Peter Pan·Episodio 11

La casita

~13 min · 2652 palabras

El insensato de Tootles se erguía cual vencedor sobre el cuerpo de Wendy cuando los demás muchachos salieron de sus árboles en tropel, empuñando sus armas.

—Llegan demasiado tarde —gritó con orgullo—: he cazado a la Wendy. Peter se pondrá contentísimo conmigo.

Por encima de sus cabezas, Campanilla chilló: «¡Zopenco rematado!», y corrió a esconderse. Los demás no llegaron a oírla. Se habían apiñado en torno a Wendy y, mientras la contemplaban, un silencio atroz cayó sobre el bosque. Si el corazón de Wendy hubiera seguido latiendo, todos lo habrían escuchado.

Slightly fue el primero en romper a hablar. —Esto no es ningún pájaro —dijo con voz sobrecogida—. Creo que debe de ser una dama.

—¿Una dama? —murmuró Tootles, y rompió a temblar.

—Y la hemos matado —dijo Nibs con voz ronca.

Todos se quitaron las gorras con reverente consternación.

—Ahora lo comprendo —dijo Curly—: Peter nos la traía para nosotros. —Y se arrojó al suelo desconsolado.

—¡Una dama que cuidara de nosotros al fin —gimió uno de los gemelos—, y la has matado!

Sentían compasión por él, pero sentían más lástima por sí mismos; y cuando dio un paso hacia ellos, todos le volvieron la espalda.

El semblante de Tootles estaba cadavérico, pero asomaba en su porte una dignidad que jamás había tenido antes.

—Fui yo —dijo pensativo—. Cuando las damas solían visitarme en sueños, yo les decía: «Madrecita hermosa, madrecita hermosa». Pero cuando al fin llegó una de verdad, le disparé una flecha.

Comenzó a alejarse lentamente con paso vacilante.

—No te vayas —le gritaron compadecidos.

—Tengo que marcharme —respondió temblando—; le tengo un miedo atroz a Peter.

Fue en aquel trágico instante cuando oyeron un sonido que les encogió el corazón en el pecho: escucharon el canto triunfal de Peter.

—¡Peter! —gritaron, pues siempre anunciaba de aquel modo su regreso triunfal.

—¡Ocúltenla! —susurraron, y se apiñaron a toda prisa en torno a Wendy. Pero Tootles se mantuvo apartado a un lado.

Volvió a resonar aquel agudo quiquiriquí y Peter se dejó caer ante ellos. —¡Saludos, muchachos! —exclamó; y ellos le hicieron un saludo militar maquinalmente, tras lo cual volvió a reinar el silencio.

Peter frunció el ceño con extrañeza.

—He vuelto —dijo con aspereza—; ¿por qué no dan vítores?

Abrieron la boca, pero los vítores se les negaron en la garganta. Él no le dio mayor importancia llevado por la prisa de comunicar la gloriosa nueva.

—¡Grandes noticias, muchachos! —gritó alborozado—: les he traído al fin una madre para todos.

Siguió sin oírse un solo sonido, salvo el leve golpe seco de las rodillas de Tootles al desplomarse contra el suelo.

—¿No la han visto? —preguntó Peter, empezando a inquietarse—. Volaba hacia aquí.

—¡Ay de mí! —exclamó una voz; y otra gimió—: ¡Oh, día luctuoso!

Tootles se puso en pie. —Peter —dijo con calma—, yo te la mostraré. —Y como los demás pretendían seguir ocultándola, ordenó—: ¡Atrás, gemelos, dejen ver a Peter!

Se apartaron todos y le permitieron verla; y tras contemplarla durante unos instantes, Peter se quedó sin saber qué hacer a continuación.

—Está muerta —dijo con aire incómodo—. Tal vez le asuste estar muerta.

Pensó en dar unos cuantos brinquitos cómicos hasta perderla de vista y luego no volver a pisar aquel paraje jamás. Todos le habrían seguido encantados si hubiera hecho tal cosa.

Pero allí estaba la flecha. La arrancó de su pecho y se encaró con su banda.

—¿De quién es esta flecha? —exigió con severidad implacable.

—Mía, Peter —dijo Tootles de hinojos.

—¡Oh, mano villana! —sentenció Peter, y alzó la flecha para utilizarla a guisa de puñal.

Tootles no pestañeó. Se abrió la camisa y ofreció el pecho desnudo. —¡Hiere, Peter! —dijo con firmeza—. Hiere con puntería.

Dos veces alzó Peter la flecha y dos veces cayó su mano sin asestar el golpe. —No puedo herir —dijo con asombro reverente—: hay algo misterioso que me detiene el brazo.

Todos lo contemplaron estupefactos, salvo Nibs, que afortunadamente miró hacia Wendy.

—¡Es ella! —gritó—. ¡La dama Wendy, miren, su brazo!

Cosa maravillosa de contar: Wendy había levantado un brazo. Nibs se inclinó sobre ella y escuchó con fervor. —Creo que ha dicho: «Pobre Tootles» —susurró conmovido.

—¡Está viva! —dijo Peter con sequedad.

Slightly gritó en el acto: —¡La dama Wendy está viva!

Entonces Peter se arrodilló a su lado y descubrió su botón. Recordarán que ella se lo había colgado de una cadenita al cuello.

—Miren —dijo él—: la flecha fue a dar contra esto. Es el beso que yo le di. Le ha salvado la vida.

—Yo me acuerdo de los besos —intervino Slightly a toda prisa—; déjame verlo. Sí, señor, eso es un beso.

Peter ni siquiera lo escuchó. Le suplicaba a Wendy que se pusiera buena pronto para poder enseñarle las sirenas. Desde luego ella aún no podía responder, pues se hallaba sumida en un desmayo profundísimo; pero de lo alto de las copas descendió un chillido quejumbroso.

—Escuchen a Campanilla —dijo Curly—: está llorando porque la Wendy sigue con vida.

Tuvieron entonces que contarle a Peter el vil crimen de Campanilla, y casi nunca lo habían visto poner una cara tan adusta y severa.

—¡Escucha bien, Campanilla! —le gritó—. Ya no soy tu amigo. ¡Márchate de mi lado para siempre!

Ella voló hasta su hombro suplicándole perdón, pero él la apartó de un manotazo. Solo cuando Wendy volvió a alzar un brazo transigió lo bastante para decir: —Bueno, para siempre no; pero sí durante una semana entera.

¿Creen acaso que Campanilla le estuvo agradecida a Wendy por levantar el brazo? ¡Qué disparate! Jamás había sentido tantas ganas de pellizcarla como entonces. Las hadas son en verdad criaturas extrañas, y Peter, que era quien mejor las comprendía, no dudaba en propinarles un capón de vez en cuando.

Pero ¿qué hacer con Wendy en su delicadísimo estado de salud?

—Bajémosla al hogar bajo tierra —sugirió Curly.

—Sí —asintió Slightly—, eso es exactamente lo que se hace con las damas.

—No, no —dijo Peter—; no deben tocarla. No sería lo bastante respetuoso.

—Eso mismo —apuntó Slightly— era lo que yo estaba pensando.

—Pero si se queda ahí tumbada —advirtió Tootles—, morirá de frío.

—Sí, se morirá —admitió Slightly—, y no hay vuelta de hoja.

—¡Sí que la hay! —exclamó Peter—. ¡Vamos a construirle una casita alrededor!

Todos prorrumpieron en muestras de júbilo. —¡Rápido! —les ordenó él—. Tráiganme cada uno lo mejor que tengamos. Desvalijen nuestra casa. ¡Deprisa!

En un segundo andaban todos tan atareados como sastres la víspera de una boda de campanillas. Correteaban de acá para allá: abajo por la ropa de cama, arriba por ramas de leña; y mientras andaban en ello, ¿quiénes habían de aparecer sino John y Michael? Mientras arrastraban los pies por el suelo se quedaban dormidos de pie, se detenían, se despabilaban, daban otro paso y volvían a dormirse.

—John, John —suplicaba Michael—, ¡despiértate! ¿Dónde están Nana, John, y mamá?

Y entonces John se frotaba los ojos y mascullaba: —Es verdad... volamos de veras.

Pueden tener por seguro que sintieron un alivio colosal al toparse con Peter.

—Hola, Peter —dijeron.

—Hola —respondió Peter amistosamente, aunque se había olvidado por completo de ellos. Estaba sumamente ocupado en aquel momento midiendo a Wendy a pasos con los pies para calcular de qué tamaño necesitaría la casa. Naturalmente pensaba dejar hueco para sillas y una mesa. John y Michael lo observaban.

—¿Está dormida Wendy? —preguntaron.

—Sí.

—John —propuso Michael—, vamos a despertarla para que nos prepare la cena —pero justo al decirlo, algunos de los muchachos llegaron corriendo cargados de ramas para la construcción de la vivienda—. ¡Mira a esos! —exclamó.

—Curly —ordenó Peter con su voz más autoritaria de capitán—, encárgate de que estos muchachos ayuden a levantar la casa.

—A la orden, mi capitán.

—¿Construir una casa? —exclamó John atónito.

—Para la Wendy —dijo Curly.

—¿Para Wendy? —dijo John indignado—. ¡Pero si solo es una niña!

—Por esa misma razón —le explicó Curly— nosotros somos sus criados.

—¿Ustedes? ¡Criados de Wendy!

—Sí —zanjó Peter—, y ustedes también. ¡Llévenselos!

Los pasmados hermanos fueron arrastrados a talar, partir y acarrear madera. —Primero las sillas y la defensa de la chimenea —ordenó Peter—. Luego construiremos la casa a su alrededor.

—Sí —dijo Slightly—, así es exactamente como se construye una casa: ya me acuerdo de todo.

Peter pensaba en todos los detalles. —¡Slightly! —gritó—, ve a buscar a un médico.

—A la orden —dijo Slightly al instante, y desapareció rascándose la cabeza. Pero sabía que a Peter había que obedecerle a ciegas, y regresó al cabo de un momento luciendo el sombrero de John con ademán muy solemne.

—Por favor, señor —dijo Peter acercándose a él—, ¿es usted médico?

La diferencia entre él y los otros muchachos en tales ocasiones estribaba en que ellos sabían que se trataba de un juego fingido, mientras que para Peter lo fingido y lo real eran exactamente la misma cosa. Esto a veces les causaba no pocas complicaciones, como cuando tenían que fingir que ya habían cenado opíparamente.

Si flaqueaban en su fingimiento, Peter les propinaba un coscorrón en los nudillos.

—Sí, mi pequeño amigo —respondió con inquietud Slightly, que tenía los nudillos despellejados.

—Por favor, señor —explicó Peter—, aquí yace una dama sumamente enferma.

Ella estaba tendida a sus mismos pies, pero Slightly tuvo el buen juicio de no mirarla.

—Vaya, vaya, vaya —dijo él—; ¿y dónde reposa?

—En aquel claro de allá.

—Le pondré una cosita de cristal en la boca —dijo Slightly, y fingió hacerlo mientras Peter aguardaba con el corazón en un puño. Fue un momento de gran angustia cuando retiró la cosita de cristal.

—¿Cómo se encuentra? —inquirió Peter ansioso.

—Vaya, vaya, vaya —sentenció Slightly—: esto la ha curado por completo.

—¡Cuánto me alegro! —exclamó Peter.

—Volveré a visitarla esta tarde —añadió Slightly—; denle caldo concentrado en una taza con piquito —pero tras devolverle el sombrero a John resopló con fuerza, como solía hacer siempre que se libraba de un buen apuro.

Entre tanto, el bosque entero resonaba con el golpe de las hachas: casi todo lo necesario para una acogedora morada se hallaba ya dispuesto a los pies de Wendy.

—¡Si al menos supiéramos —dijo uno— qué clase de casa le gusta más!

—¡Peter! —gritó otro—, se está moviendo en sueños.

—Abre la boca —exclamó un tercero asomándose con reverencia—. ¡Oh, qué primor!

—Tal vez vaya a cantar en sueños —apuntó Peter—. Wendy, canta la clase de casa que te gustaría tener.

Al instante, sin llegar a abrir los ojos, Wendy se puso a cantar:

«¡Cómo quisiera una linda casita, la más chiquita que se pueda ver, con primorosas paredes rojizas y verde musgo para guarecer!».

Prorrumpieron en gorjeos de alegría al oír esto, pues por una suerte inmensa las ramas que habían acarreado estaban pegajosas de savia encarnada y el suelo entero estaba alfombrado de musgo. A medida que iban armando la casita a toda prisa, rompieron ellos también a cantar:

«¡Muros y techo te hemos levantado, con una puerta que es un primor; dinos ahora, madrecita Wendy, ¿qué más anhela tu corazón?».

A esto respondió ella con no poco afán:

«¡Ay, me gustaría que tuviera luego alegres ventanas alrededor, con rosas frescas mirando hacia dentro y niños rubios mirando al sol!».

A puñetazos abrieron ventanas en las ramas y grandes hojas amarillas sirvieron de persianas. ¿Pero las rosas...?

—¡Rosas! —ordenó Peter severamente.

A toda prisa fingieron que hacían brotar las rosas más primorosas por las paredes.

¿Y los niños?

Para evitar que Peter se pusiera a encargar niños, se apresuraron a cantar de nuevo:

«¡Las rosas asoman mirando hacia afuera, los niños aguardan frente al portal; no podemos hacernos a nosotros mismos, ¡pues ya fuimos hechos tiempo atrás!».

Peter, comprendiendo que era una magnífica idea, fingió en el acto que se le había ocurrido a él solo. La casa quedó primorosa, y sin duda Wendy se hallaba de lo más cómoda dentro, aunque, naturalmente, ya no podían verla. Peter se paseaba arriba y abajo ordenando los últimos retoques. Nada escapaba a su mirada de lince. Justo cuando parecía enteramente concluida:

—Falta la aldaba en la puerta —señaló.

Se sintieron muy avergonzados, pero Tootles ofreció la suela de su zapato, que sirvió de aldaba a las mil maravillas.

Ahora sí que está acabada del todo, pensaron.

¡Ni mucho menos! —No hay chimenea —dijo Peter—; tenemos que ponerle una chimenea.

—Desde luego hace falta una chimenea —dijo John dándose tono. Esto le dio una idea a Peter: le arrebató el sombrero de copa de la cabeza a John, le hundió la parte superior de un puñetazo y encasquetó el sombrero sobre el tejado. La casita quedó tan encantada de poseer tan soberbia chimenea que, como para darle las gracias, empezó a despedir de inmediato una primorosa columnita de humo a través del sombrero.

Ahora sí que estaba terminada de verdad. No quedaba más remedio que llamar a la puerta.

—Pongan todos su mejor cara —les advirtió Peter—: las primeras impresiones son de una importancia tremenda.

Agradeció que nadie le preguntara qué eran las primeras impresiones: estaban todos demasiado atareados poniéndose elegantes.

Llamó con cortesía a la puerta, y en aquel instante el bosque entero se quedó tan quieto como los propios niños; no se oía un solo rumor, salvo el de Campanilla, que contemplaba la escena desde una rama soltando burlas abiertas.

Lo que los muchachos se preguntaban con impaciencia era si alguien respondería a la llamada. Y si era una dama, ¿cómo sería?

La puerta se abrió y salió una dama. Era Wendy. Todos se quitaron los sombreros al unísono.

Tenía una expresión de perfecto asombro, exactamente como ellos habían soñado que saldría.

—¿Dónde estoy? —preguntó ella.

Desde luego Slightly fue el primero en meter baza: —Dama Wendy —dijo a toda prisa—, para usted hemos construido esta casa.

—¡Oh, dinos que te gusta! —suplicó Nibs.

—¡Qué casa tan primorosa y adorable! —exclamó Wendy; y aquellas eran las mismísimas palabras que ellos habían soñado escuchar.

—¡Y nosotros somos tus hijos! —gritaron los gemelos.

Entonces todos cayeron de rodillas y, tendiéndole los brazos, suplicaron: —¡Oh, dama Wendy, sé nuestra madre!

—¿Debería? —dijo Wendy radiante de dicha—. Desde luego es sumamente fascinante, pero ya ven que solo soy una niña pequeña. No tengo verdadera experiencia.

—Eso no tiene ninguna importancia —repuso Peter, como si fuera la única persona presente que supiera de qué iba el asunto, cuando en realidad era quien menos sabía—. Lo único que nos hace falta es una persona bondadosa y maternal.

—¡Cielos! —dijo Wendy—: la verdad es que siento que eso es exactamente lo que soy.

—¡Lo eres, lo eres! —gritaron todos alborozados—; lo vimos en el acto.

—Muy bien —accedió ella—: haré todo lo que pueda. Entren inmediatamente en casa, pillastres desobedientes; seguro que tienen los pies húmedos. Y antes de acostarlos, me queda el tiempo justo para terminar el cuento de Cenicienta.

Entraron todos en tropel; no sé cómo hubo sitio para tantos, pero en el País de Nunca Jamás una puede apretujarse un montonazo. Y aquella fue la primera de las muchas noches felices que pasaron con Wendy. Con el tiempo los arropó en la gran cama del hogar subterráneo bajo los árboles, pero ella durmió aquella primera noche en la casita, y Peter montó guardia en el exterior con la espada desenvainada, pues a lo lejos se oían las juergas de los piratas y los lobos andaban merodeando al acecho. La casita parecía tan acogedora y segura en medio de la oscuridad, con una luz brillante asomando a través de las persianas, la chimenea humeando graciosamente y Peter apostado de centinela. Al cabo de un rato se quedó dormido, y unas cuantas hadas algo tambaleantes tuvieron que pasarle por encima de camino a casa tras una juerga nocturna. Si cualquier otro muchacho hubiera osado obstruir el sendero de las hadas en mitad de la noche le habrían jugado una mala pasada, pero a Peter se limitaron a pellizcarle suavemente la nariz y siguieron su camino.

Fin del Episodio 11 · de 27

La casita

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