que sí?

Fin del Episodio 3 · de 27

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Siguiente Episodio 4~7 minLa sombra · II“—Pasará enseguida, papá —le animó John con alegría; y en aquel instante entró Wendy sofocada con el jarabe servido en un vaso.”Seguir leyendo
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