Otra vuelta de tuerca·Episodio 16

Capítulo XIII

~10 min · 1983 palabras

Estaba muy bien reunirme con ellos, pero hablarles demostró ser tanto como siempre un esfuerzo superior a mis fuerzas: ofrecía, en las distancias cortas, dificultades tan insuperables como antes. Esta situación se prolongó durante un mes, con nuevas agravaciones y notas peculiares, sobre todo la nota, cada vez más aguda, de la sutil conciencia irónica por parte de mis alumnos. No era, estoy tan segura hoy como lo estuve entonces, una mera quimera de mi imaginación: era enteramente perceptible que estaban al tanto de mi aprieto y que esta extraña relación constituyó, en cierto modo y durante mucho tiempo, la atmósfera misma en que nos movíamos. No pretendo insinuar que se burlaran a mis espaldas ni que hicieran nada vulgar, pues ese no era uno de sus peligros; quiero decir, por el contrario, que el elemento de lo no nombrado y lo no rozado llegó a ser entre nosotros más dominante que ningún otro, y que semejante evasión no habría podido mantenerse con tanto éxito sin una buena dosis de acuerdo tácito. Era como si, a cada instante, estuviéramos continuamente avistando temas ante los cuales debíamos detenernos en seco, doblando de repente esquinas que advertíamos sin salida y cerrando de un golpecito que nos hacía mirarnos mutuamente —pues, como todos los golpes de puerta, sonaba un poco más fuerte de lo que pretendíamos— los accesos que habíamos abierto con indiscreción. Todos los caminos llevan a Roma, y había momentos en que parecía que casi cualquier materia de estudio o tema de conversación bordeaba un terreno vedado. Terreno vedado era la cuestión del regreso de los muertos en general y de cuanto, en especial, pudiera pervivir en el recuerdo de los amigos que los niños pequeños habían perdido. Había días en que habría jurado que uno de ellos, con un codazo invisible, le decía al otro: «¡Cree que lo va a soltar esta vez... pero no lo hará!». «Soltarlo» habría consistido, por ejemplo, en deslizar —por una vez en la vida— alguna alusión directa a la dama que los había preparado antes de mi llegada. Poseían un apetito insaciable por los episodios de mi propia vida, con los que una y otra vez los había entretenido; conocían cuanto me había sucedido jamás: tenían, con todo lujo de detalles, la crónica de mis menores peripecias y las de mis hermanos y hermanas, las del perro y el gato de nuestra casa, así como mil pormenores sobre el carácter excéntrico de mi padre, el mobiliario y la disposición de nuestro hogar y las conversaciones de las ancianas de nuestra aldea. Había materia de sobra, bien mirado, para parlotear sin descanso, si uno marchaba a buen paso y sabía por instinto cuándo dar un rodeo. Manejaban con refinado arte los hilos de mi inventiva y de mi memoria; y nada, acaso, cuando más tarde recapacitaba sobre tales ocasiones, me despertaba tanto la sospecha de hallarme vigilada desde una emboscada. Era en todo caso sobre mi vida, mi pasado y mis amigos sobre lo único que podíamos explayarnos con holgura: un estado de cosas que a veces los inducía, sin la menor relación con el contexto, a soltar repentinos recordatorios sociales. Me invitaban —sin conexión visible— a repetir de nuevo la célebre agudeza de la vieja Gosling o a confirmar los detalles ya suministrados sobre la inteligencia del poni de la vicaría.

Fue en parte en tales coyunturas y en parte en otras muy distintas donde, con el cariz que habían tomado mis asuntos, mi dilema, como lo he llamado, se volvió más palpable. El hecho de que los días transcurrieran para mí sin ningún nuevo encuentro habría debido servir, al parecer, para apaciguar mis nervios. Desde el leve roce, aquella segunda noche en el rellano superior, de la presencia de una mujer al pie de la escalera, nada había visto, dentro ni fuera de la casa, que fuera preferible no haber visto. Había muchos rincones doblando los cuales esperaba toparme con Quint, y muchas situaciones que, de una manera meramente siniestra, habrían favorecido la aparición de la señorita Jessel. El verano había declinado, el verano se había ido; el otoño se había desplomado sobre Bly apagando la mitad de nuestras luces. La mansión, bajo su cielo gris y con sus guirnaldas marchitas, sus espacios desolados y sus hojas muertas dispersas, semejaba un teatro tras la función: cubierto de programas arrugados por el suelo. Se producían exactamente ciertos estados del aire, condiciones de rumor y de quietud, indecibles impresiones sobre el tipo de momento propicio, que me devolvían, el tiempo suficiente para captarla, la sensación de la atmósfera en la que, aquella tarde de junio al aire libre, había visto a Quint por primera vez, y en la que también, en aquellos otros instantes, tras divisarlo a través de la ventana, lo había buscado en vano en el círculo de los matorrales. Reconocía las señales, los presagios; reconocía el momento y el lugar. Pero permanecían vacíos y desiertos, y yo continuaba libre de molestias; si es que libre de molestias puede llamarse a una joven cuya sensibilidad, de la manera más extraordinaria, no había decaído sino que se había agudizado. Había afirmado en mi conversación con la señora Grose sobre aquella horrenda escena de Flora junto al lago —dejándola perpleja al decírselo— que a partir de ese instante me angustiaría mucho más perder mi facultad de verlos que conservarla. Había expresado entonces lo que bullía intensamente en mi ánimo: la verdad de que, tanto si los niños veían realmente como si no —puesto que ello aún no estaba definitivamente probado—, prefería con mucho, como salvaguarda, la plenitud de mi propia exposición al peligro. Estaba dispuesta a conocer lo peor de lo peor. Lo que entonces había vislumbrado con espanto era que mis ojos pudieran hallarse cegados justo cuando los de ellos estuvieran más abiertos. Pues bien, mis ojos se hallaban sellados, al parecer, por el momento: una consumación por la cual antojábase blasfemo no dar gracias a Dios. Había, por desgracia, una dificultad para ello: le habría dado gracias con toda mi alma de no haber tenido en medida proporcional la convicción del secreto que guardaban mis alumnos.

¿Cómo podré reconstruir hoy los extraños pasos de mi obsesión? Había momentos en que estábamos juntos en que habría estado dispuesta a jurar que, literalmente en mi presencia pero hallándose vedada mi percepción directa, recibían a visitantes conocidos y bien acogidos. Era entonces cuando, de no haberme contenido por la posibilidad misma de que semejante agravio resultara mayor que el perjuicio que pretendía evitar, mi cólera habría estallado abiertamente: «¡Están aquí, están aquí, pequeños desalmados —habría gritado—, y ya no podéis negarlo!». Los pequeños desalmados lo negaban con todo el caudal redoblado de su sociabilidad y su ternura, en cuyas profundidades cristalinas —como el destello de un pez en la corriente— asomaba la burla de su ventaja. El golpe, en verdad, se me había clavado más hondo de lo que yo misma sospechaba la noche en que, escrutando la noche para descubrir a Quint o a la señorita Jessel bajo las estrellas, contemplé al niño por cuyo reposo velaba y que enseguida introdujo consigo —clavándola en el acto sobre mí— la hermosa mirada alzada hacia lo alto con la que, desde las almenas por encima de mi cabeza, la repugnante aparición de Quint había jugado. Si de espanto se trataba, mi descubrimiento en aquella ocasión me había espantado más que ningún otro, y en el estado de crispación nerviosa provocado por él concebí mis inducciones definitivas. Me acosaban de tal modo que a veces, en momentos intempestivos, me encerraba para ensayar en voz alta —suponía a la vez un fantástico desahogo y una renovada desesperación— la forma en que abordaría el asunto. Me acercaba a él por un lado y por otro mientras me agitaba por mi habitación, pero siempre flaqueaba ante la monstruosa pronunciación de aquellos nombres. Al extinguirse en mis labios, me decía a mí misma que verdaderamente colaboraría a levantar algo infame si, al pronunciarlos, violaba un caso tan raro y delicado de pudor instintivo como probablemente aula alguna hubiera conocido jamás. Cuando me decía: «¡Ellos tienen la gentileza de callar, y tú, en quien se ha depositado tanta confianza, cometes la vileza de hablar!», sentía que me ruborizaba y me cubría el rostro con las manos. Tras estas escenas secretas parloteaba más que nunca, charlando con extrema locuacidad hasta que sobrevenía uno de nuestros silencios prodigiosos y palpables —no sabría llamarlos de otra manera—: esa extraña y vertiginosa elevación hacia la quietud, una pausa total de la vida que nada tenía que ver con el ruido mayor o menor que en aquel momento estuviéramos haciendo y que yo alcanzaba a percibir a través de cualquier risa redoblada, declamación acelerada o acorde más sonoro al piano. Era entonces cuando los otros, los intrusos, se hallaban allí. Aunque distaban de ser ángeles, «pasaban», como dicen los franceses, haciéndome temblar de miedo, mientras se demoraban, de que dirigieran a sus jóvenes víctimas un mensaje aún más infernal o una imagen más vívida de las que habían juzgado oportunas para mí.

De lo que resultaba de todo punto imposible desprenderse era de la cruel idea de que, viera yo lo que viese, Miles y Flora veían mucho más: cosas terribles e insospechadas nacidas de horrendos episodios de trato carnal en el pasado. Semejantes cosas dejaban naturalmente en la superficie, durante algún tiempo, una frialdad que negábamos ruidosamente sentir; y los tres, a fuerza de repetición, habíamos adquirido una destreza tan magnífica que, para señalar el término del incidente, ejecutábamos casi maquinalmente los mismos ademanes. Resultaba conmovedor por parte de los niños, en cualquier caso, besarme de continuo con una suerte de loco desapego y no faltar jamás —el uno o la otra— a la oportuna pregunta que nos había sacado de tantos aprietos: «¿Cuándo crees que vendrá? ¿No te parece que deberíamos escribirle?». No había nada comparable a esa pregunta, descubrimos por experiencia, para disipar una situación violenta. «Él», por supuesto, era su tío de Harley Street; y vivíamos en una constante abundancia de teorías de que en cualquier momento se presentaría para sumarse a nuestro círculo. Era imposible haber concedido menos aliento del que él había brindado a semejante doctrina, pero de no haber dispuesto de ella como refugio nos habríamos privado mutuamente de algunas de nuestras mejores representaciones. Jamás les escribía: aquello podía ser egoísta, pero formaba parte del halago de su confianza hacia mí; pues la manera en que un hombre rinde su más alto tributo a una mujer suele reducirse a la celebración más festiva de una de las leyes sagradas de su propia comodidad; y yo consideraba que cumplía con el espíritu del compromiso de no molestarlo cuando daba a entender a mis alumnos que sus propias cartas no eran más que primorosos ejercicios literarios. Eran demasiado hermosas para ser echadas al correo; las guardaba yo misma: las conservo todas hasta el día de hoy. Era una regla, en verdad, que no hacía sino acrecentar el efecto satírico de verme acosada por la hipótesis de que pudiera presentarse de improviso entre nosotros. Era exactamente como si mis niños supieran cuán sumamente incómodo habría resultado aquello para mí antes que ninguna otra cosa. No encuentro en todo esto, además, al volver la vista atrás, nada más extraordinario que el mero hecho de que, a pesar de mi tensión y de su triunfo, jamás perdí la paciencia con ellos. Adorables debían de ser en verdad, según medito hoy, ¡para que yo no llegara a odiarlos en aquellos días! ¿Habría terminado por traicionarme la exasperación si el alivio se hubiera demorado más tiempo? Poco importa, pues el alivio sobrevino al fin. Lo llamo alivio, aunque no fuera sino el que produce la rotura de una cuerda demasiado tensa o el estallido de una tormenta sobre una jornada asfixiante. Supuso al menos un cambio, y llegó como una tromba.

Fin del Episodio 16 · de 27

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