Capítulo VI · I
~8 min · 1565 palabras
Hizo falta, por supuesto, más que aquel intercambio concreto para situarnos a ambas frente a lo que a partir de entonces debíamos sobrellevar como mejor pudiéramos: mi espantosa propensión a recibir impresiones del orden tan vívidamente ejemplificado, y el conocimiento que en adelante tendría mi compañera —un conocimiento mitad consternación y mitad compasión— de semejante vulnerabilidad. Aquella tarde, después de que la revelación me dejara postrada durante una hora, no hubo para ninguna de las dos asistencia a otro oficio religioso que no fuera un pequeño culto de lágrimas y votos, de plegarias y promesas, culminación de la serie de mutuos desafíos y compromisos que sobrevinieron de inmediato en cuanto nos retiramos juntas al aula y nos encerramos allí para ponerlo todo en claro. El resultado de haberlo puesto todo en claro consistió sencillamente en reducir nuestra situación al último rigor de sus elementos. Ella misma no había visto nada, ni la sombra de una sombra, y nadie en la casa salvo la institutriz se hallaba en el trance de la institutriz; y sin embargo aceptó sin impugnar directamente mi cordura la verdad tal como yo se la presentaba, y terminó mostrándome, sobre este terreno, una ternura sobrecogida, una expresión de la conciencia de mi más que cuestionable privilegio, cuyo hálito ha permanecido conmigo como la más dulce de las caridades humanas.
Lo que acordamos entre ambas aquella noche fue que creíamos poder sobrellevar juntas las cosas; y ni siquiera estaba segura de que, a pesar de hallarse exenta de las apariciones, no fuera ella quien cargara con la parte más pesada. Sabía ya a esa hora, me parece, tan bien como lo supe más tarde, lo que era capaz de arrostrar para poner a salvo a mis alumnos; pero me llevó algún tiempo cerciorarme por entero de hasta dónde estaba dispuesta a llegar mi leal aliada para cumplir un pacto tan comprometedor. Yo era una compañía bastante desconcertante, tanto al menos como la presencia que me visitaba; pero al repasar lo que atravesamos comprendo cuánto terreno común debimos encontrar en la única idea que, por fortuna, podía darnos aplomo. Fue esa idea, ese segundo impulso, lo que me sacó directamente, por así decirlo, de la cámara interior de mi espanto. Podía salir a tomar el aire al patio, al menos, y allí la señora Grose podía reunirse conmigo. Recuerdo con total nitidez cómo me volvieron las fuerzas antes de separarnos para pasar la noche. Habíamos repasado una y otra vez cada detalle de lo que yo había visto.
—Buscaba a otra persona, dice usted... ¿a alguien que no era usted?
—Buscaba al pequeño Miles. —Una tremenda lucidez se apoderó de mí en aquel instante—. A él es a quien buscaba.
—Pero ¿cómo lo sabe?
—¡Lo sé, lo sé, lo sé! —Mi exaltación crecía—. ¡Y usted también lo sabe, querida mía!
Ella no lo desmintió, pero yo no necesitaba siquiera que me lo confirmara. En cualquier caso, reanudó al momento: —¿Y si llegara a verlo?
—¿El pequeño Miles? ¡Eso es lo que él quiere!
Volvió a mostrarse sumamente asustada: —¿El niño?
—¡El cielo no lo permita! Me refiero al hombre. Quiere aparecérseles a ellos. —Que pudiera hacerlo era un pensamiento aterrador, y sin embargo, de algún modo, me sentí capaz de mantenerlo a raya; lo cual, además, mientras nos demorábamos allí, logré demostrar en la práctica. Tenía la absoluta certidumbre de que volvería a ver lo que ya había visto, pero algo dentro de mí me decía que al ofrecerme valerosamente como único sujeto de semejante trance, al aceptar, al provocar, al sobreponerme a todo ello, serviría de víctima expiatoria y custodiaría la tranquilidad de mis pequeños compañeros. A los niños, en particular, los rodearía así de una muralla y los salvaría por completo. Recuerdo una de las últimas cosas que le dije aquella noche a la señora Grose.
—Me llama la atención que mis alumnos no hayan mencionado jamás...
Me miró fijamente al ver que me detenía pensativa: —¿Que él estuvo aquí y el tiempo que pasaron con él?
—El tiempo que pasaron con él, y su nombre, su presencia, su historia, en modo alguno.
—¡Oh, la señorita pequeña no se acuerda! Nunca oyó ni supo nada.
—¿Y las circunstancias de su muerte? —pensé con cierta intensidad—. Quizá ella no. Pero Miles se acordaría... Miles lo sabría.
—¡Ah, no lo sondee! —se le escapó a la señora Grose.
Le devolví la mirada que me había dirigido: —No tema. —Seguí pensando—. Es bastante extraño.
—¿Que nunca haya hablado de él?
—Nunca, ni con la menor alusión. ¿Y me dice usted que eran «grandes amigos»?
—¡Oh, no era por el muchacho! —declaró con énfasis la señora Grose—. Eran antojos de Quint. Jugar con él, quiero decir... consentirlo. —Guardó silencio un instante; luego añadió—: Quint se tomaba demasiadas libertades.
Aquello me produjo, a partir de la visión directa de su semblante —¡semejante semblante!—, una repentina náusea de repugnancia: —¿Demasiadas libertades con mi muchacho?
—¡Demasiadas libertades con todo el mundo!
Me abstuve, de momento, de analizar aquella descripción más allá de reflexionar que una parte de ella se aplicaba a varios miembros de la servidumbre, a la media docena de criadas y mozos que aún formaban nuestra pequeña colonia. Pero para nuestra zozobra lo constituía todo el afortunado hecho de que ninguna leyenda incómoda, ningún alboroto de pinches de cocina, se hubiera asociado jamás, en memoria de nadie, a la entrañable mansión antigua. No tenía mala fama ni desdoro, y la señora Grose, a todas luces, solo deseaba aferrarse a mí y temblar en silencio. Incluso la puse a prueba antes de despedirnos. Fue cuando, a medianoche, tenía ya la mano en la puerta del aula para marcharse: —¿Tengo por tanto su palabra —pues reviste suma importancia— de que era decidida y reconocidamente malo?
—¡Oh, reconocidamente no! Yo lo sabía... pero el señor no.
—¿Y usted nunca se lo dijo?
—Bueno, a él no le gustaban los chismes; detestaba las quejas. Se ponía de muy mal humor con cualquier cosa de ese tipo, y si la gente se portaba bien con él...
—¿No quería que lo molestaran con más? —Aquello encajaba a la perfección con mis impresiones sobre él: no era un caballero aficionado a los problemas, ni quizá demasiado exigente con algunas de las compañías que frecuentaba. Con todo, apremié a mi interlocutora—: ¡Le aseguro que yo se lo habría dicho!
Ella percibió mi reproche: —Me atrevo a decir que me equivoqué. Pero, de verdad, tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De las cosas que ese hombre podía hacer. Quint era tan listo... era tan retorcido.
Asimilé esto más aún de lo que probablemente dejé traslucir: —¿No tenía usted miedo de ninguna otra cosa? ¿No de su influencia...?
—¿De su influencia? —repitió con rostro angustiado, aguardando mientras yo vacilaba.
—Sobre unas vidas inocentes y tan preciosas. Estaban bajo su cuidado.
—¡No, no estaban bajo el mío! —repuso con rotundidad y aflicción—. El señor confiaba en él y lo instaló aquí porque supuestamente no se encontraba bien y el aire del campo le sentaría de maravilla. De modo que él tenía la última palabra en todo. Sí —me lo soltó de golpe—: incluso sobre ellos.
—¿Sobre ellos... ese engendro? —Tuve que sofocar una suerte de alarido—. ¡Y usted pudo tolerarlo!
—No. ¡No pude... y no puedo ahora! —Y la pobre mujer rompió a llorar.
A partir del día siguiente se impondría, como he dicho, una vigilancia implacable sobre los niños; ¡sin embargo, con cuánta frecuencia y con qué pasión volvimos juntas sobre el tema a lo largo de toda una semana! Por mucho que lo hubiéramos debatido aquella noche de domingo, me sentí, sobre todo en las horas inmediatamente posteriores —pues ya puede imaginarse si pegué ojo—, perseguida por la sombra de algo que ella no me había contado. Yo no me había guardado nada, pero había una palabra que la señora Grose había callado. A la mañana siguiente tuve la certeza, además, de que no obedecía a falta de franqueza, sino a que por todas partes acechaban los temores. Me parece en verdad, en retrospectiva, que para cuando el sol del día siguiente estaba alto ya había leído en los hechos con inquieta agudeza casi todo el significado que recibirían a causa de acontecimientos posteriores y más crueles. Lo que ante todo me ofrecían era la siniestra estampa del hombre vivo —¡el muerto podía esperar un poco!— y de los meses que había pasado de continuo en Bly, los cuales, sumados, constituían un periodo formidable. El término de aquella época aciaga solo sobrevino cuando, al amanecer de una mañana de invierno, Peter Quint fue hallado por un jornalero que iba temprano a su labor tendido y muerto como una piedra en el camino del pueblo: una catástrofe explicada —al menos superficialmente— por una herida visible en la cabeza; una herida como la que habría podido producirse —y como, según las pruebas definitivas, se produjo— por un resbalón fatal en la oscuridad, tras abandonar la taberna, en la empinada pendiente helada, un sendero del todo equivocado en cuyo fondo yacía. La cuesta de hielo, el desvío equivocado de noche y con unas copas de más, lo explicaban casi todo: en la práctica, al final y tras la encuesta forense y las habladurías interminables, lo explicaban todo; pero había habido asuntos en su vida —episodios y peligros extraños, desórdenes secretos, vicios más que sospechados— que habrían explicado muchísimas cosas más.
Fin del Episodio 8 · de 27
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