Orgullo y prejuicio·Episodio 28

Capítulo XXV

~8 min · 1545 palabras

Tras una semana de declaraciones de amor y planes de felicidad, el señor Collins fue reclamado por su amable Charlotte ante la llegada del sábado. El dolor de la separación, sin embargo, podía verse mitigado por su parte con los preparativos para la recepción de su esposa, pues tenía motivos para esperar que, poco después de su próximo regreso a Hertfordshire, se fijara el día que había de hacerle el hombre más feliz. Se despidió de sus parientes en Longbourn con tanta solemnidad como la vez anterior; volvió a desear salud y felicidad a sus bellas primas, y prometió a su padre otra carta de agradecimiento.

El lunes siguiente, la señora Bennet tuvo el placer de recibir a su hermano y a su esposa, quienes vinieron, como de costumbre, a pasar las navidades en Longbourn. El señor Gardiner era un hombre sensato y distinguido, muy superior a su hermana tanto por naturaleza como por educación. A las señoras de Netherfield les habría costado creer que un hombre que vivía del comercio, y con vistas a sus propios almacenes, pudiera ser tan educado y agradable. La señora Gardiner, varios años más joven que la señora Bennet y la señora Philips, era una mujer amable, inteligente y elegante, y gozaba de gran favor entre sus sobrinas de Longbourn. Entre las dos mayores y ella, en especial, existía un afecto muy particular. A menudo se habían alojado con ella en la ciudad.

La primera ocupación de la señora Gardiner a su llegada fue repartir sus regalos y describir las últimas modas. Una vez hecho esto, le tocó desempeñar un papel menos activo. Le llegó el turno de escuchar. La señora Bennet tenía muchas quejas que relatar y de qué lamentarse. Todas habían sido muy maltratadas desde la última vez que vio a su hermana. Dos de sus muchachas habían estado a punto de casarse y, al final, no había quedado en nada.

—No culpo a Jane —continuó—, pues Jane se habría quedado con el señor Bingley si hubiera podido. ¡Pero Lizzy! ¡Ay, hermana! Cuesta mucho pensar que a estas alturas podría haber sido la mujer del señor Collins de no ser por su propia terquedad. Le declaró su mano en esta misma habitación y ella lo rechazó. La consecuencia de todo esto es que lady Lucas tendrá una hija casada antes que yo, y que la finca de Longbourn sigue estando tan vinculada como siempre. Los Lucas son gente muy astuta, la verdad, hermana. Van siempre a lo que pueden sacar. Siento tener que decir esto de ellos, pero así es. Me pone muy nerviosa y achacosa que me lleven la contraria de esta manera en mi propia familia, y tener vecinos que piensan en sí mismos antes que en nadie. No obstante, tu llegada justo en este momento es el mayor de los consuelos, y me alegra mucho oír lo que nos cuentas de las mangas largas.

La señora Gardiner, a quien lo principal de esta noticia ya se le había comunicado en el transcurso de la correspondencia entre Jane y Elizabeth, dio una respuesta evasiva a su hermana y, por compasión hacia sus sobrinas, cambió de conversación.

Cuando se quedó a solas con Elizabeth un poco más tarde, habló más sobre el asunto. —Parece que habría sido un matrimonio conveniente para Jane —dijo—. Siento que se haya frustrado. ¡Pero estas cosas pasan tan a menudo! Un joven, tal como describes al señor Bingley, se enamora tan fácilmente de una muchacha bonita durante unas pocas semanas y, cuando el azar los separa, la olvida con tanta facilidad, que este tipo de inconstancias son muy frecuentes.

—Un excelente consuelo a su manera —dijo Elizabeth—, pero a nosotras no nos sirve. Nosotras no sufrimos por accidente. No suele ocurrir que la intervención de unos amigos convenza a un joven de fortuna independiente para que se olvide por completo de una muchacha de la que estaba locamente enamorado apenas unos días antes.

—Pero esa expresión de «locamente enamorado» está tan trillada, es tan dudosa y tan imprecisa, que me da una idea muy vaga. Se aplica tanto a sentimientos que surgen de un conocimiento de media hora como a un afecto verdadero y fuerte. Dime, por favor, ¿hasta qué punto estaba enamorado el señor Bingley?

—Nunca vi una inclinación más prometedora; empezaba a mostrarse bastante desatento con los demás y estaba por completo absorto en ella. Cada vez que se veían, era más decidido y evidente. En su propio baile ofendió a dos o tres señoritas por no invitarles a bailar, y yo misma le hablé dos veces sin recibir respuesta. ¿Podía haber síntomas más claros? ¿No es la descortesía general la esencia misma del amor?

—¡Oh, sí! Del género de amor que supongo que él sintió. ¡Pobre Jane! Lo siento por ella, porque, tal como es su carácter, puede que no lo supere enseguida. Más te valdría que te hubiera pasado a ti, Lizzy; te habrías reído de ello para quitártelo de la cabeza mucho antes. Pero ¿crees que se la podría convencer para que volviera con nosotras? Un cambio de ambiente le vendría bien, y tal vez un poco de descanso lejos de casa sirva de mucho.

Elizabeth se mostró sumamente complacida con esta propuesta y se convenció de la pronta aquiescencia de su hermana.

—Espero —añadió la señora Gardiner— que ninguna consideración respecto a este joven influya en ella. Vivimos en una zona de la ciudad tan diferente, todas nuestras relaciones son tan distintas y, como bien sabes, salimos tan poco, que es muy improbable que lleguen a encontrarse a menos que él de verdad venga a verla.

—Y eso es del todo imposible; porque ahora está bajo la custodia de su amigo, ¡y el señor Darcy no le permitiría ir a ver a Jane a una zona así de Londres! Mi querida tía, ¿cómo has podido pensarlo? El señor Darcy tal vez haya oído hablar de un sitio llamado Gracechurch Street, pero dudo mucho que considerara un mes de purificación suficiente para limpiarlo de sus impurezas si llegara a poner un pie allí; y, tenlo por seguro, el señor Bingley no se mueve a ninguna parte sin él.

—Mucho mejor. Espero que no lleguen a encontrarse en absoluto. Pero ¿no se escribe Jane con su hermana? Ella no podrá evitar ir a visitarla.

—Cortará la relación por completo.

Pero, a pesar de la seguridad con la que Elizabeth fingía afirmar esto, así como del hecho aún más interesante de que se impidiera a Bingley ver a Jane, sentía una inquietud por el asunto que le demostró, al examinar sus propios pensamientos, que no lo consideraba totalmente perdido. Era posible, y a veces le parecía probable, que el afecto de este pudiera reavivarse y que la influencia de sus amigos fuera contrarrestada con éxito por la influencia más natural de los encantos de Jane.

La señorita Bennet aceptó la invitación de su tía con mucho gusto; y los Bingley no ocuparon otro lugar en sus pensamientos en aquel momento salvo el de esperar que, como Caroline no vivía en la misma casa que su hermano, ella pudiera pasar algunas mañanas con su amiga sin correr el peligro de verle.

Los Gardiner se quedaron una semana en Longbourn; y entre los Philips, los Lucas y los oficiales, no hubo un solo día sin compromiso. La señora Bennet se habia esmerado tanto en la diversión de su hermano y su cuñada, que ni una sola vez se sentaron a cenar en familia. Cuando el compromiso era en casa, algunos de los oficiales siempre formaban parte de él, y entre ellos el señor Wickham no faltaba nunca; y en tales ocasiones la señora Gardiner, avispada por los cálidos elogios que Elizabeth le había dedicado, los observaba a ambos de cerca. Sin llegar a suponer, por lo que veía, que estuvieran muy enamorados de verdad, su preferencia mutua era lo bastante evidente como para inquietarla un poco; y decidió hablar con Elizabeth sobre el asunto antes de marchar de Hertfordshire y hacerle ver la imprudencia de fomentar semejante apego.

Para la señora Gardiner, Wickham poseía un medio de proporcionarle agrado ajeno a sus dotes habituales. Unos diez o doce años atrás, antes de casarse, ella había pasado una temporada considerable en aquella misma parte de Derbyshire a la que él pertenecía. Por consiguiente, tenían muchos conocidos en común; y, aunque Wickham apenas había estado por allí desde la muerte del padre de Darcy, ocurrida cinco años antes, aún estaba en su mano ofrecerle noticias más frescas de sus antiguos amigos de las que ella había tenido ocasión de conseguir.

La señora Gardiner había visto Pemberley y conocía muy bien de referencias al difunto señor Darcy. Había aquí, por tanto, un tema inagotable de conversación. Al comparar sus recuerdos de Pemberley con la minuciosa descripción que Wickham podía ofrecerle, y al tributar sus alabanzas al carácter de su anterior dueño, complacía tanto a él como a sí misma. Al enterarse del trato que le dispensaba el actual señor Darcy, intentó recordar algo del talante que se le atribuía a aquel caballero cuando era un muchacho, que pudiera coincidir con esto; y al fin confió en recordar haber oído decir antaño que el señor Fitzwilliam Darcy era un muchacho muy orgulloso y descaracterizado.

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