Peter Pan·Episodio 22

«O Garfio o yo esta vez» · I

~9 min · 1858 palabras

A todos nos ocurren cosas peregrinas en nuestro tránsito por la vida sin percatarnos durante un tiempo de que han sucedido. Así, por poner un ejemplo, descubrimos de pronto que nos hemos quedado sordos de un oído desde hace no sabemos cuánto tiempo, pero digamos que media hora. Pues bien: semejante experiencia le sobrevino aquella noche a Peter. Cuando lo dejamos por última vez avanzaba a gatas por la isla con un dedo en los labios y el puñal presto para herir. Había visto pasar de largo al cocodrilo sin advertir nada raro en él, pero al cabo de un rato cayó en la cuenta de que el animal no hacía tic, tac. Al principio le pareció siniestro, pero no tardó en concluir con acierto que al reloj se le había acabado la cuerda.

Sin detenerse a pensar en los sentimientos de una pobre criatura privada de improviso de su compañero más fiel, Peter comenzó a considerar de qué modo podía sacar partido de la catástrofe para su propio beneficio; y decidió hacer él mismo el tic, tac para que las fieras salvajes lo tomaran por el cocodrilo y lo dejaran pasar en paz. Imitó el sonido con soberbia maestría, pero con una consecuencia imprevista: el cocodrilo figuraba entre quienes escucharon el ruido y lo siguió, aunque si con el propósito de recuperar lo perdido o simplemente como un camarada creyendo que volvía a hacer tictac él mismo, jamás se sabrá con certeza, pues, cual esclavo de una idea fija, era una bestia bastante cerril.

Peter alcanzó la orilla sin contratiempos y siguió adelante en línea recta, adentrándose en el agua como si sus piernas no se percataran de que habían cambiado de elemento. Así pasan muchos animales de la tierra al agua, pero ningún otro ser humano que yo conozca. Mientras nadaba no albergaba más que un pensamiento: «O Garfio o yo esta vez». Llevaba tanto tiempo haciendo el tictac que continuó haciéndolo maquinalmente sin darse cuenta. De haberlo sabido se habría detenido, pues abordar el bergantín valiéndose del tictac, aunque ingeniosa maniobra, no se le había pasado por las mientes.

Al contrario: creía haber escalado el costado del buque tan silencioso como un ratón; y se quedó pasmado al ver a los piratas encogerse despavoridos, con Garfio en medio de ellos tan abatido como si hubiera visto al cocodrilo en persona.

¡El cocodrilo! Apenas se acordó de él, Peter escuchó el tictac. Al principio creyó que el sonido procedía del animal y miró con presteza tras de sí; luego advirtió que era él mismo quien lo producía y, en un relámpago, comprendió la situación. «¡Qué listo soy!», pensó de inmediato, e indicó por señas a los niños que no rompieran a aplaudir.

Fue en aquel instante cuando Ed Teynte, el intendente, salió del castillo de proa y avanzó por la cubierta. Y ahora, lector, cronometra lo sucedido con tu reloj: Peter asestó una puñalada certera y profunda. John le tapó la boca con ambas manos al desventurado pirata para sofocar su estertor de muerte. Cayó de bruces; cuatro muchachos lo sujetaron en el aire para evitar el golpe seco. Peter dio la señal y el carroñero cadáver fue arrojado por la borda. Hubo un chapoteo y luego el silencio. ¿Cuánto tiempo ha llevado?

—¡Uno! —(Slightly había comenzado la cuenta).

Justo a tiempo Peter se deslizó de puntillas y desapareció en el camarote, pues más de un pirata empezaba a armarse de valor para mirar a su alrededor. Podían oír las fatigosas respiraciones de los demás, lo cual les demostraba que el sonido espantoso había cesado.

—Se ha marchado, capitán —dijo Smee limpiándose las gafas—. Todo vuelve a estar en calma.

Poco a poco Garfio asomó la cabeza de entre su gorguera y escuchó con tanta atención que habría cazado al vuelo el eco más remoto del tictac. No se oía el menor rumor, y se irguió con firmeza en toda su estatura.

—¡Pues a la salud de la tabla! —gritó con descaro, odiando a los muchachos más que nunca por haberle visto flaquear. Y rompió a cantar la villana copla:

«¡Yo-ho, yo-ho, la tabla saltarina, por ella caminas de puntillas, hasta que se hunde y caes abajo, ¡con Davy Jones hasta las rodillas!».

Para aterrorizar aún más a los prisioneros, aunque con cierta pérdida de dignidad, bailó a lo largo de una tabla imaginaria haciendo muecas espantosas mientras cantaba; y al concluir bramó: —¿Quieren probar el gato de nueve colas antes de pasear por la tabla?

Al oír esto cayeron de rodillas: —¡No, no! —suplicaron con tanta lástima que todos los piratas sonrieron.

—Trae el gato, Jukes —ordenó Garfio—: está en el camarote.

¡El camarote! ¡Peter estaba en el camarote! Los niños se miraron unos a otros.

—A la orden —respondió Jukes con desenvoltura, y se adentró en el camarote a grandes zancadas. Lo siguieron con la mirada; apenas se percataron de que Garfio reanudaba su cántico y sus perros se sumaban a coro:

«¡Yo-ho, yo-ho, el gato arañador, tiene nueve colas de rigor, y cuando se imprimen en tu piel...!»

Cuál fuera el último verso jamás se sabrá, pues de súbito la canción quedó segada por un alarido espantoso procedente del camarote. Resonó con un quejido por todo el navío y fue extinguiéndose en el aire. Se escuchó entonces un quiquiriquí que los muchachos comprendieron a las mil maravillas, pero que a los piratas les resultó casi más siniestro que el propio alarido.

—¿Qué ha sido eso? —gritó Garfio.

—Dos —anunció Slightly con solemnidad.

El italiano Cecco vaciló un instante y luego se coló resuelto en el camarote. Salió al cabo de unos segundos tambaleándose, demudado.

—¿Qué le pasa a Bill Jukes, perro sarnoso? —silbó Garfio cerniéndose sobre él.

—Lo que le pasa es que está muerto: apuñalado —respondió Cecco con voz de ultratumba.

—¡Bill Jukes muerto! —exclamaron los piratas sobrecogidos.

—El camarote está oscuro como una sima —balbuceó Cecco casi delirando—; pero hay algo terrible allí dentro: esa cosa que han oído cantar victoria.

El alborozo de los muchachos y las miradas sombrías de los piratas: ambas cosas fueron advertidas por Garfio.

—Cecco —dijo con su voz más glacial—: vuelve a entrar y tráeme a rastras a ese gallito.

Cecco, el más bravo entre los bravos, se encogió ante su capitán suplicando: «¡No, no!»; pero Garfio acariciaba su garra ronroneando.

—¿Decías que ibas a entrar, Cecco? —murmuró pensativo.

Cecco fue, alzando antes los brazos al cielo con desesperación. Ya no hubo cánticos: todos contenían el aliento; y volvió a resonar un alarido mortal y, tras él, otro quiquiriquí victorioso.

Nadie habló, salvo Slightly: —Tres —dijo.

Garfio congregó a sus perros con un gesto amenazador: —¡Por todos los diablos y centellas! —tronó—. ¿Quién me va a traer a ese bicho?

—Esperemos a que salga Cecco —gruñó Starkey, y los demás corearon la propuesta.

—Me pareció oírte ofrecerte voluntario, Starkey —dijo Garfio ronroneando de nuevo.

—¡No, por todos los truenos! —gritó Starkey.

—Mi garfio opina que sí —repuso Garfio avanzando hacia él—. ¿No crees, Starkey, que convendría complacer a mi garfio?

—Antes me ahorcan que entrar ahí —replicó Starkey terco, recibiendo de nuevo el apoyo de la tripulación.

—¿Acaso es esto un motín? —inquirió Garfio con cortesía más exquisita que nunca—. ¡Starkey es el cabecilla!

—¡Piedad, capitán! —gimió Starkey temblando de pies a cabeza.

—Choca esa mano, Starkey —dijo Garfio tendiéndole su garra.

Starkey miró a su alrededor buscando auxilio, pero todos le volvieron la espalda. A medida que él retrocedía Garfio avanzaba, con la chispa roja encendida en las pupilas. Con un chillido de desesperación el pirata saltó sobre el Gran Tom y se arrojó de cabeza al mar.

—Cuatro —dijo Slightly.

—Y ahora —dijo Garfio con ceremoniosa cortesía—, ¿hay algún otro caballero que hable de motín? —Aferrando un farol y alzando su garra con ademán amenazador—: ¡Sacaré a ese gallito yo mismo! —bramó, y se precipitó en el camarote.

—Cinco —¡cómo ansiaba Slightly pronunciar esa cifra! Se humedeció los labios para estar listo, pero Garfio salió tambaleándose sin el farol.

—Algo ha apagado la luz de un soplo —dijo con voz vacilante.

—¡Algo! —repitió Mullins.

—¿Qué hay de Cecco? —exigió Noodler.

—Está tan muerto como Jukes —zanjó Garfio.

Su renuncia a volver al camarote causó pésima impresión en todos y los murmullos de motín volvieron a estallar. Todos los piratas son supersticiosos, y Cookson gritó: —Dicen que la señal más segura de que un barco está maldito es cuando hay a bordo un tripulante más de los que constan en lista.

—He oído decir —masculló Mullins— que siempre sube a bordo del navío pirata el último. ¿Tenía rabo, capitán?

—Dicen —apuntó otro mirando con saña a Garfio— que cuando sube a bordo lo hace con la figura del hombre más malvado de la tripulación.

—¿Tenía un garfio, capitán? —preguntó Cookson con insolencia; y uno tras otro prorrumpieron en el clamor—: ¡El barco está condenado! —Ante esto los niños no pudieron evitar soltar un viva. Garfio casi se había olvidado de sus cautivos, pero al revolverse hacia ellos su rostro volvió a iluminarse.

—Muchachos —gritó a su tripulación—, he aquí una idea: abran la puerta del camarote y empújenlos dentro. Que luchen contra el gallito por sus vidas: si lo matan, salimos ganando; si él los mata a ellos, no perdemos nada.

Por última vez sus perros admiraron a Garfio y cumplieron su orden con devoción. Los muchachos, fingiendo resistirse, fueron empujados al interior del camarote y la puerta se cerró tras ellos.

—¡Y ahora, escuchen! —gritó Garfio, y todos aguzaron el oído. Pero ninguno se atrevía a mirar de frente hacia la puerta. Sí, una sola persona miraba: Wendy, que todo este tiempo había permanecido atada al mástil. No esperaba un alarido ni un quiquiriquí: lo que vigilaba era la reaparición de Peter.

No tuvo que esperar mucho. En el camarote él había encontrado lo que había ido a buscar: la llave que liberaría a los niños de sus grilletes; y ahora salían todos sigilosamente armados con cuantas armas pudieron encontrar. Tras ordenarles por señas que se ocultaran, Peter cortó las ligaduras de Wendy, y nada habría sido más fácil que salir todos volando juntos; pero algo cerraba el paso: un juramento sagrado: «O Garfio o yo esta vez». De modo que, una vez liberada Wendy, le susurró que se ocultase con los demás y él mismo ocupó su lugar junto al mástil, envolviéndose en la capa de ella para hacerse pasar por la muchacha. Luego tomó aire y cantó victoria a pleno pulmón.

Para los piratas fue el pregón de que todos los muchachos yacían degollados en el camarote, y el pánico los atenazó. Garfio intentó infundirles valor, pero como los perros en que los había convertido le enseñaron los colmillos, y supo que si apartaba los ojos de ellos se abalanzarían a su garganta.

—Muchachos —dijo, listo para adular o golpear según conviniese, pero sin arredrarse un solo instante—: ya lo he pensado todo. Hay un Jonás a bordo.

—Sí —gruñeron ellos—: ¡un hombre con un garfio!

—No, muchachos, no: es la muchacha. Jamás hubo suerte en un barco pirata con una mujer a bordo. Enderezaremos el barco en cuanto ella desaparezca.

Fin del Episodio 22 · de 27

«O Garfio o yo esta vez» · I

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