Peter Pan·Episodio 27

Cuando Wendy creció · II

~8 min · 1527 palabras

Una vez por semana la niñera de Jane tenía su tarde libre; y entonces le correspondía a Wendy acostar a Jane. Esa era la hora de los cuentos. Era invención de Jane alzarse la sábana por encima de su cabeza y de la de su madre formando una tienda de campaña, y en medio de la penumbra susurrar:

—¿Qué vemos ahora?

—Creo que esta noche no veo nada —decía Wendy, con la sensación de que, si Nana estuviera presente, desaprobaría que siguieran charlando.

—Sí que ves —insistía Jane—: te ves a ti misma cuando eras una niña pequeña.

—De eso hace muchísimo tiempo, tesoro mío —decía Wendy—. ¡Ay de mí, cómo vuela el tiempo!

—¿Vuela acaso —preguntaba la pilla de la niña— como volabas tú cuando eras pequeña?

—¿Como volaba yo? ¿Sabes una cosa, Jane? A veces me pregunto si de verdad llegué a volar alguna vez.

—¡Claro que volaste!

—¡Qué tiempos tan dichosos aquellos en que podía volar!

—¿Por qué no puedes volar ahora, mamá?

—Porque he crecido, cariño. Cuando la gente crece se le olvida el modo.

—¿Por qué se les olvida el modo?

—Porque ya no son alegres, inocentes y desalmados. Solo los seres alegres, inocentes y desalmados son capaces de volar.

—¿Qué es ser alegre, inocente y desalmado? ¡Cómo me gustaría ser alegre, inocente y desalmada!

O tal vez Wendy admitía que sí veía algo.

—Me parece —decía ella— que veo este mismo dormitorio de los niños.

—¡Seguro que sí! —decía Jane—. Sigue contando.

Se embarcaban entonces en la gran aventura de la noche en que Peter entró volando en busca de su sombra.

—Aquel muchacho disparatado —decía Wendy— intentó pegarla con jabón, y como no lo consiguió rompió a llorar, y eso me despertó a mí y se la cosí con hilo y aguja.

—Te has saltado un pedazo —interrumpía Jane, que ya se sabía el cuento mejor que su madre—. Cuando lo viste sentado en el suelo llorando, ¿qué le dijiste?

—Me incorporé en la cama y le pregunté: «Niño, ¿por qué lloras?».

—¡Sí, eso era! —decía Jane respirando hondo.

—Y luego nos llevó volando a todos al País de Nunca Jamás, con las hadas, los piratas, los pieles rojas, la laguna de las sirenas, el hogar bajo tierra y la casita.

—¡Sí! ¿Y qué era lo que más te gustaba de todo?

—Creo que lo que más me gustaba era el hogar bajo tierra.

—Sí, a mí también. ¿Qué fue lo último que te dijo Peter en la vida?

—Lo último que me dijo en la vida fue: «Tú no dejes de esperarme nunca, y alguna noche me oirás cantar victoria».

—Sí.

—Pero, ¡ay de mí!, se olvidó por completo de mí —decía Wendy con una sonrisa. Tan mayor se había hecho ya.

—¿Cómo sonaba su canto de victoria? —preguntó Jane una noche.

—Sonaba así —decía Wendy intentando imitar el quiquiriquí de Peter.

—No, no era así —corregía Jane muy seria—: era de esta manera —y lo hacía infinitamente mejor que su madre.

Wendy se quedó un tanto sobresaltada. —Cariño mío, ¿cómo puedes saberlo?

—Lo oigo a menudo cuando estoy dormida —decía Jane.

—Ah, sí: muchas niñas lo oyen mientras duermen, pero yo fui la única que lo escuchó estando despierta.

—Qué suerte tuviste —decía Jane.

Y entonces, una noche, sobrevino la tragedia. Era primavera, el cuento de aquella velada ya había sido relatado y Jane dormía plácidamente en su cama. Wendy se hallaba sentada en el suelo, muy cerca de la lumbre para ver para zurcir, pues no había otra luz en la estancia; y mientras cosía escuchó un quiquiriquí victorioso. Luego la ventana se abrió de par en par como antaño y Peter cayó de un brinco sobre el suelo.

Era exactamente el mismo de siempre, y Wendy vio al punto que todavía conservaba todos sus dientes de leche.

Él era un niño pequeño y ella una mujer mayor. Se encogió junto al fuego sin atreverse a mover un solo músculo, desvalida y culpable: una mujer hecha y derecha.

—Hola, Wendy —saludó él sin advertir diferencia alguna, pues pensaba sobre todo en sí mismo; y con aquella luz mortecina su vestido blanco bien podía pasar por el camisón con que la viera la primera vez.

—Hola, Peter —respondió ella con voz apagada, haciéndose lo más diminuta posible. Algo dentro de su pecho gritaba: «¡Mujer, mujer, déjame en libertad!».

—Hola, ¿dónde está John? —preguntó él echando de menos de pronto la tercera cama.

—John ya no está aquí —balbuceó ella sofocada.

—¿Está dormido Michael? —inquirió lanzando una mirada distraída a Jane.

—Sí —respondió ella; y al punto sintió que le estaba siendo desleal a Jane tanto como a Peter.

—Ese no es Michael —se apresuró a aclarar, no fuera a caer sobre ella un castigo divino.

Peter miró con atención: —Vaya, ¿es uno nuevo?

—Sí.

—¿Niño o niña?

—Niña.

Ahora sin duda él comprendería; pero ni por asomo.

—Peter —dijo ella titubeando—, ¿esperas que me vaya volando contigo?

—¡Pues claro! Para eso he venido. —Y añadió con cierta severidad—: ¿Acaso has olvidado que es la hora de la limpieza de primavera?

Ella sabía que era inútil recordarle que había dejado pasar muchas primaveras enteras.

—No puedo ir —dijo a modo de disculpa—: se me ha olvidado volar.

—Enseguida te enseño otra vez.

—¡Oh, Peter, no desperdicies el polvillo de hadas conmigo!

Ella se había puesto en pie; y ahora, al fin, un miedo hondo se apoderó de él. —¿Qué ocurre? —gritó retrocediendo.

—Subiré la luz —dijo ella— y así podrás verlo por ti mismo.

Por casi la única vez en su vida de la que tengo noticia, Peter sintió miedo: —¡No subas la luz! —suplicó.

Ella dejó que sus manos acariciaran los cabellos de aquel muchacho trágico. Ya no era una niña pequeña con el corazón destrozado por su culpa: era una mujer adulta que sonreía ante todo aquello, pero con sonrisas bañadas en lágrimas.

Subió entonces la luz y Peter vio. Lanzó un alarido de dolor; y cuando aquella figura alta y hermosa se inclinó para levantarlo en sus brazos, él retrocedió con brusquedad.

—¿Qué pasa? —gritó de nuevo.

No le quedó más remedio que decírselo.

—Soy vieja, Peter. Tengo muchísimos más de veinte años. Crecí hace mucho tiempo.

—¡Prometiste que no lo harías!

—No pude evitarlo. Soy una mujer casada, Peter.

—¡No lo eres!

—Sí; y la niñita que duerme en esa cama es mi pequeña.

—¡No lo es!

Pero intuyó que lo era; y dio un paso hacia la niña dormida con el puñal en alto. Desde luego no descargó el golpe: fue a sentarse en el suelo y rompió a sollozar amargamente; y Wendy no supo cómo consolarlo, aunque tiempo atrás lo habría hecho con tanta facilidad. Ahora solo era una mujer, y salió corriendo de la estancia para intentar serenar sus pensamientos.

Peter siguió llorando, y pronto sus sollozos despertaron a Jane. La niña se incorporó en la cama y sintió curiosidad al instante.

—Niño —dijo—, ¿por qué lloras?

Peter se puso en pie y le hizo una reverencia, y ella le devolvió la inclinación desde el lecho.

—Hola —dijo él.

—Hola —respondió Jane.

—Me llamo Peter Pan.

—Sí, ya lo sé.

—He vuelto a buscar a mi madre —explicó él— para llevarla al País de Nunca Jamás.

—Sí, ya lo sé —dijo Jane—: te estaba esperando.

Cuando Wendy regresó con timidez a la estancia encontró a Peter encaramado al barrote de la cama cantando victoria gloriosamente, mientras Jane en camisón volaba alrededor de la habitación con solemne éxtasis.

—Ella es mi madre —explicó Peter; y Jane descendió y se colocó a su lado con la mirada en el rostro que a él le gustaba descubrir en las damas cuando lo contemplaban.

—Necesita tanto una madre... —dijo Jane.

—Sí, ya lo sé —admitió Wendy con bastante melancolía—: nadie lo sabe tan bien como yo.

—¡Adiós! —le dijo Peter a Wendy; y se alzó en el aire, y la descarada de Jane se elevó con él: ya era su forma más natural de desplazarse.

Wendy corrió a la ventana.

—¡No, no! —gritó.

—Es solo para la hora de la limpieza de primavera —dijo Jane—: él quiere que yo le haga siempre la limpieza de primavera.

—¡Si al menos pudiera ir con ustedes! —suspiró Wendy.

—Ya ves que tú no sabes volar —le soltó Jane.

Desde luego al final Wendy los dejó partir volando juntos. Nuestra última estampa de ella nos la muestra asomada a la ventana, viéndolos alejarse en el cielo nocturno hasta volverse tan diminutos como estrellas.

Al contemplar a Wendy pueden ver cómo sus cabellos encanecen y su figura vuelve a menguar, pues todo esto sucedió mucho tiempo atrás. Jane es hoy una mujer adulta y corriente con una hija llamada Margaret; y en cada época de limpieza de primavera, salvo cuando se le olvida, Peter acude a buscar a Margaret y se la lleva al País de Nunca Jamás, donde ella le cuenta historias sobre sí mismo que él escucha con avidez. Cuando Margaret crezca tendrá una hija que a su vez será la madre de Peter; y así proseguirá la rueda mientras los niños sigan siendo alegres, inocentes y desalmados.

FIN

Fin del Episodio 27 · de 27

Cuando Wendy creció · II

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