La Laguna de las Sirenas · II
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Nos gritó a través del agua que la soltáramos —añadió Starkey.
—¡Fuego y azufre! —tronó Garfio—. ¡Qué bribonada se está tramando aquí! —Su rostro se había puesto cárdeno de rabia, pero vio que creían de veras en lo que decían y se quedó desconcertado—. Muchachos —dijo temblando un poco—, yo no he dado semejante orden.
—Esto es la mar de raro —murmuró Smee, y todos se revolvieron con desasosiego. Garfio alzó la voz, pero asomaba un temblor en ella.
—Espíritu que vagas esta noche por esta oscura laguna —gritó—, ¿me escuchas?
Desde luego Peter debió guardar silencio, pero por supuesto no lo hizo. Al punto respondió imitando la voz de Garfio:
—¡Por todos los diablos, truenos y centellas, te escucho!
En aquel trance supremo Garfio no flaqueó ni un ápice, pero Smee y Starkey se abrazaron el uno al otro muertos de miedo.
—¿Quién eres, desconocido? ¡Habla! —exigió Garfio.
—Soy James Garfio —respondió la voz—, capitán del Jolly Roger.
—¡No lo eres, no lo eres! —gritó Garfio con voz ronca.
—¡Fuego y azufre! —replicó la voz—. Vuelve a decir eso y anclaré mi garfio en tus costillas.
Garfio ensayó un tono más zalamero. —Si de veras eres Garfio —dijo casi con humildad—, dime, ¿quién soy yo?
—Un bacalao —respondió la voz—; no pasas de ser un bacalao.
—¡Un bacalao! —repitió Garfio anonadado; y fue entonces, y no antes, cuando su orgullo se vino abajo por completo. Vio cómo sus hombres retrocedían apartándose de él.
—¡Así que todo este tiempo nos ha mandado un bacalao! —mascullaron ellos—. ¡Qué humillación para nuestro amor propio!
Eran sus perros enseñándole los dientes, pero, trágica figura en que se había convertido, apenas les prestó atención. Ante semejante testimonio pavoroso, no era la fe de ellos en él lo que necesitaba, sino la suya propia. Sentía que su propio ser se le escurría entre los dedos. «No me abandones, viejo amigo», le susurró a su orgullo con voz ronca.
En su sombría naturaleza anidaba un rasgo femenino, como en todos los grandes piratas, y a veces le proporcionaba intuiciones certeras. De improviso probó con el juego de las adivinanzas.
—Garfio —llamó—, ¿tienes otra voz?
Peter jamás era capaz de resistirse a un juego, y respondió con alegre desenvoltura con su propia voz: —La tengo.
—¿Y otro nombre?
—Sí, señor.
—¿Vegetal? —preguntó Garfio.
—No.
—¿Mineral?
—No.
—¿Animal?
—Sí.
—¿Hombre?
—¡No! —Esta respuesta resonó con sumo desdén.
—¿Muchacho?
—Sí.
—¿Un muchacho corriente?
—¡No!
—¿Un muchacho maravilloso?
Para disgusto de Wendy, la respuesta que resonó esta vez fue: —¡Sí!
—¿Estás en Inglaterra?
—No.
—¿Estás aquí?
—Sí.
Garfio estaba totalmente perplejo. —Háganle ustedes alguna pregunta —les dijo a los otros dos secándose la frente empapada de sudor.
Smee reflexionó: —No se me ocurre nada —dijo con pesadumbre.
—¡No lo adivinan, no lo adivinan! —cantó victoria Peter—. ¿Se rinden?
Desde luego, en su orgullo estaba llevando el juego demasiado lejos, y los malhechores vieron su oportunidad.
—Sí, sí —respondieron con avidez.
—Pues bien —gritó él—: ¡soy Peter Pan!
¡Pan!
En un santiamén Garfio volvió a ser él mismo, y Smee y Starkey sus fieles secuaces.
—¡Ya lo tenemos! —bramó Garfio—. ¡Al agua, Smee! ¡Starkey, vigila el bote! ¡Atrápenlo vivo o muerto!
Saltó al agua mientras hablaba, y simultáneamente resonó la voz jovial de Peter.
—¿Están listos, muchachos?
—¡Listos! —respondieron desde distintos puntos de la laguna.
—¡Pues a darles leña a los piratas!
El combate fue breve y encarnizado. El primero en hacer correr sangre fue John, que trepó gallardamente al bote y sujetó a Starkey. Hubo un forcejeo feroz en el que arrancó el alfanje de manos del pirata; este se escurrió por la borda y John se lanzó tras él. El esquife quedó a la deriva.
Aquí y allá asomaba una cabeza entre las olas, con un relampagueo de acero seguido de un grito o un alarido de guerra. En medio de la confusión algunos llegaron a golpear a los de su propio bando. El sacacorchos de Smee alcanzó a Tootles en la cuarta costilla, pero a su vez fue pinchado por Curly. Más lejos de la roca, Starkey acosaba sin cuartel a Slightly y a los gemelos.
¿Dónde andaba Peter todo este tiempo? Andaba a la caza de una presa mayor.
Los otros eran todos muchachos valientes y no hay que reprocharles que retrocedieran ante el capitán pirata. Su garra de hierro trazaba un círculo de aguas muertas a su alrededor, del que huían como peces despavoridos.
Pero había uno que no le temía: había uno dispuesto a penetrar en aquel círculo de muerte.
Por extraño que parezca, no fue en el agua donde se encontraron. Garfio subió a la roca para tomar aliento, y en el mismísimo instante Peter la escaló por el flanco opuesto. La roca era resbaladiza como una bola de billar y tuvieron que reptar en lugar de trepar. Ninguno sabía que el otro se aproximaba. Cada uno tanteó en busca de un apoyo y tropezó con el brazo del rival: alzaron la vista sorprendidos; sus rostros casi se rozaban; así fue el encuentro.
Algunos de los mayores héroes han confesado que, justo antes de entrar en combate, sintieron una flaqueza en el estómago. Si tal hubiera sido el caso de Peter en aquel instante, yo no dudaría en admitirlo. Después de todo, era el único hombre a quien temía el mismísimo Cocinero del Mar. Pero Peter no sintió flaqueza alguna: solo albergaba un sentimiento, un gozo inmenso; y rechinó sus hermosos dientes de puro alborozo. Rápido como el pensamiento arrebató un puñal del cinto de Garfio y se disponía a hundirlo en su carne cuando advirtió que se hallaba en una posición más elevada de la roca que su enemigo. Aquello no habría sido luchar con limpieza: tendió la mano al pirata para ayudarle a subir.
Fue entonces cuando Garfio le mordió.
No fue el dolor de la dentellada, sino la vileza de la acción lo que dejó aturdido a Peter. Aquello lo desarmó por completo: no podía hacer otra cosa que mirar horrorizado. A todos los niños les ocurre lo mismo la primera vez que se les trata con injusticia. Lo único a lo que creen tener derecho cuando acuden a ti para ser tuyos es a la justicia. Después de que hayas sido injusto con él, volverá a quererte, pero jamás volverá a ser exactamente el mismo muchacho. Nadie se recupera jamás de la primera injusticia; nadie salvo Peter. Tropezaba con ella a menudo, pero la olvidaba invariablemente. Supongo que esa era la verdadera diferencia entre él y todos los demás.
De suerte que, al toparse con ella ahora, fue exactamente como la primera vez: se quedó paralizado, incapaz de defenderse. Dos veces lo desgarró la garra de hierro.
Unos instantes más tarde los otros muchachos vieron a Garfio en el agua nadando desaforadamente en dirección al barco; no quedaba ya rastro de júbilo en aquel rostro maldito, sino tan solo un pavor cadavérico, pues el cocodrilo lo perseguía con feroz empeño. En ocasiones normales los muchachos habrían nadado a su lado soltando vítores; pero ahora se sentían inquietos, pues habían perdido la pista de Peter y de Wendy y recorrían la laguna buscándolos a voces por sus nombres. Dieron con el esquife y regresaron a casa en él, gritando: «¡Peter, Wendy!» a medida que avanzaban; pero no obtuvieron más respuesta que las risas burlonas de las sirenas. «Deben de venir nadando o volando», concluyeron los muchachos. No sentían demasiada zozobra, pues tenían una fe ciega en Peter. Rieron como chiquillos traviesos al pensar en que llegarían tardísimo a la cama: ¡y la culpa era toda de la madre Wendy!
Cuando sus voces se apagaron a lo lejos, un silencio gélido cayó sobre la laguna, seguido al cabo por un gemido débil.
—¡Socorro, socorro!
Dos cuerpecitos batían el agua contra la roca: la muchacha se había desmayado y reposaba en el brazo del muchacho. Con un último esfuerzo sobrehumano Peter la encaramó a la roca y se tendió exhausto a su lado. Incluso al perder él también el conocimiento vio cómo la marea seguía subiendo. Sabía que no tardarían en perecer ahogados, pero no le quedaban fuerzas para más.
Mientras yacían uno junto al otro, una sirena atrapó a Wendy por los pies y empezó a arrastrarla suavemente hacia el agua. Peter, sintiendo que se le escurría, despertó sobresaltado y llegó justo a tiempo de retirarla hacia arriba. Pero tuvo que confesarle la verdad.
—Estamos sobre la roca, Wendy —le dijo—; pero se está haciendo cada vez más pequeña. Pronto el agua la tapará por completo.
Ella ni siquiera entonces comprendió la gravedad del trance.
—Tenemos que marcharnos —dijo casi con alegría.
—Sí —respondió él con voz apagada.
—¿Nos vamos nadando o volando, Peter?
No le quedó más remedio que decírselo.
—¿Crees que podrías nadar o volar hasta la isla, Wendy, sin mi ayuda?
Ella tuvo que admitir que estaba rendida de cansancio.
Él soltó un quejido.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella, alarmada por él al instante.
—No puedo ayudarte, Wendy. Garfio me hirió: no puedo volar ni nadar.
—¿Quieres decir que nos ahogaremos los dos?
—Mira cómo sigue subiendo el agua.
Se taparon los ojos con las manos para no ver el espantoso espectáculo. Pensaban que en breves momentos habrían dejado de existir. Mientras permanecían así sentados, algo rozó suavemente a Peter, tan leve como un beso, y se quedó allí como diciendo con timidez: «¿Puedo servir de ayuda?».
Era la cola de una cometa que Michael había fabricado unos días antes. Se le había escapado de las manos y había salido volando por los aires.
—La cometa de Michael —dijo Peter sin entusiasmo; pero al instante siguiente aferró la cola y tiró de la cometa hacia sí.
—Fue capaz de levantar a Michael del suelo —exclamó—: ¿por qué no va a llevarte a ti?
—¡A los dos!
—No puede levantar a dos personas: Michael y Curly lo intentaron.
—Echémoslo a suertes —dijo Wendy con valentía.
—¿Y tú siendo una dama? ¡Jamás! —Él ya le había atado la cola de la cometa alrededor del cuerpo. Ella se abrazó a él negándose a partir sin su compañía; pero con un «¡Adiós, Wendy!», Peter la empujó fuera de la roca; y en pocos minutos el viento se la llevó lejos de su vista. Peter se quedó solo en la laguna.
La roca era ya diminuta: pronto quedaría anegada. Pálidos rayos de luna avanzaban de puntillas sobre las aguas; y al poco se dejó escuchar un sonido a la vez el más musical y el más melancólico del mundo: las sirenas llamando a la luna.
Peter no era como los otros niños; pero al fin sintió miedo. Un estremecimiento lo recorrió de pies a cabeza, como un escalofrío pasando sobre la superficie del mar; pero en el mar a un escalofrío le siguen cientos más, mientras que Peter solo sintió aquel único temblor. Al instante siguiente volvía a estar erguido sobre la roca, con aquella sonrisa en el rostro y un tambor redoblando en su pecho que le decía: «Morir será una aventura formidable».
Fin del Episodio 14 · de 27
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