El barco pirata
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Una luz verde que guiñaba sobre la Ensenada de Kidd, cerca de la desembocadura del río de los piratas, señalaba el fondeadero del bergantín, el Jolly Roger, de bajo francobordo: un bajel de aspecto canalla y casco corrompido, con cada una de sus cuadernas malditas, cual campo sembrado de plumas despedazadas. Era el caníbal de los mares, y apenas si necesitaba aquel ojo vigilante, pues flotaba inmune al amparo del horror de su nombre.
Se hallaba envuelto en el manto de la noche, a través del cual ningún rumor de a bordo podía alcanzar la orilla. Reinaba poco ruido, y ninguno grato salvo el runrún de la máquina de coser del navío ante la que permanecía sentado Smee, siempre hacendoso y servicial, la mismísima encarnación de la vulgaridad: el patético Smee. No sé por qué resultaba tan infinitamente patético, a no ser porque era tan conmovedoramente inconsciente de serlo; pero hasta los hombres más curtidos tenían que apartar la vista apresuradamente al mirarlo, y más de una vez en las tardes de estío había hecho brotar lágrimas en los ojos de Garfio. De esto, como de casi todo lo demás, Smee no se daba la menor cuenta.
Unos cuantos piratas se asomaban a la borda, respirando las miasmas de la noche; otros yacían despatarrados junto a los barriles jugando a los dados y a los naipes; y los cuatro forzudos exhaustos que habían cargado con la casita dormían a pierna suelta sobre la cubierta, donde incluso en sueños rodaban con destreza hacia un lado o hacia el otro fuera del alcance de Garfio, no fuera a ser que les clavase el garfio maquinalmente al pasar.
Garfio paseaba por la cubierta sumido en sus pensamientos. ¡Hombre insondable! Era su hora de triunfo supremo: Peter había sido apartado para siempre de su camino, y todos los demás muchachos se encontraban prisioneros en la bodega, a punto de caminar por la tabla. Era su hazaña más siniestra desde los tiempos en que obligara a Barbacoa a morder el polvo; y sabiendo como sabemos cuán vano tabernáculo es el hombre, ¿nos habría de extrañar que ahora se paseara con paso vacilante, hinchado por los vientos de su éxito?
Pero no asomaba júbilo alguno en su andar, que acompasaba el ritmo sombrío de su mente. Garfio se hallaba profundamente apesadumbrado.
A menudo caía en semejante estado cuando hablaba consigo mismo a bordo en el silencio de la noche: se debía a que estaba terriblemente solo. Aquel hombre impenetrable jamás se sentía más solitario que cuando se veía rodeado por sus perros: socialmente eran muy inferiores a él.
Garfio no era su verdadero apellido: revelar quién era en verdad pondría incluso hoy al país en pie de guerra; pero como quienes saben leer entre líneas habrán adivinado ya, se había educado en un célebre colegio de élite, y sus tradiciones se le pegaban todavía como prendas de vestir, con las que en verdad guardan no escasa relación. De ahí que incluso ahora le pareciese de pésimo gusto abordar un navío con el mismo atuendo con que lo había aferrado, y conservara en su caminar el distinguido desgarbo de su antiguo colegio. Pero por encima de todo conservaba la pasión por la buena educación.
¡La buena educación! Por mucho que se hubiera degradado, sabía muy bien que aquello es lo único que en verdad importa.
Desde el fondo de su ser escuchaba un chirrido de portones herrumbrosos a través de los cuales llegaba un severo golpeteo, como un martilleo en medio de una noche de insomnio: «¿Has guardado la buena educación hoy?», era su eterna pregunta.
—La fama, la fama, esa reluciente baratija: ¡es mía! —clamó para sus adentros.
—¿Acaso es de buena educación destacar en algo? —le replicaba el martilleo de su antiguo colegio.
—Soy el único hombre a quien temía Barbacoa —insistía él—, y Flint temía a Barbacoa.
—Barbacoa, Flint... ¿de qué internado? —llegaba la mordaz réplica.
La más inquietante de todas las reflexiones: ¿no era acaso de mala educación pensar en la buena educación?
Sus entrañas se desgarraban ante semejante dilema. Era una garra interior más afilada que la de hierro; y a medida que lo atormentaba, el sudor le resbalaba por el rostro seboso manchando su jubón. A menudo se pasaba la manga por la frente, pero no había forma de represar aquel goteo.
¡Ah, no envidien a Garfio!
Le sobrevino un presentimiento de su cercano fin. Era como si el terrible juramento de Peter hubiera subido a bordo del navío. Garfio sintió el lúgubre deseo de pronunciar su discurso de despedida, no fuera a faltarle tiempo después.
—¡Mejor le habría valido a Garfio —exclamó— tener menos ambición! —Solo en sus horas más negras se refería a sí mismo en tercera persona.
—¡Ni un solo niño que me quiera!
Era extraño que pensara en aquello, que jamás le había preocupado antes; tal vez la máquina de coser se lo había traído a las mientes. Durante largo rato masculló entre dientes contemplando a Smee, que cosía plácidamente dobladillos convencido de que todos los niños le temían.
¡Temerle a él! ¡Temerle a Smee! No había un solo niño a bordo del bergantín aquella noche que no le hubiera cobrado cariño ya. Les había dicho atrocidades y les había pegado con la palma de la mano, porque era incapaz de golpear con el puño cerrado; pero ellos se le habían arrimado más todavía. Michael se había probado sus gafas.
¡Decirle al pobre Smee que lo encontraban entrañable! Garfio sentía tentaciones de hacerlo, pero le parecía demasiado cruel. En su lugar, dio vueltas al misterio en su cabeza: ¿por qué encontraban entrañable a Smee? Persiguió el enigma como el sabueso que era: si Smee era entrañable, ¿qué era lo que lo hacía serlo? Una terrible respuesta se le impuso de golpe: «¿La buena educación?».
¿Poseía el contramaestre una buena educación sin saberlo, que es la más exquisita de todas?
Recordó que en su colegio había que demostrar que no sabías que la tenías antes de ser admitido en el club selecto.
Con un alarido de furia alzó su garra de hierro sobre la cabeza de Smee; pero no asestó el golpe. Lo que lo detuvo fue esta reflexión:
—Desgarrar a un hombre solo porque tiene buena educación... ¿qué sería eso?
—¡Mala educación!
El desdichado Garfio se hallaba tan desarmado como empapado en sudor, y se desplomó hacia adelante cual flor segada.
Creyendo sus secuaces que estaba fuera de combate por un rato, la disciplina se relajó al punto y se lanzaron a una bacanal desenfrenada que lo puso en pie en el acto, borrando todo rastro de debilidad humana como si le hubieran arrojado un cubo de agua encima.
—¡Silencio, piojosos! —rugió—, ¡o echaré el ancla en sus entrañas! —y al punto cesó el alboroto—. ¿Están todos los niños encadenados para que no puedan salir volando?
—A la orden.
—¡Pues súbanlos a cubierta!
Los desdichados cautivos fueron sacados a rastras de la bodega, todos excepto Wendy, y alineados frente a él. Durante unos instantes pareció no percatarse de su presencia: se repantigó a su antojo, tarareando sin mal gusto retazos de una tonada marinera y manoseando una baraja de cartas. De vez en cuando el fulgor de su cigarro prestaba una pincelada de color a su rostro cadavérico.
—Y ahora, pillastres —dijo jovialmente—: seis de ustedes caminarán por la tabla esta noche, pero tengo plaza para dos grumetes. ¿Quiénes van a ser?
«No lo irriten sin necesidad», habían sido las instrucciones de Wendy en la bodega; de modo que Tootles dio un paso al frente con mucha cortesía. A Tootles le repugnaba la idea de enrolarse a las órdenes de semejante sujeto, pero el instinto le indicó que lo prudente era cargarle la responsabilidad a una persona ausente; y aunque era un muchacho algo simple, sabía que solo las madres están siempre dispuestas a servir de parapeto. Todos los niños saben esto de las madres y las desprecian por ello, pero se aprovechan sin miramientos.
De modo que Tootles explicó con prudencia: —Verá usted, señor: no creo que a mi madre le gustara que yo fuera pirata. ¿A tu madre le gustaría que fueras pirata, Slightly?
Le guiñó el ojo a Slightly, quien dijo con aire compungido: —No lo creo —como si lamentara que las cosas no fueran de otro modo—. ¿A tu madre le gustaría que fueras pirata, Gemelo?
—No lo creo —respondió el primer gemelo, tan despierto como los demás—. Nibs, ¿a tu madre...?
—¡Basta de cháchara! —rugió Garfio, y los portavoces fueron empujados hacia atrás—. Tú, muchacho —dijo dirigiéndose a John—, pareces tener un poco de redaños. ¿Nunca has deseado ser pirata, valiente?
Resulta que a veces John había sentido esa tentación durante las clases de matemáticas, y le halagó que Garfio se hubiera fijado en él.
—Una vez pensé en llamarme Jack Manos Rojas —confesó con timidez.
—Y es un soberbio nombre. Así te llamaremos aquí, camarada, si te alistas.
—¿Tú qué opinas, Michael? —preguntó John.
—¿Cómo me llamarías a mí si me alisto? —exigió Michael.
—Joe Barbanegra.
Michael quedó naturalmente impresionado. —¿Tú qué opinas, John? —Él quería que John decidiera, y John quería que decidiera él.
—¿Seguiremos siendo súbditos respetuosos de Su Majestad el Rey? —inquirió John.
Entre los dientes apretados de Garfio brotó la respuesta: —Tendrías que jurar: «¡Abajo el Rey!».
Tal vez John no se hubiera comportado del todo bien hasta entonces, pero brilló con luz propia en aquel momento.
—¡Pues entonces me niego! —gritó, aporreando el barril frente a Garfio.
—¡Y yo también me niego! —exclamó Michael.
—¡Viva Inglaterra! —chilló Curly.
Los piratas enfurecidos les cruzaron la cara a golpes, y Garfio bramó fuera de sí: —¡Eso sella su sentencia! ¡Suban a su madre! ¡Preparen la tabla!
No eran más que unos niños y se pusieron blancos al ver a Jukes y a Cecco disponiendo la tabla fatal; pero intentaron mantener el tipo cuando subieron a Wendy a cubierta.
No hay palabras en mi pluma para expresar cuánto despreciaba Wendy a aquellos piratas. Para los muchachos el oficio de corsario tenía al menos cierto halo de encanto; pero todo lo que ella veía era que aquel navío no se había barrido ni limpiado en años enteros. No había un solo ojo de buey en cuyos cristales mugrientos no pudiera haberse escrito con el dedo «cerdo cochino»; y ya lo había escrito en varios. Pero al apiñarse los muchachos en torno a ella, no tuvo ojos más que para ellos.
—De modo, primor mío —dijo Garfio destilando almíbar—, que vas a ver a tus hijitos caminar por la tabla.
Por muy gran señor que fuese, la intensidad de sus cavilaciones le había arrugado y manchado la gorguera, y de pronto comprendió que ella la estaba mirando. Con un ademán apresurado intentó taparla, pero ya era demasiado tarde.
—¿Han de morir? —preguntó Wendy con una mirada de desprecio tan espantosa que él estuvo a punto de desmayarse.
—Morirán —gruñó él—. ¡Silencio todos! —añadió regodeándose—: ¡las últimas palabras de una madre a sus hijos!
En aquel instante Wendy estuvo soberbia. —Estas son mis últimas palabras, queridos míos —dijo con voz firme—: siento que tengo que transmitirles un mensaje de sus verdaderas madres, y es este: «Confiamos en que nuestros hijos morirán como caballeros ingleses».
Hasta los piratas quedaron sobrecogidos, y Tootles gritó con histeria: —¡Pienso hacer lo que mi madre espera! ¿Qué vas a hacer tú, Nibs?
—Lo que espera mi madre. ¿Qué vas a hacer tú, Gemelo?
—Lo que espera mi madre. John, ¿qué vas...?
Pero Garfio había recuperado la voz.
—¡Atenla al mástil! —bramó.
Fue Smee quien la ató al palo mayor. —Mira, ricura —le susurró—: te salvaré si me prometes ser mi madre.
Pero ni siquiera por Smee estaba dispuesta a hacer semejante promesa. —Casi preferiría no tener ningún hijo —repuso con desdén.
Da pena saber que ni un solo muchacho la miraba mientras Smee la amarraba al mástil: todos los ojos estaban fijos en la tabla, en aquel último y breve paseo que se disponían a emprender. Ya no eran capaces de abrigar esperanzas de darlo con hombría, pues la capacidad de pensar los había abandonado: solo acertaban a mirar y a temblar.
Garfio les sonrió enseñando los dientes y dio un paso hacia Wendy. Su propósito consistía en volverle la cara para obligarla a ver a los niños caer uno a uno por la tabla; pero jamás llegó hasta ella, jamás escuchó el grito de angustia que confiaba arrancarle. Escuchó otra cosa en su lugar.
Era el temible tic, tac del cocodrilo.
Todos lo oyeron: piratas, muchachos, Wendy; e inmediatamente todas las cabezas giraron en una misma dirección: no hacia el agua de donde procedía el sonido, sino hacia Garfio. Todos comprendieron que lo que iba a suceder le concernía a él solo, y que de actores se habían convertido súbitamente en espectadores.
Fue aterrador presenciar el cambio que se operó en él: como si le hubieran cortado las coyunturas de golpe, se desplomó hecho un ovillo en el suelo.
El sonido se aproximaba inexorable; y antes de él llegó este pensamiento funesto: «¡El cocodrilo está a punto de subir a bordo!».
Incluso la garra de hierro colgaba inerte, como sabiendo que no formaba parte de lo que la fuerza atacante buscaba. Abandonado a una soledad tan espantosa, cualquier otro hombre se habría quedado donde cayó con los ojos cerrados; pero el formidable cerebro de Garfio seguía funcionando, y bajo su guía reptó a gatas por la cubierta alejándose del sonido todo lo que pudo. Los piratas le abrieron paso con reverencia, y solo al chocar contra la borda acertó a hablar.
—¡Escóndanme! —gimió con voz ronca.
Se apiñaron a su alrededor con los ojos apartados de lo que estaba trepando al barco. No se les pasaba por la cabeza luchar contra ello: era el Destino.
Solo cuando Garfio quedó oculto a su vista, la curiosidad aflojó las piernas de los muchachos permitiéndoles correr a la borda para ver al cocodrilo subir a bordo. Tuvieron entonces la sorpresa más asombrosa de la Noche de las Noches: pues no era ningún cocodrilo lo que venía en su ayuda. ¡Era Peter!
Les hizo señas para que no soltaran ningún grito de admiración que pudiera levantar sospechas. Y luego siguió haciendo el tic, tac.
Fin del Episodio 21 · de 27
El barco pirata
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