Otra vuelta de tuerca·Episodio 15

Capítulo XII

~6 min · 1142 palabras

La impresión concreta que yo había recibido demostró a la luz de la mañana, repito, no ser del todo fácil de presentar a la señora Grose, aunque la reforcé mencionando otra observación que el muchacho me había hecho antes de separarnos: —Todo radica en media docena de palabras —le dije—, palabras que zanjan verdaderamente la cuestión: «¡Piensa, ya sabes, en lo que podría hacer!». Lo soltó para demostrarme lo bueno que es en realidad. Sabe hasta el fondo lo que «podría» hacer. De eso es de lo que les dio una muestra en el colegio.

—¡Válgame el cielo, cómo cambia usted! —exclamó mi amiga.

—No cambio: me limito a comprenderlo todo. Los cuatro, tenga la certeza, se ven continuamente. Si en alguna de estas últimas noches hubiera estado usted con cualquiera de los dos niños, lo habría entendido con total claridad. Cuanto más he vigilado y aguardado, más he sentido que, si no hubiera otra cosa para confirmarlo, bastaría con el silencio sistemático de ambos. Jamás, por un desliz de la lengua, han aludido a ninguno de sus antiguos amigos, del mismo modo que Miles jamás ha mencionado su expulsión. ¡Oh, sí, podemos sentarnos aquí y contemplarlos, y ellos pueden desplegar ante nosotras todos sus encantos; pero incluso mientras fingen hallarse absortos en su cuento de hadas están inmersos en su visión de los muertos regresados! No le está leyendo a ella —declaré—: están hablando de ellos... ¡están hablando de horrores! Hablo, lo sé, como si estuviera loca; y lo prodigioso es que no lo esté. Lo que he presenciado la habría vuelto loca a usted; pero a mí solo me ha vuelto más lúcida, haciéndome captar aún otras cosas.

Mi lucidez debió de antojársele espantosa, pero aquellas encantadoras criaturas víctimas de ella, yendo y viniendo en su mutua y enlazada dulzura, ofrecían a mi compañera algo a lo que aferrarse; y sentí con qué fuerza se aferraba mientras, sin moverse ante el vendaval de mi vehemencia, no apartaba los ojos de ellos: —¿Y qué otras cosas ha captado usted?

—¡Pues las mismas que me han deleitado, fascinado y, sin embargo, en el fondo, como ahora comprendo de modo tan extraño, desconcertado y turbado! Su belleza sobrehumana, su bondad absolutamente antinatural. ¡Es una comedia —proseguí—; es una táctica y un engaño!

—¿Por parte de semejantes angelitos...?

—¿Unos meros bebés adorables todavía? ¡Sí, por muy demencial que parezca! —El mero hecho de expresarlo me ayudó verdaderamente a seguir la pista, a encajar todas las piezas—: No se han portado bien: se han limitado a estar ausentes. Ha sido fácil convivir con ellos porque llevan una existencia propia. No son míos... ¡no son nuestros! ¡Son de él y de ella!

—¿De Quint y de esa mujer?

—De Quint y de esa mujer. Quieren reunirse con ellos.

¡Oh, cómo pareció la pobre señora Grose estudiarlos ante esto!: —Pero ¿para qué?

—Por el amor a toda la maldad que, en aquellos días aciagos, esa pareja sembró en ellos. Y para seguir cebándolos con esa maldad, para proseguir la obra de los demonios, es por lo que regresan los aparecidos.

—¡Santo cielo! —exclamó mi amiga en un susurro. La exclamación era llana, pero revelaba una auténtica aceptación de mi nueva prueba sobre lo que, en los malos tiempos —¡pues hubo una época todavía peor que esta!—, debió de ocurrir. No habría podido haber mayor justificación para mí que el franco asentimiento de su experiencia a cualquier grado de depravación que yo juzgara verosímil en aquel par de canallas. Con evidente sumisión al recuerdo, añadió al cabo de un instante: —¡Eran unos desalmados! Pero ¿qué pueden hacer ahora? —prosiguió.

—¿Hacer? —repetí tan alto que Miles y Flora, al pasar a cierta distancia, se detuvieron un segundo en su paseo y nos miraron—. ¿No hacen bastante ya? —exigí en voz más baja, mientras los niños, tras sonreírnos, asentir y lanzarnos besos con la mano, reanudaban su marcha. Nos quedamos contemplándolos un minuto; luego respondí—: ¡Pueden destruirlos! —Ante esto mi compañera se volvió hacia mí, pero la pregunta que formuló fue silenciosa, lo cual me indujo a ser más explícita—: No saben todavía exactamente cómo, pero se esfuerzan por lograrlo. Solo se les ve al otro lado, por así decirlo, y a distancia: en sitios extraños y en puntos elevados, en lo alto de las torres, en el tejado de la mansión, al otro lado de los cristales, en la orilla opuesta de los estanques; pero hay un propósito deliberado, en ambas partes, de acortar la distancia y vencer los obstáculos; y el triunfo de los tentadores solo es cuestión de tiempo. No tienen más que persistir en sus incitaciones al peligro.

—¿Para que los niños acudan?

—¡Y perezcan en el intento! —La señora Grose se puso en pie con lentitud, y yo añadí escrupulosamente—: ¡A menos, por supuesto, que sepamos impedirlo!

De pie ante mí mientras yo permanecía sentada, sopesó visiblemente las cosas: —Su tío debe encargarse de impedirlo. Debe llevárselos de aquí.

—¿Y quién va a obligarlo?

Había estado escrutando la distancia, pero posó entonces sobre mí un rostro desencajado: —Usted, señorita.

—¿Escribiéndole para decirle que su casa está envenenada y que sus sobrinitos se han vuelto locos?

—Pero si lo están, señorita...

—¿Y si lo estoy yo misma, quiere decir? Bonita noticia para ser enviada por una institutriz cuyo compromiso primordial fue no darle ningún quebradero de cabeza.

La señora Grose recapacitó, siguiendo con la mirada a los niños de nuevo: —Sí, él detesta las molestias. Ese fue el gran motivo...

—¿Por el que esos engendros lo engañaron durante tanto tiempo? Sin duda, aunque su indiferencia debió de ser tremenda. Puesto que yo no soy ningún demonio, en todo caso, no pienso engañarlo.

Mi compañera, tras un instante y por toda respuesta, se sentó de nuevo y me agarró del brazo: —Haga que al menos venga a verla.

Me quedé mirándola fijamente: —¿A verme a mí? —Sentí un repentino temor de lo que pudiera hacer—. ¿Él?

—Debería estar aquí... debería ayudar.

Me levanté con presteza, y creo que debí de mostrarle un semblante más extraño que nunca: —¿Se imagina usted que yo le pida una visita? —No, con sus ojos fijos en mi rostro, evidentemente no se lo imaginaba. En lugar de ello —como una mujer lee en otra—, podía distinguir lo que yo misma veía: su burla, su regocijo, su desprecio ante el derrumbe de mi resignación a quedarme sola y ante la artimaña urdida para llamar su atención hacia mis desdeñados encantos. Ella no sabía —nadie sabía— cuán orgullosa me había sentido de servirle y de atenerme a nuestras condiciones; y sin embargo midió el alcance, creo, de la advertencia que le lancé entonces—: Si perdiera la cabeza hasta el punto de apelar a él en mi nombre...

Estaba verdaderamente asustada: —¿Sí, señorita?

—Los dejaría plantados en el acto, tanto a él como a usted.

Fin del Episodio 15 · de 27

Capítulo XII

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