Otra vuelta de tuerca·Episodio 23

Capítulo XX

~9 min · 1805 palabras

Exactamente igual que en el cementerio con Miles, la situación entera se nos vino encima de golpe. Por mucho empeño que yo hubiera puesto en recalcar que aquel nombre no había sido pronunciado jamás entre nosotras, la mirada rápida y herida con que el rostro de la pequeña lo acogió convirtió mi ruptura del silencio en algo semejante al estallido de un cristal hecho añicos. A ello se sumó el grito interpuesto, como para frenar el golpe, que la señora Grose profirió en el mismo instante ante mi violencia: el alarido de una criatura asustada o más bien herida, completado a los pocos segundos por un ahogado gemido salido de mi propia garganta. Agarré del brazo a mi compañera: —¡Está allí, está allí!

La señorita Jessel se alzaba ante nosotras en la orilla opuesta exactamente igual que en la ocasión anterior, y recuerdo, de modo extraño, como primer sentimiento que me invadió, una sacudida de júbilo por haber aportado una prueba irrefutable. ¡Estaba allí y yo me hallaba justificada; estaba allí y yo no era ni cruel ni demente! Se hallaba allí para la pobre y asustada señora Grose, pero sobre todo estaba allí para Flora; y ningún momento de mi monstruosa estancia resultó acaso tan extraordinario como aquel en que conscientemente le dirigí —con la certeza de que, demonio pálido y rapaz como era, lo captaría y comprendería— un mudo mensaje de gratitud. Se alzaba erguida en el mismo punto que mi amiga y yo habíamos abandonado momentos antes, y no había en todo el dilatado alcance de su deseo un solo palmo de maldad que no quedara colmado. Esta primera intensidad de visión y emoción duró apenas unos segundos, durante los cuales el parpadeo aturdido de la señora Grose hacia donde yo señalaba se me antojó una señal inequívoca de que ella también al fin la divisaba, así como trasladó de inmediato mis ojos hacia la niña. La revelación entonces de cómo Flora resultaba afectada me sobresaltó, en verdad, mucho más de lo que habría hecho encontrarla simplemente alterada, pues un pavor manifiesto distaba de ser lo que yo aguardaba. Prevenida y en guardia como nuestra persecución la había puesto, reprimiría cualquier muestra de flaqueza; y me sentí sacudida, allí mismo, por el primer vislumbre de aquella particular reacción para la cual no me había prevenido: contemplarla, sin una sola crispación en su carita sonrosada, sin fingir siquiera mirar en la dirección del prodigio que yo anunciaba, sino clavando por el contrario en mí una expresión de dura e inmóvil gravedad, una expresión enteramente nueva e insólita que parecía leerme, acusarme y juzgarme... Aquel golpe convirtió a la propia niña en la presencia que me hacía estremecer. Me estremecí aun cuando mi certidumbre de que ella la veía de sobra jamás fue mayor que en aquel instante, y ante la necesidad inmediata de defenderme apelé apasionadamente a su testimonio: —¡Está allí, pequeña infeliz... allí, allí, allí, y tú la ves con tanta claridad como me ves a mí! —Poco antes le había dicho a la señora Grose que en tales momentos no era una criatura, sino una vieja y consumada anciana, y semejante descripción no habría podido confirmarse de modo más contundente que por la forma en que, por toda respuesta, se limitó a mostrarme, sin una sola concesión ni admisión en su mirada, un rostro de reprobación cada vez más hondo y de repente enteramente fijo. Para entonces —si puedo coordinar todo el lance— me hallaba más espantada ante lo que con propiedad puedo llamar su actitud que ante ninguna otra cosa, aunque simultáneamente advertí que debía habérmelas también, y de modo harto formidable, con la señora Grose. Mi compañera mayor, al instante siguiente, borró todo salvo su propio rostro encendido y su ruidosa protesta escandalizada, un estallido de severa reprobación: —¡Vaya un susto tremendo, señorita! ¿Dónde demonios ve usted nada?

Solo pude aferrarla con mayor presteza aún, pues mientras hablaba la horrenda y palpable presencia continuaba en pie, nítida e impertérrita. Llevaba ya allí un minuto y perduró mientras yo continuaba, sujetando a mi colega, empujándola hacia ella y encarándola ante la figura, insistiendo con mi mano extendida: —¿No la ve usted exactamente igual que nosotras?... ¿Pretende decirme que no la ve ahora... ahora mismo? ¡Es tan visible como una hoguera resplandeciente! ¡Mire nada más, querida mujer, mire...! —Miró, al compás que yo, y me transmitió, con su profundo quejido de negación, repugnancia y compasión —mezclado su pesar con el alivio de hallarse exenta de semejante visión—, una sensación conmovedora de que me habría respaldado si hubiera podido. Bien pude haberlo necesitado, pues con el duro golpe de comprobar que sus ojos estaban irremediablemente ciegos sentí que mi propia posición se derrumbaba horriblemente; sentí —vi— cómo mi lívida predecesora aprovechaba desde su puesto mi derrota, y fui consciente, más que de nada en el mundo, de lo que a partir de aquel instante tendría que encarar en la pasmosa actitud de Flora. En esta actitud la señora Grose intervino violenta e inmediatamente, desahogándose, incluso mientras a través de mi sentimiento de ruina se abría paso un formidable triunfo interior, en una anhelante reafirmación:

—¡No hay nadie allí, señorita pequeña; nadie en absoluto... y usted nunca ve nada, cielo mío! ¿Cómo va a estar allí la pobre señorita Jessel, si la pobre señorita Jessel está muerta y enterrada? ¡Nosotras lo sabemos bien, verdad, cariño mío? —y apeló, tropezando en sus palabras, a la niña—: ¡Todo es una mera equivocación y un susto y una broma... y nos iremos a casa tan rápido como podamos!

Nuestra acompañante, ante esto, había reaccionado con un repentino y extraño remilgo de corrección, y ambas volvían a hallarse, con la señora Grose de pie, unidas en una dolorosa oposición contra mí. Flora continuó clavando en mí su pequeña máscara de reprobación, e incluso en aquel instante rogué a Dios que me perdonara por parecerme advertir que, mientras permanecía allí aferrada al vestido de nuestra amiga, su incomparable belleza infantil había decaído de pronto, desvaneciéndose por completo. Ya lo he dicho: se había vuelto literal y espantosamente dura; se había vuelto ordinaria y casi fea: —No sé qué quieres decir. No veo a nadie. No veo nada. ¡Jamás he visto nada! Me pareces muy cruel. ¡No te quiero! —Luego, tras este desahogo, que bien habría podido ser el de una chiquilla descarada y vulgar de la calle, se abrazó más estrechamente a la señora Grose y hundió en sus faldas su rostro temible. En esa postura prorrumpió en un alarido casi furioso—: ¡Llévame lejos, llévame lejos... oh, llévame lejos de ella!

—¿De mí? —jadeé.

—¡De ti... de ti! —gritó.

Incluso la señora Grose me miró consternada, mientras a mí no me quedaba sino comunicarme de nuevo con la figura que, en la orilla opuesta, inmóvil, tan rígidamente quieta como si captara nuestras voces a través de la distancia, permanecía tan vívidamente allí para mi desastre como ausente para prestarme testimonio. La desdichada niña había hablado exactamente como si hubiera recibido de alguna fuente exterior cada una de sus hirientes y pequeñas palabras, por lo que no pude, en la plena desesperación de cuanto me tocaba aceptar, sino sacudir tristemente la cabeza ante ella: —Si alguna vez hubiera dudado, toda mi duda se habría desvanecido ahora. He estado conviviendo con la miserable verdad, y ahora esta me ha cercado por completo. Por descontado que te he perdido: he intervenido, y tú has encontrado —bajo el dictado de ella— ante lo cual encaré de nuevo, sobre el estanque, a nuestra infernal testigo —la vía fácil y perfecta de hacerme frente. He hecho cuanto he podido, pero te he perdido. Adiós—. Para la señora Grose tuve un imperioso y casi frenético «¡Márchese, márchese!», ante el cual, en infinita aflicción pero en muda posesión de la pequeña y patentemente convencida, a pesar de su ceguera, de que algo atroz había ocurrido y que una catástrofe nos envolvía, se retiró por el camino por donde habíamos venido con tanta prisa como sus fuerzas le permitieron.

De lo primero que aconteció cuando me quedé sola no conservé recuerdo posterior alguno. Solo supe que al cabo de lo que supongo debió de ser un cuarto de hora, una humedad olorosa y una aspereza en el suelo, helándome y traspasando mi congoja, me hicieron comprender que debí de haberme arrojado de bruces sobre la tierra y haberme entregado a un dolor salvaje. Debí de permanecer allí largo rato llorando y sollozando, pues cuando alcé la cabeza el día casi había terminado. Me levanté y contemplé un instante, a través del crepúsculo, el estanque grisáceo y su orilla desolada y embrujada, y luego emprendí, de regreso a la casa, mi marcha sombría y penosa. Al alcanzar la verja de la valla la barca, para mi sorpresa, había desaparecido, de modo que tuve ocasión de formularme una nueva reflexión sobre el extraordinario dominio de la situación por parte de Flora. Pasó aquella noche, mediante el acuerdo más tácito y, añadiría, de no ser la palabra una falsa nota tan grotesca, más afortunado, con la señora Grose. No vi a ninguna de las dos a mi regreso, pero, por otra parte, como en una ambigua compensación, vi muchísimo a Miles. Vi de él —no puedo emplear otra frase— tanto que fue como si fuera más de lo que jamás había sido. Ninguna velada que hubiera pasado en Bly revistió la solemne cualidad de esta; a pesar de lo cual —y a pesar también de los abismos aún más hondos de consternación que se habían abierto bajo mis pies— reinaba literalmente, en aquel presente que declinaba, una tristeza extraordinariamente dulce. Al llegar a la casa ni siquiera había buscado al muchacho: me había dirigido directamente a mi habitación para cambiarme de ropa y constatar de un vistazo abundantes testimonios materiales de la ruptura de Flora: todas sus pertenencias habían sido retiradas. Cuando más tarde, junto al fuego del aula de estudio, la doncella habitual me sirvió el té, no me permití la menor indagación respecto a mi otro pupilo. Tenía su libertad ahora: ¡podía disfrutarla hasta el final! Pues bien, la disfrutó en verdad; y consistió —en parte al menos— en entrar alrededor de las ocho de la noche y sentarse a mi lado en silencio. Al retirar el servicio de té yo había apagado las velas y acercado mi sillón al fuego: era consciente de una frialdad mortal y sentía como si jamás fuera a volver a entrar en calor. De modo que, cuando él apareció, me hallaba sentada frente al resplandor con mis pensamientos. Se detuvo un momento junto a la puerta como para contemplarme; luego —como para compartirlos— cruzó hacia el otro lado del hogar y se dejó caer en un sillón. Permanecimos allí sentados en absoluto sosiego; y sin embargo sentí que él deseaba estar conmigo.

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