Otra vuelta de tuerca·Episodio 24

Capítulo XXI

~10 min · 2079 palabras

Antes de que el nuevo día despuntara plenamente en mi habitación, abrí los ojos ante la señora Grose, que se había acercado a mi cabecera con peores noticias. Flora se hallaba tan marcadamente afiebrada que acaso una enfermedad seria estuviera próxima; había pasado una noche de extrema inquietud, una noche agitada sobre todo por temores que tenían por objeto no en lo más mínimo a su antigua institutriz, sino por entero a la actual. No era contra la posible reaparición en escena de la señorita Jessel contra lo que protestaba: era ostensible y apasionadamente contra la mía. Me puse en pie de un salto, como es natural, y con infinidad de preguntas que hacer; tanto más por cuanto mi amiga se había pertrechado visiblemente para encarar una vez más la situación. Así lo sentí en cuanto le pregunté qué pensaba de la sinceridad de la pequeña frente a la mía propia: —¿Persiste ante usted en negar que haya visto, o que haya visto jamás, nada en absoluto?

La aflicción de mi visitante era en verdad inmensa: —¡Ah, señorita, no es un asunto en el que pueda apremiarla! Aunque tampoco es, debo decir, como si me hiciera mucha falta. Aquello la ha envejecido por entero de pies a cabeza.

—¡Oh, me la imagino a la perfección desde aquí! Se ofende, como si fuera algún encumbrado personaje menudo, ante la menor duda sobre su veracidad y, por así decirlo, sobre su respetabilidad: «¿La señorita Jessel ella?». ¡Ah, es muy «respetable» la mocosa! La impresión que me produjo ayer allí, se lo aseguro, fue la más extraña de todas: sobrepasó con creces cualquiera de las anteriores. ¡Bien que metí la pata! Jamás volverá a dirigirme la palabra.

Por horrendo y oscuro que resultara todo, mantuvo a la señora Grose brevemente en silencio; luego me concedió la razón con una franqueza que, tuve la certeza, ocultaba algo más tras de sí: —Creo ciertamente, señorita, que jamás volverá a hablarle. ¡Bien que se da unos aires imponentes con eso!

—¡Y esos aires —resumí— son prácticamente lo que le ocurre ahora mismo!

¡Oh, aquellos modales, bien los leía en el semblante de mi visitante, y no pocas cosas más además de ellos!: —Me pregunta cada tres minutos si creo que usted va a entrar.

—Ya veo, ya veo. —Yo también, por mi parte, lo había desentrañado con creces—: ¿Le ha dicho a usted desde ayer —salvo para desmentir su trato con algo tan espantoso— una sola palabra más sobre la señorita Jessel?

—Ni una sola, señorita. Y por supuesto usted ya sabe —añadió mi amiga— que yo di por bueno, junto al lago, que justo en aquel momento y lugar no había nadie.

—¡Ya lo creo! Y, como es natural, sigue dándolo por bueno todavía.

—No le llevo la contraria. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

—¡Absolutamente nada! Tiene usted que habérselas con la criatura más despierta del mundo. Las han vuelto —sus dos amigos, me refiero— todavía más despiertas de lo que ya la naturaleza las hizo; ¡pues era un material prodigioso sobre el que operar! Flora tiene ahora su agravio y lo explotará hasta el final.

—Sí, señorita; pero ¿con qué fin?

—¡Pues con el fin de ajustarme las cuentas ante su tío! ¡Me pintará ante él como a la criatura más vil!

Me estremecí ante la viva estampa de aquella escena reflejada en el rostro de la señora Grose; pareció por un instante verlos nítidamente juntos: —¡Y él que tan buen concepto tiene de usted!

—Tiene un modo curioso —se me ocurre ahora— de demostrarlo —me reí—; pero eso no importa. Lo que Flora quiere, por supuesto, es deshacerse de mí.

Mi compañera asintió con valentía: —No volver siquiera a mirarla a la cara jamás.

—¿De modo que para lo que ha venido usted a verme ahora —le pregunté— es para apresurar mi partida? —Antes de que tuviera tiempo de responder, no obstante, la atajé—: Tengo una idea mejor, fruto de mis reflexiones. Mi marcha parecería la salida natural, y el domingo estuve a punto de consumarla. Sin embargo, eso no servirá. Es usted quien debe marcharse. Debe llevarse a Flora.

Mi visitante, ante esto, caviló: —Pero ¿adónde en este mundo...?

—Lejos de aquí. Lejos de ellos. Lejos, ahora más que nunca, de mí. Directamente a casa de su tío.

—¿Solo para acusarla a usted...?

—¡No, no «solo» para eso! Para dejarme a mí, además, con mi remedio.

Seguía desconcertada: —¿Y cuál es su remedio?

—Su lealtad, para empezar. Y luego la de Miles.

Me miró fijamente: —¿Cree usted que él...?

—¿Que él no se volverá contra mí si tiene ocasión? Sí, me atrevo a creerlo todavía. En cualquier caso, quiero intentarlo. Márchese con su hermana tan pronto como sea posible y déjeme a solas con él. —Me asombraba a mí misma el ánimo que todavía guardaba en reserva, y por ello acaso me desconcertó un tanto más la forma en que, pese a tan elocuente muestra, ella vacilaba—: Hay una cosa, desde luego —proseguí—: no deben, antes de que ella parta, verse ni por espacio de tres segundos. —Entonces me asaltó el temor de que, a pesar del presumible aislamiento de Flora desde su regreso del estanque, fuera ya demasiado tarde—: ¿Quiere decir —pregunté angustiada— que se han visto ya?

Ante esto enrojeció vivamente: —¡Ah, señorita, no soy tan boba! Si me he visto obligada a dejarla tres o cuatro veces, ha sido en cada ocasión con una de las doncellas, y en este momento, aunque está sola, se halla bien encerrada bajo llave. Y sin embargo... ¡y sin embargo! —Eran demasiadas cosas.

—¿Y sin embargo qué?

—Bueno, ¿está usted tan segura del caballerito?

—No estoy segura de nada salvo de usted. Pero abrigo, desde anoche, una nueva esperanza. Creo que desea brindarme una oportunidad. Creo verdaderamente que —¡pobre y exquisito diablillo!— desea hablar. Anoche, a la luz del fuego y en el silencio, estuvo sentado conmigo durante dos horas como si las palabras estuvieran a punto de brotar.

La señora Grose miró fijamente a través de la ventana el día grisáceo que se iba formando: —¿Y brotaron?

—No, aunque esperé y esperé, confieso que no brotaron, y fue sin quebrar el silencio ni hacer la menor alusión al estado y a la ausencia de su hermana como al fin nos dimos el beso de buenas noches. Con todo —proseguí—, no puedo consentir, si su tío la ve a ella, en que vea a su hermano sin haber concedido al muchacho —y sobre todo porque las cosas se han puesto tan feas— un poco más de tiempo.

Mi amiga se mostró en este punto más reacia de lo que yo alcanzaba a comprender: —¿A qué llama usted más tiempo?

—Bueno, un día o dos... para sonsacárselo de verdad. Entonces se pondrá de mi parte... cuya importancia bien comprende usted. Si nada sale a relucir, me habré estrellado sin más, y usted, en el peor de los casos, me habrá ayudado haciendo a su llegada a la ciudad cuanto haya considerado posible. —Así se lo expuse, pero continuó durante unos instantes tan impenetrable y azorada que acudí de nuevo en su ayuda—: A menos, ciertamente —concluí—, que lo que usted desee de verdad sea no marcharse.

Pude ver en su semblante cómo todo se aclaraba al fin; me tendió la mano como en prenda: —Iré... iré. Iré esta misma mañana.

Quise ser sumamente justa: —Si deseara esperar todavía, me comprometo a que ella no me vea.

—No, no: es el lugar mismo. Debe abandonarlo. —Me retuvo un instante con ojos apesadumbrados y luego soltó el resto—: Su idea es la acertada. Yo misma, señorita...

—¿Qué?

—No puedo quedarme.

La mirada que me dirigió al decir esto me hizo saltar sobre las sospechas: —¿Quiere decir que, desde ayer, ha visto usted...?

Sacudió la cabeza con dignidad: —¡He oído...!

—¿Oído?

—De labios de esa criatura... ¡horrores! ¡Ahí lo tiene! —suspiró con trágico alivio—. ¡Por mi honor, señorita, que dice unas cosas...! —Pero ante esta evocación se derrumbó: se dejó caer con un repentino sollozo sobre mi sofá y, como la había visto hacer antes, se entregó a todo el dolor de su pesadumbre.

Fue de una manera enteramente distinta como yo, por mi parte, me desahogué: —¡Oh, gracias a Dios!

Se incorporó de nuevo ante esto, secándose los ojos con un gemido: —¿«Gracias a Dios»?

—¡Me justifica de tal modo!

—¡Vaya si la justifica, señorita!

No habría podido desear mayor contundencia, pero vacilé un instante: —¿Es tan horrible?

Vi que mi compañera apenas sabía cómo expresarlo: —Verdaderamente escandaloso.

—¿Y sobre mí?

—Sobre usted, señorita... ya que insiste en saberlo. Rebasa cualquier límite para una jovencita; y no alcanzo a imaginar de dónde demonios habrá sacado...

—¿El atroz lenguaje que me ha dedicado? ¡Yo sí me lo imagino! —la interrumpí con una risa que resultó sin duda bastante elocuente.

Aquello solo sirvió en verdad para poner a mi amiga aún más grave: —Bueno, tal vez yo debiera imaginármelo también... ¡puesto que ya lo escuché en otro tiempo! Sin embargo no puedo soportarlo —prosiguió la pobre mujer mientras, con el mismo movimiento, consultaba la esfera de mi reloj sobre el tocador—. Pero debo volver a su lado.

La retuve, no obstante: —¡Ah, si no puede soportarlo...!

—¿Cómo puedo quedarme con ella, quiere decir? Pues justo por eso: para llevármela lejos. Lejos de este lugar —prosiguió—, lejos de ellos...

—¿Podrá ser distinta? ¿Podrá ser libre? —La así casi con júbilo—. ¿Entonces, a pesar de lo de ayer, cree usted...?

—¿En semejantes andanzas? —Su sencilla designación no requería, a la luz de su expresión, ser desarrollada más, y me lo concedió todo como jamás lo había hecho—: Creo.

Sí, era un júbilo, y continuábamos hombro con hombro: si podía seguir segura de aquello, poco me importaría lo que sucediera. Mi apoyo ante el desastre sería el mismo que había sido en mi temprana necesidad de confianza, y si mi amiga respondía por mi honradez, yo respondería por todo lo demás. A punto de despedirme de ella, no obstante, me sentí en cierta medida azorada: —Hay una cosa, por supuesto —se me ocurre— que debemos tener presente. Mi carta, dando la alarma, habrá llegado a Londres antes que usted.

Comprendí ahora todavía más cómo se había andado con rodeos y cuán fatigada la había dejado al fin semejante esfuerzo: —Su carta no habrá llegado allí. Su carta jamás salió de aquí.

—¿Qué fue de ella entonces?

—¡Sabe Dios! El señorito Miles...

—¿Quiere decir que se la quedó él? —jadeé.

Vaciló, pero venció su repugnancia: —Quiero decir que ayer vi, al regresar con la señorita Flora, que no estaba donde usted la había dejado. Más tarde, por la noche, tuve ocasión de interrogar a Luke, y me aseguró que no la había visto ni tocado. —Solo pudimos intercambiar, ante esto, una de nuestras más hondas miradas mutuas, y fue la señora Grose quien primero sacó la conclusión con un casi exultante—: ¡Ya lo ve!

—Sí, veo que si Miles se apoderó de ella probablemente la habrá leído y destruido.

—¿Y no ve usted nada más?

La miré un momento con una triste sonrisa: —Se me ocurre que a estas alturas sus ojos están aún más abiertos que los míos.

Demostraron estarlo en verdad, aunque ella todavía fuera capaz de sonrojarse al revelarlo: —Ahora comprendo lo que debió de hacer en el colegio. —Y dedicó, en su sencilla agudeza, un cabeceo casi grotescamente desengañado—: ¡Robaba!

Le di vueltas al asunto; intenté ser más ecuánime: —Bueno... tal vez.

Me miró como si me encontrara inesperadamente tranquila: —¡Robaba cartas!

No podía conocer las razones de una calma después de todo bastante superficial; de modo que las exhibí como mejor pude: —¡Espero entonces que fuera con mejor propósito que en este caso! La esquela, en todo caso, que dejé ayer sobre la mesa —proseguí— le habrá proporcionado tan escasa ventaja —pues no contenía sino la escueta petición de una entrevista— que ya debe de sentirse muy avergonzado de haber llegado tan lejos para tan poco, y que lo que bullía en su ánimo anoche era precisamente la necesidad de confesarlo todo. —Me pareció por un instante dominar la situación, verlo todo claro—: Déjenos, déjenos —la apremié ya junto a la puerta—. Yo lograré que me lo cuente. Se sincerará conmigo... confesará. Si confiesa, está salvado. Y si él se salva...

—¿Entonces se salva usted? —La buena mujer me besó al oír esto y recibí su despedida—: ¡La salvaré a usted sin él! —exclamó al marcharse.

Fin del Episodio 24 · de 27

Capítulo XXI

Siguiente Episodio 25~7 minCapítulo XXII“Así, para aviso de quien pudiera concernirle, desfilé con el corazón encogido.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.