El regreso a casa · II
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Escúchalos —dijo él—: resulta sumamente gratificante.
—Un montón de chiquillos —soltó Liza con desprecio.
—Hoy había varios adultos —le aseguró él con un leve rubor; pero cuando ella alzó la nariz con desdén, él no tuvo una sola palabra de reproche para ella. El éxito social no lo había malogrado: lo había dulcificado. Durante un rato permaneció con la cabeza asomada fuera de la caseta, charlando con la señora Darling sobre este triunfo y apretándole la mano con afecto tranquilizador cuando ella manifestó su temor de que semejante popularidad se le subiera a la cabeza.
—Pero si hubiera sido un hombre débil —dijo él—. ¡Santo cielo, si hubiera sido un hombre débil!
—Y, George —le dijo ella con timidez—, estás tan lleno de remordimiento como siempre, ¿verdad?
—¡Tan lleno de remordimiento como siempre, amada mía! Mira mi castigo: vivir en una caseta de perro.
—¿Pero es un castigo de verdad, George? ¿Estás seguro de que no lo estás disfrutando?
—¡Amor mío!
Pueden dar por seguro que ella le pidió perdón al instante; y luego, sintiéndose soñoliento, él se acurrucó dentro de la caseta.
—¿No me tocarías algo al piano del cuarto contiguo para que me duerma? —le rogó él; y mientras ella se dirigía a la estancia contigua, añadió sin pensar—: Y cierra esa ventana: corre corriente.
—¡Oh, George, jamás me pidas semejante cosa! La ventana debe permanecer siempre abierta de par en par para ellos: siempre, siempre.
Ahora fue el turno de él de pedirle perdón; y ella pasó a la habitación de al lado y tocó el piano, y pronto él quedó dormido; y mientras dormía, Wendy, John y Michael entraron volando en la habitación.
¡Oh, no! Lo hemos escrito así porque ese era el primoroso plan trazado por ellos antes de abandonar el barco; pero algo debió de suceder desde entonces, pues no son ellos los que acaban de entrar volando: son Peter y Campanilla.
Las primeras palabras de Peter lo revelan todo.
—¡Rápido, Campi! —susurró—. Cierra la ventana: ¡échale el cerrojo! Eso es. Y ahora tú y yo debemos escapar por la puerta; y cuando llegue Wendy creerá que su madre le ha cerrado la ventana con rejas, ¡y no le quedará más remedio que regresar conmigo!
Ahora comprendo lo que hasta entonces me había tenido perplejo: por qué, tras aniquilar a los piratas, Peter no regresó a la isla dejando que Campi escoltara a los niños a tierra firme. Esta jugarreta había anidado en su mollera todo este tiempo.
En vez de avergonzarse por portarse tan mal, bailó de puro gozo; luego atisbó hacia el cuarto de estar para ver quién estaba tocando. Le cuchicheó a Campi: —¡Es la madre de Wendy! Es una hermosa señora, pero no tanto como mi madre. Tiene la boca llena de dedales, pero no tantos como tenía la de mi madre.
Naturalmente no sabía absolutamente nada acerca de su madre, pero a veces le gustaba presumir de ella.
Ignoraba el título de la melodía, que no era otra que «Hogar, dulce hogar», pero sabía que decía: «Vuelve, Wendy, Wendy, Wendy»; y exclamó triunfante: —¡Jamás volverás a ver a Wendy, señora, porque la ventana tiene el cerrojo echado!
Volvió a asomarse para ver por qué se había detenido la música, y vio entonces que la señora Darling había apoyado la cabeza sobre el piano y que dos lágrimas se asomaban a sus ojos.
—Quiere que descorra el cerrojo de la ventana —pensó Peter—, ¡pero no lo haré, yo no!
Volvió a mirar, y las lágrimas seguían allí, o bien otras dos habían ocupado su lugar.
—Quiere muchísimo a Wendy —se dijo para sus adentros. Y se enfadó con ella por no comprender por qué no podía quedarse con Wendy.
La razón era sumamente sencilla: —Yo también la quiero. Las dos cosas no pueden ser, señora.
Pero la señora no se resignaba a perderla, y él se sintió desgraciado. Dejó de mirarla, pero ni aún así ella lo dejaba en paz. Dio brinquitos e hizo muecas cómicas, pero al detenerse era exactamente como si ella estuviera dentro de su pecho, llamando a la puerta.
—Bueno, está bien —dijo al fin tragando saliva. Y descorrió el cerrojo de la ventana—. ¡Vamos, Campi! —exclamó con un soberano desprecio hacia las leyes de la naturaleza—. ¡No queremos saber nada de madres tontas! —y salió volando por la noche.
Así fue como Wendy, John y Michael encontraron la ventana abierta de par en par para ellos después de todo, lo cual era sin duda más de lo que merecían. Se posaron en el suelo sin la menor pizca de vergüenza, y el más pequeño de todos ya se había olvidado de su propio hogar.
—John —dijo mirando a su alrededor con dudas—: creo que yo ya he estado aquí antes.
—¡Pues claro que sí, tontorrón! Allí está tu vieja cama.
—Es verdad —admitió Michael, aunque sin mucha convicción.
—¡Oigan! —exclamó John—. ¡La caseta del perro! —y corrió a mirar al interior.
—Tal vez Nana esté dentro —apuntó Wendy.
Pero John soltó un silbido: —¡Caramba! —dijo—. Hay un hombre dentro.
—¡Es papá! —exclamó Wendy.
—Déjame ver a papá —suplicó Michael con avidez, y miró detenidamente—. No es tan grande como el pirata que yo maté —dijo con una decepción tan franca que celebro que el señor Darling estuviera dormido: habría sido triste que aquellas fueran las primeras palabras que oyera decir a su pequeño Michael.
Wendy y John se habían quedado un tanto desconcertados al toparse con su padre en la caseta del perro.
—Desde luego —dijo John como quien duda de su propia memoria—, ¿verdad que antes no solía dormir en la caseta del perro?
—John —dijo Wendy titubeando—, tal vez no recordemos la vida de antes tan bien como creíamos.
Un escalofrío cayó sobre ellos; y bien merecido lo tenían.
—Es muy descuidado por parte de mamá —dijo aquel bribonzuelo de John— no estar aquí cuando regresamos.
Fue entonces cuando la señora Darling comenzó a tocar de nuevo.
—¡Es mamá! —gritó Wendy asomándose.
—¡Es verdad! —dijo John.
—¿Entonces tú no eres nuestra madre de verdad, Wendy? —preguntó Michael, que sin duda se caía de sueño.
—¡Santo cielo! —exclamó Wendy con su primera punzada auténtica de remordimiento—: ya era hora de que volviéramos.
—Entremos a gatas —propuso John— y tapémosle los ojos con las manos.
Pero Wendy, comprendiendo que convenía comunicar la dichosa nueva con mayor suavidad, tuvo una idea mejor.
—Metámonos todos en nuestras camas y estemos allí cuando ella entre, exactamente igual que si no nos hubiéramos marchado jamás.
De modo que, cuando la señora Darling regresó al cuarto para comprobar si su esposo dormía, todas las camas se hallaban ocupadas. Los niños aguardaron su grito de alegría, pero este no llegó. Los vio, pero no creyó que estuvieran allí de verdad: ya ven, los veía en sus camitas tantas veces en sueños que pensó que aquello no era sino el ensueño que aún flotaba en torno a ella.
Fue a sentarse en la butaca junto al fuego, donde en los viejos tiempos solía amamantarlos y acunarlos.
Ellos no lograron comprender aquello y un frío pavor cayó sobre los tres por igual.
—¡Mamá! —gritó Wendy.
—Esa es Wendy —dijo ella, pero aún convencida de que se trataba de un sueño.
—¡Mamá!
—Ese es John —dijo.
—¡Mamá! —gritó Michael. Ya la había reconocido por completo.
—Ese es Michael —dijo ella; y tendió los brazos hacia los tres pequeños seres desalmados a los que creía que no volvería a estrechar jamás. Sí, los estrechó: rodearon a Wendy, a John y a Michael, que habían saltado de la cama y corrido hacia ella.
—¡George, George! —gritó en cuanto pudo hablar; y el señor Darling despertó para compartir su ventura, y Nana entró precipitándose en la estancia. No habría podido haber un cuadro más primoroso en el mundo; pero no había nadie para contemplarlo, salvo un niño pequeño que miraba a través de la ventana: había gozado de éxtasis innumerables que los otros niños jamás conocerán; pero estaba mirando a través de los cristales la única alegría que le estaría vedada para siempre.
Fin del Episodio 25 · de 27
El regreso a casa · II
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