Mujercitas·Episodio 91

Daisy y Demi

~12 min · 2348 palabras

No siento que haya cumplido con mi deber de humilde historiador de la familia March sin dedicar al menos un capítulo a los dos miembros más preciosos e importantes de ella. Daisy y Demi habían llegado ya a la edad de discreción, pues en esta época acelerada los bebés de tres o cuatro años exigen sus derechos y los obtienen, lo cual es más de lo que logran muchos de sus mayores. Si alguna vez hubo un par de gemelos en peligro de ser completamente mimados por la adoración, eran estos parlanchines Brooke. Por supuesto, eran los niños más extraordinarios jamás nacidos, como se demostrará cuando mencione que caminaron a los ocho meses, hablaron con fluidez a los doce meses y a los dos años tomaron sus lugares en la mesa y se comportaron con una propiedad que encantaba a todos los espectadores. A los tres años, Daisy exigió una aguja y de hecho hizo una bolsa con cuatro puntadas en ella. Asimismo, instaló el hogar en el aparador y manejó una estufa microscópica con una habilidad que arrancó lágrimas de orgullo a Hannah, mientras Demi aprendía las letras con su abuelo, quien inventó un nuevo modo de enseñar el abecedario formando letras con sus brazos y piernas, uniendo así la gimnasia para la cabeza y los talones. El muchacho desarrolló temprano un genio mecánico que deleitaba a su padre y desquiciaba a su madre, pues intentaba imitar cada máquina que veía y mantenía la guardería en un estado caótico con su «máquinadecoser», una estructura misteriosa de cordel, sillas, pinzas de la ropa y carretes para que las ruedas giraran «una y otra vez». También tenía una cesta colgada del respaldo de una silla, en la que intentaba en vano izar a su confiada hermana, quien, con devoción femenina, permitía que su cabecita fuera golpeada hasta que la rescataban, momento en el que el joven inventor comentaba indignado: «Pero, mamá, si es mi montacargas, y estoy intentando subirla».

Aunque totalmente distintos en carácter, los gemelos se llevaban de maravilla y rara vez se peleaban más de tres veces al día. Por supuesto, Demi tiranizaba a Daisy y la defendía gallardamente de cualquier otro agresor, mientras Daisy se convertía en una esclava de galera y adoraba a su hermano como al único ser perfecto del mundo. Una pequeña alma rosada, regordeta y alegre era Daisy, que encontraba el camino al corazón de todos y se acurrucaba allí. De esos niños cautivadores que parecen hechos para ser besados y mimados, adornados y adorados como pequeñas diosas, y presentados para la aprobación general en todas las ocasiones festivas. Sus pequeñas virtudes eran tan dulces que habría sido toda una mujercita celestial si unas cuantas travesuras menores no la hubieran mantenido deliciosamente humana. Todo era buen tiempo en su mundo, y cada mañana trepaba a la ventana en su camisón para mirar afuera y decir, sin importar si llovía o brillaba el sol: «¡Oh, qué día tan lindo, oh, qué día tan lindo!». Todos eran sus amigos y ofrecía besos a un extraño con tanta confianza que hasta el solterón más empedernido cedía y los amantes de los bebés se convertían en fieles devoradores de adoración.

—A mí me gusta to-do el mun-do —dijo una vez, abriendo los brazos, con la cuchara en una mano y la taza en la otra, como si estuviera deseosa de abrazar y alimentar al universo entero.

A medida que crecía, su madre comenzó a sentir que la pajarera se vería bendecida por la presencia de una inquilina tan serena y cariñosa como la que había ayudado a hacer del viejo hogar una verdadera casa, y a rezar para que se le ahorrara una pérdida como la que recientemente les había enseñado cuánto tiempo habían albergado a un ángel sin saberlo. Su abuelo solía llamarla «Beth», y su abuela la vigilaba con devoción incansable, como si intentara expiar algún error pasado que ningún ojo, salvo el suyo propio, podía ver.

Demi, como un auténtico yanqui, era de natural curioso, quería saberlo todo y a menudo se alteraba mucho porque no obtenía respuestas satisfactorias a su perpetuo «¿Para qué?».

También poseía una vena filosófica, para gran deleite de su abuelo, quien solía mantener conversaciones socráticas con él en las que el precoz alumno ponía ocasionalmente en apuros a su maestro, con la indisimulada satisfacción de las mujeres de la casa.

—¿Qué hace que me funcionen las piernas, abuelito? —preguntó el joven filósofo, examinando esas partes activas de su cuerpo con aire meditabundo, mientras descansaba después de un juego antes de ir a la cama una noche.

—Es tu pequeña mente, Demi —respondió el sabio, acariciando la cabeza rubia con respeto.

—¿Qué es una pequeña mente?

—Es algo que hace que tu cuerpo se mueva, tal como el muelle hacía girar las ruedas de mi reloj cuando te lo enseñé.

—Ábreme. Quiero ver cómo gira.

—No puedo hacer eso más de lo que tú podrías abrir el reloj. Dios te da cuerda y tú andas hasta que Él te detiene.

—¿De ve-dad? —Y los ojos castaños de Demi se agrandaron y brillaron al asimilar el nuevo pensamiento—. ¿Estoy dado cuerda como el reloj?

—Sí, pero no puedo enseñarte cómo, porque se hace cuando no lo vemos.

Demi se palpó la espalda, como si esperara encontrarla igual que la del reloj, y luego comentó con gravedad: «Me parece que Dios lo hace cuando estoy dormido».

Siguió una explicación detallada, a la que prestó tanta atención que su preocupada abuela dijo: «Querido, ¿crees que es prudente hablar de esas cosas a ese bebé? Le están saliendo unos bultos enormes sobre los ojos y está aprendiendo a hacer las preguntas más imposibles de responder».

—Si tiene la edad suficiente para hacer la pregunta, la tiene para recibir respuestas verdaderas. No estoy metiendo los pensamientos en su cabeza, sino ayudándole a desplegar los que ya están allí. Estos niños son más sabios que nosotros, y no me cabe duda de que el muchacho entiende cada palabra que le he dicho. Ahora, Demi, dime dónde guardas tu mente.

Si el muchacho hubiera respondido como Alcibíades: «Por los dioses, Sócrates, no puedo decirlo», su abuelo no se habría sorprendido, pero cuando, tras estar un momento apoyado en una sola pierna como una cigüeña joven y meditabunda, respondió con tono de serena convicción: «En mi tripita», el anciano solo pudo unirse a la risa de la abuela y dar por terminada la clase de metafísica.

Habría podido haber motivos para la ansiedad materna si Demi no hubiera dado pruebas convincentes de que era un muchacho de verdad, además de un filósofo en ciernes, pues a menudo, tras una discusión que hacía que Hannah profetizara con ominosos asentimientos: «A este niño no le queda mucho en este mundo», se daba la vuelta y calmaba sus temores con alguna de las travesuras con las que los queridos, sucios y traviesos pequeños granujas desquician y deleitan el alma de sus padres.

Meg dictaba muchas reglas morales e intentaba cumplirlas, pero ¿qué madre ha sido inmune a las artimañas seductoras, las ingeniosas evasivas o la tranquila audacia de esos hombres y mujeres en miniatura que tan pronto demuestran ser consumados truhanes?

—No más pasas, Demi. Te van a poner enfermo —dice mamá al jovencito que ofrece sus servicios en la cocina con invariable puntualidad el día del pudin de ciruelas.

—A mí me gusta ponerme enfermo.

—No quiero que te pongas, así que vete a ayudar a Daisy a hacer pastelitos.

Se marcha a regañadientes, pero sus agravios pesan en su espíritu y, poco después, cuando se presenta la ocasión de remediarlos, vence a mamá con un trato astuto.

—Ahora habéis sido unos niños buenos y jugaré a lo que queráis —dice Meg mientras guía a sus ayudantes de cocina escaleras arriba, una vez que el pudin bota sano y salvo en la olla.

—¿De verdad, mamá? —pregunta Demi, con una brillante idea en su bien empolvada cabeza.

—Sí, de verdad. A lo que digáis —responde la corta de vista progenitora, preparándose para cantar «Los tres gatitos» media docena de veces o para llevar a su familia a comprar un bollo de un penique, sin importarle las consecuencias. Pero Demi la arrincona con esta fría respuesta...

—Pues entonces vamos a ir a comernos todas las pasas.

La tía Dodo era la principal compañera de juegos y confidente de ambos niños, y el trío puso la casita patas arriba. La tía Amy era aún para ellos solo un nombre, la tía Beth pronto se desvaneció hasta convertirse en un recuerdo agradablemente vago, pero la tía Dodo era una viva realidad y le sacaban el máximo partido, cumplido por el cual ella estaba profundamente agradecida. Pero cuando llegó el señor Bhaer, Jo descuido a sus compañeros de juegos, y el desmayo y la desolación cayeron sobre sus pequeñas almas. Daisy, a quien le gustaba ir por ahí vendiendo besos a cambio de nada, perdió a su mejor cliente y se quedó en bancarrota. Demi, con infantil penetración, pronto descubrió al tía Dodo le gustaba más jugar con «el hombre oso» que con él, pero aunque herido, ocultó su angustia, pues no tenía valor para insultar a un rival que guardaba una mina de gotas de chocolate en el bolsillo del chaleco y un reloj que podía sacarse de su caja y ser agitado libremente por sus fervientes admiradores.

Algunas personas podrían haber considerado estas gratas libertades como sobornos, pero Demi no lo veía de ese modo, y continuó patrocinando a «el hombre oso» con pensativa afabilidad, mientras Daisy le otorgaba sus pequeños afectos a la tercera llamada y consideraba su hombro su trono, su brazo su refugio, y sus regalos tesoros de valor insuperable.

Los caballeros son a veces presa de repentinos arrebatos de admiración hacia los jóvenes parientes de las damas a quienes honran con su afecto, pero este falso sentimiento paternal les sienta con incomodidad y no engaña a nadie en absoluto. La devoción del señor Bhaer era sincera y, asimismo, eficaz, pues la honradez es la mejor política tanto en el amor como en la ley. Era uno de esos hombres que se sienten como en casa con los niños, y lucía particularmente bien cuando las caritas hacían un contraste agradable con su semblante varonil. Sus negocios, fuere cuales fuesen, lo retenían de día en día, pero la tarde rara vez dejaba de traerlo a ver... bueno, siempre preguntaba por el señor March, así que supongo que él era la atracción. El excelente papá laboraba bajo la ilusión de que lo era, y se deleitaba en largas conversaciones con aquella alma gemela, hasta que un comentario casual de su nieto, más observador, lo iluminó de repente.

El señor Bhaer entró una tarde para detenerse en el umbral del estudio, asombrado por el espectáculo que salió a su encuentro. Tendido en el suelo yacía el señor March, con sus respetables piernas en el aire, y a su lado, igualmente tendido, estaba Demi, tratando de imitar la postura con sus propias piernas cortas de medias escarlatas, ambos seres cabizbajos tan seriamente absortos que no se percataron de los espectadores, hasta que el señor Bhaer soltó su risa sonora y Jo exclamó, con rostro escandalizado...

—¡Padre, padre, aquí está el profesor!

Abajo fueron las piernas negras y arriba se alzó la cabeza gris, mientras el preceptor decía, con imperturbable dignidad: —Buenas tardes, señor Bhaer. Discúlpenme un momento. Estamos acabando la lección. Ahora, Demi, haz la letra y di su nombre.

—¡Me lo sé! —y, tras unos cuantos esfuerzos convulsivos, las piernas rojas tomaron la forma de un par de compases, y el inteligente alumno gritó triunfante—: ¡Es una uve, abuelito, es una uve!

—Es un auténtico Weller —se rio Jo, mientras su progenitor se incorporaba y su sobrino intentaba ponerse de cabeza, como único modo de expresar su satisfacción de que la escuela hubiera terminado.

—¿Qué has estado haciendo hoy, bubchen? —preguntó el señor Bhaer, levantando al gimnasta.

—Fui a ver a la pequeña Mary.

—¿Y qué hiciste allí?

—La besé —comenzó Demi, con candorosa franqueza.

—¡Prut! Comienzas temprano. ¿Qué le dijo la pequeña Mary a eso? —preguntó el señor Bhaer, continuando con su interrogatorio al joven pecador, que se mantenía de pie sobre la rodilla, explorando el bolsillo del chaleco.

—Oh, le gustó, y me besó, y a mí me gustó. ¿A los niños pequeños no les gustan las niñas pequeñas? —preguntó Demi, con la boca llena y un aire de plácida satisfacción.

—¡Precoz polluelo! ¿Quién te metió eso en la cabeza? —dijo Jo, disfrutando de la inocente revelación tanto como el profesor.

—No está en mine cabeza, está en mine boka —respondió el literal Demi, sacando la lengua con una gota de chocolate encima, creyendo que aludía a la confitería, no a las ideas.

—Debieras guardar un poco para la pequeña amiga. Dulces para la dulzura, hombrecito —y el señor Bhaer le ofreció a Jo unos cuantos, con una mirada que la hizo preguntarse si el chocolate no sería el néctar que bebían los dioses. Demi también vio la sonrisa, quedó impresionado por ella e inocentemente preguntó...

—¿A los chicos grandes les gustan las chicas grandes también, profesor?

Como el joven Washington, el señor Bhaer «no podía decir una mentira», así que dio la respuesta algo vaga de que creía que a veces sí, en un tono que hizo que el señor March dejara el cepillo de la ropa, mirara de reojo el rostro retraído de Jo y luego se hundiera en su sillón, con cara de que el «precoz polluelo» le había metido en la cabeza una idea tan dulce como agria.

Por qué Dodo, cuando lo atrapó en el armario de la porcelana media hora después, le exprimió casi el aire del cuerpecito con un tierno abrazo, en vez de sacudirlo por estar allí, y por qué hizo seguir este insólito desempeño con el inesperado regalo de un gran trozo de pan con mermelada, siguió siendo uno de los enigmas sobre los que Demi devanó sus escasos sesos y se vio obligado a dejar sin resolver para siempre.

Fin del Episodio 91 · de 96

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