Otra vuelta de tuerca·Episodio 09

Capítulo VI · II

~6 min · 1129 palabras

Apenas sé cómo poner en palabras mi relato para ofrecer una imagen verosímil de mi estado de ánimo; pero durante aquellos días fui literalmente capaz de hallar una honda satisfacción en el extraordinario vuelo de heroísmo que la situación me exigía. Comprendí entonces que se me había solicitado un cometido admirable y difícil; y habría grandeza en dejar ver —¡oh, en las instancias apropiadas!— que yo era capaz de salir airosa donde tantas otras muchachas habrían fracasado. Me sirvió de inmensa ayuda —confieso que me aplaudo un poco al recordarlo— concebir mi deber con tanta fuerza y tanta sencillez. Estaba allí para proteger y defender a las criaturas más desamparadas y adorables del mundo, la llamada de cuyo desvalimiento se había vuelto bruscamente demasiado explícita: un dolor sordo y constante para un corazón comprometido como el mío. Nos hallábamos aislados juntos, en verdad; estábamos unidos en el peligro. No tenían a nadie más que a mí, y yo... bueno, yo los tenía a ellos. Era, en suma, una oportunidad magnífica. Esta oportunidad se me presentaba bajo una imagen de gran densidad material: yo era una pantalla, debía interponerme ante ellos. Cuanto más viera yo, menos verían ellos. Empecé a vigilarlos en un suspense contenido, con una excitación disimulada que bien habría podido, de prolongarse demasiado, rayar en la locura. Lo que me salvó, según comprendo ahora, fue que derivó hacia algo enteramente distinto. No perduró como suspense: fue reemplazado por pruebas espantosas. Pruebas, digo, sí... desde el momento mismo en que tomé de verdad las riendas.

Aquel momento arrancó en una tarde que pasé a solas en el parque con la menor de mis pupilas. Habíamos dejado a Miles dentro de la casa, sobre el cojín rojo del hueco de un ventanal; deseaba terminar un libro y yo me había alegrado de fomentar un propósito tan loable en un jovencito cuyo único defecto era un ocasional exceso de inquietud. Su hermana, por el contrario, se había mostrado deseosa de salir, y paseé con ella durante media hora en busca de la sombra, pues el sol aún calentaba con fuerza y el día era excepcionalmente caluroso. Advertí de nuevo, a su lado mientras caminábamos, cómo, al igual que su hermano, se las ingeniaba —era la gracia encantadora de ambos niños— para dejarme en paz sin parecer desatenderme y acompañarme sin dar la impresión de asediarme. Jamás resultaban impertinentes y, sin embargo, nunca se mostraban apáticos. Mi atención hacia ellos consistía en verlos divertirse enormemente sin mí: era un espectáculo que parecían preparar activamente y que me convertía en una admiradora entregada. Yo me movía en un mundo inventado por ellos; no tenían la menor necesidad de recurrir al mío, de modo que mi tiempo se empleaba tan solo en ser, para ellos, algún personaje o cosa notable que el juego de turno requiriera y que no era sino, gracias a mi condición superior y elevada, una sinecura feliz y altamente distinguida. He olvidado qué me tocó ser en aquella ocasión; solo recuerdo que era algo muy importante y muy sosegado, y que Flora jugaba con enorme empeño. Nos encontrábamos a orillas del lago y, como hacía poco habíamos empezado la geografía, el lago era el mar de Azov.

Súbitamente, en tales circunstancias, advertí que al otro lado del mar de Azov teníamos un espectador interesado. La manera en que este conocimiento fue tomando cuerpo en mí fue la cosa más extraña del mundo; la más extraña, es decir, salvo por la todavía más extraña en la que enseguida vino a fundirse. Me había sentado con mi labor de costura —pues yo era algo o alguien que podía estar sentado— en el viejo banco de piedra que dominaba el estanque; y en esa postura empecé a percibir con certidumbre, y sin embargo sin visión directa, la presencia a lo lejos de una tercera persona. Los viejos árboles y la densa arboleda proyectaban una sombra amplia y grata, pero todo estaba impregnado por el resplandor de aquella hora calurosa e inmóvil. No cabía ambigüedad en nada; ninguna en absoluto, al menos, en la convicción que de un momento a otro fui adquiriendo sobre lo que vería justo frente a mí, al otro lado del lago, en cuanto alzara los ojos. Los tenía fijos en aquel instante en las puntadas que estaba dando, y puedo sentir una vez más el espasmo de mi esfuerzo por no levantarlos hasta haberme serenado lo bastante para decidir qué hacer. Había un objeto extraño a la vista: una figura cuyo derecho a hallarse allí cuestioné al instante con vehemencia. Recuerdo haber repasado a la perfección las posibilidades, recordándome a mí misma que nada era más natural, por ejemplo, que la aparición de uno de los hombres de la finca, o incluso de un mensajero, un cartero o un repartidor de la aldea. Aquel recordatorio tuvo tan poco efecto sobre mi certidumbre práctica como el que fui consciente —incluso antes de mirar— de que surtía sobre el carácter y la actitud de nuestro visitante. Nada resultaba más natural que el hecho de que aquellas cosas fueran las otras cosas que rotundamente no eran.

De la verdadera identidad de la aparición me cercioraría en cuanto el pequeño reloj de mi valor marcara el segundo oportuno; mientras tanto, con un esfuerzo que ya era bastante doloroso, desvié la mirada directamente hacia la pequeña Flora, que en aquel momento se encontraba a unas diez yardas de distancia. Se me encogió el corazón por un instante ante la duda asombrada y aterrada de si ella también lo vería; y contuve la respiración aguardando lo que un grito suyo, o alguna inocente señal de curiosidad o alarma, pudiera revelarme. Esperé, pero nada ocurrió; luego, en primer lugar —y hay algo más espantoso en esto, a mi juicio, que en todo cuanto tengo que relatar—, me sobrecogió la sensación de que, en cuestión de un minuto, todos los soniditos que ella emitía habían cesado por completo; y, en segundo lugar, por la circunstancia de que, también en ese minuto, la niña, absorta en su juego, había dado la espalda al agua. Esa era su postura cuando al fin la miré: la miré con la convicción confirmada de que ambas nos encontrábamos bajo una observación directa y personal. Había recogido un pequeño trozo de madera plano que tenía un agujero, lo cual evidentemente le había sugerido la idea de clavar en él otro fragmento que pudiera servir de mástil y convertir aquello en un barco. Esta segunda pieza, mientras la observaba, intentaba apretarla en su sitio con gran ahínco y fijeza. La conciencia de lo que estaba haciendo me sostuvo de modo que, tras unos segundos, sentí que estaba preparada para algo más. Entonces volví a mudar la vista: encaré lo que tenía que encarar.

Fin del Episodio 9 · de 27

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