Peter Pan·Episodio 24

El regreso a casa · I

~9 min · 1755 palabras

A las tres campanadas de aquella mañana ya andaban todos en danza, pues había mar gruesa; y Tootles, el contramaestre, se contaba entre ellos con un cabo de cuerda en la mano y mascando tabaco. Todos se enfundaron prendas piratas cortadas por la rodilla, se afeitaron pulcramente y subieron a cubierta con auténtico contoneo marinero y subiéndose los pantalones.

Huelga decir quién era el capitán. Nibs y John eran primer y segundo oficial. Había una mujer a bordo. Los demás eran marineros de proa y vivían en el castillo. Peter ya se había amarrado a la rueda del timón; pero mandó formar a toda la tripulación y les dirigió una breve arenga: dijo que confiaba en que cumplieran con su deber como valientes lobos de mar, pero que sabía de sobra que eran la escoria de Río y de la Costa de Oro, y que si alguno le enseñaba los dientes lo abriría en canal. Aquellas palabras toscas y tajantes dieron en la nota que los marineros comprenden a la perfección, y le vitorearon con entusiasmo. Luego se impartieron unas cuantas órdenes perentorias, viraron el navío y pusieron proa hacia tierra firme.

El capitán Pan calculó, tras consultar las cartas náuticas, que si el buen tiempo acompañaba avistarían las Azores hacia el veintiuno de junio, a partir de cuyo punto ahorrarían tiempo yendo a volar.

Algunos de ellos deseaban que fuera un barco honrado y otros eran partidarios de mantenerlo como navío pirata; pero el capitán los trataba a todos como a perros, y no se atrevían a manifestarle sus deseos ni siquiera mediante una petición firmada en rueda. La obediencia ciega era lo único seguro. Slightly se llevó una docena de azotes por poner cara de perplejidad cuando le ordenaron sondear el fondo. La impresión general era que Peter se mostraba formal por el momento para adormecer las sospechas de Wendy, pero que las cosas podían cambiar en cuanto estuviera listo el nuevo traje que ella, muy a su pesar, le estaba confeccionando con algunas de las prendas más siniestras de Garfio. Más tarde se susurró entre ellos que la primera noche que lució aquel atuendo permaneció largo rato en el camarote con la boquilla de Garfio en la boca y el puño cerrado salvo por el índice, que mantenía doblado y alzado en el aire con ademán amenazador a guisa de garfio.

En lugar de seguir vigilando el buque, no obstante, debemos regresar ahora a aquel hogar desolado del que tres de nuestros personajes habían emprendido el vuelo con tanta crueldad mucho tiempo atrás. Parece una vergüenza haber desatendido el número catorce todo este tiempo; y sin embargo podemos estar seguros de que la señora Darling no nos lo reprocha. Si hubiéramos regresado antes para contemplarla con dolorida compasión, probablemente habría exclamado: «No digan tonterías: ¿qué importo yo? Vuelvan allá y no pierdan de vista a los niños». Mientras las madres sigan siendo así, sus hijos se aprovecharán de ellas sin escrúpulos: de eso pueden estar bien seguros.

Incluso ahora nos aventuramos en aquella familiar habitación de los niños únicamente porque sus legítimos ocupantes vienen de camino a casa: no hacemos sino adelantarnos para comprobar que las camas estén debidamente aireadas y que el señor y la señora Darling no hayan salido a pasar la velada fuera. No somos más que unos sirvientes. ¿Por qué diablos habrían de estar sus camas debidamente aireadas, habida cuenta de que las abandonaron con tan ingrata premura? ¿No estaría sumamente bien empleado que regresaran y encontraran que sus padres se habían marchado a pasar el fin de semana al campo? Habría sido la lección moral que vienen necesitando desde que los conocimos; pero si hubiéramos urdido las cosas de semejante modo, la señora Darling no nos lo perdonaría jamás.

Una cosa me gustaría hacer con toda el alma, y es anunciarle, al estilo de los autores, que los niños están regresando y que de hecho llegarán el jueves de la semana que viene. Esto arruinaría por completo la sorpresa con que sueñan Wendy, John y Michael. La han venido planeando a bordo del barco: el éxtasis de mamá, el grito de júbilo de papá, el salto de Nana por los aires para ser la primera en abrazarlos, ¡cuando lo que deberían esperar es una soberbia zurra de azotes! Qué delicia arruinarlo todo dando la noticia por anticipado; de modo que, cuando ellos hagan su entrada triunfal, la señora Darling ni siquiera le ofrezca los labios a Wendy y el señor Darling exclame fastidiado: «¡Maldita sea, otra vez estos mocosos aquí!». Con todo, no obtendríamos agradecimiento alguno por ello. Ya vamos conociendo a la señora Darling a estas alturas, y podemos dar por sentado que nos reprocharía haber privado a los niños de su pequeña alegría.

—Pero, distinguida señora, faltan diez días para el jueves de la semana próxima; de modo que, al revelarle la verdad, podemos ahorrarle diez días de desdicha.

—Sí, ¿pero a qué precio? ¡Privando a los niños de diez minutos de pura dicha!

—¡Ah, si usted lo enfoca desde ese punto de vista...!

—¿Y desde qué otro punto de vista cabe enfocarlo?

Ya ven: aquella mujer carecía del menor amor propio. Yo tenía el firme propósito de decir cosas primorosas de ella; pero la desprecio, y ahora no diré ni una sola palabra. La verdad es que no hace falta avisarla para que lo tenga todo a punto, pues ya lo tiene todo listo. Todas las camas están hechas y ventiladas, ella no sale jamás de la casa, y observen bien: la ventana permanece abierta de par en par. Para el provecho que le hacemos, bien podríamos volvernos al barco. No obstante, ya que estamos aquí, bien podemos quedarnos a mirar. Eso es todo lo que somos: meros mirones. Nadie nos necesita de veras. Así que miremos y soltemos pullas punzantes, con la esperanza de que alguna de ellas escueza.

El único cambio perceptible en el dormitorio infantil es que entre las nueve y las seis la caseta del perro ya no se encuentra allí. Cuando los niños echaron a volar, el señor Darling sintió en lo más hondo de sus huesos que toda la culpa era suya por haber encadenado a Nana, y que de principio a fin ella había demostrado ser más juiciosa que él. Desde luego, como ya hemos visto, era un hombre sumamente simple; en verdad habría podido pasar por un chiquillo otra vez si hubiera sido capaz de quitarse la calva; pero albergaba también un noble sentido de la justicia y el valor de un león para cumplir con lo que juzgaba correcto; y tras meditar el asunto con angustioso esmero tras la fuga de sus pequeños, se puso a cuatro patas y se metió dentro de la caseta. A todas las dulces súplicas de la señora Darling para que saliera afuera, respondía triste pero inquebrantable:

—No, cariño mío: este es el único lugar que me corresponde.

En la amargura de su remordimiento juró que jamás abandonaría la caseta del perro hasta que sus hijos regresaran al hogar. Desde luego era una lástima; pero cualquier cosa que hiciera el señor Darling tenía que hacerla con exceso, pues de lo contrario se cansaba de ella muy pronto. Y jamás hubo hombre más humilde que el otrora orgulloso George Darling, mientras permanecía sentado en la caseta al anochecer charlando con su esposa sobre sus niños y sobre todas sus primorosas ocurrencias.

Resultaba conmovedora en extremo su deferencia hacia Nana: no consentía que la perra entrara en la caseta, pero en todo lo demás acataba sus deseos a ciegas.

Todas las mañanas la caseta era izada con el señor Darling dentro hasta un coche de caballos que lo conducía a su oficina, y regresaba a casa de idéntica guisa a las seis de la tarde. Algo de la firmeza de carácter del hombre se colegirá si recordamos cuán sensible era a la opinión de los vecinos: aquel hombre cuyos menores movimientos atraían ahora miradas de asombro atónito. Por dentro debió de sufrir un calvario indecible; pero conservaba un semblante sereno incluso cuando los pilluelos criticaban su reducida vivienda, y siempre se descubría con exquisita cortesía ante cualquier dama que mirase al interior.

Acaso fuera una actitud quijotesca, pero resultaba magnífica. Pronto trascendió el hondo sentido de su penitencia y el gran corazón del público se sintió conmovido. Las multitudes seguían al coche vitoreándolo con entusiasmo; muchachas encantadoras trepaban al pescante en busca de su autógrafo; aparecían entrevistas en los periódicos de más fuste, y la alta sociedad lo invitaba a cenar añadiendo al pie: «Rogamos venga en la caseta».

Aquel señalado jueves de la semana siguiente, la señora Darling aguardaba en el cuarto de los niños el regreso de George: una mujer de mirada profundamente triste. Ahora que la contemplamos de cerca y recordamos su alegre desenvoltura de antaño, desvanecida por completo solo porque ha perdido a sus pequeños, descubro que no seré capaz de decir cosas desagradables de ella después de todo. Si amaba con exceso a sus ingratos retoños, no podía evitarlo. Mírenla en su butaca, donde acaba de quedarse dormida: la comisura de sus labios, adonde una mira primero, se halla casi marchita. Su mano reposa con inquietud sobre el pecho como si albergara un dolor sordo en él. Unos prefieren a Peter y otros prefieren a Wendy, pero yo la prefiero a ella. Supongan que, para hacerla feliz, le susurramos en sueños que los pillastres vienen de regreso. En verdad se encuentran a menos de dos millas de la ventana ya, volando con brío, pero lo único que necesitamos susurrarle es que vienen de camino. Hagámoslo.

Es una lástima que lo hayamos hecho, pues se ha incorporado sobresaltada llamándolos por sus nombres; y no hay nadie en la estancia salvo Nana.

—¡Oh, Nana, he soñado que mis pequeños habían regresado!

Nana tenía los ojos velados de lágrimas, pero todo lo que acertó a hacer fue posar suavemente la pata sobre el regazo de su ama; y así permanecían sentadas juntas cuando subieron la caseta de regreso. Al asomar el señor Darling la cabeza para besar a su esposa, vemos que su rostro se halla más demacrado que antaño, pero luce una expresión mucho más dulce.

Le entregó el sombrero a Liza, quien lo tomó con desdén, pues carecía de imaginación y era del todo incapaz de comprender los motivos de semejante caballero. Afuera, la multitud que había acompañado al carruaje hasta la puerta seguía prorrumpiendo en vítores, y él, como es natural, no permanecía insensible a semejante ovación.

Fin del Episodio 24 · de 27

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