Peter Pan·Episodio 23

«O Garfio o yo esta vez» · II

~7 min · 1419 palabras

Algunos de ellos recordaron que aquello solía decirlo el mismísimo Flint. —Vale la pena probar —dijeron con dudas.

—¡Arrojen a la muchacha por la borda! —gritó Garfio; y todos se abalanzaron sobre la figura envuelta en la capa.

—Nadie puede salvarte ahora, mocosa —silbó Mullins burlón.

—Hay uno que sí —respondió la figura.

—¿Quién es?

—¡Peter Pan el vengador! —resonó la terrible respuesta; y al hablar, Peter arrojó la capa lejos de sí. Supieron entonces quién había estado aniquilándolos en el camarote, y dos veces intentó Garfio hablar y dos veces se le negó la voz. En aquel instante espantoso creo que su fiero corazón se quebró por la mitad.

Al fin gritó: —¡Pártanlo en dos! —pero sin convicción alguna.

—¡A ellos, muchachos! —resonó la voz de Peter; y al instante siguiente el choque de las armas retumbó por todo el buque. De haber permanecido unidos los piratas es seguro que habrían vencido; pero el asalto los pilló desquiciados y corrían de acá para allá tirando estocadas a ciegas, creyéndose cada uno el último superviviente de la tripulación. Hombre a hombre eran más fuertes; pero luchaban solo a la defensiva, lo cual permitió a los muchachos cazar por parejas y escoger a sus presas. Algunos forajidos se arrojaron al mar; otros se escondieron en rincones oscuros donde fueron descubiertos por Slightly, quien no combatía, sino que corría de un lado a otro con un farol cegándoles los ojos para que cayeran fácil presa bajo el acero de los demás muchachos. Apenas se oía otro rumor que el choque de las armas, algún chillido aislado o un chapoteo, y la voz monótona de Slightly contando: cinco... seis... siete... ocho... nueve... diez... once.

Creo que ya no quedaba ninguno cuando una partida de feroces muchachos rodeó a Garfio, quien parecía gozar de una vida protegida por encanto mientras los mantenía a raya en aquel círculo de fuego. Habían despachado a sus perros, pero aquel hombre solo se bastaba para hacerles frente a todos. Una y otra vez se cerraban sobre él, y una y otra vez abría un claro a mandobles. Había levantado en vilo a un muchacho con su garfio usándolo de escudo cuando otro, que acababa de atravesar de parte a parte a Mullins con su espada, saltó a la liza.

—¡Envainen las espadas, muchachos! —gritó el recién llegado—. ¡Este hombre es mío!

Así, súbitamente, Garfio se vio cara a cara con Peter. Los otros retrocedieron formando un círculo a su alrededor.

Durante largo rato los dos enemigos se miraron fijamente a los ojos: Garfio temblando levemente, y Peter con aquella extraña sonrisa en el rostro.

—De modo, Pan —dijo Garfio al fin—, que todo esto ha sido obra tuya.

—Sí, James Garfio —llegó la severa réplica—: todo ha sido obra mía.

—Joven soberbio e insolente —dijo Garfio—: prepárate a morir.

—Hombre sombrío y siniestro —respondió Peter—: ¡a ti voy!

Sin más palabras cruzaron aceros, y durante unos instantes ninguna de las dos hojas cobró ventaja. Peter era un espadachín soberbio y paraba con deslumbrante rapidez: de vez en cuando combinaba una finta con una estocada que superaba la guardia de su rival, pero su menor estatura le jugaba en contra y no lograba clavar el acero a fondo. Garfio, que apenas le iba a la zaga en destreza aunque no era tan ágil de muñeca, lo hacía retroceder por el puro empuje de su embestida, confiando en concluirlo todo de golpe con un golpe favorito que le enseñara Barbacoa tiempo atrás en Río; pero para su asombro comprobó que aquella estocada era desviada una y otra vez. Intentó entonces acortar distancias para rematarlo con el garfio de hierro, que todo este tiempo andaba manoteando el aire; pero Peter se escurrió por debajo y, lanzando una estocada feroz, le perforó las costillas. A la vista de su propia sangre, cuyo color insólito tanto le repugnaba, la espada cayó de las manos de Garfio y se halló a merced de Peter.

—¡Ahora! —gritaron todos los muchachos; pero con un gesto caballeroso y magnífico Peter invitó a su contrincante a recoger su espada. Garfio lo hizo al instante, pero con el trágico sentimiento de que Peter estaba haciendo gala de una buena educación impecable.

Hasta entonces había creído estar combatiendo contra algún demonio, pero sospechas aún más negras lo asaltaron ahora.

—Pan, ¿quién y qué eres tú? —clamó con voz ronca.

—Soy la juventud, soy la alegría —respondió Peter a la aventura—; soy un pajarillo recién salido del cascarón.

Aquello era un puro disparate, naturalmente; pero constituyó para el desventurado Garfio la prueba fehaciente de que Peter ignoraba por completo quién o qué era, lo cual representa la mismísima cumbre del buen tono.

—¡A él otra vez! —gritó con desesperación.

Luchaba ahora como un mayal humano, y cada mandoble de aquella espada formidable habría partido en dos a cualquier hombre o muchacho que se interpusiera; pero Peter revoloteaba a su alrededor como si el mismísimo viento de las hojas lo apartara de la zona de peligro. Y una y otra vez entraba y le pinchaba la carne.

Garfio combatía ya sin esperanza. Aquel pecho apasionado ya no pedía conservar la vida; solo ansiaba una gracia suprema: ver a Peter mostrar mala educación antes de quedar yerto para siempre.

Abandonando el duelo se precipitó hacia el pañol de la pólvora y le prendió fuego.

—¡En dos minutos —gritó— el barco saltará por los aires hecho pedazos!

Ahora, pensó él, se verá la verdadera educación.

Pero Peter emergió del pañol con la bomba humeante entre las manos y la arrojó tranquilamente por la borda.

¿Qué clase de educación estaba mostrando el propio Garfio? Hombre descarriado como era, podemos alegrarnos, sin necesidad de compadecerle, de que al final fuera fiel a las tradiciones de su casta. Los otros muchachos volaban ahora a su alrededor mofándose con desdén; y él se tambaleaba por la cubierta tirando mandobles inútiles hacia arriba, con la mente muy lejos de allí: paseaba perezosamente por los campos de juego de su juventud, o era felicitado por sus profesores, o presenciaba el célebre partido contra el muro. Y sus zapatos eran los correctos, y su chaleco era el correcto, y su corbata era la correcta, y sus calcetines eran los correctos.

James Garfio, figura no del todo desprovista de grandeza heroica: ¡adiós!

Pues hemos llegado a su último instante.

Al ver a Peter avanzar lentamente por el aire hacia él con el puñal en alto, saltó a la borda para arrojarse al mar. No sabía que el cocodrilo lo estaba esperando abajo, pues detuvimos adrede el reloj para ahorrarle semejante certidumbre: una pequeña muestra de consideración de nuestra parte al final.

Gozó de un último triunfo, que creo que no debemos regatearle. Mientras permanecía sobre la borda mirando por encima del hombro a Peter que planeaba por el aire, le invitó con un gesto a emplear el pie: aquello indujo a Peter a propinarle una patada en vez de una puñalada.

Al fin Garfio obtuvo la gracia que tanto había ansiado.

—¡Mala educación! —gritó con burla triunfal, y cayó satisfecho a las fauces del cocodrilo.

Así pereció James Garfio.

—¡Diecisiete! —cantó victoria Slightly; pero no andaba del todo fino en sus cálculos. Quince pagaron la pena de sus crímenes aquella noche; pero dos lograron alcanzar la orilla: Starkey, que cayó en manos de los pieles rojas y fue puesto a cuidar a todos sus bebés indios —melancólica decadencia para un corsario—; y Smee, que a partir de entonces anduvo errante por el mundo con sus gafas puestas, ganándose la vida precariamente al asegurar que era el único hombre al que James Garfio había temido.

Wendy, desde luego, había permanecido al margen sin tomar parte en la refriega, aunque contemplando a Peter con ojos resplandecientes; pero ahora que todo había concluido volvió a cobrar protagonismo. Los felicitó a todos por igual y sintió un escalofrío delicioso cuando Michael le enseñó el paraje donde había matado a un pirata; y luego los llevó al camarote de Garfio y señaló su reloj colgado de un clavo: marcaba ¡la una y media!

Lo intempestivo de la hora fue casi lo más colosal de todo. Los acostó en las literas de los piratas a toda prisa, pueden tenerlo por seguro; a todos salvo a Peter, que se paseó pavoneándose por la cubierta hasta que al fin se quedó dormido junto al Gran Tom. Tuvo una de sus pesadillas aquella noche y lloró en sueños durante largo rato, y Wendy lo sostuvo con fuerza entre sus brazos.

Fin del Episodio 23 · de 27

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