Capítulo XLVI · II
~7 min · 1367 palabras
Mi padre ha marchado a Londres, y Jane ha escrito para suplicar la ayuda inmediata de mi tío, y saldremos, espero, en media hora. Pero no hay nada que hacer; sé muy bien que no hay nada que hacer. ¿Cómo se puede influir en un hombre así? ¿Cómo se les puede tan siquiera encontrar? No tengo la menor esperanza. ¡Es horrible en todos los sentidos!»
Darcy meneó la cabeza en silenciosa aquiescencia.
—¡Cuando mis ojos se abrieron a su verdadero carácter, ay!, ¡si hubiera sabido lo que debía hacer, lo que me atrevía a hacer! Pero no lo sabía; temía hacer demasiado. ¡Desgraciado, desgraciadísimo error!—
Darcy no contestó. Apenas parecía oírla, y paseaba de un lado a otro de la habitación sumido en profunda meditación; con el ceño fruncido y aspecto sombrío. Elizabeth no tardó en observarlo y lo comprendió al instante. Su influencia estaba decayendo; todo tenía que venirse abajo ante semejante prueba de debilidad familiar, ante tal certeza de la más profunda desgracia. No podía extrañarse ni condenarlo; pero la convicción de su victoria sobre sí mismo no le aportaba ningún consuelo al pecho ni mitigaba su angustia. Al contrario, era exactamente lo que necesitaba para comprender sus propios deseos; y nunca había sentido con tanta sinceridad que podría haberlo amado como ahora, cuando todo amor debía ser en vano.
Pero el egoísmo, aunque pretendía inmiscuirse, no pudo acapararla por completo. Lydia —la humillación, la miseria que estaba acarreando a todos— eclipsó pronto cualquier preocupación personal; y cubriéndose el rostro con el pañuelo, Elizabeth no tardó en abstraerse de todo lo demás; y, tras una pausa de varios minutos, solo fue devuelta a la consciencia de su situación por la voz de su compañero, quien, de un modo que denotaba a la vez compasión y contención, dijo:
«Temo que haga ya mucho que desea mi ausencia, y no tengo nada que alegar en excusa de mi permanencia más que una sincera, aunque inútil preocupación. ¡Plegue al cielo que hubiera algo que decir o hacer por mi parte que pudiera ofrecer consuelo a semejante desdicha! Pero no voy a atormentarla con vanos deseos que puedan parecer un ruego premeditado de su agradecimiento. Me temo que este desafortunado asunto impedirá que mi hermana tenga el gusto de verla hoy en Pemberley».
«¡Oh, sí! Tenga la bondad de disculparnos ante la señorita Darcy. Diga que asuntos urgentes nos llaman a casa de inmediato. Oculte la infeliz verdad tanto tiempo como sea posible. Sé que no podrá ser por mucho».
Él la aseguró de inmediato su discreción, volvió a manifestar su pesar por la pesadumbre de ella, le deseó un final más feliz del que por entonces cabía esperar, y, dejándole recados para sus parientes, con una sola mirada seria de despedida, se marchó.
Al abandonar la habitación, Elizabeth sintió lo improbable que era que volvieran a verse jamás en unos términos de cordialidad como los que habían marcado sus diversos encuentros en Derbyshire; y al echar una ojeada retrospectiva a todo su trato, tan lleno de contradicciones y variedades, suspiró ante la perversidad de aquellos sentimientos que ahora habrían favorecido su continuidad y que en otro tiempo se habrían regocijado con su final.
Si la gratitud y la estima son buenos cimientos del afecto, el cambio de sentimientos de Elizabeth no será ni improbable ni censurable. Pero de no ser así, si el cariño que brota de tales fuentes resulta irrazonable o antinatural, en comparación con el que tan a menudo se describe como surgido en un primer encuentro con su objeto, e incluso antes de haber intercambiado dos palabras, nada se puede alegar en su defensa, salvo que ella había puesto un poco a prueba este último método en su parcialidad hacia Wickham, y que su mal éxito quizá pudiera autorizarla a buscar el otro modo, menos interesante, de apego. Sea como fuere, lo vio partir con pesar; y en este temprano ejemplo de lo que la infamia de Lydia debía producir, halló una angustia adicional al reflexionar sobre aquel mísero asunto. Desde que leyera la segunda carta de Jane, jamás había abrigado la esperanza de que Wickham tuviera la intención de casarse con ella. Nadie salvo Jane, pensaba, podía hacerse ilusiones con semejante expectativa. La sorpresa fue el menor de todos sus sentimientos ante tal revelación. Mientras el contenido de la primera carta permaneció en su mente, todo fue en ella sorpresa y asombro ante el hecho de que Wickham se casara con una muchacha con la que era imposible que se casara por dinero; y el cómo Lydia había podido encandilarlo jamás le había parecido incomprensible. Pero ahora todo resultaba demasiado natural. Para un coqueteo como este, ella bien podía poseer los atractivos suficientes; y aunque no suponía que Lydia se estuviera embarcando deliberadamente en una fuga sin intención de contraer matrimonio, no le costaba creer que ni su virtud ni su sensatez la librarían de caer en una presa fácil.
Jamás había advertido, mientras el regimiento estuvo en Hertfordshire, que Lydia sintiera por él ninguna predilección; pero estaba convencida de que a Lydia solo le había faltado aliento para encandilar a cualquiera. A veces un oficial, a veces otro, había sido su preferido a medida que las atenciones de estos la encumbraban en su opinión. Sus afectos no habían dejado de fluctuar, pero nunca se habían quedado sin blanco. ¡El daño de la desatención y de la indulgencia equivocada hacia una muchacha semejante!, ¡cuán agudamente lo sentía ahora!
Estaba impaciente por estar en casa, por oír, por ver, por encontrarse allí para compartir con Jane las preocupaciones que ahora debían recaer por completo sobre ella, en una familia tan desquiciada; un padre ausente, una madre incapaz de valerse por sí misma y que exigía constante atención; y aunque casi convencida de que nada se podía hacer por Lydia, la intervención de su tío se le antojava de la máxima importancia, y hasta que él entró en la habitación la miseria de su impaciencia resultó acuciante. El señor y la señora Gardiner habían regresado a toda prisa y alarmados, suponiendo por el relato del criado que su sobrina había enfermado de repente; pero tranquilizándolos al instante a este respecto, ella les comunicó con anhelo el motivo de su requerimiento, leyendo en voz alta las dos cartas y deteniéndose en la posdata de la última con trémula energía. Aunque Lydia nunca había sido su debilidad, el señor y la señora Gardiner no pudieron por menos que sentirse profundamente conmovidos. No solo Lydia, todos estaban implicados en el asunto; y tras las primeras exclamaciones de sorpresa y horror, el señor Gardiner prometió sin vacilar toda la ayuda que estuviera en su mano. Elizabeth, aunque no esperaba menos, se lo agradeció con lágrimas de gratitud; y movidos los tres por un mismo espíritu, todo lo referente a su viaje quedó zanjado con rapidez. Partirían en cuanto fuera posible. —Pero ¿qué hay que hacer respecto a Pemberley? —exclamó la señora Gardiner—. John nos dijo que el señor Darcy estaba aquí cuando nos mandaste recado; ¿fue así?
—Sí; y le dije que no podríamos cumplir nuestro compromiso. Eso ya está arreglado.
«¿Qué es lo que está todo arreglado? —repitió la otra mientras corría a su habitación para hacer los preparativos—. ¡Y están en términos tales como para que ella le confíe la verdadera verdad! ¡Oh, quién supiera cómo fue!».
Pero los deseos eran vanos; o, a lo sumo, solo podían servir para distraerla en el ajetreo y la confusión de la hora siguiente. De haber tenido tiempo para el ocio, Elizabeth habría seguido convencida de que cualquier ocupación era imposible para alguien tan desgraciada como ella; pero a ella le correspondía su parte de tareas al igual que a su tía, y entre las demás cosas había que escribir notas a todas sus amistades en Lambton con falsas excusas por su repentina marcha. Una hora, no obstante, bastó para dejarlo todo concluido; y habiendo saldado el señor Gardiner entretanto su cuenta en la posada, no quedaba ya más por hacer que partir; y Elizabeth, tras toda la miseria de la mañana, se vio, en menos tiempo de lo que hubiera podido suponer, sentada en el carruaje y camino de Longbourn.
Fin del Episodio 51 · de 70
Capítulo XLVI · II
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