Peter se abre paso · II
~7 min · 1459 palabras
Desde luego, los Países de Nunca Jamás varían una barbaridad de un niño a otro. El de John, por ejemplo, tenía una laguna sobre la que revoloteaban flamencos a los que John disparaba con su escopeta, mientras que Michael, que era muy pequeñito, tenía un flamenco sobre el que volaban lagunas enteras. John vivía en una barca boca abajo sobre la arena, Michael en un tipi de indios, y Wendy en una choza hecha de hojas primorosamente cosidas entre sí. John no tenía amigos, Michael tenía amigos durante la noche, y Wendy tenía un lobo mimado abandonado por sus padres; pero a grandes rasgos todos los Países de Nunca Jamás guardan un inconfundible aire de familia, y si los pusieras a todos juntos en fila dirías que tienen la misma nariz y los mismos andares. En aquellas playas mágicas los niños que juegan varan para siempre sus barquichuelos de mimbre. Nosotros también hemos estado allí; aún alcanzamos a oír el rumor del oleaje, aunque jamás volveremos a desembarcar.
De todas las islas deliciosas, Nunca Jamás es la más acogedora y recogida, no extensa ni desparramada, ya me entiendes, con distancias fatigosas entre una aventura y otra, sino primorosamente compacta. Cuando juegas a ella durante el día con las sillas y el mantel, no resulta en absoluto alarmante; pero en los dos minutos previos a quedarte dormido se vuelve sumamente real. Por esa mismísima razón se encienden lamparillas de noche.
De cuando en cuando, en sus incursiones por las mentes de sus pequeños, la señora Darling topaba con misterios que no lograba descifrar, y de todos ellos el más desconcertante con diferencia era la palabra Peter. Ella no conocía a ningún Peter, y sin embargo aparecía aquí y allá en las cabezas de John y de Michael, mientras que la de Wendy empezaba a estar garabateada con él de arriba abajo. El nombre destacaba con trazos más negros y audaces que cualquier otra palabra, y conforme la señora Darling lo contemplaba sentía que despedía un aire extrañamente engreído.
—Sí, la verdad es que es bastante presumido —reconoció Wendy con cierto pesar. Su madre la había estado interrogando.
—¿Pero quién es él, ricura mía?
—Pues es Peter Pan, mamá, ya lo sabes.
Al principio la señora Darling no caía en la cuenta, pero tras rebuscar en los recuerdos de su lejana niñez alcanzó a recordar a un tal Peter Pan de quien se decía que vivía en compañía de las hadas. Se contaban extrañas leyendas a su costa, como que cuando los niños morían él los acompañaba parte del camino para que no tuvieran miedo. Ella había creído en él en aquellos lejanos días; pero ahora que estaba casada y rebosante de sentido común dudaba seriamente de la existencia de semejante ser.
—Además —le dijo a Wendy—, a estas alturas ya sería todo un hombre hecho y derecho.
—¡Oh, no, no es ningún hombre! —le aseguró Wendy con absoluta convicción—, y tiene exactamente mi misma estatura. —Quería decir que tenía su tamaño tanto de cuerpo como de mente; no sabía de qué modo lo sabía, sencillamente lo sabía.
La señora Darling consultó el caso con el señor Darling, pero él se limitó a soltar un bufido despectivo. —Hazme caso —dijo—: son simples patrañas que Nana les ha metido en la cabeza; la típica ocurrencia que tendría un perro. No le hagas caso y se le pasará.
Pero no se le pasó en absoluto, y muy pronto aquel muchacho revoltoso le dio a la señora Darling un sobresalto descomunal.
Los niños corren las aventuras más inverosímiles sin inmutarse lo más mínimo. Por ejemplo, son capaces de recordar comentar, una semana después de haber sucedido, que cuando andaban por el bosque se tropezaron con su padre difunto y se echaron unas partidas con él. Fue de esa misma manera tan despreocupada como Wendy hizo una mañana una revelación de lo más inquietante. Habían aparecido unas hojas de árbol sobre el entarimado del cuarto infantil, hojas que desde luego no estaban allí cuando los niños se acostaron, y la señora Darling las examinaba perpleja cuando Wendy dijo con una sonrisa tolerante:
—¡Seguro que ha vuelto a ser ese Peter!
—¿Pero qué quieres decir con eso, Wendy?
—Es tan maleducado que jamás se limpia los pies al entrar —suspiró Wendy. Era una niña muy hacendosa.
Explicó con toda naturalidad que creía que Peter venía a veces al dormitorio durante la noche, se sentaba a los pies de su cama y le tocaba canciones con su flauta de pan. Por desgracia ella nunca llegaba a despertarse, de modo que no sabía cómo lo sabía, pero lo sabía.
—¡Qué tonterías dices, tesoro! Nadie puede entrar en esta casa sin llamar a la puerta.
—Me parece que entra volando por la ventana —dijo la niña.
—Cariño mío, estamos en un tercer piso.
—¿Acaso no estaban las hojas al pie de la ventana, mamá?
Aquello era una verdad incontestable: las hojas habían sido halladas muy cerca del alféizar.
La señora Darling no sabía qué pensar, pues todo parecía tan natural a los ojos de Wendy que resultaba imposible zanjarlo diciendo que había sido un sueño.
—Hija mía —exclamó la madre—, ¿por qué no me contaste esto antes?
—Se me olvidó —dijo Wendy con ligereza. Tenía prisa por tomar su desayuno.
¡Oh, sin duda alguna debía de haberlo soñado!
Pero, por otro lado, allí estaban las hojas. La señora Darling las examinó con minuciosidad suma: eran hojas esqueléticas y secas, pero tenía la certeza absoluta de que no pertenecían a ningún árbol que creciera en suelo de Inglaterra. Se arrastró a gatas por el suelo, escudriñando el entarimado con una vela encendida en busca de huellas de un pie desconocido. Metió el atizador por la chimenea haciéndolo repiquetear y dio golpecitos en las paredes. Dejó caer una cinta métrica desde la ventana hasta la acera de la calle: eran nueve metros de caída libre en vertical, sin una sola tubería por donde trepar.
No cabía duda: Wendy lo había soñado.
Pero Wendy no había soñado nada de nada, como demostró la noche siguiente, la noche en que puede decirse que dieron comienzo las extraordinarias aventuras de aquellos tres niños.
La noche de marras todos los pequeños se hallaban una vez más acostados en sus camas. Coincidió que era la tarde libre de Nana, y la señora Darling los había bañado y cantado canciones hasta que, uno tras otro, fueron soltando su mano para deslizarse dulcemente en el país del sueño.
Todos tenían un aspecto tan apacible y resguardado que la madre sonrió ante sus antiguos temores y se sentó sosegadamente junto al fuego a coser.
Estaba arreglando una prenda para Michael, que con motivo de su cumpleaños iba a estrenar camisas. La chimenea caldeaba la estancia, el cuarto estaba tenuemente alumbrado por tres lamparillas de noche y, poco a poco, la costura fue quedando inmóvil sobre el regazo de la señora Darling. Luego su cabeza cabeceó con una gracia infinita. Se había quedado dormida. Miren a los cuatro: Wendy y Michael allá al fondo, John aquí al lado y la señora Darling junto a las brasas. Debería haber habido una cuarta lamparilla.
Mientras dormía tuvo un sueño. Soñó que el País de Nunca Jamás se había aproximado demasiado y que un muchacho extraño había logrado abrirse paso a través de él. No le causó alarma alguna, pues le pareció haberlo visto con anterioridad en los rostros de muchas mujeres que no tienen hijos; acaso pueda encontrársele también en el rostro de algunas madres. Pero en su sueño aquel muchacho había rasgado la sutil membrana que vela Nunca Jamás, y vio a Wendy, a John y a Michael asomándose con curiosidad por la grieta.
El sueño por sí solo habría sido una fruslería, pero mientras ella soñaba, la ventana del cuarto de los niños se abrió de par en par con una ráfaga de aire y un muchacho cayó sobre el suelo de la estancia. Venía acompañado de una extraña lucecita, no mayor que un puño cerrado, que revoloteaba por la habitación como un ser viviente; y me parece a mí que debió de ser esa lucecita la que despertó a la señora Darling.
Se incorporó con un grito sofocado y vio al muchacho; y de algún modo supo en el acto que se trataba de Peter Pan. Si tú, o yo, o Wendy hubiéramos estado allí presentes, habríamos advertido que guardaba un enorme parecido con aquel beso esquivo de la señora Darling. Era un muchacho adorable, ataviado con hojas secas y resinas que manan de los árboles; pero lo más cautivador de todo en él era que aún conservaba todos sus dientes de leche. Cuando vio que ella era una persona mayor, le enseñó amenazadoramente aquellas perlitas apretando los dientes.
Fin del Episodio 2 · de 27
Peter se abre paso · II
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