Otra vuelta de tuerca·Episodio 10

Capítulo VII

~7 min · 1472 palabras

Pude reunirme con la señora Grose tan pronto después de esto como me fue posible; y no sabría dar una explicación inteligible de cómo resistí aquel intervalo. Sin embargo, aún me oigo gritar mientras me arrojaba francamente en sus brazos: —¡Lo saben!... ¡Es demasiado monstruoso: lo saben, lo saben!

—¿Y qué es, por Dios bendito...? —Sentí su incredulidad mientras me sostenía.

—¡Pues todo cuanto nosotras sabemos... y Dios sabe cuántas cosas más! —Luego, cuando me soltó, se lo expuse con toda claridad, con una coherencia que acaso solo en ese instante alcancé incluso ante mí misma—: Hace dos horas, en el jardín —apenas podía articular palabra—, ¡Flora la vio!

La señora Grose lo encajó como si hubiera recibido un golpe en el estómago: —¿Se lo ha dicho ella? —jadeó.

—Ni una sola palabra: ese es el horror. ¡Se lo guardó para sí! ¡Una niña de ocho años, esa criatura! —Indecible resultaba aún para mí el pasmo de semejante silencio.

La señora Grose, como es natural, no pudo sino abrir aún más la boca: —¿Cómo lo sabe usted entonces?

—Estaba allí... lo vi con mis propios ojos: vi que se daba perfecta cuenta.

—¿Quiere decir que se daba cuenta de él?

—No... ¡de ella! —Fui consciente, al hablar, de que en mi semblante asomaban cosas formidables, pues contemplaba su lento reflejo en el rostro de mi interlocutora—. Otra persona, esta vez; pero una figura de un horror y de una maldad no menos inconfundibles: una mujer vestida de luto, pálida y espantosa... ¡y con semejante aspecto y semejante cara!... al otro lado del lago. Estaba allí con la pequeña, sosegada por una vez; y en mitad de aquello se presentó ella.

—¿Se presentó cómo... de dónde salió?

—¡De donde salen esas apariciones! Se limitó a aparecer y quedarse allí inmóvil... aunque no tan cerca.

—¿Y sin acercarse más?

—¡Oh, por la impresión y el efecto, bien podría haber estado tan cerca como usted!

Mi amiga, con un extraño impulso, retrocedió un paso: —¿Era alguien a quien usted nunca hubiera visto?

—Sí. Pero alguien a quien la niña sí ha visto. ¡Alguien a quien usted misma ha visto! —Luego, para demostrarle hasta qué punto lo había pensado todo, solté—: Mi predecesora... la que murió.

—¿La señorita Jessel?

—La señorita Jessel. ¿Acaso no me cree? —la apremié.

Miró a derecha e izquierda en su angustia: —¿Cómo puede estar segura?

Aquello me arrancó, en el estado en que tenía los nervios, un destello de impaciencia: —¡Pregúnteselo a Flora entonces: ella sí está segura! —Pero apenas hube pronunciado estas palabras me contuve—: ¡No, por el amor de Dios, no lo haga! Dirá que no... ¡mentirá!

La señora Grose no estaba tan turbada como para no protestar instintivamente: —¡Ah, cómo es usted capaz de decir eso!

—Porque lo tengo bien claro. Flora no quiere que yo lo sepa.

—Será solo por no disgustarla a usted.

—¡No, no: hay abismos, profundidades insondables! Cuanto más lo pienso, más cosas descubro; y cuanto más descubro, más me horrorizo. ¡No sé qué es lo que no veo... de qué no tengo miedo!

La señora Grose intentó seguir mi razonamiento: —¿Quiere decir que teme verla de nuevo?

—¡Oh, no; eso no es nada... ahora! —Luego le expliqué—: Temo no verla.

Pero mi compañera solo mostró un semblante lívido: —No la comprendo.

—¡Pues que la niña continúe viéndola —y sin duda lo hará— sin que yo me entere de nada!

Ante la imagen de semejante posibilidad, la señora Grose se vino abajo por un instante, para rehacerse enseguida, como acicateada por la imperiosa necesidad de no ceder ni un milímetro al pánico: —¡Dios mío, Dios mío, debemos mantener la cabeza serena! Y al fin y al cabo, si a ella no le molesta... —Incluso intentó una broma lúgubre—: ¡Tal vez hasta le guste!

—¿Gustarle semejantes abominaciones... a una criatura tan pequeña?

—¿No es eso una prueba patente de su bendita inocencia? —inquirió mi leal amiga con valentía.

Por un momento estuvo a punto de convencerme: —¡Oh, debemos aferrarnos a eso... debemos agarrarnos a esa idea con todas nuestras fuerzas! Porque si no es prueba de lo que usted dice, es prueba de... ¡Dios sabe qué! Pues esa mujer es el horror de los horrores.

La señora Grose clavó los ojos en el suelo durante un minuto; luego, levantándolos al fin, me dijo: —Dígame cómo lo sabe.

—¿Entonces admite que es ella quien era? —grité.

—Dígame cómo lo sabe —repitió sencillamente mi amiga.

—¿Saberlo? ¡Por haberla visto! ¡Por su manera de mirar!

—¿De mirarla a usted, quiere decir... con maldad?

—¡Válgame Dios, no! Eso habría podido soportarlo. Ni una sola mirada me dirigió. Se limitó a clavar los ojos en la niña.

La señora Grose intentó figurárselo: —¿Clavar los ojos en ella?

—¡Ah, con unos ojos tan atroces!

Se quedó mirando los míos como si estos pudieran parecerse a aquellos: —¿Quiere decir con odio?

—¡Dios nos asista, no! Con algo muchísimo peor.

—¿Peor que el odio? —Esto la dejó verdaderamente desarmada.

—Con una determinación indescriptible. Con una suerte de furor de posesión.

La hice palidecer por completo: —¿De posesión?

—De apoderarse de ella. —La señora Grose, con los ojos detenidos en los míos, se estremeció y caminó hacia la ventana; y mientras permanecía allí contemplando el exterior, completé mi sentencia—: Eso es lo que Flora sabe.

Al cabo de un momento se volvió: —Dice usted que la persona vestía de negro, ¿verdad?

—De riguroso luto: un vestido más bien pobre, casi raído. Pero... sí, dotada de una belleza extraordinaria. —Reconocí entonces a qué punto había llevado por fin, paso a paso, a la confidente de mis desvelos, pues ella sopesó visiblemente este dato—: ¡Oh, hermosa, muy hermosa! —insistí—; asombrosamente hermosa. Pero infame.

Regresó con lentitud a mi lado: —La señorita Jessel... era infame. —Tomó una vez más mi mano entre las suyas, apretándola con fuerza como para darme ánimo frente al acrecentamiento de alarma que pudiera suscitarme semejante revelación—: Ambos eran infames —dijo finalmente.

De suerte que, durante un instante, volvimos a encarar la situación juntas; y encontré una indudable ayuda al ver las cosas con tanta claridad: —Aprecio —dije— la delicadeza con que ha callado hasta ahora; pero sin duda ha llegado la hora de que me lo cuente todo. —Ella pareció asentir, pero en silencio; al ver lo cual añadí—: Debo saberlo todo ahora mismo. ¿De qué murió? Vamos, existía algo entre ellos dos.

—Existía todo.

—¿A pesar de la diferencia...?

—¡Oh, de clase, de rango social! —soltó con profundo pesar—. Ella era una dama.

Le di vueltas al asunto; lo comprendí de nuevo: —Sí... era toda una dama.

—Y él un criado de lo más bajo —dijo la señora Grose.

Comprendí que sin duda no debía insistir demasiado, en su presencia, sobre la posición de un criado en la escala social; pero nada me impedía aceptar la propia medida que mi compañera daba al envilecimiento de mi predecesora. Había un modo de encarar aquello, y lo encaré; con tanta mayor presteza por la viva imagen que me había formado del difunto, apuesto y astuto sirviente personal de nuestro amo: insolente, engreído, consentido, depravado. —Ese individuo era un canalla despreciable.

La señora Grose reflexionó como si se tratara acaso de un asunto con muchos matices: —Jamás he conocido a nadie semejante a él. Hacía siempre su soberana voluntad.

—¿Con ella?

—Con todo el mundo.

Fue como si en los propios ojos de mi amiga volviera a asomar la señorita Jessel. Me pareció en todo caso, por un instante, contemplar la evocación de aquella mujer con tanta nitidez como la había visto junto al estanque; y afirmé con firmeza: —¡También debió de ser lo que ella quiso!

El semblante de la señora Grose indicó que ciertamente así había sido, pero al mismo tiempo exclamó: —¡Pobre mujer... bien caro que lo pagó!

—¿Sabe usted entonces de qué murió? —pregunté.

—No... no sé nada. Quise no enterarme de nada; bien contenta estuve de ignorarlo; ¡y di gracias al cielo de que se hallara bien lejos de aquí!

—Sin embargo, usted se formó una idea...

—¿De su verdadero motivo para marcharse? ¡Oh, sí, desde luego! No habría podido quedarse. ¡Imagínese semejante escándalo aquí... para una institutriz! Y luego me imaginé cosas... y sigo imaginándolas todavía. Y cuanto me imagino es atroz.

—No tan atroz como lo que yo imagino —repliqué; tras lo cual debí de mostrarle— pues era dolorosamente consciente de ello —una expresión de miserable derrota. Aquello despertó de nuevo toda su compasión hacia mí, y ante el renovado contacto de su afecto se derrumbó toda mi entereza. Rompí, tal como en la ocasión anterior la había hecho romper a ella, a llorar desconsoladamente; me apretó contra su pecho maternal y mi lamento desbordó todo cauce. —¡No soy capaz! —sollocé desesperada—; ¡no consigo salvarlos ni escudarlos! ¡Es mucho peor de lo que jamás soñé: están perdidos!

Fin del Episodio 10 · de 27

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