Peter Pan·Episodio 17

El cuento de Wendy

~12 min · 2377 palabras

Escuchen bien, pues —dijo Wendy disponiéndose a relatar su historia, con Michael a sus pies y siete muchachos en la cama—. Érase una vez un caballero...

—Habría preferido que fuera una dama —apuntó Curly.

—Ojalá hubiera sido una rata blanca —dijo Nibs.

—¡Silencio! —los amonestó su madre—. Había también una dama, y...

—Oh, mami —gritó el primer gemelo—, quieres decir que hay una dama todavía, ¿verdad? No se ha muerto, ¿a que no?

—¡Oh, no!

—Me alegro una barbaridad de que no esté muerta —dijo Tootles—. ¿Te alegras tú, John?

—Pues claro que me alegro.

—¿Te alegras tú, Nibs?

—Muchísimo.

—¿Se alegran ustedes, gemelos?

—Nos alegramos.

—¡Válgame Dios! —suspiró Wendy.

—¡Un poco menos de ruido ahí abajo! —ordenó Peter, resuelto a que la dejaran hablar con justicia, por detestable que le pareciese el cuento a su entender.

—El caballero se llamaba —prosiguió Wendy— el señor Darling, y ella se llamaba la señora Darling.

—Yo los conocía —soltó John para fastidiar a los otros.

—Creo que yo también los conocía —dijo Michael con bastantes dudas.

—Estaban casados, ya ven —explicó Wendy—, ¿y qué creen que tuvieron?

—Ratas blancas —gritó Nibs entusiasmado.

—No.

—Es dificilísimo de adivinar —dijo Tootles, que se sabía el cuento de memoria.

—Silencio, Tootles. Tuvieron tres descendientes.

—¿Qué cosa es descendientes?

—Bueno, tú eres uno de ellos, Gemelo.

—¿Has oído eso, John? Soy un descendiente.

—Los descendientes no son más que niños —aclaró John.

—¡Ay, Señor! —suspiró Wendy—. Pues bien: estos tres niños tenían una fiel niñera llamada Nana; pero el señor Darling se enfadó con ella y la encadenó en el patio, y por esa razón todos los niños se fueron volando.

—Es un cuento estupendo —dijo Nibs.

—Se fueron volando —continuó Wendy— hacia el País de Nunca Jamás, donde se encuentran los niños perdidos.

—¡Ya me lo figuraba yo! —interrumpió Curly con emoción—. ¡No sé cómo, pero me lo figuraba!

—¡Oh, Wendy! —exclamó Tootles—, ¿uno de los niños perdidos se llamaba Tootles?

—Sí, así se llamaba.

—¡Salgo en un cuento! ¡Hurra, salgo en un cuento, Nibs!

—Chist. Y ahora quiero que piensen en los sentimientos de aquellos pobres padres desdichados al ver que todos sus hijos se habían marchado volando.

—¡Uuuuh! —gimieron todos a una, aunque en realidad no les importaban un ardite los sentimientos de los afligidos padres.

—¡Piensen en las camas vacías!

—¡Uuuuh!

—Es tristísimo —dijo el primer gemelo muy alegre.

—No veo cómo esto puede tener un final feliz —comentó el segundo gemelo—. ¿Tú lo ves, Nibs?

—Estoy con el alma en un hilo.

—Si supieran cuán inmenso es el amor de una madre —les dijo Wendy triunfalmente—, no tendrían ningún temor. —Había llegado ya a la parte que Peter aborrecía.

—A mí me encanta el amor de una madre —dijo Tootles arreándole a Nibs un almohadazo—. ¿A ti te gusta el amor de una madre, Nibs?

—Ya lo creo que me gusta —dijo Nibs devolviendo el golpe.

—Verán —dijo Wendy con satisfacción complaciente—: nuestra heroína sabía que su madre dejaría siempre la ventana abierta de par en par para que sus hijos pudieran regresar volando; de modo que se quedaron fuera durante años enteros pasándoselo en grande.

—¿Y llegaron a volver alguna vez?

—Echemos ahora —dijo Wendy preparándose para su golpe de efecto magistral— un vistazo al porvenir. —Y todos hicieron el giro de cabeza que facilita asomarse al futuro—. Han transcurrido los años, ¿y quién es esa elegante dama de edad indefinida que desciende del tren en la estación de Londres?

—¡Oh, Wendy, quién es! —gritó Nibs, tan emocionado como si no lo supiera.

—¿Será posible...? ¡Sí... no... es ella: la hermosa Wendy!

—¡Ooooh!

—¿Y quiénes son esas dos nobles y distinguidas figuras que la acompañan, convertidas ya en hombres hechos y derechos? ¿Acaso son John y Michael? ¡Ellos mismos son!

—¡Ooooh!

—«¡Miren, queridos hermanos!», dice Wendy señalando hacia lo alto. «Allí sigue la ventana abierta de par en par. ¡Ah, he aquí la recompensa a nuestra fe sublime en el amor de una madre!». De modo que volaron hacia arriba al encuentro de papá y mamá, y la pluma no alcanza a describir la dichosa escena sobre la que corremos un velo.

Ese era el cuento, y quedaron tan complacidos con él como la mismísima y hermosa narradora. Todo exactamente como debía ser, ya ven. Nos escapamos como los seres más desalmados del mundo —que es lo que son los niños, aunque tan encantadores—; nos lo pasamos en grande de forma enteramente egoísta, y luego, cuando necesitamos atenciones especiales, regresamos noblemente confiados en que seremos recibidos con mimos en vez de con azotes.

Tan inmensa era, en efecto, su fe en el amor de una madre que sintieron que podían permitirse el lujo de seguir siendo desalmados un poco más.

Pero había allí uno que sabía muy bien a qué atenerse, y cuando Wendy concluyó soltó un gemido lúgubre.

—¿Qué tienes, Peter? —exclamó ella corriendo hacia él, creyendo que estaba enfermo. Lo palpó solícita más abajo del pecho—. ¿Dónde te duele, Peter?

—No es esa clase de dolor —respondió Peter con aire sombrío.

—¿Entonces qué clase de dolor es?

—Wendy, te equivocas de medio a medio respecto a las madres.

Todos se apiñaron a su alrededor sobrecogidos, tan alarmante resultaba su agitación; y con una franqueza admirable les reveló lo que hasta entonces había callado.

—Mucho tiempo atrás —dijo— creí como ustedes que mi madre mantendría siempre la ventana abierta para mí, de modo que me quedé fuera lunas y lunas y lunas enteras, y luego regresé volando; pero la ventana estaba cerrada con rejas, pues mi madre se había olvidado por completo de mí y había otro niño pequeño durmiendo en mi cama.

No estoy seguro de que esto fuera verdad, pero Peter creía que era rigurosamente cierto; y a ellos los dejó espantados.

—¿Estás seguro de que las madres son así?

—Totalmente.

Así que esa era la verdad sobre las madres. ¡Vaya unos sapos!

Con todo, más vale andarse con tiento; y nadie sabe con tanta rapidez como un niño cuándo conviene dar el brazo a torcer. —Wendy, volvamos a casa —gritaron John y Michael a la vez.

—Sí —dijo ella abrazándolos.

—¿Esta misma noche no? —preguntaron los niños perdidos desconcertados. Sabían en lo que llamaban sus corazones que una puede pasarse la mar de bien sin madre, y que solo las madres creen que no es posible.

—Inmediatamente —respondió Wendy resuelta, pues le había asaltado un pensamiento espantoso—: tal vez mamá ya esté de medio luto a estas horas.

Este pavor le hizo olvidar lo que Peter pudiera sentir, y le dijo en tono un tanto tajante: —Peter, ¿harás los preparativos necesarios?

—Si tú lo deseas —respondió él con tanta frialdad como si le hubiera pedido que le pasara las nueces.

¡Ni una sola palabra de lamento entre ellos dos! Si a ella no le importaba la despedida, Peter le iba a demostrar que a él tampoco.

Pero desde luego le importaba muchísimo; y estaba tan furioso contra los mayores, que como de costumbre lo echaban todo a perder, que en cuanto entró en su árbol respiró deliberadamente con boqueadas cortas y rápidas a razón de unas cinco por segundo. Hacía esto porque corre el dicho en el País de Nunca Jamás de que cada vez que respiras muere un adulto; y Peter los estaba aniquilando con saña con la mayor presteza posible.

Luego, tras impartir las oportunas instrucciones a los pieles rojas, regresó al hogar, donde durante su ausencia se había desarrollado una escena indigna. Presas del pánico ante la perspectiva de perder a Wendy, los niños perdidos habían avanzado amenazadoramente sobre ella.

—Será peor que antes de que llegara —gritaban.

—No la dejaremos marchar.

—Tengámosla prisionera.

—Sí, ¡a encadenarla!

En su apuro supremo, el instinto le indicó a cuál de ellos debía acudir.

—¡Tootles! —suplicó ella—. ¡Apelo a ti!

¿Verdad que era extraño? Acudió a Tootles, precisamente al más tontorrón de todos.

Con qué grandeza, no obstante, respondió Tootles. Por aquel único instante se despojó de su simpleza y habló con consumada dignidad.

—Yo solo soy Tootles —dijo—, y nadie me hace caso. Pero al primero que no se comporte con Wendy como un perfecto caballero inglés le abriré las carnes con mi machete.

Desenvainó su sable corto; y durante aquel instante su sol brilló en el cenit. Los otros retrocedieron cohibidos. Regresó entonces Peter, y comprendieron en el acto que no obtendrían apoyo alguno de su parte: jamás retendría a una muchacha en el País de Nunca Jamás contra su voluntad.

—Wendy —dijo paseándose de un lado a otro—, he pedido a los pieles rojas que los guíen a través del bosque, ya que volar te fatiga tanto.

—Gracias, Peter.

—Luego —continuó con la voz seca y tajante de quien está acostumbrado a ser obedecido—, Campanilla los guiará a través del mar. Despiértala, Nibs.

Nibs tuvo que llamar dos veces antes de obtener respuesta, aunque en realidad Campanilla llevaba ya un buen rato incorporada en el lecho escuchando.

—¿Quién anda ahí? ¿Cómo se atreven? ¡Lárguense! —chilló.

—Tienes que levantarte, Campi —le dijo Nibs—, y guiar a Wendy de viaje.

Desde luego a Campi le había entusiasmado enterarse de que Wendy se marchaba; pero estaba firmemente decidida a no servirle de lazarillo, y así lo manifestó en un lenguaje todavía más insolente. Luego fingió haberse dormido otra vez.

—¡Dice que no le da la gana! —exclamó Nibs atónito ante semejante insubordinación; tras lo cual Peter avanzó con paso severo hacia la estancia de la señorita.

—Campi —le espetó—, si no te levantas y te vistes de inmediato abriré las cortinas y todos te veremos en camisón.

Esto la hizo saltar al suelo como un resorte. —¿Quién ha dicho que no me estuviera levantando? —chilló.

Entre tanto, los muchachos contemplaban desolados a Wendy, pertrechada ya con John y Michael para el viaje. A esas alturas se hallaban abatidos, no solo porque iban a perderla, sino también porque sentían que ella partía hacia algo primoroso a lo que no habían sido invitados. La novedad les hacía señas como de costumbre.

Atribuyéndoles un sentimiento más noble, Wendy se enterneció.

—Pequeños míos —dijo—, si vienen todos conmigo estoy casi segura de que podré convencer a mi padre y a mi madre para que los adopten.

La invitación iba dirigida muy especialmente a Peter, pero cada muchacho pensaba exclusivamente en sí mismo y, al instante, dieron brincos de alborozo.

—¿Pero no les pareceremos demasiados de golpe? —preguntó Nibs en mitad de un salto.

—¡Oh, no! —respondió Wendy calculando con rapidez mental—: solo supondrá poner unas cuantas camas en el salón; se pueden ocultar tras los biombos los primeros jueves de mes.

—Peter, ¿podemos ir? —suplicaron todos a una. Daban por descontado que si ellos iban él iría también, pero en realidad casi les daba lo mismo. Así son los niños: siempre prestos a abandonar a sus seres más queridos en cuanto la novedad llama a su puerta.

—Está bien —respondió Peter con una sonrisa amarga; y de inmediato salieron disparados a recoger sus bártulos.

—Y ahora, Peter —dijo Wendy creyendo haberlo arreglado todo—, voy a darte tu medicina antes de partir. —Le encantaba darles medicina y sin duda les daba demasiada. Desde luego no era más que agua, pero salía de un frasco y ella siempre lo agitaba y contaba las gotas, lo cual le confería cierta virtud medicinal. En esta ocasión, sin embargo, no llegó a darle la dosis a Peter, pues justo al prepararla descubrió en su rostro una mirada que le encogió el corazón.

—Recoge tus cosas, Peter —suplicó ella temblando.

—No —respondió él fingiendo indiferencia—; yo no voy con ustedes, Wendy.

—Sí, Peter.

—No.

Para demostrar que su partida lo dejaba enteramente impasible, se puso a dar brinquitos por la estancia tocando alegremente su flauta desalmada. Ella tuvo que corretear tras él, aunque resultaba un tanto indigno.

—Para encontrar a tu madre —le engatusó ella.

Ahora bien: si alguna vez Peter había tenido madre, ya no la echaba de menos en absoluto. Se las arreglaba perfectamente sin ella. Había meditado sobre las madres y solo recordaba sus defectos.

—No, no —le espetó a Wendy con resolución—: tal vez dijera que soy mayor, y yo solo quiero ser siempre un niño pequeño y divertirme.

—Pero, Peter...

—No.

Y hubo que decírselo a los otros muchachos.

—Peter no viene.

¡Peter no viene! Lo miraron atónitos, con los hatillos al hombro colgados de sendos palos. Su primer pensamiento fue que, si Peter no iba, probablemente habría cambiado de opinión respecto a dejarlos marchar a ellos.

Pero él era demasiado orgulloso para semejante bajeza. —Si encuentran a sus madres —dijo con tono sombrío—, espero que les gusten.

El terrible cinismo de estas palabras causó una impresión desasosegante, y la mayoría empezó a poner cara de duda. Después de todo, decían sus rostros, ¿no eran unos majaderos por querer marcharse?

—¡Y ahora —exclamó Peter—, nada de aspavientos ni lloriqueos! ¡Adiós, Wendy! —Y le tendió la mano con jovialidad, exactamente como si debieran marcharse ya porque él tuviera cosas de gran importancia que atender.

Ella tuvo que estrecharle la mano, y no dio muestras de que hubiera preferido un dedal.

—¿Te acordarás de cambiarte la ropa interior de franela, Peter? —le rogó ella demorándose a su lado. Siempre era tan escrupulosa con la franela de los muchachos.

—Sí.

—¿Y tomarás tu medicina?

—Sí.

Aquello parecía ser todo, y sobrevino una pausa incómoda. Peter, no obstante, no era de los que flaquean ante los demás. —¿Estás lista, Campanilla? —llamó a voz en cuello.

—Lista.

—Pues abre paso.

Campi salió disparada por el árbol más próximo; pero nadie la siguió, pues fue en aquel mismísimo instante cuando los piratas lanzaron su espantoso asalto sobre los pieles rojas. Arriba, donde todo había permanecido tan silencioso, el aire se rasgó de golpe con alaridos atroces y el entrechocar del acero. Abajo se hizo un silencio de muerte. Las bocas se abrieron y permanecieron abiertas. Wendy cayó de rodillas, pero con los brazos tendidos hacia Peter. Todos los brazos se tendían hacia él como empujados de pronto por un vendaval; le suplicaban en silencio que no los abandonase. En cuanto a Peter, aferró su espada, la misma con la que creía haber dado muerte a Barbacoa, y la sed de combate encendió sus ojos.

Fin del Episodio 17 · de 27

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