Otra vuelta de tuerca·Episodio 12

Capítulo IX

~10 min · 2031 palabras

Esperé y esperé, y los días, a medida que transcurrían, fueron limando asperezas a mi consternación. Unos pocos de ellos, en efecto, transcurridos a la vista constante de mis alumnos y sin ningún incidente nuevo, bastaron para pasar una esponja benévola sobre las congojas más lúgubres e incluso sobre los recuerdos más odiosos. He hablado de la entrega a su extraordinaria gracia infantil como de algo susceptible de ser cultivado con empeño activo, y bien puede imaginarse si descuidé acudir a ese manantial en busca de cuanto pudiera ofrecerme. Más extraño de lo que sabría expresar resultaba, ciertamente, el esfuerzo de luchar contra mis nuevas luces; habría supuesto, con todo, una tensión todavía mayor de no haber coronado tan a menudo el éxito mis desvelos. Solía preguntarme cómo mis pupilos se las ingeniaban para no adivinar las cosas tan extrañas que yo pensaba sobre ellos; y la circunstancia de que tales cavilaciones los volvieran aún más interesantes no constituía de por sí una ayuda directa para mantenerlos en la inopia. Temblaba ante la idea de que advirtieran que eran inmensamente más atrayentes a mis ojos. Poniendo las cosas en lo peor, en cualquier caso, como con tanta frecuencia hacía en mis meditaciones, cualquier sombra sobre su candor no podía ser sino —inocentes y sentenciados como estaban— un motivo más para asumir riesgos. Había instantes en que, por un impulso irresistible, me sorprendía estrechándolos de golpe contra mi corazón. En cuanto lo hacía, me decía a mí misma: «¿Qué pensarán de esto? ¿No los traiciono acaso con semejante efusión?». Habría resultado fácil perderse en un laberinto triste y desenfrenado sobre cuánto pudiera yo delatarme; pero la verdadera razón, a mi juicio, de las horas de sosiego que aún me era dado disfrutar residía en que el encanto inmediato de mis pequeños compañeros constituía una seducción todavía eficaz, aun bajo la sombra de la sospecha de que pudiera tratarse de un ardid estudiado. Pues si se me ocurría pensar que a veces podía despertar recelos por los arranques de mi pasión más vehemente hacia ellos, del mismo modo recuerdo haberme preguntado si no cabría descubrir una singularidad en el perceptible aumento de sus propias muestras de cariño.

Se mostraban por entonces extravagante y casi sobrenaturalmente apegados a mí; lo cual, al fin y al cabo, podía considerar que no era más que una grata correspondencia de unos niños constantemente colmados de abrazos y atenciones. El afecto del que eran tan pródigos surtió sobre mis nervios un efecto tan apaciguador como si jamás me hubiera sorprendido a mí misma, si así puedo decirlo, descubriendo una segunda intención en su conducta. Jamás, me parece, habían deseado hacer tantas cosas por su pobre protectora; me refiero —aunque preparaban sus lecciones cada vez mejor, que era naturalmente lo que más podía complacerla— al afán de distraerla, divertirla y sorprenderla: leyéndole pasajes de libros, narrándole historias, escenificando charadas, abalanzándose sobre ella disfrazados de animales o personajes históricos y, sobre todo, asombrándola con las «piezas» que habían aprendido en secreto de memoria y que podían declamar de manera interminable. Jamás llegaría al fondo —si me dejara llevar incluso ahora— del portentoso comentario íntimo, sometido todo él a una corrección todavía más reservada, con que durante aquellos días glosé sus horas colmadas. Me habían demostrado desde el primer momento una facilidad prodigiosa para todo: una facultad general que, cobrando nuevo impulso, alcanzaba vuelos admirables. Realizaban sus pequeñas tareas como si las amaran, y se entregaban, por la mera exuberancia de su ingenio, a los milagros de memoria más espontáneos. No solo saltaban ante mí convertidos en tigres y romanos, sino también en personajes de Shakespeare, astrónomos y navegantes. Esto era tan singularmente cierto que guardaba presumiblemente mucho que ver con un hecho para el cual, hoy en día, carezco de otra explicación: aludo a mi insólita tranquilidad respecto a buscar otro colegio para Miles. Lo que recuerdo es que me sentía satisfecha de no reabrir por el momento la cuestión, y esa satisfacción debió de brotar de la constante y asombrosa exhibición de su talento. Era un muchacho demasiado despierto para que una mala institutriz, para que la hija de un clérigo de pueblo, pudiera echarlo a perder; y el hilo más extraño, si no el más brillante, en el pensativo bordado al que acabo de aludir, era la impresión que bien podría haberme formado, de haber osado desarrollarla, de que se hallaba sometido a una influencia que operaba en su pequeña vida intelectual como un formidable acicate.

Si era fácil pensar, no obstante, que semejante muchacho podía posponer el colegio, resultaba al menos igual de evidente que el hecho de que un niño de tales prendas hubiera sido «expulsado» por un director constituía un enigma sin fin. Permítaseme añadir que en su compañía por entonces —y procuraba no apartarme casi nunca de su lado— no lograba seguir ningún rastro demasiado lejos. Vivíamos en una nube de música, afecto, éxitos y representaciones teatrales caseras. El sentido musical en ambos niños era de lo más precoz, pero el mayor en especial poseía un don maravilloso para captar y reproducir de oído cualquier melodía. El piano del aula se desgranaba en toda suerte de fantasías insólitas; y cuando esto fallaba sobrevenían cuchicheos en las esquinas, seguidos de la salida de uno de ellos con el mayor alborozo para «reaparecer» convertido en algo nuevo. Yo misma había tenido hermanos, y no suponía ninguna revelación para mí comprobar que las niñas pequeñas pueden profesar una adoración ciega hacia sus hermanos mayores. Lo que sobrepasaba cualquier medida era que existiera en el mundo un muchachito capaz de manifestar hacia una edad, un sexo y una inteligencia inferiores una consideración tan exquisita. Se compenetraban de un modo prodigioso, y decir que jamás reñían ni se quejaban equivale a degradar con un elogio vulgar la pureza de su dulzura. A veces, en verdad, cuando yo misma caía en la vulgaridad de la sospecha, me parecía vislumbrar señales de pequeños pactos secretos entre ellos mediante los cuales uno me mantenía ocupada mientras el otro se escabullía. Hay un fondo ingenuo, supongo, en toda diplomacia; pero si mis alumnos conspiraban contra mí, lo hacían con el mínimo de rudeza. Fue por completo en el otro bando donde, tras una tregua engañosa, la rudeza estalló con toda su crudeza.

Compruebo que vacilo en este punto; pero debo dar el salto definitivo. Al proseguir con el relato de lo que Bly tuvo de horrendo, no solo pongo a prueba la fe más generosa —lo cual me importa bien poco—, sino que —y esto es harina de otro costal— renuevo cuanto yo misma padecí, abriéndome paso de nuevo a través de aquel sufrimiento hasta el final. Llegó de improviso una noche tras la cual, al recordarla hoy, todo el suceso se me antoja puro dolor; pero al menos he alcanzado el núcleo de la historia, y el camino más corto para salir de él es avanzar sin titubeos. Una noche —sin que nada lo anticipara ni lo presagiara— sentí el contacto gélido de la impresión que me había rozado la noche de mi llegada y a la cual, mucho más leve entonces, según he referido, probablemente no habría concedido mayor importancia en el recuerdo de haber sido menos agitada mi estancia posterior. No me había acostado todavía; me hallaba leyendo a la luz de dos velas. Había en Bly una habitación atestada de libros viejos: novelas del siglo pasado, algunas de las cuales, con una reputación abiertamente censurable pero sin que jamás un ejemplar extraviado hubiera llegado a mi hogar retirado, atraían la curiosidad inconfesada de mi juventud. Recuerdo que la obra que tenía entre las manos era la Amelia de Fielding; y también que me encontraba enteramente desvelada. Recuerdo además tanto la viva certidumbre de que era espantosamente tarde como una particular repugnancia a consultar mi reloj. Me represento, por último, la cortina blanca que cubría, según la moda de entonces, la cabecera de la camita de Flora, amparando, como me había cerciorado mucho antes, la perfección de su descanso infantil. Recuerdo, en suma, que, aunque me hallaba hondamente interesada en la trama, me sorprendí, al pasar una página y desvanecerse el encanto de la lectura, levantando bruscamente la vista del libro para clavarla en la puerta de mi estancia. Hubo un instante durante el cual agucé el oído, recordando la vaga sensación experimentada la primera noche de que algo indefinible bullía en la casa, y noté cómo el leve soplo de la ventana entornada mecía con suavidad la persiana a medio correr. Entonces, con todos los visos de una deliberación que habría parecido magnífica de haber habido alguien allí para admirarla, dejé el libro, me puse en pie y, empuñando una vela, salí derecha de la estancia y, ya desde el corredor, sobre el cual mi luz apenas hacía mella, cerré y eché la llave a la puerta sin el menor ruido.

No sabría decir hoy qué me impulsó ni qué me guió, pero avancé derecha a lo largo del pasillo, sosteniendo la vela en alto, hasta tener a la vista el gran ventanal que presidía el amplio rellano de la escalera. En ese preciso punto me percaté súbitamente de tres cosas. Fueron prácticamente simultáneas, aunque se sucedieron con la rapidez de relámpagos. Mi vela, ante una corriente impetuosa, se apagó de golpe, y advertí, gracias a la ventana desprovista de cortinas, que la penumbra lechosa de la primera claridad matinal la volvía innecesaria. Sin ella, al instante siguiente, divisé que había alguien en la escalera. Hablo de secuencias temporales, pero no necesité el lapso de un solo segundo para apercibirme a un tercer encuentro con Quint. La aparición había alcanzado el rellano intermedio y se encontraba por tanto en el punto más cercano a la ventana, donde, al verme, se detuvo en seco y me clavó la mirada exactamente igual a como me la había clavado desde lo alto de la torre y desde el jardín. Me reconoció con tanta precisión como yo lo reconocí a él; y así, en la penumbra fría y desvaída, con un destello en la alta vidriera y otro sobre el brillo de los peldaños de roble más abajo, nos encaramos en nuestra mutua intensidad. En aquella ocasión era de manera absoluta una presencia viva, detestable y peligrosa. Pero no residía ahí el prodigio supremo; reservo semejante honor para una circunstancia enteramente distinta: la circunstancia de que el terror me había abandonado por completo y no quedaba nada en mí que no lo mirara de frente y lo desafiara.

Experimenté una profunda angustia tras aquel momento extraordinario, pero no sentí, gracias a Dios, espanto alguno. Y él supo que no lo sentía: al cabo de un instante me encontré magníficamente dueña de esta convicción. Sentí, en un fiero rigor de confianza, que si aguantaba la posición durante un minuto cesaría —por el momento, al menos— de tener que vérselas conmigo; y durante aquel minuto, en consecuencia, la situación resultó tan humana y horrenda como una entrevista real: horrenda precisamente por ser humana, tan humana como encontrarse a solas, de madrugada, en una mansión dormida, con algún enemigo, algún forajido o algún criminal. Fue el silencio sepulcral de nuestra prolongada mirada a tan corta distancia lo que confirió a todo aquel espanto, por mayúsculo que fuera, su única nota antinatural. De haberme topado con un asesino en semejante lugar y a semejante hora, al menos habríamos cruzado unas palabras. Algo vivo habría pasado entre nosotros; si nada hubiera pasado, uno de los dos se habría movido. El trance se prolongó tanto que poco faltó para hacerme dudar de si incluso yo misma pertenecía al mundo de los vivos. No puedo expresar lo que siguió salvo diciendo que el propio silencio —que constituía en cierto modo un testimonio de mi fuerza— se convirtió en el elemento en el que vi disolverse a aquella figura; en el cual la vi con nitidez darse la vuelta tal como habría visto volverse a un lacayo despreciable al recibir una orden, y descender, bajo mis ojos fijos en aquella espalda villana que ninguna joroba habría podido deformar más, directamente por la escalera para perderse en la oscuridad del siguiente recodo.

Fin del Episodio 12 · de 27

Capítulo IX

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