Capítulo XXI
~10 min · 1999 palabras
La discusión sobre la propuesta del señor Collins tocaba casi a su fin, y a Elizabeth solo le quedaba sufrir los incómodos sentimientos que necesariamente la acompañaban, y de vez en cuanto alguna alusión gruñona de su madre. En cuanto al caballero en cuestión, sus sentimientos se manifestaban principalmente, no mediante la vergüenza o el abatimiento, o intentando evitarla, sino con rigidez de modales y un silencio resentido. Apenas le dirigía la palabra; y las atenciones asiduas de las que él mismo había sido tan consciente fueron transferidas por el resto del día a la señorita Lucas, cuya gentileza al escucharlo constituyó un alivio oportuno para todos, y especialmente para su amiga.
El día siguiente no trajo consigo ninguna disminución del mal humor ni de la mala salud de la señora Bennet. El señor Collins se hallaba también en el mismo estado de orgullo ofendido. Elizabeth había esperado que su resentimiento acortara su visita, pero sus planes no parecían en lo más mínimo alterados por ello. Siempre había previsto marcharse el sábado, y hasta el sábado seguía teniendo la intención de quedarse.
Después de desayunar, las muchachas caminaron hasta Meryton para averiguar si el señor Wickham había regresado y para lamentar su ausencia en el baile de Netherfield. Él se unió a ellas al entrar en la ciudad y las acompañó hasta casa de su tía, donde se discutieron ampliamente su pesar y fastidio, así como la preocupación de todos. A Elizabeth, sin embargo, le confió voluntariamente que la necesidad de su ausencia había sido autoinpuesta.
—Descubrí —dijo—, a medida que se acercaba el momento, que era mejor no encontrarme con el señor Darcy; que estar en la misma habitación, en la misma reunión con él durante tantas horas seguidas, podría ser más de lo que pudiera soportar, y que podrían surgir situaciones desagradables para más personas que para mí.
Ella aprobó fervientemente su moderación; y tuvieron tiempo para debatirla a fondo y para intercambiar todos los cumplidos que con tanta cortesía se dispensaron mutuamente, mientras Wickham y otro oficial regresaban con ellas a Longbourn; durante el paseo, él le prestó especial atención. Que las acompañara supuso una doble ventaja: ella sintió todo el halago que aquello representaba para sí misma, y resultó de lo más oportuno como ocasión para presentárselo a su padre y a su madre.
Poco después de su regreso, le entregaron una carta a la señorita Bennet; venía de Netherfield y fue abierta de inmediato. El sobre contenía una hoja de papel fino y satinado, de pequeño formato, bien cubierta por la letra clara y fluida de una dama; y Elizabeth vio cambiar el rostro de su hermana mientras la leía, advirtiendo cómo se detenía con intensidad en ciertos pasajes. Jane se recompuso pronto; y, guardando la carta, intentó unirse, con su alegría habitual, a la conversación general: pero Elizabeth sintió una inquietud sobre el asunto que le apartó la atención incluso de Wickham; y apenas él y su compañero se hubieron despedido, una mirada de Jane la invitó a seguirla arriba. Una vez que hubieron ganado su propia habitación, Jane, sacando su carta, dijo: —Esto es de Caroline Bingley: su contenido me ha sorprendido bastante. Todo el grupo ha abandonado Netherfield a estas alturas y va de camino a la ciudad, sin intención alguna de regresar. Ya oirás lo que dice.
Leyó entonces la primera frase en voz alta, la cual abarcaba la información de que acababan de decidir seguir a su hermano directamente a la ciudad, y de que tenían la intención de almorzar ese día en Grosvenor Street, donde el señor Hurst tenía una casa. La siguiente estaba redactada en estos términos: —«No pretendo lamentar nada de lo que dejo en Hertfordshire, excepto tu compañía, mi querida amiga; pero esperaremos, en algún momento futuro, disfrutar de muchos regresos de esa entrañable relación que hemos conocido, y mientras tanto podremos mitigar el dolor de la separación con una correspondencia muy frecuente y sin reservas. Cuento contigo para ello». A estas expresiones grandilocuentes Elizabeth prestó atención con toda la insipidez de la desconfianza; y aunque la repentina marcha la sorprendió, no vio en ella nada realmente digno de lamento: no era de suponer que su ausencia de Netherfield impidiera que el señor Bingley estuviera allí; y en cuanto a la pérdida de su compañía, estaba convencida de que Jane no tardaría en dejar de considerarla una desgracia al disfrutar de la de él.
—Es una lástima —dijo, tras una breve pausa— que no puedas ver a tus amigos antes de que abandonen el condado. Mas ¿no podemos esperar que el período de futura felicidad que la señorita Bingley aguarda llegue antes de lo que ella imagina, y que la entrañable relación que habéis conocido como amigas se renueve con aún mayor satisfacción como cuñadas? El señor Bingley no se verá retenido en Londres por ellas.
—Caroline afirma rotundamente que ninguno del grupo regresará a Hertfordshire este invierno. Te lo leeré.
«Cuando mi hermano se marchó ayer, imaginaba que los asuntos que lo llevaron a Londres podrían concluirse en tres o cuatro días; pero como estamos seguras de que no será así y, al mismo tiempo, estamos convencidas de que, una vez que Charles llegue a la ciudad, no tendrá ninguna prisa por marcharse de nuevo, hemos decidido seguirlo hasta allí para que no se vea obligado a pasar sus horas libres en un hotel desangelado. Muchos de mis conocidos ya están allí para el invierno: ojalá pudiera enterarme de que tú, mi queridísima amiga, tienes alguna intención de formar parte de la multitud, pero de eso me desespero. Deseo sinceramente que tus Navidades en Hertfordshire abunden en las diversiones que esa estación suele traer, y que tus galanes sean tan numerosos que te impidan sentir la pérdida de los tres de los que vamos a privarte».
—Por esto resulta evidente —añadió Jane— que ya no vuelve este invierno.
—Es evidente que la señorita Bingley no pretende que deba hacerlo.
—¿Por qué te empeñas en pensar así? Tiene que haber sido obra suya; él es dueño de sí mismo. Pero no lo sabes todo. Te leeré el pasaje que más me duele. Contigo no tendré reservas. «El señor Darcy está impaciente por ver a su hermana; y a decir verdad, nosotras apenas estamos menos deseosas de volver a verla. En verdad no creo que Georgiana Darcy tenga igual en belleza, elegancia y prendas; y el afecto que nos inspira a Louisa y a mí se ve realzado en algo todavía más interesante por la esperanza que nos atrevemos a albergar de que en adelante sea nuestra hermana. No sé si alguna vez te habré mencionado mis sentimientos sobre este particular, pero no me marcharé del campo sin confiártelos, y confío en que no los juzgarás irrazonables. Mi hermano ya la admira sobremanera; tendrá ahora frecuentes ocasiones de verla en el trato más íntimo; los parientes de ella desean esta unión tanto como los suyos propios; y creo que la parcialidad de una hermana no me engaña al afirmar que Charles es sumamente capaz de cautivar el corazón de cualquier mujer. Con todas estas circunstancias a favor de un afecto, y nada que lo impida, ¿acaso me equivoco, mi queridísima Jane, al abrigar la esperanza de un acontecimiento que asegurará la felicidad de tantos?». ¿Qué opinas de esta frase, mi querida Lizzy? —dijo Jane al terminar de leerla—. ¿No está bastante claro? ¿No declara expresamente que Caroline ni espera ni desea que yo sea su hermana; que está perfectamente convencida de la indiferencia de su hermano; y que si sospecha la naturaleza de mis sentimientos hacia él, pretende (¡con cuánta bondad!) ponerme sobre aviso? ¿Acaso cabe otra opinión al respecto?
—Sí, puede haberla; pues la mía es totalmente distinta. ¿Quieres escucharla?
—De muy buena gana.
—Te lo diré en pocas palabras. La señorita Bingley ve que su hermano está enamorado de ti y quiere que él se case con la señorita Bingley... digo, con la señorita Darcy. Lo sigue a la ciudad con la esperanza de retenerlo allí, y trata de persuadirte de que a él no le importas.
Jane meneó la cabeza.
—En verdad, Jane, deberías creerme. Nadie que os haya visto juntos puede dudar de su afecto; la señorita Bingley, estoy segura, tampoco: no es tan tonta. Si hubiera visto la mitad de ese amor por parte del señor Darcy hacia ella misma, ya se habría mandado a hacer el vestido de novia. Pero el caso es este: no somos ni lo suficientemente ricos ni lo suficientemente importantes para ellos; y ella está más ansiosa por conseguir a la señorita Darcy para su hermano, con la idea de que, habiendo un matrimonio entre las familias, le costará menos trabajo lograr un segundo; en lo cual hay ciertamente algo de ingenio, y me atrevo a decir que tendría éxito si la señorita de Bourgh no estuviera de por medio. Pero, mi queridísima Jane, no puedes imaginar seriamente que, porque la señorita Bingley te diga que su hermano admira enormemente a la señorita Darcy, él sea en lo más mínimo menos consciente de tu mérito que cuando se despidió de ti el martes; o que esté en su poder persuadirle de que, en lugar de estar enamorado de ti, está muy enamorado de la amiga de ella.
—Si pensáramos lo mismo de la señorita Bingley —respondió Jane—, tu exposición de todo esto podría dejarme muy tranquila. Pero sé que el fundamento es injusto. Caroline es incapaz de engañar a nadie deliberadamente; y todo lo que puedo esperar en este caso es que sea ella misma la engañada.
—Así me gusta. No podrías haber concebido una idea más feliz, ya que no quieres aceptar consuelo en la mía: cree que está engañada, por todos los medios. Ya has cumplido con ella, y no debes atormentarte más.
—Pero, querida hermana, ¿puedo ser feliz, aun suponiendo lo mejor, aceptando a un hombre cuyas hermanas y amigos desean todos que se case con otra?
—Debes decidir por ti misma —dijo Elizabeth—; y si, tras una madura reflexión, descubres que la desgracia de disgustar a sus dos hermanas es mayor que la felicidad de ser su esposa, te aconsejo, por todos los medios, que lo rechaces.
—¿Cómo puedes hablar así? —dijo Jane con una sonrisa leve—; bien sabes que, aunque me entristecería muchísimo su desaprobación, no lo dudaría.
—No creía que lo hicieras; y siendo ese el caso, no puedo considerar tu situación con mucha compasión.
—Pero si no vuelve más este invierno, mi elección nunca será requerida. Mil cosas pueden surgir en seis meses.
La idea de que él no volviera más fue tratada por Elizabeth con el máximo desprecio. Le pareció meramente la sugerencia de los deseos interesados de Caroline; y no podía suponer ni por un momento que esos deseos, por muy abierta o mañosamente expresados, pudieran influir en un joven tan totalmente independiente de todos.
Le expuso a su hermana, con la mayor fuerza posible, lo que sentía sobre el tema, y pronto tuvo el placer de ver su feliz efecto. El carácter de Jane no era propenso al desaliento; y fue llevada gradualmente a esperar, aunque la timidez propia del afecto a veces vencía a la esperanza, que Bingley regresaría a Netherfield y colmaría todos los deseos de su corazón.
Convinieron en que la señora Bennet solo se enteraría de la marcha de la familia, sin alarmarse por lo que respecta a la conducta del caballero; pero incluso esta comunicación parcial le causó gran preocupación, y se lamentó de que fuera una desgracia inmensa que las señoras se marcharan justo cuando todas empezaban a entablar tanta amistad. Tras lamentarlo, sin embargo, largamente, le quedó el consuelo de pensar que el señor Bingley volvería a bajar pronto y no tardaría en cenar en Longbourn; y la conclusión de todo fue la consoladora afirmación de que, aunque le hubieran invitado tan solo a una cena familiar, ella se encargaría de servir dos platos principales completos.
Fin del Episodio 24 · de 70
Capítulo XXI
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