Peter Pan·Episodio 13

La Laguna de las Sirenas · I

~12 min · 2364 palabras

Si cierras los ojos y eres una persona afortunada, tal vez alcances a ver a veces un remanso informe de primorosos colores pálidos suspendido en la oscuridad; luego, si aprietas los párpados con más fuerza, el remanso empieza a cobrar forma y los colores se vuelven tan vivos que con un apretón más parecerían a punto de encenderse en llamas. Pero justo antes de que estallen en fuego, se divisa la laguna. Esto es lo más cerca que llegarás a estar de ella jamás en tierra firme: apenas un instante celestial; si cupiera gozar de dos instantes seguidos, alcanzarías a contemplar el romper de las olas y a escuchar el canto de las sirenas.

Los niños solían pasar largos días de verano en esta laguna, nadando o flotando la mayor parte del tiempo, jugando en el agua a los juegos de las sirenas y cosas por el estilo. No deben deducir de esto que las sirenas mantuvieran un trato amistoso con ellos: al contrario, entre los pesares más duraderos de Wendy figuraba el hecho de que, en todo el tiempo que pasó en la isla, jamás recibió una sola palabra de cortesía de boca de ninguna de ellas. Cuando se acercaba de puntillas a la orilla de la laguna, podía verlas a docenas, sobre todo en la Roca de los Náufragos, donde les encantaba tumbarse al sol y peinarse la cabellera con una parsimonia indolente que a ella la sacaba de sus casillas; o incluso podía nadar, por así decirlo sobre la punta de los pies, hasta situarse a una yarda escasa de ellas; pero en cuanto la descubrían se zambullían de golpe, no sin salpicarla con la cola, y no por descuido, sino con toda la intención del mundo.

Trataban a todos los muchachos con idéntico desdén, con la excepción, naturalmente, de Peter, que charlaba con ellas en la Roca de los Náufragos durante horas enteras y se sentaba sobre sus colas cuando se ponían respondonas. A Wendy le regaló uno de sus peines.

La hora más fascinante para verlas es al cambio de luna, cuando lanzan al aire unos gemidos extraños y lastimeros; pero la laguna resulta peligrosa para los mortales a esas horas, y hasta la tarde que ahora nos disponemos a relatar, Wendy jamás había contemplado la laguna bajo la luz de la luna, menos por miedo —pues naturalmente Peter la habría acompañado— que por su estricta norma de que todo el mundo debía estar en la cama a las siete en punto. No obstante, acudía con frecuencia a la laguna en los días soleados después de la lluvia, cuando las sirenas suben a la superficie en cantidades prodigiosas para jugar con sus pompas. Tratan como balones las pompas multicolores formadas en las aguas del arcoíris, golpeándolas alegremente de unas a otras con las colas y procurando mantenerlas dentro de la franja luminosa hasta que revientan. Las porterías se encuentran en cada extremo del arcoíris, y solo a las porteras les está permitido servirse de las manos. A veces se disputan en la laguna una docena de estos partidos al mismo tiempo, lo cual ofrece un espectáculo de lo más primoroso.

Pero en cuanto los niños intentaban sumarse a la fiesta, tenían que jugar solos, pues las sirenas desaparecían en el acto. Sin embargo, tenemos pruebas fehacientes de que vigilaban en secreto a los intrusos y no hacían ascos a tomar prestada alguna idea: John introdujo una nueva forma de cabecear la pompa, con la frente en lugar de la mano, y las sirenas la adoptaron al punto. Es la única huella imborrable que John ha dejado en el País de Nunca Jamás.

También debió de ser un cuadro sumamente bonito ver a los niños reposar sobre una roca durante media hora después de la comida del mediodía. Wendy insistía en que cumplieran con este reposo, y tenía que ser un descanso de verdad aunque la comida hubiera sido del todo fingida. De modo que allí se tendían al sol, con los cuerpos reluciendo bajo sus rayos, mientras ella permanecía sentada a su lado con semblante importante.

Era uno de aquellos días y se hallaban todos en la Roca de los Náufragos. La peña no era mucho mayor que su gran lecho, pero naturalmente todos sabían cómo ocupar el menor espacio posible, y andaban dormitando, o al menos tumbados con los ojos cerrados, propinándose pellizcos de tarde en tarde cuando creían que Wendy no los miraba. Ella estaba sumamente atareada, cosiendo.

Mientras cosía, sobrevino un cambio en la laguna. Leves estremecimientos recorrieron su superficie, el sol se retiró y frías sombras se deslizaron por las aguas, helándolas. Wendy ya no alcanzaba a ver para enhebrar la aguja y, al alzar la vista, la laguna, que hasta entonces había sido un remanso de risas, pareció volverse formidable y hostil.

Sabía perfectamente que no era que hubiera caído la noche, sino que algo tan negro como la noche acababa de hacer acto de presencia. Peor aún: todavía no había llegado del todo, pero había enviado aquel escalofrío a través del mar para anunciar su proximidad. ¿Qué podía ser?

Se agolparon en su mente todas las historias que le habían contado sobre la Roca de los Náufragos, llamada así porque los capitanes desalmados abandonan en ella a los marineros para que perezcan ahogados. Mueren cuando sube la marea, pues la peña queda enteramente sumergida.

Desde luego debió de despertar a los niños de inmediato; no solo por el peligro desconocido que avanzaba hacia ellos, sino porque ya no les convenía dormir sobre una roca enfriada. Pero era una madre novata y aún no sabía estas cosas: creía que la regla de la media hora después de almorzar debía cumplirse a rajatabla. De modo que, aunque el miedo la atenazaba y ardía en deseos de oír voces varoniles, no los despertó. Incluso al oír el rumor apagado de unos remos, con el corazón en la boca, no los despertó. Se mantuvo en pie sobre ellos para que terminaran de dormir su siesta. ¿Verdad que fue muy valiente por parte de Wendy?

Menos mal para aquellos muchachos que había entre ellos uno capaz de olfatear el peligro incluso en sueños. Peter se puso en pie de un salto, tan despabilado en un segundo como un perro guardián, y con un grito de alerta despertó a todos los demás.

Permaneció inmóvil, con una mano pegada a la oreja.

—¡Piratas! —gritó. Los otros se arrimaron a él. Una extraña sonrisa asomaba a sus labios, y Wendy la vio y sintió un escalofrío. Mientras aquella sonrisa flotara en su rostro, nadie osaba dirigirle la palabra: lo único que cabía hacer era estar presto a obedecer. La orden llegó cortante e incisiva.

—¡Al agua!

Hubo un destello de piernas y, en un instante, la laguna pareció quedar desierta. La Roca de los Náufragos se erguía solitaria en las aguas amenazadoras, como si ella misma hubiera sido abandonada allí.

El bote se aproximó. Era el esquife de los piratas, tripulado por tres figuras: Smee y Starkey, y la tercera una prisionera que no era otra que Tigrilla. Llevaba las manos y los tobillos atados con cuerdas, y sabía con certeza cuál iba a ser su suerte. La dejarían sobre la roca para que pereciera ahogada, un final más espantoso para alguien de su raza que la muerte por fuego o tortura, pues ¿no está escrito en el libro de la tribu que no hay senda a través de las aguas hacia los felices campos de caza? Con todo, su semblante permanecía impasible: era la hija de un gran jefe, debía morir como hija de jefe, y con eso bastaba.

La habían sorprendido abordando el bajel pirata con un cuchillo entre los dientes. No había guardia a bordo del navío, pues era orgullo de Garfio que el mero viento de su temible nombre custodiaba el barco en una milla a la redonda. Ahora la suerte de la doncella ayudaría a custodiarlo también: un gemido más recorrería aquel viento en las horas de la noche.

En medio de la penumbra que traían consigo, los dos piratas no advirtieron la presencia de la roca hasta que chocaron de proa contra ella.

—¡Orza, pedazo de zopenco! —exclamó una voz irlandesa que pertenecía a Smee—. Aquí está la roca. Y ahora, lo que tenemos que hacer es subir a la piel roja y dejarla aquí para que se ahogue con la marea.

Fue obra de un brutal instante encaramar a la hermosa muchacha sobre la roca; era demasiado altiva para oponer una resistencia estéril.

Muy cerca de la roca, pero ocultas a la vista, dos cabezas asomaban y se sumergían en el agua: la de Peter y la de Wendy. Wendy estaba llorando, pues era la primera tragedia que presenciaba en su vida. Peter había visto muchas tragedias, pero las había olvidado todas. Sentía menos lástima por Tigrilla que Wendy: lo que le enfurecía de veras era que fueran dos contra uno, y estaba resuelto a salvarla.

Casi no había cosa que no supiera hacer, y en ese momento imitó a la perfección la voz de Garfio.

—¡Ah del barco, pedazos de alcornoques! —gritó. Fue una imitación pasmosa.

—¡El capitán! —dijeron los piratas mirándose con asombro.

—Debe de venir nadando hacia nosotros —apuntó Starkey tras escudriñar las aguas en vano.

—Estamos subiendo a la piel roja a la roca —anunció Smee a voz en cuello.

—¡Déjenla en libertad! —llegó la asombrosa respuesta.

—¿En libertad?

—Sí, córtenle las ligaduras y déjenla marchar.

—Pero capitán...

—¡Al instante, me han oído! —bramó Peter—, ¡o les clavaré mi garfio en las entrañas!

—¡Esto es rarísimo! —jadeó Smee.

—Más vale que hagamos lo que manda el capitán —dijo Starkey con nerviosismo.

—A la orden —respondió Smee, y cortó las ataduras de Tigrilla. Al punto, escurridiza como una anguila, la muchacha se deslizó entre las piernas de Starkey y se zambulló en el agua.

Desde luego, Wendy estaba radiante de entusiasmo ante la agudeza de Peter; pero sabía que él también se sentiría henchido de orgullo y muy probablemente soltaría su quiquiriquí delatándose, de modo que extendió la mano a toda prisa para taparle la boca. Pero se detuvo en el mismo ademán, pues resonó sobre la laguna un «¡Ah del bote!» con la mismísima voz de Garfio, y esta vez no era Peter quien hablaba.

Tal vez Peter estuviera a punto de cantar victoria, pero su rostro se frunció en un silbido de sorpresa.

—¡Ah del bote! —volvió a clamar la voz.

Ahora Wendy comprendió: el auténtico Garfio también se hallaba en el agua.

Venía nadando hacia el bote, y como sus hombres le mostraron un farol para guiarlo, no tardó en alcanzarlos. A la luz del candil Wendy vio cómo su garfio se aferraba a la borda; vio su rostro cetrino y malvado mientras emergía chorreando del agua, y, temblando de pavor, habría deseado huir nadando, pero Peter no se movió un ápice. Estaba vibrando de emoción y también inflado de vanidad. «¿No soy una maravilla? ¡Oh, soy una auténtica maravilla!», le susurró al oído, y aunque ella pensaba lo mismo, agradeció sinceramente por el bien de la reputación de él que nadie más pudiera escucharlo.

Le hizo señas para que guardara silencio y escuchara.

Los dos piratas sentían viva curiosidad por saber qué había traído a su capitán hasta allí, pero él permanecía sentado con la cabeza apoyada sobre el garfio en actitud de profunda pesadumbre.

—Capitán, ¿va todo bien? —preguntaron con timidez, pero él respondió con un gemido hueco.

—Suspira —dijo Smee.

—Vuelve a suspirar —dijo Starkey.

—Y suspira por tercera vez —apuntó Smee.

Entonces, al fin, habló con vehemencia desgarradora.

—Todo se ha perdido —exclamó—: esos pillastres han encontrado una madre.

A pesar del espanto que la embargaba, Wendy se hinchó de orgullo maternal.

—¡Oh, día funesto! —clamó Starkey.

—¿Qué cosa es una madre? —preguntó el ignorante de Smee.

Wendy se quedó tan consternada que exclamó en voz baja: «¡Ni siquiera lo sabe!», y a partir de entonces sintió que, de tener un pirata de compañía, Smee sería el suyo.

Peter la sumergió bajo el agua, pues Garfio se había incorporado de un brinco gritando: «¿Qué fue eso?».

—No he oído nada —dijo Starkey alzando el farol sobre las aguas, y al mirar los piratas descubrieron un espectáculo insólito: era el nido del que les he hablado antes, flotando en la laguna, con el pájaro de Nunca Jamás empollando sobre él.

—Miren —dijo Garfio respondiendo a la pregunta de Smee—: eso es una madre. ¡Qué hermosa lección! El nido debe de haber caído al agua, ¿pero abandona la madre sus huevos? Jamás.

Hubo un quiebro en su voz, como si por un instante evocara días inocentes de su infancia cuando... pero disipó aquella debilidad con un gesto airado de su garfio.

Smee, muy impresionado, contemplaba el ave mientras el nido pasaba flotando de largo, pero el receloso Starkey advirtió: —Si es una madre, tal vez ande merodeando por aquí para ayudar a Peter.

Garfio se estremeció. —Sí —dijo—, ese es el pavor que me atormenta.

Salió de su abatimiento gracias a la voz entusiasmada de Smee.

—Capitán —dijo Smee—, ¿no podríamos secuestrar a la madre de esos muchachos y convertirla en la nuestra?

—¡Es un plan principesco! —exclamó Garfio, y al punto cobró forma práctica en su privilegiado cerebro—. Capturaremos a los niños y los traeremos al barco: a los muchachos los obligaremos a caminar por la plancha, ¡y Wendy será nuestra madre!

Una vez más Wendy se olvidó de la prudencia.

—¡Jamás! —gritó, y asomó la cabeza fuera del agua.

—¿Qué ha sido eso?

Pero no lograron ver nada; creyeron que se trataba de una hoja arrastrada por el viento. —¿Están de acuerdo, camaradas? —preguntó Garfio.

—Aquí tiene mi mano —dijeron los dos.

—Y aquí mi garfio. ¡Júrenlo!

Todos lo juraron. Para entonces ya habían desembarcado en la roca, y de pronto Garfio se acordó de Tigrilla.

—¿Dónde está la piel roja? —exigió con brusquedad.

A veces gastaba un humor festivo y chocarrero, y ellos creyeron que aquel era uno de esos momentos.

—Todo arreglado, capitán —respondió Smee complacido—: la dejamos en libertad.

—¡En libertad! —bramó Garfio.

—Fueron sus mismísimas órdenes —balbuceó el contramaestre aterrado.

Fin del Episodio 13 · de 27

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