Peter Pan·Episodio 20

¿Crees en las hadas? · II

~7 min · 1319 palabras

Cinco gotas de este veneno vertió en la taza de Peter. Le temblaba la mano, pero de júbilo más que de vergüenza. Mientras lo hacía evitó mirar al durmiente, no por temor a que la piedad lo desarmase, sino tan solo para no derramar una gota. Luego lanzó una última mirada de regodeo sobre su víctima y, volviéndose, trepó con no poca fatiga por el interior del árbol. Al emerger por la copa parecía el mismísimo espíritu del mal surgiendo de su madriguera. Calándose el sombrero con la inclinación más canalla, se ciñó la capa cubriéndose el pecho como para ocultar su figura a la noche, de la que constituía la porción más tenebrosa, y mascullando cosas extrañas para sus adentros, se perdió sigilosamente entre los árboles.

Peter siguió durmiendo. La lámpara chisporroteó y se apagó, dejando la vivienda sumida en la oscuridad; pero él seguía durmiendo. No debían de ser menos de las diez según el reloj del cocodrilo cuando de pronto se incorporó en el lecho, despertado por no sabía qué rumor: eran unos golpecitos suaves y cautelosos en la puerta de su árbol.

Suaves y cautelosos, pero en medio de aquella quietud resultaban siniestros. Peter tanteó en busca de su puñal hasta que sus dedos se cerraron sobre la empuñadura. Entonces habló:

—¿Quién anda ahí?

Durante largo rato no hubo respuesta: luego volvieron a llamar.

—¿Quién eres?

Silencio absoluto.

Sintió una emoción electrizante, y le fascinaba sentir emociones. En dos zancadas alcanzó la puerta. A diferencia de la de Slightly, cubría todo el vano, de modo que no podía ver al otro lado ni quien llamaba podía verlo a él.

—¡No abriré a menos que hables! —gritó Peter.

Entonces, al fin, la visita habló con una voz deliciosa idéntica al tañido de una campanilla:

—¡Déjame entrar, Peter!

Era Campanilla, y él le descorrió el cerrojo a toda prisa. Entró volando agitadísima, con las mejillas encendidas y el vestido salpicado de barro.

—¿Qué ocurre?

—¡Oh, jamás lo adivinarías! —exclamó ella, y le ofreció tres intentos—. ¡Desembucha ya! —le gritó él, y en una sola frase atropellada, tan larga como las cintas que los prestidigitadores se sacan de la boca, le refirió la captura de Wendy y de todos los muchachos.

El corazón de Peter daba saltos en su pecho mientras escuchaba. ¡Wendy atada de pies y manos a bordo del navío pirata, ella que amaba tanto el orden y el primor!

—¡Pienso rescatarla! —gritó abalanzándose sobre sus armas. Al saltar pensó en algo que podía hacer para agradarla: tomarse su medicina.

Su mano se cerró sobre la pócima fatal.

—¡No! —chilló Campanilla, que había oído a Garfio mascullar su fechoría mientras cruzaba el bosque a toda prisa.

—¿Por qué no?

—Está envenenada.

—¿Envenenada? ¿Quién iba a envenenarla?

—Garfio.

—No digas tonterías: ¿cómo iba a haber bajado Garfio hasta aquí?

¡Ay!, Campanilla no podía explicar semejante cosa, pues ni ella misma conocía el oscuro secreto del árbol de Slightly. Con todo, las palabras de Garfio no dejaban resquicio a la duda: la taza contenía veneno.

—Además —dijo Peter convencido de sus palabras—, yo no me he quedado dormido en ningún momento.

Alzó la taza. No había tiempo para razones: era tiempo de actuar; y con un relampagueo prodigioso Campi se interpuso entre sus labios y el brebaje, apurándolo hasta la última gota.

—¡Campi! ¿Cómo te atreves a beberte mi medicina?

Pero ella no respondió: ya andaba tambaleándose por el aire.

—¿Qué te ocurre? —exclamó Peter con miedo repentino.

—Estaba envenenada, Peter —le dijo en un susurro—; y ahora voy a morirme.

—¡Oh, Campi, ¿te la has bebido para salvarme?!

—Sí.

—¿Pero por qué, Campi?

Las alas apenas lograban sostenerla ya, pero a guisa de respuesta se posó sobre su hombro y le propinó un mordisquito cariñoso en la nariz. Le susurró al oído: «¡Zopenco rematado!», y luego, tambaleándose hasta su alcoba, se dejó caer sobre el lecho.

La cabeza de Peter ocupaba casi toda la cuarta pared de su diminuto cuarto mientras él se arrodillaba desconsolado a su lado. Por momentos su lucecilla palidecía más y más; y él sabía que, si llegaba a apagarse, ella dejaría de existir para siempre. A ella le gustaban tanto las lágrimas de él que extendió su hermoso dedito y dejó que corrieran sobre su piel.

Su vocecita era tan tenue que al principio él no alcanzó a comprender lo que decía. Luego lo entendió: decía que creía que podría curarse si los niños creyeran en las hadas.

Peter abrió los brazos de par en par. No había niños allí presentes y era noche cerrada; pero se dirigió a todos los que pudieran estar soñando en aquel momento con el País de Nunca Jamás, y que por tanto se hallaban más cerca de él de lo que ustedes imaginan: niños y niñas en camisón, y bebés indios desnudos en sus cestas colgadas de los árboles.

—¿Creen en las hadas? —clamó a voz en cuello.

Campanilla se incorporó en el lecho con insospechada presteza para escuchar su sentencia.

Creyó escuchar respuestas afirmativas, y luego no estuvo del todo segura.

—¿Tú qué crees? —le preguntó a Peter.

—¡Si creen en las hadas —les gritó él—, aplaudan con las manos! ¡No dejen morir a Campi!

Muchos aplaudieron.

Algunos no lo hicieron.

Unas cuantas fieras silbaron con desdén.

Los aplausos cesaron de golpe, como si incontables madres hubieran acudido a las habitaciones infantiles para ver qué demonios estaba ocurriendo; pero Campanilla ya estaba salvada. Primero su voz cobró vigor; luego saltó del lecho; y después ya andaba revoloteando por la estancia con más picardía y descaro que nunca. Ni por asomo pensó en dar las gracias a quienes habían creído en ella, pero bien le habría gustado propinarles un buen escarmiento a los que habían silbado.

—¡Y ahora, a rescatar a Wendy!

La luna cabalgaba por un cielo encapotado cuando Peter emergió de su árbol, ceñido de armas y casi sin otra vestimenta, dispuesto a emprender su peligrosa empresa. No era una noche como la que él habría elegido. Había confiado en volar manteniéndose a poca distancia del suelo para que nada insólito escapara a su vista; pero con aquella luz intermitente volar bajo habría supuesto proyectar su sombra entre los árboles, espantando a las aves y alertando a un enemigo vigilante de que andaba sobre aviso.

Lamentaba ahora haber puesto nombres tan estrafalarios a las aves de la isla, que eran por ello sumamente ariscas y difíciles de abordar.

No quedaba más alternativa que avanzar a la usanza de los pieles rojas, arte en el que afortunadamente era consumado maestro. ¿Pero en qué dirección, si no podía estar seguro de que hubieran llevado a los niños al navío? Una leve nevada había borrado todo rastro de pisadas, y un silencio de muerte reinaba en la isla, como si la Naturaleza se hubiera detenido sobrecogida ante la reciente carnicería. Él había enseñado a los niños algo de la ciencia de los bosques que él mismo aprendiera de Tigrilla y de Campanilla, y sabía que en hora tan aciaga difícilmente lo habrían olvidado: Slightly, de haber tenido ocasión, habría hecho muescas en los árboles; Curly habría ido arrojando semillas; y Wendy habría dejado caer su pañuelo en algún paraje señalado. Hacía falta la luz del día para rastrear tales indicios, y él no podía aguardar. El mundo de la superficie lo había llamado, pero no le brindaba auxilio alguno.

El cocodrilo pasó a su lado, pero ninguna otra criatura viva, ni un sonido, ni un estremecimiento; y sin embargo sabía muy bien que la muerte repentina podía agazaparse tras el próximo árbol o deslizarse tras sus talones.

Pronunció entonces este terrible juramento: «¡O Garfio o yo esta vez!».

Ahora reptaba hacia adelante como una serpiente, y luego, erguido de nuevo, cruzaba de un brinco los claros bañados por la luna, con un dedo puesto sobre los labios y el puñal listo para herir. Se sentía espantosamente feliz.

Fin del Episodio 20 · de 27

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