Otra vuelta de tuerca·Episodio 07

Capítulo V

~6 min · 1266 palabras

¡Oh, me lo hizo saber tan pronto como, al doblar la esquina de la casa, volvió a asomar a mi vista! —¿Qué ocurre, por amor de Dios?... —Venía sofocada y sin aliento.

No dije nada hasta que estuvo bien cerca. —¿Conmigo? —Debí de poner una cara asombrosa—. ¿Se me nota?

—Está usted blanca como el papel. Tiene un aspecto espantoso.

Reflexioné; podía afrontar ante aquello, sin remordimiento alguno, cualquier inocencia. Mi necesidad de respetar la candidez de la señora Grose se me había caído de los hombros sin el menor susurro, y si vacilé por un instante no fue por lo que callaba. Le tendí la mano y ella la tomó; la apreté con fuerza un momento, agradeciendo sentirla cerca de mí. Había una suerte de amparo en el tímido sobresalto de su sorpresa. —Ha venido a buscarme para ir a la iglesia, por supuesto, pero no puedo ir.

—¿Ha ocurrido algo?

—Sí. Debe saberlo ahora. ¿Tenía un aspecto muy extraño?

—¿A través de esta ventana? ¡Terrible!

—Bueno —dije—, es que me he llevado un susto de muerte. —Los ojos de la señora Grose expresaron a las claras que ella no deseaba en absoluto asustarse, pero también que conocía demasiado bien su lugar para no estar dispuesta a compartir conmigo cualquier aflicción manifiesta. ¡Oh, estaba bien decidido que debía compartirla!—. Justo lo que acaba de ver usted hace un minuto desde el comedor ha sido la consecuencia de eso. Lo que yo vi... un instante antes... fue mucho peor.

Apretó mi mano: —¿Qué fue?

—Un hombre extraordinario. Mirando hacia adentro.

—¿Qué hombre extraordinario?

—No tengo la menor idea.

La señora Grose miró en derredor en vano: —¿Adónde se ha ido entonces?

—Menos lo sé todavía.

—¿Lo había visto antes?

—Sí... una vez. En lo alto de la torre vieja.

Ella se limitó a mirarme con mayor fijeza: —¿Quiere decir que es un forastero?

—¡Oh, completamente!

—¿Y no me dijo nada?

—No... por varias razones. Pero ahora que lo ha adivinado...

Los ojos redondos de la señora Grose recibieron aquel reproche: —¡Ah, no he adivinado nada! —dijo con total sencillez—. ¿Cómo voy a adivinarlo si usted misma no se lo figura?

—No me lo figuro en absoluto.

—¿Y no lo ha visto en ningún otro sitio salvo en la torre?

—Y en este mismo lugar, hace un instante.

La señora Grose volvió a mirar en derredor: —¿Qué hacía en la torre?

—Solo estar de pie allí arriba y mirarme fijamente.

Lo pensó un minuto: —¿Era un caballero?

Comprobé que no necesitaba pensarlo: —No. —Ella me miró con mayor asombro—. No.

—¿Entonces nadie de la finca? ¿Nadie de la aldea?

—Nadie, nadie. No se lo dije, pero me aseguré bien.

Exhaló un vago alivio: aquello era, curiosamente, algo ganado. Aunque en verdad servía de bien poco: —Pero si no es un caballero...

—¿Qué es entonces? Es una aberración.

—¿Una aberración?

—Es... ¡Dios me asista si sé qué es!

La señora Grose miró a su alrededor una vez más; clavó los ojos en la lejanía cada vez más oscura y luego, sobreponiéndose, se volvió hacia mí con brusca inconsecuencia: —Es hora de que estemos en la iglesia.

—¡Oh, no estoy en condiciones de ir a la iglesia!

—¿No le sentará bien?

—¡No les sentará bien a ellos! —Hice un gesto con la cabeza hacia la casa.

—¿A los niños?

—No puedo dejarlos solos ahora.

—¿Tiene miedo de...?

Hablé con audacia: —Tengo miedo de él.

El ancho rostro de la señora Grose me reveló, ante esto, por primera vez, el lejano y tenue destello de una conciencia más aguda: distinguí de algún modo en él el tardío amanecer de una idea que yo no le había dado y que para mí resultaba aún por entero oscura. Recuerdo que pensé al instante que se trataba de algo que podía extraer de ella; y sentí que guardaba relación con el deseo que enseguida demostró de saber más: —¿Cuándo fue... en la torre?

—Hacia mediados de mes. A esta misma hora.

—Casi al anochecer —dijo la señora Grose.

—¡Oh, no, ni mucho menos! Lo vi con tanta claridad como la veo a usted.

—¿Cómo entró entonces?

—¿Y cómo logró salir de nuevo? —dije riendo—. ¡No tuve la menor oportunidad de preguntárselo! Esta tarde, ya ve usted —proseguí—, no ha conseguido entrar aquí.

—¿Solo mira a hurtadillas?

—¡Ojalá se limite a eso! —Ella me había soltado la mano; se apartó un poco. Aguardé un instante y luego solté—: Vaya a la iglesia. Adiós. Yo debo quedarme de guardia.

Se volvió hacia mí lentamente: —¿Teme usted por ellos?

Nos cruzamos otra larga mirada: —¿Acaso no teme usted? —En vez de responder, se aproximó a la ventana y, durante un minuto, pegó el rostro al cristal—. Ya ve cómo podía ver él —añadí mientras tanto.

No se movió: —¿Cuánto tiempo estuvo aquí?

—Hasta que salí. Salí para encararlo.

La señora Grose se volvió por fin, y había aún más turbación en su semblante: —Yo no habría sido capaz de salir.

—¡Ni yo tampoco! —Volví a reír—. Pero salí. Es mi deber.

—También yo tengo el mío —repuso ella; tras lo cual añadió—: ¿Cómo es?

—Me moría de ganas de decírselo. Pero no se parece a nadie.

—¿A nadie? —repitió ella.

—No lleva sombrero. —Al notar en su expresión que aquella sola indicación cobraba para ella un tinte de viva estampa con un pavor aún más hondo, añadí rasgo tras rasgo con rapidez—: Tiene el pelo rojo, muy rojo y muy rizado, y una cara pálida y alargada, de facciones rectas y bien proporcionadas, con unas patillas cortas y un tanto extrañas, tan rojas como el pelo. Las cejas son, por alguna razón, más oscuras; se ven muy arqueadas, como si se movieran continuamente. Sus ojos son agudos, extraños... terriblemente extraños; pero solo sé a ciencia cierta que son más bien pequeños y sumamente fijos. Tiene la boca ancha y los labios finos, y salvo por las pequeñas patillas va completamente afeitado. Me da la sensación de tener el aspecto de un actor.

—¡Un actor! —Era imposible parecerse menos a un cómico de lo que se parecía la señora Grose en aquel instante.

—Nunca he visto a ninguno, pero así me los imagino. Es alto, ágil, erguido —continué—, pero jamás... ¡no, jamás un caballero!

El semblante de mi compañera se había demudado a medida que yo hablaba; abrió los ojos redondos desmesuradamente y entreabrió la boca bonachona: —¿Un caballero? —balbuceó, confundida, atónita—: ¿un caballero él?

—¿Lo conoce usted entonces?

Hizo un esfuerzo visible por contenerse: —¿Pero es bien parecido?

Comprendí cómo ayudarla: —¡Extraordinariamente!

—¿Y viste...?

—Con ropa de otro. Ropa elegante, pero que no es de su talla.

Lanzó un gemido afirmativo y entrecortado: —¡Es la ropa del señor!

Me abalancé sobre sus palabras: —¿De verdad lo conoce?

Vaciló solo un instante: —¡Quint! —exclamó.

—¿Quint?

—¡Peter Quint! Su ayuda de cámara personal cuando estaba aquí.

—¿Cuando estaba el señor?

Aún boquiabierta, pero mirándome de frente, encajó todas las piezas: —Nunca llevaba sombrero, pero sí vestía... en fin, desaparecieron varios chalecos. Estaban los dos aquí... el año pasado. Luego el señor se marchó y Quint se quedó solo.

La seguí, aunque titubeando un poco: —¿Solo?

—Solo con nosotros. —Luego, como desde una sima más profunda, añadió—: Al mando de todo.

—¿Y qué fue de él?

Tardó tanto en contestar que mi desconcierto no hizo sino aumentar: —También él se fue —soltó al fin.

—¿Adónde fue?

Su expresión, al oír esto, se volvió extraordinaria: —¡Dios sabe adónde! Murió.

—¿Murió? —casi chillé.

Pareció erguirse del todo, afianzarse con más firmeza para proclamar semejante prodigio: —Sí. El señor Quint está muerto.

Fin del Episodio 7 · de 27

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