Peter Pan·Episodio 19

¿Crees en las hadas? · I

~8 min · 1595 palabras

Cuanto más deprisa despachemos este horror, tanto mejor. El primero en asomar por su árbol fue Curly: surgió de él directamente a los brazos de Cecco, quien lo arrojó a Smee, quien lo lanzó a Starkey, quien lo tiró a Bill Jukes, quien lo pasó a Noodler, y así fue volteado de mano en mano hasta rodar a los pies del gigantesco pirata negro. Todos los muchachos fueron arrancados de sus árboles con semejante crueldad despiadada, y varios de ellos se hallaban en el aire a la vez, cual fardos de mercancía arrojados de unos a otros.

Un trato muy distinto recibió Wendy, que salió la última. Con cortesía irónica Garfio se descubrió ante ella levantando el sombrero y, ofreciéndole el brazo, la escoltó hasta el paraje donde estaban amordazando a los demás. Lo hizo con semejante distinción, resultaba tan aristocrático y distinguido, que ella se quedó demasiado fascinada para pedir socorro: al fin y al cabo solo era una niña pequeña.

Acaso sea una delación indiscreta confesar que por un momento Garfio la embelesó, y solo lo contamos porque su flaqueza acarreó consecuencias extraordinarias. Si ella se hubiera desprendido con altivez de su brazo —y cuánto nos habría gustado dejar constancia de ello—, habría salido volando por los aires como los demás, en cuyo caso Garfio difícilmente habría asistido al atado de los niños; y de no haber estado presente al atarlos no habría descubierto el secreto de Slightly, sin el cual no habría podido intentar atentar contra la vida de Peter.

Los ataron para impedir que salieran volando, doblados en dos con las rodillas pegadas a las orejas; y para maniatarlos el pirata negro había cortado una maroma en nueve trozos iguales. Todo marchó como la seda hasta que le tocó el turno a Slightly, momento en que descubrieron que era como esos paquetes engorrosos que agotan toda la cuerda al rodearlos sin dejar cabos para hacer el nudo. Los piratas le propinaron puntapiés llenos de rabia, exactamente igual que una patea el paquete —aunque en justicia debería patear la cuerda—; y cosa extraña: fue Garfio quien les ordenó suspender la violencia. Su labio se curvaba con malicioso triunfo. Mientras sus perros se limitaban a sudar la gota gorda porque cada vez que empaquetaban al infeliz chiquillo por un lado se desbordaba por el otro, la mente privilegiada de Garfio había calado muy por debajo de la superficie de Slightly, indagando no en los efectos sino en las causas; y su regocijo demostró que las había hallado. Slightly, blanco hasta las agallas, comprendió que Garfio había sorprendido su secreto: ningún muchacho tan rechoncho podía servirse de un árbol en el que un hombre de talla media se quedaba atascado. El pobre Slightly, el más desgraciado de todos los niños ahora, pues sentía un pavor espantoso por la suerte de Peter, lamentó amargamente lo que había hecho. Adicto empedernido a beber agua cuando tenía calor, había engordado hasta alcanzar su corpulencia actual; y en lugar de ponerse a régimen para amoldarse a su árbol, había ensanchado el tronco a escondidas de los demás con su navaja.

Garfio adivinó lo suficiente para convencerse de que Peter se hallaba al fin a su merced; pero de sus labios no brotó una sola palabra del sombrío designio que ahora tomaba forma en las cavernas subterráneas de su cerebro: se limitó a ordenar por señas que condujeran a los cautivos al barco y que lo dejaran a solas.

¿Cómo transportarlos? Atados de pies y manos bien podían rodar cuesta abajo como barriles, pero la mayor parte del trayecto discurría a través de un pantano. Una vez más el genio de Garfio sorteó los escollos: señaló que debían emplear la casita como vehículo. Arrojaron a los niños dentro, cuatro fornidos piratas la cargaron sobre sus hombros, los demás formaron detrás y, entonando el odioso coro bucanero, la extraña comitiva se internó por el bosque. No sé si alguno de los niños iba llorando: de ser así, los cánticos ahogaban sus sollozos; pero a medida que la casita se perdía entre los árboles, una columnita de humo valerosa y tenue asomó por su chimenea como desafiando a Garfio.

Garfio la vio, y aquello le hizo un flaco favor a Peter: secó hasta la última brizna de compasión que pudiera haber quedado en el enfurecido pecho del pirata.

Lo primero que hizo al verse a solas en medio de la noche cerrada fue acercarse de puntillas al árbol de Slightly y comprobar que le brindaba un paso franco. Luego permaneció largo rato cavilando, con su sombrero de mal agüero posado sobre la hierba para que la suave brisa refrescara sus cabellos. Tan negros eran sus pensamientos como dulces eran sus ojos azules cual miosótidas. Aguzó el oído con avidez hacia el mundo subterráneo, pero abajo reinaba un silencio tan sepulcral como arriba: la morada bajo tierra parecía un habitáculo vacío más en el vacío. ¿Dormía aquel muchacho, o aguardaba al pie del árbol de Slightly con el puñal desenvainado?

No había otra forma de averiguarlo que bajando en persona. Garfio dejó caer suavemente su capa al suelo y luego, mordiéndose los labios hasta hacer brotar una sangre oscura, se introdujo en el árbol. Era un hombre valeroso, pero por un instante tuvo que detenerse a secarse la frente, que chorreaba como un cirio encendido. Luego, en silencio, se dejó caer hacia lo desconocido.

Alcanzó el fondo del túnel sin tropiezo alguno y permaneció inmóvil, conteniendo el aliento que casi lo había abandonado. A medida que sus pupilas se habituaban a la penumbra, varios objetos del hogar bajo los árboles cobraron forma; pero el único en el que se clavó su codiciosa mirada, largamente buscado y hallado al fin, fue el gran lecho. En la cama yacía Peter profundamente dormido.

Ignorante de la tragedia que se desarrollaba arriba, Peter había continuado tocando alegremente la flauta durante unos instantes tras la marcha de los niños: sin duda una tentativa melancólica de demostrarse a sí mismo que le daba igual. Luego decidió no tomar su medicina para disgustar a Wendy. Después se tumbó en la cama por fuera del cobertor para contrariarla todavía más, pues ella siempre los arropaba por dentro al no saberse nunca cuándo refrescaría de madrugada. Luego estuvo a punto de romper a llorar; pero pensó en lo furiosa que se pondría ella si en lugar de llorar se reía, de modo que soltó una carcajada insolente y se quedó dormido en mitad de ella.

A veces, aunque no con frecuencia, tenía sueños, y eran más dolorosos que los sueños de los otros muchachos. Durante horas enteras era incapaz de desprenderse de aquellas pesadillas en las que sollozaba lastimeramente: tenían que ver, me parece a mí, con el enigma de su propia existencia. En tales ocasiones Wendy solía sacarlo de la cama y sentarlo en su regazo, consolándolo con dulces ternezas de su propia invención; y cuando se calmaba, lo devolvía a la cama antes de que despertara del todo para que ignorase la humillación a la que lo había sometido. Pero en esta ocasión había caído al punto en un sueño plácido y sin ensueños. Un brazo colgaba por el borde de la cama, una rodilla permanecía doblada y la parte inconclusa de su risa había quedado varada en su boca entreabierta, mostrando sus dientecillos como perlas diminutas.

Así, enteramente indefenso, lo halló Garfio. Permaneció en silencio al pie del árbol contemplando a su enemigo al otro lado de la estancia. ¿No turbó ningún sentimiento de piedad su pecho sombrío? El hombre no era del todo malvado: amaba las flores —según me han dicho— y la música delicada —él mismo era un intérprete nada desdeñable al clavecín—; y justo es admitir con franqueza que la naturaleza idílica de la escena lo conmovió profundamente. Dominado por su mejor parte habría regresado de mala gana hacia arriba por el árbol, de no haber mediado una sola cosa.

Lo que lo detuvo fue la impertinente apostura de Peter mientras dormía: la boca abierta, el brazo caído, la rodilla arqueada... componían una personificación tan cabal de la insolencia que difícilmente volverá a presentarse ante ojos tan sensibles a semejante afrenta. Aquello endureció el corazón de Garfio cual piedra berroqueña. Si su cólera lo hubiera quebrado en cien pedazos, cada uno de ellos habría desdeñado la prudencia para abalanzarse sobre el durmiente.

Aunque la luz de la solitaria lámpara alumbraba tenuemente el lecho, Garfio se hallaba envuelto en la oscuridad y, al primer paso sigiloso hacia adelante, descubrió un obstáculo: la puertecilla del árbol de Slightly. No cubría enteramente el vano y él había estado mirando por encima. Al tantear en busca del pestillo comprobó con rabia que se encontraba abajo del todo, fuera de su alcance. A su mente trastornada le pareció entonces que la irritante provocación del semblante de Peter aumentaba por momentos, y sacudió la puerta arrojándose contra ella. ¿Iba a escapársele su enemigo después de todo?

¿Pero qué era aquello? El fulgor rojizo de su mirada descubrió la taza con la medicina de Peter posada sobre una repisa a la distancia justa de su mano. Comprendió al instante lo que era y supo en el acto que el durmiente se hallaba en su poder.

Por temor a caer prisionero con vida, Garfio llevaba siempre consigo una droga espantosa, destilada por él mismo a base de los venenos de todos los anillos ponzoñosos que habían caído en sus manos. Los había reducido a un líquido amarillento enteramente desconocido para la ciencia, que constituía con toda probabilidad el veneno más virulento del planeta.

Fin del Episodio 19 · de 27

¿Crees en las hadas? · I

Siguiente Episodio 20~7 min¿Crees en las hadas? · II“Mientras lo hacía evitó mirar al durmiente, no por temor a que la piedad lo desarmase, sino tan solo para no derramar una gota.”Seguir leyendo
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