Capítulo XVIII
~6 min · 1186 palabras
Al día siguiente, tras las clases, la señora Grose halló un momento para decirme en voz baja: —¿Ha escrito usted, señorita?
—Sí... he escrito. —Pero no añadí —por el momento— que mi carta, cerrada y con las señas puestas, seguía en mi bolsillo. Tiempo habría de sobra para enviarla antes de que el mozo saliera hacia la aldea. Entre tanto no se había dado, por parte de mis alumnos, una mañana más brillante ni más ejemplar. Fue exactamente como si ambos hubieran tenido el firme empeño de correr un velo sobre cualquier reciente desavenencia. Ejecutaron las proezas aritméticas más vertiginosas, remontándose muy por encima de mis débiles alcances, y perpetraron, con más alegría que nunca, bromas geográficas e históricas. Resultaba patente por supuesto en Miles en particular que parecía desear demostrar con qué facilidad podía tranquilizarme. Este niño, en mi memoria, vive ciertamente en un marco de belleza y desdicha que ninguna palabra puede traducir; había una distinción enteramente suya en cada impulso que manifestaba; jamás una criatura menuda, ante el ojo no iniciado todo franqueza y soltura, fue un caballerito más ingenioso y extraordinario. Debía precaverme de continuo contra el arrobamiento contemplativo al que mi visión iniciada me empujaba; refrenar la mirada extraviada y el suspiro desalentado con que constantemente abordaba y abandonaba el enigma de qué podía haber hecho un caballerito semejante para merecer un castigo. Admitamos que, por el oscuro prodigio que yo conocía, la imaginación de todo el mal se le hubiera abierto de par en par: toda la justicia que habitaba en mí ansiaba la prueba de que semejante simiente hubiera florecido jamás en un acto.
Jamás, en cualquier caso, había sido tan caballerito como cuando, tras nuestro temprano almuerzo en aquel aciago día, se acercó a mí y me preguntó si no me gustaría que me tocara el piano durante media hora. David tocando ante Saúl jamás habría desplegado un sentido más exquisito de la ocasión. Fue literalmente una muestra encantadora de tacto, de magnanimidad, y equivalía francamente a decirme a la cara: «Los caballeros auténticos de los que tanto nos gusta leer jamás llevan una ventaja demasiado lejos. Ahora entiendo lo que quieres decir: quieres decir que, para que te dejen en paz y no te agobien, dejarás de angustiarte y de espiarme, no me tendrás tan pegado a ti, me dejarás ir y venir. Bueno, ya ves que «vengo»... ¡pero no me voy! Tiempo habrá de sobra para eso. Disfruto de verdad con tu compañía, y solo quiero demostrarte que luchaba por un principio». Bien puede imaginarse si me resistí a semejante llamamiento o si dejé de acompañarlo de nuevo, de la mano, hasta el aula. Se sentó ante el viejo piano y tocó como nunca había tocado; y si hay quienes piensan que habría estado mejor dando patadas a un balón, solo puedo decir que coincido de lleno con ellos. Pues al cabo de un tiempo que bajo su encanto había dejado por completo de medir, me sobresalté con la extraña sensación de haberme quedado dormida en mi puesto de guardia. Era después del almuerzo y junto al fuego del aula, y sin embargo en verdad no me había dormido en lo más mínimo: solo había hecho algo muchísimo peor... ¡lo había olvidado todo! ¿Dónde había estado Flora todo aquel tiempo? Cuando le hice la pregunta a Miles, continuó tocando un minuto antes de contestar y luego se limitó a decir: «¡Vaya, querida, cómo voy a saberlo yo!», soltando además una risotada alegre que, inmediatamente después, como si se tratara de un acompañamiento vocal, prolongó en un cántico incoherente y estrafalario.
Fui derecha a mi habitación, pero su hermana no estaba allí; luego, antes de bajar las escaleras, me asomé a varias otras. Puesto que no se hallaba en parte alguna, sin duda estaría con la señora Grose, a quien, con el alivio de semejante hipótesis, salí de inmediato a buscar. La encontré donde la había encontrado la tarde anterior, pero recibió mi apremiante pregunta con una ignorancia perpleja y asustada: se había figurado sencillamente que, tras la comida, yo me había llevado a ambos niños; en lo cual le asistía toda la razón, pues era la primera vez que permitía a la pequeña apartarse de mi vista sin alguna disposición especial. Desde luego, bien podía hallarse con las doncellas, de modo que lo urgente era buscarla sin dar muestras de alarma. Así lo acordamos con presteza entre ambas; pero cuando, diez minutos más tarde y en cumplimiento de nuestro plan, nos encontramos en el vestíbulo, solo fue para comunicarnos mutuamente que tras prudentes pesquisas no habíamos logrado dar con el menor rastro suyo. Durante un minuto allí, a resguardo de miradas indiscretas, intercambiamos mudos sobresaltos, y pude percibir con qué crecido interés mi amiga me devolvía todas las alarmas que desde el primer día yo le había transmitido.
—Estará arriba —dijo enseguida—: en una de las habitaciones que usted no ha registrado.
—No; está lejos. —Ya había tomado una decisión—: Ha salido fuera.
La señora Grose se quedó atónita: —¿Sin sombrero?
Yo, por supuesto, hablé con la mirada: —¿Acaso no va siempre descubierta esa mujer?
—¿Está con ella?
—¡Está con ella! —declaré—. Debemos encontrarlas.
Tenía mi mano sobre el brazo de mi amiga, pero ella no respondió de momento a mi presión ante semejante explicación del asunto. Se debatió, por el contrario, allí mismo con su inquietud: —¿Y dónde está el señorito Miles?
—¡Oh, él está con Quint! Están en el aula de estudio.
—¡Santo cielo, señorita! —Mi parecer, yo misma era consciente —y por tanto supongo que también mi tono—, jamás había alcanzado una seguridad tan tranquila.
—La treta está consumada —proseguí—; han llevado a cabo su plan con todo éxito. Él dio con la manera más primorosa de tenerme entretenida mientras ella se escabullía.
—¿«Primorosa»? —repitió la señora Grose sin salir de su asombro.
—¡Infernal, entonces! —repliqué casi con regocijo—. Él se ha asegurado su propia parte también. ¡Pero venga!
Ella había mirado con desamparo hacia las plantas superiores: —¿Y lo deja usted...?
—¿A solas con Quint? Sí: ya no me importa eso.
Siempre terminaba, en tales trances, por apoderarse de mi mano, y de ese modo lograba aún retenerme. Pero tras jadear un instante ante mi repentina resignación, exclamó anhelante: —¿A causa de su carta?
A modo de respuesta, busqué con presteza mi carta, la saqué, la alcé en alto y luego, zafándome de ella, fui a depositarla sobre la gran mesa del vestíbulo: —Luke se encargará de llevarla —dije al regresar. Alcancé la puerta principal y la abrí: ya estaba en los escalones exteriores.
Mi compañera aún titubeaba: la tormenta de la noche y de la madrugada había amainado, pero la tarde era húmeda y plomiza. Bajé al camino de grava mientras ella permanecía en el umbral: —¿Va a salir usted sin nada encima?
—¿Qué me importa a mí cuando la niña no lleva nada? No puedo entretenerme en vestirme —grité—, y si usted tiene que hacerlo, la dejo. Pruebe entre tanto a buscarla usted misma arriba.
—¿Con ellos? —¡Oh, ante esto, la pobre mujer se precipitó de inmediato a reunirse conmigo!
Fin del Episodio 21 · de 27
Capítulo XVIII
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.