Capítulo IV
~11 min · 2127 palabras
No fue que dejara de aguardar en aquella ocasión algo más, pues estaba tan clavada en el sitio como conmocionada. ¿Había algún «secreto» en Bly: un misterio de Udolfo o un pariente enajenado e inconfesable recluido en un cautiverio insospechado? No sabría precisar cuánto tiempo le di vueltas a aquello, ni cuánto permanecí, en una marejada de curiosidad y pavor, en el punto exacto de aquel encontronazo; solo recuerdo que cuando volví a entrar en la casa la oscuridad ya era absoluta. Durante aquel intervalo la agitación me dominó y me espoleó sin duda, pues al dar vueltas en derredor debí de caminar varias millas; pero más adelante me vería tan abrumada que este incipiente sobresalto fue un desasosiego humano en comparación. Lo más singular del trance, en realidad —por singular que hubiera sido el resto—, fue lo que experimenté en el vestíbulo al encontrarme con la señora Grose. Aquella escena vuelve a mí con toda claridad: la impresión que me causó, al regresar, la amplia estancia de paneles blancos iluminada por la lámpara, con sus cuadros y su alfombra roja, y la mirada de sorpresa bondadosa de mi compañera, que me reveló al instante que me había echado de menos. Comprendí de golpe, ante su trato, con su sencilla cordialidad y su evidente alivio por mi aparición, que nada sabía de cuanto pudiera relacionarse con el suceso que yo me disponía a contarle. No había sospechado de antemano que su rostro sosegado fuera a frenarme, y de algún modo calibré la gravedad de lo que había presenciado al advertir que vacilaba en mencionarlo. Apenas hay nada en toda esta historia que me parezca tan extraño como el hecho de que mi verdadero principio de miedo coincidiera, si así puede decirse, con el instinto de proteger a mi compañera. En el acto, por tanto, en aquel grato vestíbulo y bajo sus ojos fijos en mí, tomé una determinación interior por una razón que entonces no habría sabido explicar: improvisé un vago pretexto para justificar mi tardanza y, alegando la belleza de la noche, el abundante rocío y los pies húmedos, subí cuanto antes a mi habitación.
Allí dentro las cosas fueron muy distintas; allí, durante muchas jornadas posteriores, la situación fue bastante extraña. Había horas, día tras día —o al menos momentos hurtados a mis obligaciones inaplazables—, en que necesitaba encerrarme a solas para pensar. No era aún que me sintiera más nerviosa de lo que pudiera soportar, sino que temía sobremanera llegar a estarlo; pues la verdad que me correspondía sopesar era, llana y llanamente, la certeza de que era incapaz de dar con explicación alguna sobre aquel visitante con el que tan inexplicablemente y, sin embargo, a mi juicio, de manera tan íntima me había relacionado. Me llevó poco tiempo advertir que podía sondear sin pesquisas formales y sin despertar sospechas cualquier enredo doméstico. La sacudida sufrida debió de afinar todos mis sentidos; a los tres días, y por simple efecto de una observación más atenta, tuve la certeza de que no había sido víctima de una burla de los criados ni el blanco de ninguna «broma». De cuanto yo sabía, nada se sospechaba a mi alrededor. Solo cabía una deducción sensata: alguien se había tomado una libertad harto atrevida. Eso era lo que, una y otra vez, me repetía al entrar en mi cuarto y cerrar la puerta con llave. Habíamos sido objeto de una intrusión: algún viajero sin escrúpulos, curioso de las viejas mansiones, se había colado sin ser visto, había disfrutado de las vistas desde el punto más favorable y luego se había marchado con el mismo sigilo. Si me había dirigido una mirada tan dura y descarada, solo era una muestra más de su falta de respeto. Lo mejor, después de todo, era que con toda seguridad no volveríamos a verle el pelo.
No era tan tranquilizador, lo admito, como para no hacerme comprender que lo que en el fondo volvía insignificante todo lo demás era sencillamente mi encantador trabajo. Mi encantador trabajo no era sino mi vida con Miles y Flora, y nada me hacía amarlo tanto como sentir que podía volcarme en él en momentos de zozobra. La atracción que ejercían mis pupilos era una alegría constante que me inducía a maravillarme de nuevo ante la inutilidad de mis recelos iniciales, ante la repugnancia con que al principio había acogido la probable prosa grisácea de mi cometido. No habría prosa gris, al parecer, ni rutinas fatigosas; ¿cómo no iba a ser deleitoso un trabajo que se presentaba como una hermosura cotidiana? Era todo el encanto del cuarto de juegos y la poesía del aula de estudio. No pretendo insinuar con ello, por supuesto, que nos limitáramos a leer ficciones y versos; quiero decir que no sabría expresar de otro modo el interés que mis alumnos me inspiraban. ¿Cómo describirlo salvo diciendo que, en vez de acostumbrarme a ellos —lo cual es un prodigio para una institutriz: ¡pongo a todo el gremio por testigo!—, hacía constantes y nuevos descubrimientos? Había un aspecto, sin duda, donde tales descubrimientos se detenían: una densa penumbra seguía cubriendo la conducta del muchacho en el colegio. Se me había concedido muy pronto, como he dejado dicho, encarar aquel misterio sin amargura. Tal vez fuera más exacto afirmar que —sin pronunciar una sola palabra— él mismo lo había disipado. Había dejado en ridículo toda la acusación. Mi convicción florecía allí con el rubor de la verdadera inocencia: era sencillamente demasiado refinado y puro para el mezquino, sórdido y sucio mundillo escolar, y había pagado un precio por ello. Consideré con agudeza que la percepción de tales diferencias, de semejantes superioridades de temple, suscitan siempre, en la mayoría —en la que pueden figurar incluso directores estúpidos y ruines—, un afán infalible de revancha.
Ambos niños poseían una mansedumbre (era su único defecto, y jamás convirtió a Miles en un pusilánime) que los mantenía —¡cómo expresarlo!— casi impersonales y, sin duda alguna, libres de todo castigo. ¡Eran como los querubines de la fábula, que carecían de cuerpo en el que recibir un azote! Recuerdo haber sentido con Miles en particular como si el muchacho no tuviera, en rigor, pasado alguno. De una criatura menuda cabe esperar un pasado breve, pero había en este hermoso pequeño algo tan extraordinariamente sensible y a la vez tan feliz que, más que en ningún ser de su edad que yo hubiera visto jamás, me parecía renacer cada día. No había sufrido jamás ni un solo instante. Consideré aquello una prueba fehaciente de que en verdad no había sido reprendido. Si hubiera sido malo, habría tenido su merecido y yo lo habría advertido en el rebote: habría hallado la huella. No hallé huella alguna, y por lo tanto era un ángel. Jamás hablaba de su colegio, jamás mencionaba a un compañero ni a un maestro; y yo, por mi parte, sentía un rechazo demasiado grande como para hacer alusión a ellos. Estaba hechizada, por descontado, y lo asombroso es que, incluso en aquel tiempo, sabía con total lucidez que lo estaba. Pero me abandoné al encanto; era un bálsamo para cualquier aflicción, y yo tenía más de una. Recibía por entonces cartas inquietantes de mi familia, donde las cosas no marchaban nada bien. Pero al lado de mis niños, ¿qué asuntos del mundo podían importar? Esa era la pregunta que solía hacerme en mis breves momentos de retiro. Me hallaba deslumbrada por su encanto.
Hubo un domingo —para proseguir— en que llovió con tanta fuerza y durante tantas horas que resultó imposible acudir a la iglesia; a consecuencia de lo cual, al declinar la jornada, acordé con la señora Grose que, si el tiempo mejoraba por la tarde, iríamos juntas al oficio nocturno. La lluvia cesó providencialmente y me preparé para la caminata, que, a través del parque y por el buen camino hacia la aldea, no nos llevaría más de veinte minutos. Al descender para reunirme con mi compañera en el vestíbulo, me acordé de un par de guantes a los que había hecho falta dar unas puntadas y que las habían recibido —con una notoriedad acaso poco edificante— mientras acompañaba a los niños a la hora del té, servido los domingos, por excepción, en aquel templo frío y pulcro de caoba y bronce que era el comedor «de los adultos». Había olvidado los guantes allí y entré para recogerlos. El día estaba bastante encapotado, pero la claridad vespertina aún se resistía a morir, y me permitió, al cruzar el umbral, no solo reconocer las prendas que buscaba sobre una silla próxima al gran ventanal, entonces cerrado, sino advertir la presencia de una persona al otro lado del cristal que miraba fijamente hacia el interior. Un solo paso en la estancia había bastado; mi visión fue instantánea; todo estuvo allí en un relámpago. La persona que miraba hacia dentro era el mismo individuo que ya se me había aparecido con anterioridad. Se presentaba de nuevo, no diré con mayor nitidez, pues eso habría sido imposible, pero con una proximidad que representaba un paso adelante en nuestro contacto y que me hizo, al encararlo, contener el aliento y quedarme helada. Era el mismo... Era el mismo, y se le veía, en esta ocasión, tal como se le había visto antes: de cintura para arriba, pues la ventana, aunque el comedor se hallaba en la planta baja, no descendía hasta el nivel de la terraza sobre la que él se erguía. Tenía el rostro pegado al cristal, y sin embargo el efecto de esta contemplación más cercana fue, curiosamente, demostrarme cuán intensa había sido la anterior. Permaneció allí apenas unos segundos —los suficientes para convencerme de que él también me veía y me reconocía—; pero fue como si lo hubiera contemplado durante años y lo conociera de toda la vida. Ocurrió, no obstante, algo esta vez que no había sucedido antes: su mirada clavada en mi rostro, a través del cristal y a lo ancho de la estancia, era tan profunda y dura como entonces, pero me abandonó durante un segundo en el que aún pude seguirla y ver cómo se posaba sucesivamente en otros objetos. En el acto experimenté la sacudida añadida de una certeza: no era por mí por quien había acudido hasta allí. Había acudido en busca de otra persona.
El destello de este convencimiento —pues era un convencimiento en medio del pavor— provocó en mí un efecto asombroso, despertando en mi fuero interno, mientras permanecía allí inmóvil, una repentina vibración de deber y valentía. Digo valentía porque sin duda me hallaba ya sumamente alterada. Salí disparada por la puerta, alcancé la salida principal de la casa, gané en un instante el camino de grava y, corriendo a lo largo de la terraza a toda velocidad, doblé una esquina y llegué al sitio con plena visibilidad. Pero no había nada que ver: mi visitante se había esfumado. Me detuve, casi desplomándome de puro alivio; pero recorrí toda la escena con la mirada: le di tiempo para reaparecer. Digo tiempo, pero ¿cuánto fue? Hoy no sabría precisar la duración de aquellos instantes. Toda medida cronológica debió de abandonarme: no pudieron durar lo que a mí me pareció que duraban. La terraza y todo el entorno, el césped y el jardín más allá, cuanto alcanzaba a divisar del parque, estaban desiertos con un inmenso vacío. Había matorrales y grandes árboles, pero recuerdo la clara seguridad que experimenté de que ninguno de ellos lo ocultaba. O estaba allí o no estaba; y no estaba allí puesto que yo no lo veía. Asimilé esto; luego, instintivamente, en vez de regresar por donde había venido, me acerqué a la ventana. Comprendí confusamente que debía colocarme donde él había estado. Así lo hice: pegué el rostro al cristal y miré, como él había mirado, hacia el interior de la sala. Como si en aquel instante el destino quisiera mostrarme con exactitud el alcance de su ángulo de visión, la señora Grose, exactamente como yo misma había hecho momentos antes con respecto a él, entró desde el vestíbulo. Con ello tuve la imagen perfecta de una repetición de lo que acababa de ocurrir. Me vio como yo había visto a mi propio aparecido; se detuvo en seco tal como yo me había detenido; le causé una impresión similar a la sacudida que yo había recibido. Palideció intensamente, y esto me hizo preguntarme si yo habría empalidecido de igual modo. Se quedó mirándome, en suma, y retrocedió calcando mis propios pasos, y supe que había salido al exterior para rodear la casa y que pronto me daría el alcance. Permanecí donde estaba, y mientras aguardaba pensé en más de una cosa. Pero solo hay una que juzgo oportuno consignar aquí. Me pregunté por qué motivo estaba tan asustada ella.
Fin del Episodio 6 · de 27
Capítulo IV
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.