El hogar bajo tierra
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Una de las primeras providencias de Peter al día siguiente consistió en tomarles las medidas a Wendy, John y Michael para sus respectivos árboles huecos. Garfio, como recordarán, se había burlado de los muchachos por creer que necesitaban un árbol por cabeza, pero aquello era pura ignorancia de su parte, pues a menos que tu árbol te sentara como un guante resultaba dificilísimo subir y bajar por él, y ninguno de los muchachos tenía exactamente la misma talla. Una vez que tu árbol te ajustaba, tomabas aire en la superficie y te deslizabas hacia abajo a la velocidad justa; mientras que para subir tomabas y soltabas aire alternativamente, contoneándote hacia arriba. Desde luego, en cuanto dominas el truco eres capaz de hacerlo todo sin pensar, y nada hay en el mundo más elegante.
Pero tienes que ajustar por fuerza, y Peter te toma las medidas para tu árbol con tanto esmero como para un traje a medida: con la única diferencia de que los trajes se hacen a la medida de tu cuerpo, mientras que tu cuerpo tiene que hacerse a la medida del árbol. Por lo general se arregla sin dificultad quitándote o poniéndote prendas de ropa; pero si tienes bultos en sitios incómodos o el único árbol disponible es de silueta estrafalaria, Peter te hace algunos arreglitos en persona y, después de eso, ajustas a la perfección. Una vez que ajustas, hay que tener un cuidado exquisito para seguir ajustando siempre, y esto, como Wendy descubrió para su deleite, mantiene a toda la familia en una forma física impecable.
Wendy y Michael ajustaron a sus árboles al primer intento, pero a John hubo que hacerle unos cuantos retoques.
Tras unos días de práctica podían subir y bajar tan alegres como cubos en un pozo. ¡Y con qué fervor llegaron a amar su hogar bajo tierra, en especial Wendy! Constaba de una única estancia espaciosa, como deberían ser todas las casas, con un suelo en el que podías cavar si te apetecía ir de pesca, y en este suelo crecían robustas setas de un color encantador que servían de taburetes. Un árbol de Nunca Jamás se empeñaba con terquedad en crecer en mitad de la habitación, pero todas las mañanas ellos le aserraban el tronco a ras de suelo. Hacia la hora del té siempre medía unos dos pies de alto, momento en el que le plantaban una puerta encima y el conjunto se transformaba en una mesa; en cuanto levantaban la mesa, le aserraban el tronco de nuevo y así quedaba más espacio para jugar. Había una chimenea descomunal que se encontraba en casi cualquier rincón donde a uno se le antojara encenderla, y sobre ella Wendy tendía cuerdas de fibra vegetal en las que colgaba la colada. De día la cama permanecía inclinada contra la pared y la bajaban a las seis y media, momento en el que ocupaba casi media habitación; y todos los muchachos dormían en ella apiñados como sardinas en lata, salvo Michael. Había una regla estricta que prohibía darse la vuelta hasta que uno daba la señal convenida, momento en el que todos se daban la vuelta a la vez. A Michael le correspondía dormir allí también, pero Wendy quería tener un bebé, y él era el más chiquitín, y ya saben ustedes cómo son las mujeres: el caso es que lo colgaron en una cesta.
Era una morada tosca y sencilla, no muy distinta de la que habrían construido unos oseznos bajo tierra en circunstancias semejantes. Pero había un hueco en la pared, no mayor que una jaula de pájaros, que constituía el aposento privado de Campanilla. Podía aislarse del resto de la vivienda mediante una diminuta cortina que Campanilla, que era sumamente pudorosa, mantenía siempre echada al vestirse o desnudarse. Ninguna dama, por encumbrada que fuese, habría podido soñar con un tocador y dormitorio combinados de mayor refinamiento. El diván, como a ella le gustaba llamarlo, era un auténtico Reina Mab, con patas redondeadas; y cambiaba las colchas según la flor de fruta que estuviera de temporada. Su espejo era un auténtico Gato con Botas, de los cuales los anticuarios de las hadas solo conocen hoy tres ejemplares intactos; el lavabo era un Pie-crust reversible, la cómoda un auténtico Encantador Sexto, y las alfombras pertenecían al mejor período de Margery y Robin. Había una lámpara de araña procedente de Tiddlywinks para dar el pego, aunque naturalmente era ella misma quien iluminaba su aposento. Campanilla sentía un soberano desdén por el resto de la casa, cosa que era quizás inevitable; y su cámara, aunque hermosísima, tenía un aire bastante presumido, con aspecto de nariz respingada de forma permanente.
Supongo que todo aquello resultaba especialmente embriagador para Wendy porque aquellos muchachos revoltosos le daban muchísimo trabajo. En verdad hubo semanas enteras en las que apenas asomó a la superficie, salvo tal vez al anochecer con una media en la mano. La cocina, se lo aseguro, la tenía atada a la cazuela; e incluso cuando no había nada en ella, e incluso cuando ni siquiera había cazuela, tenía que vigilarla como si rompiera a hervir de verdad. Nunca se sabía a ciencia cierta si habría una comida de verdad o si se trataría de una comida fingida: todo dependía del capricho de Peter. Él podía comer, comer de veras, si formaba parte de un juego; pero no podía atiborrarse solo por la sensación de llenarse la tripa, que es lo que más le gusta en el mundo a casi todos los niños, después de hablar de ello. Lo fingido era tan real para él que durante una comida imaginaria se le podía ver engordando a ojos vistas. Desde luego resultaba agotador, pero no quedaba más remedio que seguirle la corriente, y si lograbas demostrarle que te estabas quedando demasiado suelto para tu árbol, te permitía atiborrarte de comida de verdad.
El momento preferido de Wendy para coser y zurcir era después de que todos se hubieran acostado. Entonces, según sus propias palabras, tenía un ratito para respirar; y lo aprovechaba confeccionándoles ropa nueva y poniendo parches dobles en las rodillas, pues todos tenían una costumbre espantosa de desgastar las rodillas.
Cuando se sentaba frente a un canasto lleno de medias, todas con un agujero en el talón, alzaba los brazos al cielo y exclamaba: «¡Válgame Dios, a veces creo que las solteronas son dignas de envidia!».
El rostro le resplandecía de dicha al soltar semejante exclamación.
Recordarán a su lobo amaestrado. Pues bien, muy pronto descubrió que ella había llegado a la isla, dio con su paradero y ambos se fundieron en un abrazo efusivo. A partir de entonces el animal la seguía a todas partes como una sombra.
A medida que pasaba el tiempo, ¿pensaba mucho en los queridos padres que había dejado atrás? Es una pregunta difícil de responder, pues resulta del todo imposible determinar cómo pasa el tiempo en el País de Nunca Jamás, donde se cuenta por lunas y soles, y hay muchísimos más soles y lunas que en tierra firme. Pero me temo que Wendy no se preocupaba gran cosa por su padre y su madre: confiaba ciegamente en que mantendrían siempre la ventana abierta de par en par para que ella pudiera regresar volando, y esto le procuraba una tranquilidad absoluta. Lo que a ratos la inquietaba era que John apenas recordaba a sus padres de forma nebulosa, como a personas a las que hubiera tratado tiempo atrás, mientras que Michael estaba plenamente dispuesto a creer que ella era en verdad su madre. Estas cosas la asustaban un poco, y animada por el noble deseo de cumplir con su deber, intentó fijar la antigua vida en sus mentes sometiéndolos a exámenes escritos sobre el tema, lo más parecidos posible a los que solía hacer en la escuela. A los otros muchachos les pareció una ocurrencia la mar de interesante e insistieron en participar; se fabricaron pizarras y se sentaron alrededor de la mesa, escribiendo y devanándose los sesos con las preguntas que ella había anotado en otra pizarra y que fue pasando de mano en mano. Eran las preguntas más corrientes: «¿De qué color eran los ojos de mamá? ¿Quién era más alto, papá o mamá? ¿Era mamá rubia o morena? Respondan a las tres preguntas si es posible». «A) Escriban una redacción de no menos de cuarenta palabras sobre Cómo pasé mis últimas vacaciones, o bien Comparación de los caracteres de papá y mamá. Elíjanse solo una de las dos». O bien: «1) Describan la risa de mamá; 2) Describan la risa de papá; 3) Describan el vestido de fiesta de mamá; 4) Describan la caseta del perro y a su inquilino».
Eran preguntas cotidianas de esta guisa, y cuando no sabías responder te mandaban poner una cruz; y resultaba espantoso la enorme cantidad de cruces que ponía incluso John. Por supuesto, el único que respondió a todas y cada una de las preguntas fue Slightly, y nadie abrigaba tantas esperanzas de quedar el primero; pero sus respuestas eran tan rematadamente ridículas que quedó el último de la lista: un espectáculo lamentable.
Peter no participó en el certamen. Por una parte despreciaba a todas las madres salvo a Wendy, y por otra era el único muchacho en la isla incapaz de escribir o deletrear la más diminuta palabra. Estaba por encima de todas aquellas tonterías.
A propósito: todas las preguntas estaban redactadas en tiempo pasado. ¿De qué color eran los ojos de mamá?, etcétera. Wendy, como ven, también empezaba a olvidar.
Las aventuras, desde luego, como ya veremos, se sucedían a diario; pero por aquella época Peter inventó, con ayuda de Wendy, un juego nuevo que lo fascinó sobremanera hasta que, de pronto, perdió todo interés en él, lo cual, como ya se les ha dicho, ocurría invariablemente con todos sus juegos. Consistía en fingir que no tenían aventuras; en hacer exactamente lo que John y Michael habían hecho toda la vida: sentarse en taburetes a tirar pelotas al aire, empujarse unos a otros, salir a pasear y regresar sin haber matado ni siquiera a un oso pardo. Ver a Peter sin hacer nada sentado en un taburete era un espectáculo digno de admiración: no podía evitar poner cara solemne en tales ocasiones, pues estarse quieto le parecía la cosa más cómica del mundo. Presumía de haber salido a caminar por el bien de su salud. Durante varios soles aquella fue para él la más novedosa de todas las aventuras; y John y Michael tenían que fingir que estaban encantados también, pues de lo contrario los habría tratado con severidad.
A menudo salía solo y, al regresar, nunca podías estar seguro de si había corrido una aventura o no. Podía habérsele olvidado tan por completo que no decía una sola palabra sobre el asunto; y luego, al salir afuera, te topabas con el cadáver; y, por el contrario, podía hablarte por los codos de una peripecia colosal y, sin embargo, el cadáver no aparecía por ninguna parte. A veces regresaba con la cabeza vendada, y entonces Wendy lo mimaba con arrumacos y le lavaba la herida con agua tibia mientras él narraba una historia deslumbrante. Pero ella nunca estaba del todo segura, ya me entienden. Había, no obstante, muchas aventuras que ella sabía que eran ciertas porque había participado en persona, y había aún más que eran ciertas al menos en parte, pues los otros muchachos habían estado en ellas y juraban que eran verdaderas de principio a fin. Describirlas todas exigiría un volumen tan voluminoso como un diccionario latín-español y español-latín, y lo más que podemos hacer es ofrecer una como muestra de una hora corriente en la isla. La dificultad estriba en cuál elegir. ¿Deberíamos relatar la escaramuza contra los pieles rojas en la Hondonada de Slightly? Fue un lance sangriento y sumamente interesante, pues puso de manifiesto una de las peculiaridades de Peter, consistente en cambiarse de bando de improviso en mitad del combate. En la hondonada, cuando la victoria aún vacilaba indecisa inclinándose ora hacia un lado, ora hacia el otro, Peter gritó: «¡Hoy soy piel roja! ¿Qué eres tú, Tootles?». Y Tootles respondió: «¡Piel roja! ¿Qué eres tú, Nibs?». Y Nibs dijo: «¡Piel roja! ¿Qué eres tú, Gemelo?». Y así sucesivamente; y todos resultaron ser pieles rojas; y desde luego esto habría puesto fin a la batalla si los auténticos pieles rojas, fascinados por los métodos de Peter, no hubieran accedido a ser niños perdidos por aquella única vez; y así volvieron a embestirse todos de nuevo, con mayor ferocidad que nunca.
El desenlace extraordinario de esta aventura fue... pero aún no hemos decidido que esta sea la peripecia que vamos a narrar. Tal vez fuera mejor contar el asalto nocturno de los pieles rojas al hogar subterráneo, cuando varios de ellos se quedaron atascados en los árboles huecos y tuvieron que sacarlos tirando de ellos como corchos de botella. O podríamos contar cómo salvó Peter la vida de Tigrilla en la Laguna de las Sirenas, convirtiéndola así en su aliada.
O podríamos relatar la historia de aquel pastel envenenado que cocinaron los piratas para que los niños lo engulleran y perecieran; y cómo lo fueron colocando en un rincón astuto tras otro; pero siempre Wendy se lo arrebataba de las manos a sus pequeños, de suerte que con el tiempo perdió su humedad, se puso duro como un pedrusco y acabó sirviendo de proyectil arrojadizo, hasta que Garfio tropezó con él en la oscuridad.
O supongan que contamos lo de las aves amigas de Peter, muy especialmente lo del pájaro de Nunca Jamás que anidó en una rama sobre la laguna, y cómo el nido cayó al agua, y aún así el pájaro siguió incubando sobre sus huevos, y Peter dio orden de no molestarla. Es una hermosa historia, y el final demuestra cuán agradecida puede ser un ave; pero si la contamos tendríamos que relatar también la aventura entera de la laguna, lo cual equivaldría a narrar dos aventuras en lugar de una sola. Una peripecia más breve, y casi tan emocionante, fue la tentativa de Campanilla, con ayuda de unas cuantas hadas callejeras, de trasladar a Wendy dormida sobre una enorme hoja flotante hasta tierra firme. Por fortuna la hoja cedió y Wendy se despertó creyendo que era la hora del baño, regresando a nado. O bien podríamos escoger el desafío de Peter a los leones, cuando trazó un círculo en el suelo con una flecha retándolos a cruzarlo; y aunque aguardó durante horas, con los demás muchachos y Wendy contemplando la escena sin aliento desde las ramas de los árboles, ni uno solo se atrevió a aceptar su desafío.
¿Cuál de todas estas aventuras elegiremos? Lo más sensato será echarlo a suertes.
Ya he lanzado la moneda, y ha salido la laguna. Esto casi le hace desear a uno que hubiera salido la hondonada, el pastel o la hoja de Campanilla. Desde luego podría volver a tirar la moneda y hacerlo al mejor de tres; pero tal vez lo más honrado sea atenerse a la laguna.
Fin del Episodio 12 · de 27
El hogar bajo tierra
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