Peter Pan·Episodio 15

El pájaro de Nunca Jamás

~6 min · 1146 palabras

El último sonido que Peter escuchó antes de quedarse enteramente solo fue el de las sirenas retirándose una a una hacia sus dormitorios bajo el mar. Se hallaba demasiado lejos para oír cómo se cerraban las puertas; pero cada puerta de las grutas de coral donde habitan hace sonar una campanilla diminuta al abrirse o cerrarse (como en las casas más señoriales de tierra firme), y él alcanzó a oír las campanillas.

Las aguas subían con paso firme e inexorable hasta morderle los tobillos; y para matar el tiempo hasta que se lo tragaran en su último sorbo, se puso a contemplar el único objeto que flotaba en la laguna. Creyó al principio que se trataba de un trozo de papel a la deriva, tal vez un pedazo de la cometa, y se preguntó ociosamente cuánto tardaría en alcanzar la orilla.

Al poco advirtió con extrañeza que aquel objeto avanzaba indudablemente por la laguna con un propósito muy definido, pues luchaba contra la marea y a veces ganaba terreno; y cuando lograba vencer la corriente, Peter, siempre partidario del más débil, no podía evitar aplaudir: ¡era un pedazo de papel la mar de valiente!

En realidad no era ningún papel: era el pájaro de Nunca Jamás, que hacía esfuerzos desesperados por alcanzar a Peter subida en su nido. Batiendo las alas a guisa de remos, de una forma que había aprendido desde que el nido cayó al agua, lograba guiar en cierta medida su extraña embarcación; pero para cuando Peter la reconoció, la pobre ave se hallaba exhausta. Había acudido a salvarlo, a cederle su propio nido, a pesar de que contenía huevos en su interior. Me maravilla no poco la conducta de este pájaro, pues aunque Peter había sido cariñoso con ella, también la había atormentado a veces con sus travesuras. Solo cabe suponer que, al igual que la señora Darling y todas las demás, el ave se ablandó al ver que todavía conservaba todos sus dientes de leche.

Ella le gritó a qué venía y él le gritó qué hacía allí; pero, desde luego, ninguno de los dos comprendía el idioma del otro. En los cuentos fantásticos la gente habla con las aves con suma desenvoltura, y ojalá pudiera yo fingir por un momento que este es uno de esos cuentos y asegurar que Peter respondió con sensatez al pájaro de Nunca Jamás; pero la verdad es siempre preferible y quiero relatarles únicamente lo que ocurrió de verdad. Pues bien: no solo no lograron entenderse, sino que perdieron los buenos modales.

—Quiero... que... subas... al... nido —graznó el ave, hablando tan despacio y con tanta claridad como le fue posible—, y... así... podrás... flotar... hasta... la... orilla; pero... estoy... demasiado... cansada... para... acercarlo... más, de... modo... que... debes... intentar... nadar... hasta... aquí.

—¿Qué graznas ahí? —respondió Peter—. ¿Por qué no dejas flotar el nido como siempre?

—Quiero... que... —repitió el ave empezando de nuevo desde el principio.

Entonces Peter probó a hablar despacio y con claridad:

—¿Qué... estás... graznando... tú... ahí? —y cosas parecidas.

El pájaro de Nunca Jamás se puso furioso: son criaturas de muy pocas pulgas.

—¡Pedazo de renacuajo cabeza de chorlito! —chilló—. ¿Por qué no haces lo que te digo?

Peter intuyó que le estaba insultando y, a la aventura, le espetó con acritud:

—¡Pues tú más!

Entonces, de una forma harto curiosa, ambos soltaron exactamente la misma imprecación:

—¡Cállate la boca!

—¡Cállate la boca!

Con todo, el pájaro estaba resuelto a salvarlo a toda costa y, con un último y formidable esfuerzo, impulsó el nido contra la roca. Luego alzó el vuelo abandonando sus huevos para que sus intenciones quedaran meridianamente claras.

Solo entonces comprendió él al fin: aferró el nido y le dio las gracias al ave agitando el brazo mientras ella revoloteaba sobre su cabeza. No era para recibir sus agradecimientos, sin embargo, por lo que ella se mantenía suspendida en el aire; ni siquiera para verle subir a bordo: era para vigilar qué hacía él con sus huevos.

Había dos huevos grandes y blancos, y Peter los alzó sopesando qué hacer. El pájaro se cubrió los ojos con las alas para no ver su triste final; pero no pudo evitar atisbar entre las plumas.

Se me olvida si les he contado ya que en la roca había un madero clavado por unos antiguos bucaneros para señalar el emplazamiento de un tesoro enterrado. Los niños habían descubierto el reluciente botín y, cuando les daba la vena revoltosa, solían arrojar puñados de doblones, diamantes, perlas y reales de a ocho a las gaviotas, que se abalanzaban sobre las joyas tomándolas por comida y luego huían indignadas ante la sucia jugarreta que les habían gastado. El madero seguía allí, y de él había colgado Starkey su sombrero: un hule encerado, impermeable y de ancha ala. Peter colocó los huevos dentro del sombrero y lo posó sobre la laguna: flotaba a las mil maravillas.

El pájaro de Nunca Jamás comprendió al instante lo que tramaba y lanzó graznidos de admiración; y Peter, ¡ay de él!, soltó su quiquiriquí dándole la razón. Luego él subió al nido, hincó el madero a modo de mástil y colgó su camisa para que sirviera de vela. Al mismo tiempo el ave descendió sobre el sombrero y se acomodó confortablemente sobre sus huevos. Ella derivó en una dirección y él fue arrastrado en otra, ambos vitoreando con alborozo.

Desde luego, cuando Peter tomó tierra varó su improvisada barca en un paraje donde el ave pudiera encontrarla fácilmente; pero el sombrero constituyó un éxito tan colosal que ella abandonó el nido para siempre. Este anduvo a la deriva hasta deshacerse en pedazos; y a menudo Starkey acudía a la orilla de la laguna y, con no poco resentimiento, contemplaba al pájaro empollar sobre su propio sombrero. Como no volveremos a verla, tal vez valga la pena mencionar aquí que todos los pájaros de Nunca Jamás construyen hoy sus nidos con esa mismísima forma, con una ancha ala en la que los pichones salen a tomar el fresco.

Grandes fueron los regocijos cuando Peter llegó al hogar bajo tierra casi al mismo tiempo que Wendy, a quien la cometa había zarandeado de acá para allá. Cada muchacho tenía mil peripecias que contar; pero tal vez la mayor aventura de todas fue que se habían retrasado varias horas en acostarse. Esto los envalentonó tanto que recurrieron a toda clase de artimañas para permanecer despiertos todavía más tiempo, como pedir vendas para supuestas heridas; pero Wendy, aunque radiante de tenerlos a todos sanos y salvos en casa, se escandalizó ante lo tardío de la hora y ordenó: «¡A la cama, a la cama!», con una voz que no admitía réplica. Al día siguiente, no obstante, se mostró sumamente tierna y repartió vendas para todos, y jugaron hasta la hora de dormir a cojear y a llevar los brazos en cabestrillo.

Fin del Episodio 15 · de 27

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