Peter Pan·Episodio 26

Cuando Wendy creció · I

~10 min · 2056 palabras

Espero que sientan curiosidad por saber qué fue de los otros muchachos. Aguardaban abajo para dar tiempo a que Wendy explicara su situación; y cuando hubieron contado hasta quinientos, subieron. Subieron por la escalera, porque creían que de ese modo causarían mejor impresión. Se cuadraron en fila frente a la señora Darling, con las gorras en la mano y deseando no llevar puestos sus andrajos piratas. No dijeron palabra, pero sus ojos le suplicaban que los acogiera. También debieron de haber mirado al señor Darling, pero se olvidaron por completo de él.

Desde luego, la señora Darling dijo al punto que los acogería de mil amores; pero el señor Darling se hallaba curiosamente apesadumbrado, y ellos vieron que seis le parecía un número un tanto excesivo.

—Hay que reconocer —le dijo a Wendy— que tú no haces las cosas a medias —un comentario desabrido que los gemelos consideraron dirigido directamente a ellos.

El primer gemelo era el más susceptible, y preguntó ruborizándose: —¿Cree usted, señor, que seremos demasiados de golpe? Porque, de ser así, podemos marcharnos.

—¡Papá! —exclamó Wendy escandalizada; pero el nubarrón no se apartaba de la frente de él. Sabía que se estaba comportando de forma mezquina, pero no podía evitarlo.

—Podemos dormir doblados en dos —apuntó Nibs.

—Yo siempre les corto el pelo en persona —añadió Wendy.

—¡George! —exclamó la señora Darling, dolida al ver a su amado mostrándose bajo una luz tan poco favorable.

Entonces él rompió a llorar y salió la verdad a relucir: dijo que se alegraba tanto de tenerlos como ella, pero pensaba que debieron haber solicitado su consentimiento además del de ella, en lugar de tratarlo como a un cero a la izquierda en su propia casa.

—Yo no creo que sea un cero a la izquierda —gritó Tootles en el acto—. ¿Tú crees que es un cero a la izquierda, Curly?

—¡Pues claro que no! ¿Tú crees que es un cero a la izquierda, Slightly?

—¡Ni mucho menos! Gemelo, ¿tú qué opinas?

Resultó que ni uno solo de ellos lo consideraba un cero a la izquierda; y él se sintió absurdamente lisonjeado, diciendo que encontraría sitio para todos en el salón si lograban amoldarse al espacio.

—Nos amoldaremos, señor —le aseguraron a una voz.

—¡Pues sigan al jefe! —exclamó alegremente—. Ojo: no estoy del todo seguro de que tengamos salón, pero fingimos que lo tenemos y da exactamente lo mismo. ¡Hop-la!

Salió bailando por la casa y todos gritaron «¡Hop-la!» y danzaron tras él en busca del salón; y se me olvida si llegaron a encontrarlo, pero en cualquier caso dieron con rincones y todos cupieron a las mil maravillas.

En cuanto a Peter, vio a Wendy una vez más antes de emprender el vuelo. No se acercó exactamente a la ventana, pero la rozó al pasar para que ella pudiera abrirla si le apetecía y llamarlo. Y eso fue lo que hizo.

—Hola, Wendy; adiós —dijo él.

—¡Cielos! ¿Ya te marchas?

—Sí.

—¿No sientes, Peter —dijo ella con voz vacilante—, deseos de decirles algo a mis padres sobre un tema muy dulce?

—No.

—¿Sobre mí, Peter?

—No.

La señora Darling se asomó a la ventana, pues por entonces no perdía de vista a Wendy. Le dijo a Peter que había adoptado a todos los otros muchachos y que le encantaría adoptarlo a él también.

—¿Me mandarías a la escuela? —inquirió él con recelo.

—Sí.

—¿Y luego a una oficina?

—Supongo que sí.

—¿Y pronto me convertiría en un hombre?

—Muy pronto.

—No quiero ir a la escuela a aprender cosas solemnes y aburridas —le espetó con vehemencia—. No quiero ser un hombre hecho y derecho. ¡Oh, madre de Wendy, si me despertara un día y sintiera que me ha salido barba!

—Peter —dijo Wendy la consoladora—: a mí me encantarías con barba —y la señora Darling le tendió los brazos, pero él la rechazó.

—¡Atrás, señora! Nadie va a atraparme para convertirme en un hombre.

—¿Pero dónde vas a vivir?

—Con Campi, en la casita que construimos para Wendy. Las hadas van a subirla a lo alto de las copas de los árboles, donde duermen por las noches.

—¡Qué primor! —exclamó Wendy con tanta nostalgia que la señora Darling apretó su abrazo sobre ella.

—Creí que todas las hadas habían muerto —comentó la señora Darling.

—Siempre nacen muchas nuevas —explicó Wendy, convertida ya en toda una autoridad en la materia—: verán, cada vez que un bebé recién nacido sonríe por primera vez nace un hada nueva, y como siempre hay bebés nuevos siempre hay hadas nuevas. Viven en nidos sobre las copas de los árboles; las malvas son niños, las blancas son niñas y las azules son pobres tontorronas que no saben muy bien qué son.

—¡Me lo voy a pasar tan en grande! —dijo Peter mirando de reojo a Wendy.

—Estarás un poco solo al atardecer —apuntó ella— sentado junto al fuego.

—Estaré con Campi.

—Campi no te llega ni a la vigésima parte del contorno —le recordó con un poco de acritud.

—¡Chivata envidiosa! —chilló Campanilla desde algún rincón detrás del alero.

—No tiene importancia —dijo Peter.

—¡Oh, Peter, bien sabes que la tiene!

—Bueno, pues vente conmigo a la casita.

—¿Puedo ir, mami?

—¡Por supuesto que no! Te tengo de vuelta en casa y pienso quedarme contigo.

—Pero él necesita tanto una madre...

—Tú también la necesitas, tesoro mío.

—Bueno, da igual —dijo Peter como si hubiera preguntado por mera cortesía; pero la señora Darling vio que su boca temblaba y le hizo una generosa propuesta: dejar que Wendy fuera con él una semana al año para hacer la limpieza de primavera. Wendy habría preferido un arreglo más permanente, y le pareció que la primavera tardaría una eternidad en llegar; pero aquella promesa despidió a Peter enteramente alegre otra vez. Carecía de noción del tiempo y estaba tan repleto de peripecias que cuanto les he contado sobre él no pasa de ser una migaja de nada. Supongo que porque Wendy lo conocía bien, sus últimas palabras para él fueron estas tan lastimeras:

—¿No te olvidarás de mí, Peter, antes de que llegue la hora de la limpieza de primavera?

Desde luego Peter se lo prometió, y luego echó a volar. Se llevó consigo el beso de la señora Darling: aquel beso que no había sido para ningún otro mortal, Peter se lo llevó con la mayor desenvoltura. Es curioso. Pero ella pareció quedar satisfecha.

Naturalmente todos los muchachos fueron a la escuela; la mayoría entró en tercera clase, pero a Slightly lo pusieron primero en cuarta y luego en quinta. La primera clase es la superior. Antes de llevar una semana en el colegio comprendieron qué majaderos habían sido por no quedarse en la isla; pero ya era demasiado tarde y pronto se resignaron a ser tan ordinarios como ustedes, como yo o como Jenkins el menor. Da pena tener que decir que la facultad de volar los fue abandonando poco a poco. Al principio Nana les ataba los pies a los barrotes de la cama para que no salieran volando de noche; y una de sus diversiones diurnas consistía en fingir que se caían de los autobuses; pero con el tiempo dejaron de tirar de las ligaduras en la cama y descubrieron que se hacían daño cuando se soltaban del autobús. Al cabo de los años ni siquiera lograban salir volando tras sus sombreros. Falta de práctica, decían ellos; pero lo que en verdad significaba era que habían dejado de creer.

Michael creyó durante más tiempo que los demás muchachos, aunque se burlaban de él; de modo que se hallaba junto a Wendy cuando Peter acudió a buscarla al término del primer año. Ella voló con Peter luciendo el vestidito tejido con hojas y bayas en el País de Nunca Jamás, y su único temor era que él reparase en lo corto que se le había quedado; pero él no lo notó jamás: tenía tantísimo que contar sobre sí mismo.

Ella había soñado con charlas deliciosas sobre los viejos tiempos, pero las nuevas aventuras habían barrido las antiguas de la mente de él.

—¿Quién es el Capitán Garfio? —preguntó con curiosidad cuando ella mencionó a su archienemigo.

—¿No te acuerdas —le preguntó ella atónita— de cómo lo mataste y nos salvaste la vida a todos?

—Me olvido de ellos después de matarlos —respondió él con desdén.

Cuando ella manifestó la tímida esperanza de que Campanilla se alegrara de verla, él preguntó: —¿Quién es Campanilla?

—¡Oh, Peter! —exclamó ella escandalizada; pero incluso cuando se lo explicó, él fue incapaz de acordarse.

—Hay tantas hadas —dijo—. Supongo que ya habrá dejado de existir.

Supongo que tenía razón, pues las hadas no viven mucho tiempo; pero son tan diminutas que un plazo breve les parece una buena temporada.

A Wendy también le dolió comprobar que el año transcurrido no era para Peter más que el día de ayer; a ella le había parecido un año larguísimo de espera. Pero él seguía resultando tan fascinante como siempre, y celebraron una primorosa limpieza de primavera en la casita sobre las copas de los árboles.

Al año siguiente no acudió a buscarla. Ella aguardó con un vestido nuevo porque el viejo sencillamente no le abrochaba; pero él jamás apareció.

—Tal vez esté enfermo —apuntó Michael.

—Ya sabes que él no enferma nunca.

Michael se arrimó a ella y le susurró con un escalofrío: —¡A lo mejor no existe nadie con ese nombre, Wendy! —y entonces Wendy se habría puesto a llorar si Michael no hubiera roto a llorar primero.

Peter regresó en la siguiente limpieza de primavera; y lo asombroso del caso fue que jamás se percató de que se había saltado un año entero.

Aquella fue la última vez que la niña Wendy lo vio en su vida. Durante un poco más de tiempo intentó por su causa resistirse a los dolores del crecimiento; y sintió que le era infiel cuando le otorgaron un premio de cultura general. Pero los años vinieron y se fueron sin traer de vuelta al muchacho desmemoriado; y cuando volvieron a encontrarse Wendy era ya una mujer casada, y Peter no representaba para ella más que un puñado de polvo en la cajita donde guardaba sus viejos juguetes de la infancia. Wendy había crecido. No hace falta que sientan lástima por ella: pertenecía a esa clase de personas a las que les gusta crecer. Al final creció por su propia voluntad un día más deprisa que las otras muchachas.

Todos los muchachos habían crecido y sentado la cabeza para entonces; de suerte que apenas merece la pena decir nada más sobre ellos. Pueden ver a los gemelos, a Nibs y a Curly cualquier día de camino a la oficina, cada uno con su maletín y su paraguas. Michael es maquinista de tren. Slightly se casó con una dama de alcurnia y se convirtió en lord. ¿Ven a ese juez con peluca que sale por la puerta de hierro? Ese solía ser Tootles. El señor con barba que no sabe qué cuento relatar a sus hijos fue en otro tiempo John.

Wendy se casó de blanco con un fajín rosa. Resulta extraño pensar que Peter no descendió volando en la iglesia para impedir las amonestaciones.

Los años pasaron de nuevo y Wendy tuvo una hija. Esto no debería escribirse con tinta ordinaria, sino con un destello de oro.

Se llamaba Jane, y tenía siempre una mirada inquisitiva y curiosa, como si desde el instante de su llegada a tierra firme hubiera deseado hacer preguntas. Cuando tuvo edad suficiente para formularlas, versaban casi todas sobre Peter Pan. Le fascinaba oír hablar de Peter, y Wendy le contaba cuanto alcanzaba a recordar en la mismísima habitación de los niños desde la que había tenido lugar el célebre vuelo. Ahora era el cuarto de Jane, pues su padre se lo había comprado a tres por ciento de interés al padre de Wendy, que ya no era muy amigo de subir escaleras. La señora Darling había muerto ya y estaba olvidada.

Solo había dos camas en el dormitorio ahora: la de Jane y la de su niñera; y no había caseta de perro, pues Nana también había pasado a mejor vida. Murió de puro vieja, y al final su trato se había vuelto algo difícil, convencida firmemente de que nadie sabía cuidar de los niños salvo ella.

Fin del Episodio 26 · de 27

Cuando Wendy creció · I

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