Capítulo XI
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No fue hasta bien entrada la tarde del día siguiente cuando hablé con la señora Grose; el rigor con que no perdía de vista a mis alumnos hacía a menudo difícil reunirme con ella a solas, y más aún por cuanto ambas comprendíamos la importancia de no suscitar —tanto entre los criados como entre los niños— la menor sospecha de una inquietud secreta o de un debate de misterios. Obtuve una gran seguridad a este respecto de su semblante apacible: no había nada en su rostro fresco que pudiera transmitir a otros mis horribles confidencias. Creía en mí, estaba segura, de manera absoluta: de no haber sido así, no sé qué habría sido de mí, pues no habría podido soportar este trance sola. Pero ella era un magnífico monumento a la bendición que supone carecer de imaginación, y si no alcanzaba a ver en nuestros pequeños pupilos más que su hermosura y amabilidad, su dicha y su talento, carecía en cambio de comunicación directa con las fuentes de mi desasosiego. Si hubieran estado visiblemente marchitos o desmejorados, sin duda habría terminado por palidecer y demudarse a su compás; en el estado en que estaban las cosas, no obstante, podía sentir cómo, al contemplarlos con sus grandes brazos blancos cruzados y su habitual serenidad en la mirada, daba gracias a la misericordia divina de que, si estaban arruinados, las piezas aún pudieran servir. Los vuelos de la fantasía cedían el paso, en su ánimo, a la lumbre constante del hogar, y yo ya había comenzado a percibir cómo, al compás del convencimiento de que —mientras el tiempo transcurría sin escándalo público— nuestras criaturas podían después de todo cuidarse solas, dedicaba su mayor solicitud al triste caso que presentaba su institutriz. Aquello, para mí, era una simplificación saludable: podía comprometerme a que, de cara al mundo, mi rostro no revelara nada, pero en tales circunstancias habría supuesto una tremenda carga añadida verme además inquieta por el semblante de mi compañera.
A la hora a la que ahora me refiero se había reunido conmigo, a instancias mías, en la terraza, donde, con el declinar de la estación, el sol de la tarde resultaba ya agradable; y allí permanecíamos sentadas juntas mientras, ante nosotras, a cierta distancia pero al alcance de la voz si lo deseábamos, los niños paseaban de un lado a otro en uno de sus estados de ánimo más dóciles. Avanzaban despacio, al unísono, más abajo sobre el césped, mientras el muchacho leía en voz alta un libro de cuentos y pasaba el brazo sobre los hombros de su hermana para mantenerla bien pegada a él. La señora Grose los contemplaba con indisimulada placidez; luego advertí el reprimido crujido intelectual con el que se volvía concienzudamente para recibir de mis labios una vista del reverso del tapiz. La había convertido en el receptáculo de cosas espeluznantes, pero había un extraño reconocimiento de mi superioridad —de mis talentos y de mi función— en su paciencia ante mi dolor. Ofrecía su mente a mis revelaciones tal como, si yo hubiera deseado cocinar un brebaje de brujas y se lo hubiera propuesto con aplomo, me habría alcanzado una cacerola grande y limpia. Esta había llegado a ser por completo su actitud para cuando, en el relato de los sucesos de la noche, llegué al punto de lo que Miles me había dicho cuando, tras divisarlo a una hora tan monstruosa casi en el mismo punto donde ahora se encontraba, había bajado a buscarlo; prefiriendo entonces, desde la ventana y con la apremiante necesidad de no alarmar a la casa, ese procedimiento antes que una señal más sonora. La había dejado entre tanto con escasas dudas sobre mis pocas esperanzas de representar con éxito, incluso ante su sincera simpatía, mi convicción sobre el auténtico brillo de la pequeña inspiración con la cual, tras haberlo introducido en la casa, el muchacho había respondido a mi desafío formal. En cuanto aparecí a la luz de la luna en la terraza, había venido hacia mí tan derecho como le fue posible; ante lo cual yo le había tomado de la mano sin pronunciar palabra y lo había conducido, a través de los espacios en penumbra, por la escalera donde Quint había merodeado tan hambriento de él, a lo largo del pasillo donde yo había escuchado y temblado, y de allí a su estancia solitaria.
Ni un solo sonido se había cruzado entre nosotros por el camino, y yo me había preguntado —¡oh, cómo me lo había preguntado!— si andaría buscando a tientas en su pequeña cabecita algo verosímil y no demasiado grotesco. Aquello pondría a prueba su inventiva, sin duda, y experimenté aquella vez, ante su apuro real, una curiosa sacudida de triunfo. ¡Era una trampa bien tendida para lo inescrutable! Ya no podía jugar a la inocencia; así que ¿cómo demonios se las arreglaría para salir de ella? Latía en mí, en efecto, junto al pulso apasionado de esa pregunta, una muda apelación a cómo demonios saldría yo misma de aquel atolladero. Me hallaba confrontada al fin, como nunca antes, con todo el riesgo que entrañaba hacer resonar mi propia y temible nota. Recuerdo de hecho que, al entrar en su camarita, donde nadie se había acostado en el lecho y la ventana abierta a la luz de la luna volvía la estancia tan clara que resultaba innecesario encender una cerilla, me dejé caer de golpe en el borde de la cama bajo el peso de la certeza de que él debía de saber cómo me tenía verdaderamente cogida. Podía hacer lo que quisiera, con toda su astucia a su favor, mientras yo continuara respetando la vieja tradición de la culpabilidad de aquellos custodios de la juventud que alimentan supersticiones y miedos. Me tenía agarrada, en verdad, y en un callejón sin salida; pues ¿quién me absolvería jamás, quién consentiría que no me colgaran si, por el más leve temblor de una insinuación, fuera yo la primera en introducir en nuestro perfecto trato un elemento tan atroz? No, no: era inútil intentar transmitir a la señora Grose, tal como es apenas menos vano sugerir aquí, cómo, en nuestro breve y tenso forcejeo en la penumbra, el muchacho me sacudió de pura admiración. Fui por supuesto infinitamente bondadosa y compasiva; jamás, jamás había posado sobre sus hombros manitas de tanta ternura como aquellas con que, recostada contra la cama, lo mantuve allí bajo mi fuego. No me quedaba otra alternativa que, en la forma al menos, encararlo directamente:
—Debes decírmelo ahora mismo... y toda la verdad. ¿Para qué saliste al jardín? ¿Qué hacías allí fuera?
Todavía puedo ver su maravillosa sonrisa, el blanco de sus hermosos ojos y el destello de sus dientecitos brillando para mí en la penumbra: —Si te digo por qué, ¿lo entenderás? —El corazón, al oír esto, se me subió a la boca. ¿Iba a decirme por qué? No hallé sonido alguno en mis labios para apremiarlo, y fui consciente de responder solo con una inclinación de cabeza vaga, repetida y crispada. Era la delicadeza personificada, y mientras yo asentía con la cabeza permanecía allí en pie más que nunca como un pequeño príncipe de cuento de hadas. Fue su luminosidad, en verdad, lo que me concedió un respiro. ¿Sería tan grande si de verdad iba a contármelo todo? —Bueno —dijo al fin—: pura y sencillamente para que hicieras esto.
—¿Hacer qué?
—¡Pensar —para variar— que soy malo! —Jamás olvidaré la dulzura y el regocijo con que pronunció aquella palabra, ni cómo, tras decirla, se inclinó hacia adelante y me dio un beso. Fue prácticamente el final de todo. Recibí su beso y tuve que hacer, mientras lo estrechaba durante un minuto entre mis brazos, el esfuerzo más prodigioso para no romper a llorar. Había ofrecido exactamente la explicación que menos me permitía indagar por detrás, y solo para confirmar mi aceptación pude decir, paseando la mirada por la estancia—:
—¿Así que no te desnudaste en absoluto?
Relucía positivamente en la penumbra: —En absoluto. Me quedé levantado leyendo.
—¿Y cuándo bajaste?
—A medianoche. ¡Cuando soy malo, soy malo de verdad!
—Ya veo, ya veo... es encantador. Pero ¿cómo podías estar seguro de que yo me enteraría?
—¡Oh, eso lo arreglé con Flora! —¡Con qué presteza resonaban sus respuestas!—: Ella debía levantarse y mirar por la ventana.
—Que es exactamente lo que hizo. —¡Fui yo quien cayó en la trampa!
—De modo que te despertó, y para ver qué miraba ella, tú también miraste... y me viste.
—¡Mientras tú —asentí— te pescabas una pulmonía al sereno de la noche!
Floreció de tal modo ante semejante hazaña que pudo permitirse asentir con aire radiante: —¿De qué otra manera habría sido lo bastante malo? —preguntó. Luego, tras otro abrazo, el lance y nuestra conversación concluyeron ante mi reconocimiento de todas las reservas de bondad de las que, para su travesura, había podido echar mano.
Fin del Episodio 14 · de 27
Capítulo XI
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