Otra vuelta de tuerca·Episodio 22

Capítulo XIX

~7 min · 1381 palabras

Nos dirigimos directamente al lago, como se le llamaba en Bly, y me atrevo a decir que con propiedad, aunque recapacito que en verdad pudo haber sido una lámina de agua menos imponente de lo que a mis ojos poco viajados parecía. Mi conocimiento de extensiones acuáticas era escaso, y el estanque de Bly, en todo caso en las pocas ocasiones en que había accedido, bajo la custodia de mis alumnos, a desafiar su superficie en el viejo bote de fondo plano amarrado allí para nuestro uso, me había impresionado tanto por su extensión como por su oleaje. El punto habitual de embarque distaba media milla de la casa, pero yo abrigaba la íntima convicción de que, dondequiera que estuviese Flora, no andaba cerca de casa. No se me había escabullido para una aventura cualquiera, y desde el día de aquella peripecia capital que había compartido con ella junto al estanque, había advertido en nuestros paseos hacia qué paraje se inclinaba con mayor frecuencia. Esa era la razón por la que ahora imprimía a los pasos de la señora Grose un rumbo tan marcado: un rumbo que la indujo, al advertirlo, a oponer una resistencia que me demostró su renovado desconcierto: —¿Va usted hacia el agua, señorita?... ¿Cree que se ha caído dentro...?

—Podría ser, aunque la profundidad no es, según creo, muy grande en ninguna parte. Pero lo que juzgo más probable es que se encuentre en el mismo sitio desde donde, el otro día, contemplamos juntas lo que le conté.

—¿Cuando fingió no ver nada?

—¿Con semejante y pasmoso dominio de sí misma? Siempre he estado segura de que deseaba volver allí sola. Y ahora su hermano se lo ha facilitado.

La señora Grose seguía clavada donde se había detenido: —¿Se imagina que hablan verdaderamente de ellos?

¡Pude responder a esto con absoluta seguridad!: —Dicen cosas que, si las oyéramos, nos espantarían sin remedio.

—Y si ella está allí...

—¿Sí?

—¿Entonces la señorita Jessel también?

—Sin la menor duda. Ahora lo verá.

—¡Oh, muchas gracias! —exclamó mi amiga, plantada con tanta firmeza que, al comprobarlo, continué adelante sin ella. Para cuando alcancé el estanque, no obstante, venía pisándome los talones, y comprendí que, fuera lo que fuese lo que según su temor pudiera sobrevenirme, la exposición a mi compañía se le antojaba el menor peligro. Exhaló un gemido de alivio cuando al fin tuvimos a la vista la mayor parte de la superficie del agua sin rastro alguno de la niña. No había señal de Flora en la orilla más cercana, donde mi observación sobre ella había resultado tan alarmante, ni tampoco en la ribera opuesta, donde, salvo por una franja de unas veinte yardas, una espesa arboleda descendía hasta el agua. El estanque, de forma alargada, tenía una anchura tan escasa en comparación con su longitud que, al quedar ocultos sus extremos, bien habría podido tomarse por un río modesto. Contemplamos la extensión desierta y luego sentí la mirada insinuante de mi amiga. Sabía lo que quería decir y le respondí con un movimiento negativo de cabeza.

—¡No, no: aguarde! Se ha llevado el bote.

Mi compañera se quedó mirando el amarre vacío y luego contempló de nuevo el otro lado del lago: —¿Dónde está entonces?

—El no verlo es la prueba más fehaciente. Lo ha utilizado para cruzar a la otra orilla y luego se las ha arreglado para esconderlo.

—¿Completamente sola... esa criatura?

—No está sola, y en tales momentos no es una criatura: es una vieja, una anciana consumada. —Recorrí con la mirada toda la orilla visible mientras la señora Grose se sumergía de nuevo, en el extraño elemento que yo le ofrecía, en una de sus crisis de sumisión; luego le señalé que la barca bien podía hallarse en un pequeño refugio formado por uno de los recodos del estanque, un entrante oculto a nuestra vista por un saliente del terreno y por un grupo de árboles que crecían junto a la orilla.

—Pero si la barca está allí, ¿dónde demonios está ella? —preguntó angustiada mi compañera.

—Eso es exactamente lo que debemos averiguar. —Y eché a andar de nuevo.

—¿Dando todo el rodeo?

—Desde luego, por lejos que esté. Apenas nos llevará diez minutos, pero es distancia suficiente para que la niña haya preferido no caminar. Ha cruzado en línea recta.

—¡Válgame Dios! —exclamó mi amiga una vez más; la cadena de mi lógica resultaba siempre excesiva para sus alcances. Me seguía los pasos incluso ahora, y cuando hubimos recorrido la mitad del rodeo— un trayecto penoso y tortuoso, sobre un suelo accidentado y por una senda invadida por la maleza —me detuve para darle respiro. La sostuve con brazo agradecido, asegurándole que podía serme de inmensa ayuda; y esto nos puso en marcha de nuevo, de suerte que en el curso de unos pocos minutos alcanzamos un punto desde el cual descubrimos que la barca se encontraba exactamente donde yo había supuesto. Había sido abandonada intencionadamente lo más oculta posible y permanecía amarrada a una de las estacas de una valla que descendía allí mismo hasta la orilla y que había servido de apoyo para desembarcar. Reconocí, al contemplar el par de remos cortos y gruesos debidamente recogidos, el carácter prodigioso de semejante hazaña para una niña pequeña; pero para entonces llevaba ya demasiado tiempo conviviendo con portentos y palpitando ante sobresaltos mayores. Había una portezuela en la valla por la que cruzamos, lo cual nos situó, tras un breve trecho, en un terreno más despejado. Entonces: —¡Ahí está! —exclamamos ambas a la vez.

Flora, a escasa distancia, se hallaba ante nosotras sobre la hierba y sonreía como si su comedia hubiera concluido. Lo siguiente que hizo, no obstante, fue inclinarse rápidamente para arrancar —exactamente como si no hubiera acudido allí para otra cosa— una rama grande y fea de helecho marchito. Tuve al punto la certeza de que acababa de salir de la arboleda. Nos aguardaba sin dar un solo paso, y fui consciente de la extraña solemnidad con que nos aproximamos hacia ella. Sonreía sin cesar, y nos encontramos; pero todo se desarrolló en un silencio ya a esas alturas abiertamente ominoso. La señora Grose fue la primera en romper el encanto: se arrojó de rodillas y, atrayendo a la niña contra su pecho, estrechó en un prolongado abrazo aquel cuerpecito tierno y dócil. Mientras duró aquella muda efusión solo pude contemplarla; lo que hice con tanta mayor atención al advertir que el rostro de Flora asomaba por encima del hombro de nuestra compañera para mirarme: estaba serio ahora, el brillo festivo lo había abandonado; pero aquello reforzó la punzada con que en ese instante envidié a la señora Grose la sencillez de su relación con ella. Con todo, durante aquel tiempo nada más cruzó entre nosotras salvo que Flora dejó caer de nuevo al suelo su inútil helecho. Lo que ella y yo nos habíamos dicho prácticamente era que los pretextos resultaban ya vanos. Cuando la señora Grose se puso en pie retuvo la mano de la niña, de modo que las dos permanecían ante mí; y la singular reserva de nuestra comunión quedó aún más patente en la mirada directa que me lanzó: —¡Que me cuelguen —decía aquella mirada— si voy a hablar yo!

Fue Flora quien, recorriéndome con la mirada en cándido asombro, habló primero. Le llamó la atención que fuéramos con la cabeza descubierta: —Vaya, ¿dónde están vuestras cosas?

—¡Donde están las tuyas, querida mía! —le espeté al instante.

Había recobrado ya toda su alegría y pareció tomar aquello como una respuesta enteramente suficiente: —¿Y dónde está Miles? —prosiguió.

Había algo en el descarado valor de aquella pregunta que acabó conmigo por completo: aquellas pocas palabras salidas de sus labios fueron, en un relámpago semejante al brillo de una espada desenvainada, el empellón a la copa que mi mano, durante semanas y semanas, había sostenido en alto colmada hasta el borde y que ahora, antes de hablar, sentí derramarse en un torrente: —Te lo diré si tú me dices a mí... —me oí decir, percibiendo el temblor con que se quebraba mi voz.

—Bueno, ¿el qué?

El sobresalto de la señora Grose ardió sobre mí con viva fuerza, pero ya era tarde y solté la verdad con toda claridad: —¿Dónde está, corazón mío, la señorita Jessel?

Fin del Episodio 22 · de 27

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