Peter Pan·Episodio 18

El rapto de los niños

~8 min · 1655 palabras

El asalto de los piratas había sido una sorpresa mayúscula: prueba fehaciente de que el desalmado Garfio lo había conducido con flagrante deslealtad, pues pillar desprevenidos a los pieles rojas con nobleza supera con creces el ingenio del hombre blanco.

Según todas las leyes no escritas de la guerra salvaje, siempre es el piel roja quien ataca primero, y con la astucia propia de su raza lo hace justo antes del alba, hora en la que sabe que el valor de los rostros pálidos flaquea en su punto más bajo. Los hombres blancos, entre tanto, han levantado una tosca empalizada en la cumbre de aquella colina ondulada a cuyos pies discurre un arroyo, pues alejarse demasiado del agua equivale a una destrucción segura. Allí aguardan la embestida: los bisoños apretando sus revólveres y pisando ramas secas, mientras los veteranos duermen plácidamente hasta instantes antes de despuntar el alba. A través de la larga y tenebrosa noche, los exploradores salvajes reptan como serpientes entre la hierba sin mover una sola brizna. La maleza se cierra tras ellos con tanta suavidad como la arena en la que se zambulle un topo. No se oye el menor rumor, salvo cuando sueltan una imitación prodigiosa del aullido solitario del coyote. Otros guerreros responden al aullido; y algunos lo hacen incluso mejor que los auténticos coyotes, que no son especialmente diestros en ello. Así transcurren las horas gélidas, y la larga espera resulta espantosamente angustiosa para el rostro pálido que ha de vivirla por vez primera; pero para el veterano avezado aquellos alaridos siniestros y aquellos silencios más siniestros todavía no son sino el reloj que marca la marcha de la noche.

Que este era el proceder habitual lo sabía tan bien Garfio que, al pasarlo por alto, no puede escudarse en el pretexto de la ignorancia.

Los piccaninnies, por su parte, confiaban ciegamente en su palabra de honor, y toda su conducta de aquella noche resalta en acusado contraste con la de su rival. No dejaron nada por hacer que correspondiera a la reputación militar de su tribu. Con esa agudeza sensorial que es a la vez pasmo y desesperación de los pueblos civilizados, supieron que los piratas andaban por la isla desde el instante en que uno de ellos pisó una rama seca; y en un plazo increíblemente breve comenzaron los aullidos de coyote. Cada palmo de terreno entre el desembarcadero de las huestes de Garfio y el hogar subterráneo fue explorado sigilosamente por guerreros que calzaban los mocasines con los talones hacia adelante. No hallaron más que un único montículo con un riachuelo al pie, de modo que Garfio no tenía elección: debía atrincherarse allí y aguardar a los instantes previos al amanecer. Habiendo dispuesto todo con astucia casi diabólica, el grueso de los pieles rojas se envolvió en sus mantas y, con la flemática compostura que para ellos constituye la perla de la hombría, se acuclilló sobre la morada de los niños a la espera del frío instante en que sembrarían la pálida muerte.

Allí, soñando despiertos con las exquisitas torturas a las que iban a someterle al despuntar el día, sorprendió el pérfido Garfio a aquellos confiados salvajes. Por los relatos transmitidos más tarde por los exploradores que lograron escapar a la carnicería, no parece siquiera haberse detenido ante el montículo, aunque es seguro que con aquella luz grisácea debió de divisarlo: ningún pensamiento de aguardar a ser atacado rozó jamás su mente sutil; ni siquiera esperó a que la noche estuviera avanzada: arremetió de frente sin otra táctica que caer sobre ellos. ¿Qué podían hacer los desconcertados exploradores, dueños de todas las estratagemas bélicas salvo de esta, sino trotar desvalidos tras él, exponiéndose fatalmente a la vista mientras lanzaban lastimeros aullidos de coyote?

En torno a la valerosa Tigrilla se apiñaba una docena de sus guerreros más fornidos, y de improviso vieron a los traicioneros piratas abalanzarse sobre ellos. Cayó entonces de sus ojos el velo a través del cual habían contemplado la victoria. Ya no atarían a nadie al poste del tormento: para ellos los felices campos de caza habían llegado ya. Lo sabían con certeza; pero como hijos de sus padres cumplieron con su deber. Incluso entonces habrían tenido tiempo de formar una falange inexpugnable de haberse puesto en pie de un brinco, pero las tradiciones sagradas de su estirpe se lo prohibían: está escrito que el noble salvaje jamás debe exteriorizar sorpresa ante la presencia del blanco. De suerte que, por aterradora que fuera la súbita aparición de los piratas, permanecieron inmóviles por un instante sin mover un solo músculo, como si el adversario hubiera acudido por expresa invitación. Luego, en efecto, salvaguardada gallardamente la tradición, empuñaron sus armas y el aire se rasgó con el alarido de guerra; pero ya era demasiado tarde.

No nos corresponde relatar lo que fue una degollina más que un combate. Así pereció la flor y nata de la tribu piccaninny. No murieron sin venganza, pues junto a Lobo Flaco cayó Alf Mason para no volver a turbar las aguas del Caribe, y entre otros que mordieron el polvo figuraron George Scourie, Charles Turley y el alsaciano Foggerty. Turley cayó bajo el tomahawk de la terrible Pantera, quien finalmente se abrió paso a cuchilladas entre los piratas junto con Tigrilla y un exiguo resto de la tribu.

Hasta qué punto es culpable Garfio por sus tácticas en esta ocasión es cuestión que corresponde dirimir al historiador. De haber aguardado en el montículo hasta la hora debida, él y sus secuaces habrían sido degollados sin piedad; y al juzgarle es de estricta justicia tener esto en cuenta. Lo que tal vez debió hacer fue advertir a sus oponentes de que pensaba ensayar un método nuevo. Por otra parte, semejante aviso, al arruinar el factor sorpresa, habría inutilizado su maniobra, de suerte que todo el dilema se halla erizado de dificultades. Al menos no cabe escatimar una involuntaria admiración hacia el ingenio que concibió un plan tan audaz y hacia el funesto talento con que lo llevó a término.

¿Qué sentía él mismo respecto a su persona en aquel instante de triunfo? Bien habrían querido saberlo sus perros mientras, jadeando con fatiga y limpiando los alfanjes, se congregaban a una prudente distancia de su garfio y miraban de reojo con ojos de hurón a aquel hombre extraordinario. El júbilo debió de anidar en su pecho, pero su rostro no lo reflejaba: enigma siempre sombrío y solitario, se mantenía apartado de sus secuaces tanto en espíritu como en presencia.

La faena de la noche aún no estaba concluida, pues no había salido a aniquilar a los pieles rojas: estos no eran más que las abejas a las que ahumar para apoderarse de la miel. Era a Pan a quien quería; a Pan, a Wendy y a su banda, pero muy por encima de todos a Pan.

Peter era un muchacho tan pequeño que una tiende a maravillarse ante el odio visceral que aquel hombre le profesaba. Es verdad que le había arrojado el brazo al cocodrilo, pero incluso esto y la consiguiente zozobra en que vivía debido a la tenacidad de la bestia apenas bastan para justificar un encono tan implacable y rencoroso. La verdad desnuda es que en Peter anidaba algo que sacaba de quicio al capitán pirata. No era su valor, no era su aspecto simpático, no era... No andemos con rodeos, pues sabemos perfectamente qué era y tenemos la obligación de contarlo: era la chulería insolente de Peter.

Aquello destrozaba los nervios de Garfio: hacía crispar su garra de hierro y por la noche lo desvelaba como el zumbido de un insecto. Mientras Peter viviera, aquel hombre martirizado se sentía como un león en una jaula donde se ha colado un gorrión.

La cuestión ahora estribaba en cómo descender por los árboles, o en cómo hacer bajar a sus perros. Paseó sus ojos codiciosos sobre ellos buscando a los más flacos; ellos se revolvieron con desasosiego, pues sabían que él no dudaría en embutirlos hacia abajo a palos.

Entre tanto, ¿qué ocurría con los niños? Los dejamos al primer choque de las armas petrificados como estatuas, con la boca abierta, suplicando con los brazos tendidos hacia Peter; y volvemos a ellos cuando cierran la boca y dejan caer los brazos a los costados. El estruendo de arriba ha cesado con tanta brusquedad como empezó, esfumándose como una racha de viento feroz; pero ellos saben que a su paso ha quedado sellado su destino.

¿Qué bando había vencido?

Los piratas, pegando ávidamente la oreja a los huecos de los árboles, escucharon la pregunta en labios de cada muchacho y, ¡ay de ellos!, escucharon también la respuesta de Peter.

—Si han vencido los pieles rojas —dijo él—, tocarán el tam-tam: es siempre su señal de victoria.

Resulta que Smee había encontrado el tam-tam y en aquel preciso instante estaba sentado encima de él. —No volverán a oír el tam-tam en su vida —masculló, para sus adentros naturalmente, pues se había ordenado silencio riguroso. Para su asombro, Garfio le hizo señas de que golpeara el tam-tam, y lentamente fue calando en la mollera de Smee la espantosa perversidad de aquella orden: probablemente jamás aquel hombre ingenuo había admirado tanto a su capitán.

Dos veces golpeó Smee sobre el parche del instrumento, y luego se detuvo a escuchar con regocijo.

—¡El tam-tam! —oyeron los forajidos gritar a Peter—. ¡Victoria de los indios!

Los desventurados chiquillos respondieron con un viva entusiasta que sonó a música celestial en los negros corazones de arriba, y casi al punto repitieron sus despedidas a Peter. Esto desconcertó a los piratas, pero todos sus otros sentimientos quedaron anegados por el vil deleite de saber que los enemigos se disponían a subir por los árboles. Se sonrieron unos a otros frotándose las manos. Rápido y en silencio, Garfio impartió sus órdenes: un hombre apostado ante cada árbol y los demás alineados a dos yardas de distancia.

Fin del Episodio 18 · de 27

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