Peter Pan·Episodio 16

El hogar feliz

~10 min · 2040 palabras

Un resultado importante de la escaramuza en la laguna fue que convirtió a los pieles rojas en sus amigos entrañables. Peter había salvado a Tigrilla de una suerte espantosa, y ahora no había nada en el mundo que ella y sus bravos no estuvieran dispuestos a hacer por él. Toda la noche permanecían apostados en la superficie, montando guardia sobre el hogar bajo tierra y aguardando el gran asalto de los piratas, que a todas luces no podía demorarse mucho más. Incluso de día andaban rondando por los alrededores, fumando la pipa de la paz y con un aspecto casi de pedir golosinas para llevarse a la boca.

Llamaban a Peter el Gran Padre Blanco, postrándose ante él con profunda reverencia; y a él esto le agradaba sobremanera, de suerte que no le hacía ningún bien a su carácter.

—El Gran Padre Blanco —les decía en tono sumamente señorial mientras ellos se prosternaban a sus pies— se complace en ver a los guerreros piccaninnies defendiendo su wigwam de los piratas.

—Yo ser Tigrilla —respondía aquella hermosa criatura—. Peter Pan salvarme, yo ser muy buena amiga suya. Yo no dejar que piratas hacerle daño.

Era una muchacha demasiado bella para humillarse de semejante modo, pero Peter lo consideraba de estricta justicia, y solía responder con condescendencia: —Está bien. Peter Pan ha hablado.

Siempre que decía «Peter Pan ha hablado», significaba que todos debían callarse la boca de inmediato, y ellos lo acataban humildemente con ese espíritu; pero ni mucho menos se mostraban tan respetuosos con los otros muchachos, a quienes consideraban meros guerreros corrientes. Les decían: «¿Cómo va eso?» y cosas parecidas; y lo que más indignaba a los muchachos era que a Peter le parecía la mar de bien.

En secreto Wendy simpatizaba un poco con ellos, pero era una ama de casa demasiado leal para consentir queja alguna contra el cabeza de familia. —Papá sabe lo que hace —repetía invariablemente, fuera cual fuese su opinión privada. Su opinión privada era que los pieles rojas no tenían derecho a llamarla squaw.

Hemos llegado ya a la velada que entre todos ellos sería conocida como la Noche de las Noches, a causa de sus lances y de su desenlace. El día, como si reuniera silenciosamente sus fuerzas, apenas había ofrecido incidentes; y ahora los pieles rojas, envueltos en sus mantas, ocupaban sus puestos arriba, mientras que, abajo, los niños celebraban su cena vespertina; todos excepto Peter, que había salido a mirar la hora. El modo de averiguar la hora en la isla consistía en dar con el cocodrilo y aguardar a su lado hasta que el reloj diese las campanadas.

La comida de aquella noche consistía en una merienda fingida, y se hallaban todos sentados en torno a la mesa, zampando con glotonería; y en verdad, entre la algarabía y los reproches mutuos, el estruendo, como solía decir Wendy, era positivamente ensordecedor. A decir verdad, a ella no le molestaba el bullicio, pero no estaba dispuesta a consentir que se arrebataran las viandas de las manos disculpándose luego con que Tootles les había empujado el codo. Regía la norma estricta de que jamás debían devolver un golpe a la mesa, sino someter la disputa al juicio de Wendy levantando con cortesía el brazo derecho y diciendo: «Me quejo de fulano»; pero lo que solía ocurrir era que se les olvidaba hacerlo o abusaban de ello sin medida.

—¡Silencio! —gritó Wendy cuando por vigésima vez les hubo advertido que no debían hablar todos a una—. ¿Está vacía tu taza, Slightly, cielo?

—No del todo vacía, mami —dijo Slightly tras escudriñar el fondo de una taza imaginaria.

—Ni siquiera ha empezado a beberse la leche —metió baza Nibs.

Aquello era acusar a un compañero, y Slightly vio abierta su oportunidad.

—¡Me quejo de Nibs! —gritó al punto.

John, no obstante, había alzado la mano antes.

—Dime, John.

—¿Puedo sentarme en el sillón de Peter, ya que él no está?

—¡Sentarte en el sillón de papá, John! —Wendy se escandalizó—. ¡Por supuesto que no!

—En realidad no es nuestro padre —replicó John—. Ni siquiera sabía cómo se comporta un padre hasta que yo se lo enseñé.

Aquello eran protestas. —¡Nos quejamos de John! —gritaron los gemelos.

Tootles alzó la mano. Era con mucho el más humilde de todos —en rigor, el único humilde de la banda—, de suerte que Wendy se mostraba especialmente dulce con él.

—No creo —dijo Tootles con timidez— que yo pudiera ser papá.

—No, Tootles.

Una vez que Tootles empezaba, cosa que no ocurría muy a menudo, tenía una costumbre bobalicona de insistir sin freno.

—Puesto que no puedo ser papá —dijo con pesadumbre—, supongo, Michael, que no me dejarás ser el bebé.

—¡Pues claro que no! —soltó Michael de golpe. Ya estaba metido en su cesta.

—Puesto que no puedo ser el bebé —continuó Tootles con gravedad creciente—, ¿creen que podría ser un gemelo?

—De ningún modo —respondieron los gemelos—: ser gemelo es dificilísimo.

—Puesto que no puedo ser nada importante —suspiró Tootles—, ¿a alguno de ustedes le gustaría verme hacer un truco de magia?

—¡No! —respondieron todos a coro.

Entonces, al fin, se dio por vencido. —La verdad es que no tenía muchas esperanzas —murmuró.

Las odiosas delaciones volvieron a estallar de inmediato:

—Slightly está tosiendo sobre la mesa.

—Los gemelos han empezado por los pasteles de queso.

—Curly se está sirviendo mantequilla y miel a la vez.

—Nibs habla con la boca llena.

—Me quejo de los gemelos.

—Me quejo de Curly.

—Me quejo de Nibs.

—¡Santo cielo, santo cielo! —exclamó Wendy—. A veces creo de veras que las solteronas son dignas de envidia.

Les mandó recoger la mesa y se sentó ante su costurero, con una carga pesada de medias y cada rodilla con su correspondiente agujero, como de costumbre.

—Wendy —protestó Michael—, soy demasiado grande para una cuna.

—Tengo que tener a alguien en la cuna —le espetó casi con aspereza—, y tú eres el más pequeño. Una cuna resulta tan acogedora y hogareña en una casa.

Mientras cosía, ellos correteaban y jugaban a su alrededor: un grupo primoroso de caritas felices y extremidades danzantes iluminadas por aquel fuego novelesco. Se había convertido en un cuadro sumamente familiar en el hogar bajo tierra, pero nosotros lo contemplamos ahora por última vez.

Se escucharon pasos arriba, y Wendy, pueden darlo por sentado, fue la primera en reconocerlos.

—Niños, oigo los pasos de papá. Le gusta que vayan a recibirlo a la puerta.

Arriba, los pieles rojas se prosternaron ante Peter.

—Vigilen bien, bravos guerreros. He hablado.

Y entonces, como tantas veces antes, los alegres muchachos lo sacaron a rastras de su árbol. Como tantas veces antes, pero nunca más.

Traía nueces para los niños y la hora exacta para Wendy.

—Peter, los estás malcriando de una manera tremenda —dijo Wendy con una sonrisa remilgada.

—Ah, mi vieja compañera —saludó Peter, colgando su escopeta.

—Fui yo quien le dijo que a las madres se las llama viejas compañeras —le cuchicheó Michael a Curly.

—¡Me quejo de Michael! —soltó Curly al punto.

El primer gemelo se acercó a Peter. —Papá, queremos bailar.

—Bailen cuanto quieran, pillastres —respondió Peter de excelente humor.

—Pero queremos que bailes tú también.

Peter era en realidad el mejor bailarín de todos ellos, pero fingió escandalizarse.

—¡Yo! ¡Mis viejos huesos se pondrían a rechinar!

—Y mami también.

—¡Qué disparate! —exclamó Wendy—. ¿Bailar yo, la madre de semejante familión?

—Pero si es sábado por la noche —insinuó Slightly.

En realidad no era sábado por la noche —o al menos podía serlo, pues hacía mucho que habían perdido la cuenta de los días—; pero siempre que deseaban hacer algo especial, decían que era sábado por la noche y lo hacían.

—Por supuesto que es sábado por la noche, Peter —transigió Wendy.

—¡Personas de nuestra corpulencia, Wendy!

—Pero si solo estamos entre nuestra propia prole.

—Cierto, muy cierto.

De modo que se les autorizó a bailar, con la condición de que se pusieran antes los camisones.

—Ah, mi vieja compañera —le susurró Peter a Wendy mientras se calentaba junto al fuego y la contemplaba remendando un talón—, no hay nada más deleitoso por la tarde para ti y para mí, concluida la faena diaria, que descansar junto a la lumbre con los pequeños correteando cerca.

—Es encantador, Peter, ¿verdad que sí? —dijo Wendy sumamente lisonjeada—. Peter, creo que Curly tiene tu misma nariz.

—Michael ha salido a ti.

Ella se acercó a él y le posó la mano sobre el hombro.

—Querido Peter —dijo ella—, con una familia tan numerosa, como es natural, ya se me han pasado mis mejores años; pero no querrás cambiarme por otra, ¿verdad?

—No, Wendy.

Desde luego no deseaba ningún cambio, pero la miró con aire incómodo, parpadeando como quien no sabe si está despierto o dormido.

—Peter, ¿qué te ocurre?

—Estaba pensando —dijo un tanto asustado—: no es más que un juego fingido, ¿verdad?, eso de que yo soy su padre.

—¡Pues claro! —respondió Wendy con remilgo.

—Verás —añadió él a modo de disculpa—: me haría parecer tan viejo ser su padre de verdad.

—Pero son nuestros, Peter; tuyos y míos.

—¿Pero no de verdad, Wendy? —preguntó con angustia.

—No si tú no lo deseas —respondió ella; y oyó con toda nitidez su suspiro de alivio—. Peter —preguntó esforzándose por hablar con firmeza—, ¿cuáles son tus verdaderos sentimientos hacia mí?

—Los de un hijo devoto, Wendy.

—Me lo temía —dijo ella, y fue a sentarse sola en el extremo más apartado de la estancia.

—Eres tan rara —dijo él sinceramente perplejo—; y Tigrilla es exactamente igual. Hay algo que ella quiere ser para mí, pero dice que no es ser mi madre.

—¡Pues claro que no lo es! —repuso Wendy con énfasis tremendo. Ahora comprendemos por qué guardaba ciertos prejuicios contra los pieles rojas.

—¿Entonces qué es?

—No le corresponde a una dama decirlo.

—Bueno, pues muy bien —dijo Peter algo picado—. Tal vez me lo diga Campanilla.

—¡Oh, sí, Campanilla te lo dirá! —espetó Wendy con desdén—. Es una criatura descarada y perdida.

En aquel instante Campanilla, que estaba en su alcoba espiando la conversación, soltó un chillido insolente.

—Dice que a mucha honra ser una perdida —tradujo Peter.

De pronto se le ocurrió una idea: —¿Tal vez Campanilla quiere ser mi madre?

—¡Zopenco rematado! —chilló Campanilla fuera de sí.

Lo había dicho tantas veces que Wendy no necesitó traducción alguna.

—Casi estoy de acuerdo con ella —soltó Wendy con aspereza. ¡Imagínense a Wendy hablando con aspereza! Pero había tenido que aguantar mucho, y poco sospechaba lo que iba a suceder antes de que concluyera la noche. Si lo hubiera sabido, jamás habría hablado con aspereza.

Ninguno de ellos lo sabía. Tal vez fuera mejor así: su ignorancia les regaló una hora más de dicha; y como iba a ser su última hora en la isla, alegrémonos de que contuviera sesenta minutos gozosos. Cantaron y bailaron en camisón. Era una tonada primorosamente escalofriante en la que fingían asustarse de sus propias sombras, sin barruntar que muy pronto sombras tenebrosas se cernirían sobre ellos haciéndolos encogerse de pavor de verdad. ¡Con qué alegría desbordante bailaron, y cómo se aporreaban unos a otros dentro y fuera de la cama! Fue una batalla de almohadas más que un baile, y cuando hubo concluido, las almohadas exigieron un asalto más, como parejas que saben que tal vez no vuelvan a verse jamás. ¡Y qué historias relataron antes de que llegara el turno del cuento de buenas noches de Wendy! Incluso Slightly intentó contar un cuento aquella noche, pero el principio resultó tan espantosamente aburrido que horrorizó no solo a los demás, sino a él mismo, de suerte que sentenció con pesadumbre:

—Sí, es un comienzo muy soso. Oigan, finjamos que ya es el final.

Y entonces, al fin, se metieron todos en la cama para escuchar el cuento de Wendy: el cuento que más amaban, el cuento que Peter aborrecía. Por lo común, cuando ella empezaba este relato, él abandonaba la estancia o se tapaba las orejas con las manos; y posiblemente, de haber hecho cualquiera de esas dos cosas esta vez, tal vez todos seguirían todavía en la isla. Pero aquella noche permaneció sentado en su taburete; y enseguida veremos lo que ocurrió.

Fin del Episodio 16 · de 27

El hogar feliz

Siguiente Episodio 17~12 minEl cuento de Wendy“—Oh, mami —gritó el primer gemelo—, quieres decir que hay una dama todavía, ¿verdad?”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.