Otra vuelta de tuerca·Episodio 13

Capítulo X

~9 min · 1762 palabras

Permanecí un rato en lo alto de la escalera, comprendiendo enseguida que cuando mi visitante se hubo marchado, se había marchado de verdad: regresé entonces a mi habitación. Lo primero que divisé a la luz de la vela que había dejado ardiendo fue que la camita de Flora estaba vacía; y ante esto se me cortó el aliento con todo el espanto que cinco minutos antes había sido capaz de resistir. Me precipité hacia el lecho donde la había dejado acostada y sobre el cual (pues la pequeña colcha de seda y las sábanas estaban deshechas) las cortinas blancas habían sido corridas engañosamente hacia adelante; entonces mis pasos, para mi inenarrable alivio, provocaron un rumor de respuesta: percibí una sacudida en la persiana y la niña, agachándose, asomó sonrosada por el otro lado. Se quedó allí en pie, con todo su candor y tan poco camisón, con los piececitos descalzos y sonrosados y el resplandor dorado de sus rizos. Lucía un semblante sumamente grave, y jamás tuve semejante sensación de perder una ventaja adquirida (cuya intensidad acababa de ser tan prodigiosa) como al percatarme de que se dirigía a mí con un reproche: —¡Qué mala eres! ¿Dónde has estado? —En vez de pedirle cuentas por su propia infracción, me encontré a mí misma inculpada y ofreciendo explicaciones. Ella misma dio las suyas, por lo demás, con la sencillez más encantadora y anhelante: se había dado cuenta de pronto, tendida en la cama, de que yo no estaba en la estancia y había saltado del lecho para ver qué había sido de mí. Yo me había dejado caer, abrumada por la dicha de su reaparición, en mi sillón —sintiéndome entonces, y solo entonces, un poco desfallecida—; y la pequeña había corrido descalza hacia mí, arrojándose sobre mis rodillas, entregándose a mis brazos con la llama de la vela iluminando de lleno su primoroso semblante todavía sonrojado por el sueño. Recuerdo haber cerrado los ojos un instante, con entrega y lucidez, como deslumbrada ante el exceso de una hermosura que relucía en el azul de su mirada. —¿Me buscabas por la ventana? —le pregunté—. ¿Creías que andaba paseando por el jardín?

—Bueno, ya sabes, creí que había alguien... —No palideció en lo más mínimo al dedicarme aquella sonrisa.

¡Oh, con qué fijeza la miré entonces!: —¿Y viste a alguien?

—¡Ah, no! —replicó, casi con todo el privilegio de la inconsecuencia infantil, con tono de protesta, aunque prolongando con dulzura el sonsonete de su negativa.

En aquel momento, en el estado de exaltación en que tenía los nervios, creí a pies juntillas que mentía; y si cerré una vez más los ojos fue deslumbrada ante las tres o cuatro maneras posibles de abordar el trance. Una de ellas, por un segundo, me tentó con tan singular vehemencia que, para resistirme, debí de apretar a la niña con un espasmo al cual, prodigiosamente, ella se sometió sin un gemido ni una muestra de temor. ¿Por qué no estallar ante ella allí mismo y acabar de una vez por todas: decírselo todo de frente ante su hermoso y sonrosado rostro iluminado?: «¡Ves, ves, sabes perfectamente lo que ves y ya sospechas que yo lo sé; por lo tanto, ¿por qué no me lo confiesas con franqueza, para que al menos podamos sobrellevarlo juntas y aprender acaso, en la extrañeza de nuestro destino, dónde estamos y qué significa todo esto?». Semejante tentación decayó, por desgracia, tan pronto como había surgido: de haber sucumbido a ella de inmediato me habría ahorrado... bueno, ya se verá qué. En vez de sucumbir, me puse en pie de un salto, miré su cama y opté por una desvalida vía intermedia: —¿Por qué corriste la cortina para hacerme creer que seguías acostada?

Flora reflexionó con luminosa calma; tras lo cual, con su divina sonrisilla, contestó: —¡Porque no quería asustarte!

—Pero si, según tú, yo había salido...

Se negó rotundamente a dejarse confundir; desvió la mirada hacia la llama de la vela como si la pregunta fuera tan irrelevante, o en todo caso tan impersonal, como la señora Marcet o la tabla del nueve: —¡Oh, pero bien sabes —contestó con total aplomo— que podías volver, cariño, y que has vuelto! —Y al cabo de unos momentos, cuando se hubo metido en la cama, me vi obligada durante un largo rato, casi sentada sobre ella para sujetarle la mano, a demostrarle que reconocía la oportunidad de mi regreso.

Bien puede imaginarse el tono general, a partir de aquel instante, de mis noches. En repetidas ocasiones me quedé en vela hasta no sé qué hora; elegía momentos en que mi compañera de cuarto dormía sin duda alguna y, saliendo con sigilo, recorría el pasillo sin hacer ruido, llegando incluso hasta el punto donde me había topado por última vez con Quint. Pero no volví a encontrármelo allí; y bien puedo decir de una vez que en ninguna otra ocasión lo vi dentro de la casa. Estuve a punto de presenciar, en la escalera, por otra parte, un lance distinto: al mirar hacia abajo desde lo alto distinguí en una ocasión la presencia de una mujer sentada en uno de los peldaños inferiores, de espaldas a mí, con el cuerpo encorvado y la cabeza, en ademán de desconsuelo, entre las manos. Apenas llevaba allí un segundo, no obstante, cuando la figura se desvaneció sin volverse hacia mí. Sabía, a pesar de todo, qué espantoso rostro tenía para mostrar; y me pregunté si, de haberme encontrado abajo en vez de arriba, habría tenido el valor suficiente para subir que poco antes había demostrado ante Quint. Pues bien, no faltaron ocasiones de poner a prueba ese valor. En la undécima noche tras mi último encuentro con aquel sujeto —las tenía todas contadas— sufrí una alarma que rozó peligrosamente el límite y que ciertamente, por su imprevista naturaleza, resultó la sacudida más violenta de todas. Fue precisamente la primera noche durante aquella serie en que, rendida de vigilia, sentí que podía acostarme de nuevo a mi hora habitual sin faltar a mi deber. Me dormí al instante y, como supe más tarde, hasta cerca de la una; pero al despertar me incorporé en seco, tan despierta como si una mano me hubiera sacudido. Había dejado una luz encendida, pero ahora estaba apagada, y tuve la certidumbre inmediata de que Flora la había extinguido. Esto me puso en pie y me llevó directa, en la penumbra, hacia su cama, que encontré vacía. Una mirada a la ventana me aclaró las cosas, y el encendido de un fósforo completó el cuadro.

La niña se había levantado de nuevo —esta vez apagando la vela de una palmada— y se había deslizado una vez más, con algún propósito de observación o respuesta, tras la persiana para escrutar la noche. Que ahora estaba viendo algo —como no lo había hecho, según me convencí, la vez anterior— me lo demostró el hecho de que no la turbaran ni el nuevo encendido de mi vela ni la prisa con que me calcé las zapatillas y me eché un chal encima. Oculta, protegida, absorta, se apoyaba con evidencia en el alféizar —la ventana se abría hacia afuera— y se entregaba por entero a la contemplación. Había una luna espléndida e inmóvil que la ayudaba, y esta circunstancia pesó en mi rápida determinación: se hallaba cara a cara con la aparición con que nos habíamos topado en el lago, y podía comunicarse con ella como entonces no había podido hacer. Lo que a mí me correspondía, por mi parte, era alcanzar desde el corredor, sin alarmarla, alguna otra ventana orientada hacia el mismo punto. Llegué a la puerta sin que ella me oyera; salí, cerré y agucé el oído desde el otro lado por si salía algún sonido de su habitación. Mientras permanecía en el pasillo clavé los ojos en la puerta de su hermano, situada apenas a diez pasos de distancia y que, de modo indescriptible, despertó en mí una reactivación del extraño impulso al que hace poco llamé mi tentación: ¿y si entrara directamente en su cuarto y marchara hacia su ventana?; ¿y si, arriesgando ante el desconcierto del muchacho la revelación de mi motivo, arrojara sobre el resto del misterio el largo lazo de mi audacia?

Este pensamiento me retuvo lo bastante para hacerme cruzar hasta su umbral y detenerme de nuevo. Agucé el oído de un modo sobrenatural; me representé lo que pudiera estar sucediendo en su interior; me pregunté si su cama estaría también vacía y si él también se hallaría vigilando en secreto. Fue un minuto denso y silencioso, al cabo del cual mi impulso flaqueó. El niño estaba tranquilo; bien podía ser inocente; el riesgo era espantoso; me di la vuelta. Había una figura en los terrenos: una figura que merodeaba en busca de una mirada, el visitante con quien Flora mantenía trato; pero no era la presencia que más concernía a mi muchacho. Vacilé de nuevo, pero por otros motivos y solo durante unos segundos; luego tomé mi decisión. Había habitaciones desocupadas en Bly, y solo era cuestión de elegir la apropiada. La adecuada se me presentó de pronto como la estancia inferior —aunque situada a gran altura sobre los jardines— del cuerpo macizo de la casa que he llamado la torre vieja. Era una cámara amplia y cuadrada, dispuesta con cierta pompa como dormitorio, cuyo desmesurado tamaño la hacía tan incómoda que llevaba años sin ser ocupada, aunque la señora Grose la mantenía en un orden ejemplar. La había admirado a menudo y conocía bien su distribución; solo tuve, tras vacilar ante la primera frialdad tenebrosa de su abandono, que cruzarla y descorrer con el mayor sigilo posible uno de los postigos. Logrado este trayecto, descubrí el cristal sin el menor ruido y, pegando el rostro al vidrio, pude comprobar, al ser la oscuridad exterior mucho menor que la del interior, que dominaba la dirección precisa. Entonces divisé algo más: la luna volvía la noche extraordinariamente transparente y me reveló sobre el césped a una persona, reducida por la distancia, que permanecía allí inmóvil y como fascinada, mirando hacia lo alto, hacia el lugar donde yo había aparecido; mirando, es decir, no tanto hacia mí como hacia algo que al parecer se encontraba por encima de mi cabeza. Había claramente otra persona sobre mí: había alguien en lo alto de la torre; pero la presencia sobre el césped no era en absoluto la que yo había imaginado y corrido confiada a buscar. La presencia en el césped —sentí una náusea al distinguirla— era el pobre y pequeño Miles en persona.

Fin del Episodio 13 · de 27

Capítulo X

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