Capítulo XVIII · III
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Con eso bastará perfectamente, hija. Ya nos has deleitado bastante tiempo. Deja que las otras jóvenes tengan oportunidad de lucirse.
—Mary, aunque fingía no haber oído, quedó algo desconcertada; y Elizabeth, apenada por ella y por las palabras de su padre, temía que su inquietud no hubiera servido de nada. Se recurrió entonces a otros miembros de la reunión.
—Si yo —dijo el señor Collins— tuviera la fortuna de saber cantar, tendría mucho gusto, estoy seguro, en obsequiar a la compañía con una pieza; pues considero la música como una diversión muy inocente y perfectamente compatible con la profesión de clérigo. No pretendo afirmar, sin embargo, que estemos justificados en dedicar demasiado tiempo a la música, ya que sin duda hay otras cosas a las que atender. El rector de una parroquia tiene mucho que hacer. En primer lugar, debe llegar a un acuerdo sobre los diezmos que le resulte beneficioso a él y no ofensivo para su patrón. Debe escribir sus propios sermones; y el tiempo que le quede no será demasiado para sus deberes parroquiales, y el cuidado y mejora de su vivienda, de la cual no puede excusarse de hacer lo más cómoda posible. Y no considero de poca importancia que deba tener modales atentos y conciliadores con todo el mundo, especialmente con aquellos a quienes debe su cargo. No puedo eximirle de ese deber; ni podría pensar bien del hombre que omitiera la ocasión de testimoniar su respeto hacia cualquiera que esté emparentado con la familia. —Y con una reverencia al señor Darcy, concluyó su discurso, que había pronunciado tan alto como para que lo oyera media sala. Muchos miraban boquiabiertos, muchos sonreían; pero nadie parecía más divertido que el propio señor Bennet, mientras su esposa elogiaba sinceramente al señor Collins por haber hablado con tanta sensatez, y observaba, en un medio susurro a lady Lucas, que era un joven notablemente inteligente y de muy buenos sentimientos.
A Elizabeth le parecía que, si su familia se hubiera propuesto el acuerdo de hacer el ridículo todo lo posible durante la velada, les habría sido imposible desempeñar sus papeles con más brisa o mejor éxito; y dichosa consideraba para Bingley y su hermana que parte de la exhibición hubiera escapado a su atención, y que sus sentimientos no fueran de los que se afligen mucho por la necedad que debían de haber presenciado. Que sus dos cuñadas y el señor Darcy, sin embargo, tuvieran tal oportunidad de ridiculizar a sus parientes era bastante malo; y no sabía decidir si el desprecio silencioso del caballero o las insolentes sonrisas de las damas eran más intolerables.
El resto de la velada le deparó poca diversión. Fue hostigada por el señor Collins, que permaneció con la mayor perseverancia a su lado; y aunque no pudo convencerla de que volviera a bailar con él, le impidió la posibilidad de bailar con otros. En vano le suplicaba que sacara a bailar a cualquier otra persona y se ofrecía a presentárselo a cualquier señorita de la sala. Él le aseguró que, en cuanto al baile, le era perfectamente indiferente; que su principal objetivo era, mediante delicadas atenciones, recomendarse a ella; y que, por lo tanto, se empeñaría en permanecer pegado a ella toda la velada. No había argumento posible ante semejante propósito. Su mayor alivio se lo debió a su amiga la señorita Lucas, quien se unía a ellos a menudo y, con buen carácter, acaparaba la conversación del señor Collins para sí misma.
Al menos se vio libre de la ofensa de una nueva atención por parte del señor Darcy: aunque a menudo se quedaba a muy corta distancia de ella, totalmente desocupado, jamás se acercaba lo suficiente como para hablarle. Ella sintió que aquello era la probable consecuencia de sus alusiones al señor Wickham, y se alegró de ello.
Los de Longbourn fueron los últimos de toda la compañía en partir; y, mediante una maniobra de la señora Bennet, tuvieron que esperar su carruaje un cuarto de hora después de que todos los demás se hubieran marchado, lo que les dio tiempo para comprobar con cuántas ganas deseaban algunos de los familiares que se fuesen. La señora Hurst y su hermana apenas abrieron la boca si no era para quejarse de cansancio, y era evidente que estaban impacientes por tener la casa para ellas solas. Repelieron todo intento de conversación por parte de la señora Bennet y, al hacerlo, impregnaron a toda la compañía de un tedio que se aliviaba muy poco con los largos discursos del señor Collins, el cual felicitaba al señor Bingley y a sus hermanas por la elegancia de su recepción, y por la hospitalidad y educación que habían marcado su comportamiento con los invitados. Darcy no dijo nada en absoluto. El señor Bennet, en igual silencio, disfrutaba de la escena. El señor Bingley y Jane estaban de pie juntos, un poco apartados del resto, y hablaban solo el uno con la otra. Elizabeth mantuvo un silencio tan constante como la señora Hurst o la señorita Bingley; y hasta Lydia estaba demasiado cansada para proferir algo más que la exclamación ocasional de: «¡Dios, qué cansada estoy!», acompañada de un violento bostezo.
Cuando al fin se levantaron para despedirse, la señora Bennet fue de lo más empalagosa y servicial al expresar su esperanza de ver pronto a toda la familia en Longbourn; y se dirigió en particular al señor Bingley para asegurarle la felicidad que les proporcionaría si cenaba con ellos en familia en cualquier momento, sin la ceremonia de una invitación formal. Bingley era todo agradecido deleite; y se comprometió de inmediato a aprovechar la primera oportunidad para visitarla tras su regreso de Londres, adonde se veía obligado a ir por poco tiempo al día siguiente.
La señora Bennet quedó plenamente satisfecha; y salió de la casa con la encantadora convicción de que, descontando los preparativos necesarios de capitulaciones matrimoniales, carruajes nuevos y ropa de boda, sin duda vería a su hija instalada en Netherfield en el término de tres o cuatro meses. De tener otra hija casada con el señor Collins pensaba con igual certeza, y con considerable, aunque no igual, agrado. Elizabeth era la menos querida de todas sus hijas; y aunque el hombre y el enlace eran bastante buenos para ella, el valor de ambos quedaba eclipsado por el señor Bingley y Netherfield.
Fin del Episodio 21 · de 70
Capítulo XVIII · III
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