Mujercitas·Episodio 83

Aprender a olvidar · I

~14 min · 2863 palabras

La charla de Amy le sentó bien a Laurie, aunque, por supuesto, no lo reconoció hasta mucho después. Los hombres rara vez lo hacen, porque cuando las mujeres son las consejeras, los señores de la creación no siguen el consejo hasta que se han persuadido a sí mismos de que es exactamente lo que pensaban hacer. Entonces actúan en consecuencia y, si tiene éxito, le dan a la débil vasija la mitad del mérito. Si fracasa, generosamente le otorgan el mérito entero. Laurie volvió con su abuelo y se mostró tan obediente y devoto durante varias semanas que el viejo caballero declaró que el clima de Niza le había sentado de maravilla y que haría bien en volver a probarlo. No había nada que al joven le hubiera gustado más, pero ni con elefantes lo habrían arrastrado de vuelta después de la reprimenda que había recibido. El orgullo se lo prohibía, y cada vez que el anhelo se hacía muy fuerte, reforzaba su resolución repitiendo las palabras que le habían causado la impresión más profunda: «Te desprecio». «Ve a hacer algo espléndido que haga que ella te ame».

Laurie le dio tantas vueltas al asunto en la cabeza que pronto se confesó a sí mismo que había sido egoísta y perezoso, pero claro, cuando un hombre sufre una gran pena, se le deben consentir toda clase de caprichos hasta que la haya superado. Sentía que sus amores truncados ya estaban del todo muertos y, aunque jamás dejaría de ser un doliente fiel, no había motivo para lucir el luto de forma ostentosa. Jo no lo amaría, pero él podía hacer que ella lo respetara y admirara haciendo algo que demostrara que el «no» de una chica no había arruinado su vida. Siempre había tenido la intención de hacer algo, y el consejo de Amy era de todo punto innecesario. Solo había estado esperando a que los susodichos amores truncados fueran decentemente sepultados. Una vez hecho esto, sintió que estaba listo para «ocultar su corazón herido y seguir esforzándose».

Del mismo modo que Goethe, cuando tenía una alegría o una pena, la convertía en canción, Laurie resolvió consagrar su desamor en la música y componer un réquiem que desgarrara el alma de Jo y ablandara el corazón de cualquier oyente. Por consiguiente, la próxima vez que el viejo caballero lo encontró inquieto y de mal humor y lo mandó a paseo, se fue a Viena, donde tenía amigos músicos, y se puso a trabajar con la firme determinación de distinguirse. Pero, ya fuera porque la pena era demasiado vasta para encarnarla en la música, o porque la música era demasiado etérea para elevar una aflicción mortal, pronto descubrió que el réquiem estaba por encima de sus capacidades en ese momento. Era evidente que su mente aún no funcionaba como debía y que sus ideas necesitaban aclararse, pues a menudo, en medio de una melodía plañidera, se descubría tarareando un aire bailable que le recordaba vivamente el baile de Navidad en Niza, en especial al fornido francés, lo que ponía fin de manera tajante a su labor de composición trágica por el momento.

Luego probó con una ópera, pues nada parecía imposible al principio, pero aquí de nuevo tropezó con dificultades imprevistas. Quería a Jo como su heroína y recurrió a su memoria para avivar recuerdos tiernos y visiones románticas de su amor. Pero la memoria se volvió traidora y, como poseída por el espíritu perverso de la muchacha, solo recordaba las excentricidades, los defectos y las ocurrencias de Jo, solo la mostraba en sus aspectos menos sentimentales —sacudiendo alfombras con la cabeza atada en un pañuelo de lunares, atrincherándose con el cojín del sofá o echando agua fría sobre su pasión al estilo Gummidge—, y una risa irresistible arruinaba el cuadro melancólico que se esmeraba en pintar. Jo no se dejaría meter en la ópera por nada del mundo, y tuvo que renunciar a ella con un: «¡Bendita sea la chica, qué tormento es!», y un tirón de cabellos, tal como correspondía a un compositor atormentado.

Cuando miró a su alrededor en busca de otra damisela menos intratable a quien inmor-talizar en una melodía, la memoria le produjo una con la más complaciente disposición. Este fantasma tenía muchos rostros, pero siempre lucía cabellos dorados, estaba envuelto en una nube diáfana y flotaba airosamente ante los ojos de su mente en un agradable caos de rosas, pavos reales, ponis blancos y cintas azules. No le dio ningún nombre a esa aparición tan complaciente, pero la tomó como su heroína y le cogió mucho cariño, como era de esperar, pues la dotó de todos los dones y gracias imaginables, y la escoltó, ilesa, a través de pruebas que habrían aniquilado a cualquier mujer mortal.

Gracias a esta inspiración, avanzó a toda vela durante un tiempo, pero poco a poco la obra perdió su encanto y se olvidaba de componer mientras se quedaba pensativo, pluma en mano, o vagaba por la animada ciudad para recabar nuevas ideas y refrescar su mente, que parecía hallarse en un estado un tanto inestable aquel invierno. No hacía gran cosa, pero pensaba muchísimo y era consciente de que se estaba operando en él algún tipo de cambio a pesar suyo. «Es el genio que está madurando, tal vez. Lo dejaré madurar y veré qué sale de ello», decía, con la sospecha secreta de que no era genio, sino algo mucho más común. Fuera lo que fuese, maduró con un propósito claro, pues cada vez se sentía más descontento con su vida dispersa, empezó a ansiar un trabajo real y serio al que entregarse en alma y cuerpo, y finalmente llegó a la sabia conclusión de que no todo el que ama la música es compositor. Al regresar de una de las grandes óperas de Mozart, interpretada espléndidamente en el Teatro Real, echó un vistazo a sus propias partituras, tocó algunas de las mejores partes, y se quedó mirando fijamente los bustos de Mendelssohn, Beethoven y Bach, que le devolvían una mirada benévola. Entonces, de repente, rompió sus hojas de música, una a una, y mientras el último papel revoloteaba fuera de su mano, se dijo con sobriedad...

«¡Tiene razón! El talento no es genio, y no puedes hacer que lo sea. Esa música me ha quitado la vanidad del mismo modo que Roma se la quitó a ella, y no voy a seguir siendo un farsante. Ahora bien, ¿qué debo hacer?».

Aquella parecía una pregunta difícil de responder, y Laurie empezó a desear tener que ganarse el pan de cada día. Si alguna vez se presentó una oportunidad propicia para «irse al diablo», como dijo enérgicamente una vez, fue entonces, pues tenía dinero de sobra y nada que hacer, y es bien sabido que a Satanás le encanta proporcionar ocupación a las manos llenas y ociosas. El pobre muchacho tenía tentaciones más que suficientes por dentro y por fuera, pero las resistió bastante bien, pues por mucho que valoraba la libertad, valoraba aún más la buena fe y la confianza; de modo que su promesa a su abuelo y su deseo de poder mirar honestamente a los ojos de las mujeres que lo amaban y decirles «todo va bien» lo mantuvieron a salvo y con paso firme.

Es muy probable que alguna señora Grundy comente: «No me lo creo, los muchachos siempre serán muchachos, los jóvenes deben desfogarse y las mujeres no deben esperar milagros». Me atrevo a decir que usted no se lo cree, señora Grundy, pero aun así es verdad. Las mujeres obran un buen número de milagros, y tengo el convencimiento de que pueden realizar incluso el de elevar el nivel de la hombría negándose a hacerse eco de semejantes refranes. Dejen que los muchachos sean muchachos, cuanto más tiempo, mejor, y dejen que los jóvenes se desfogen si es necesario. Pero madres, hermanas y amigas pueden ayudar a que la cosecha sea escasa y evitar que muchas cizañas echen a perder la cosecha al creer, y demostrar que creen, en la posibilidad de ser fieles a las virtudes que hacen que los hombres sean más varoniles ante los ojos de las buenas mujeres. Si se trata de un espejismo femenino, déjennos disfrutar de él mientras podamos, pues sin él se pierde la mitad de la belleza y el romance de la vida, y los sombríos presentimientos amargarían todas nuestras esperanzas en esos pequeños valientes y tiernos que todavía quieren a sus madres más que a sí mismos y no se avergüenzan de reconocerlo.

Laurie pensaba que la tarea de olvidar su amor por Jo absorbería todas sus facultades durante años, pero para su gran sorpresa descubrió que cada día le resultaba más fácil. Al principio se negó a creerlo, se enfadó consigo mismo y no podía entenderlo, pero estos corazones nuestros son cosas curiosas y contradictorias, y el tiempo y la naturaleza hacen su voluntad a pesar nuestro. El corazón de Laurie no quería doler. La herida persistía en sanar con una rapidez que le asombraba, y en vez de intentar olvidar, se descubrió intentando recordar. No había previsto este giro de los acontecimientos y no estaba preparado para ello. Estaba disgustado consigo mismo, sorprendido de su propia inconstancia y lleno de una extraña mezcla de desilusión y alivio por poder recuperarse tan pronto de un golpe tan tremendo. Removió con cuidado las brasas de su amor perdido, pero estas se negaron a prender en llama. Solo quedaba un cómodo resplandor que lo calentaba y le sentaba bien sin ponerlo en fiebre, y se vio obligado a confesar a regañadientes que la pasión juvenil iba disminuyendo lentamente hasta convertirse en un sentimiento más apacible, muy tierno, aún un poco triste y resentido, pero que con el tiempo seguro pasaría, dejando un afecto fraternal que duraría intacto hasta el final.

Mientras la palabra «fraternal» cruzaba su mente en uno de sus devaneos, sonrió y miró de reojo el cuadro de Mozart que tenía enfrente...

—Bueno, él era un gran hombre, y cuando no pudo tener a una hermana cogió a la otra, y fue feliz.

Laurie no pronunció las palabras, pero las pensó, y al instante siguiente besó el pequeño anillo antiguo, diciéndose a sí mismo: «¡No, no quiero! No lo he olvidado, nunca podré. Lo intentaré otra vez, y si eso falla, pues entonces...».

Dejando la frase sin terminar, cogió papel y pluma y le escribió a Jo, diciéndole que no podía dedicarse a nada mientras hubiera la menor esperanza de que ella cambiara de opinión. ¿No podía, no querría...? ¿Y dejarle volver a casa y ser feliz? Mientras esperaba una respuesta no hizo nada, pero lo hizo enérgicamente, pues estaba en una fiebre de impaciencia. Llegó por fin, y zanjó su duda definitivamente en un punto, pues Jo decididamente no podía ni quería. Estaba entregada en cuerpo y alma a Beth, y no deseaba volver a oír la palabra amor en su vida. Luego le rogaba que fuera feliz con otra persona, pero que guardara siempre un pequeño rincón de su corazón para su amorosa hermana Jo. En una posdata le pedía que no le dijera a Amy que Beth estaba peor, pues ella regresaba a casa en primavera y no había necesidad de entristecer el resto de su estancia. Ya habría tiempo para eso, Dios mediante, pero Laurie debía escribirle a menudo y no dejar que se sintiera sola, con morriña o preocupada.

—Eso haré, ahora mismo. Pobre niña, me temo que será un triste regreso a casa —y Laurie abrió su escritorio, como si escribir a Amy hubiera sido la conclusión adecuada de la frase dejada sin terminar unas semanas antes.

Pero no escribió la carta ese día, pues al rebuscar su mejor papel, tropezó con algo que cambió su propósito. Revueltos en una parte del escritorio, entre facturas, pasaportes y documentos comerciales de diversa índole, había varios escritos de Jo, y en otro compartimento se hallaban tres notas de Amy, atadas cuidadosamente con una de sus cintas azules y sugiriendo dulcemente las pequeñas rosas marchitas guardadas en su interior. Con una expresión a medias arrepentida y a medias divertida, Laurie reunió todas las cartas de Jo, las alisó, las dobló y las guardó ordenadamente en un cajón pequeño del escritorio, estuvo un minuto dándole vueltas pensativo al anillo en el dedo, luego se lo quitó lentamente, lo dejó con las cartas, cerró el cajón con llave y salió a escuchar la Misa Mayor en la iglesia de San Esteban, sintiendo como si hubiera habido un funeral y, aunque no agobiado por la aflicción, aquello le parecía una forma más adecuada de pasar el resto del día que escribiendo cartas a encantadoras señoritas.

La carta fue muy pronto, sin embargo, y tuvo rápida respuesta, pues Amy tenía morriña y lo confesó de la manera más deliciosamente confiada. La correspondencia floreció de maravilla y las cartas volaban de un lado a otro con infalible regularidad durante toda la temprana primavera. Laurie vendió sus bustos, hizo pajitas para encender fuego con su ópera y regresó a París, esperando que alguien llegara antes de mucho. Deseaba desesperadamente ir a Niza, pero no iría hasta que se lo pidieran, y Amy no se lo pediría, porque justo entonces estaba viviendo pequeñas experiencias propias que la hacían preferir evitar los ojos burlones de «nuestro muchacho».

Fred Vaughn había regresado y le había planteado la pregunta a la que ella una vez había decidido responder «Sí, gracias», pero ahora decía «No, gracias», con amabilidad pero con firmeza, pues cuando llegó el momento le faltó valor y descubrió que se necesitaba algo más que dinero y posición para satisfacer el nuevo anhelo que llenaba su corazón de tiernas esperanzas y temores. Las palabras: «Fred es un buen tipo, pero no se parece en nada al hombre que me imaginé que te gustaría jamás», y el rostro de Laurie al pronunciarlas, seguían acudiendo a ella con tanta terquedad como los suyos propios cuando dijo con la mirada, si no con las palabras: «Me casaré por dinero». Le turbaba recordarlo ahora; ojalá pudiera retirarlo, sonaba tan poco femenino. No quería que Laurie la tomara por una criatura desalmada y mundana. Ya no le importaba ser una reina de la alta sociedad ni la mitad de lo que le importaba ser una mujer amable. Se alegraba tanto de que él no la odiara por las cosas tan horribles que había dicho, sino que se las hubiera tomado de un modo tan hermoso y fuera más amable que nunca. Sus cartas eran un gran consuelo, pues las cartas de casa llegaban de forma muy irregular y no eran ni la mitad de satisfactorias que las suyas cuando al fin llegaban. Era no solo un placer, sino un deber contestarlas, porque el pobre muchacho estaba desamparado y necesitaba mimo, ya que Jo persistía en ser empedernida. Ella debería haber hecho un esfuerzo e intentado amarle. No podía ser muy difícil; mucha gente estaría orgullosa y feliz de que un muchacho tan querido se ocupara de ellos. Pero Jo nunca actuaba como las demás chicas, así que no había más remedio que ser muy amable con él y tratarle como a un hermano.

Si todos los hermanos fuesen tratados tan bien como Laurie en este periodo, serían una raza de seres mucho más feliz de lo que son. Amy ya no le daba sermones. Le pedía su opinión sobre todos los temas, se interesaba por todo lo que él hacía, le hacía pequeños regalos encantadores y le enviaba dos cartas a la semana llenas de animados cotilleos, confidencias fraternales y cautivadores bocetos de los hermosos paisajes que la rodeaban. Como pocos hermanos tienen el orgullo de que lleven sus cartas metidas en los bolsillos de sus hermanas, leídas y releídas diligentemente, lloradas cuando son breves, besadas cuando son largas y atesoradas con esmero, no insinuaremos que Amy hiciera ninguna de estas cosas cariñosas y tontas. Pero lo cierto es que aquella primavera se puso un poco pálida y melancólica, perdió gran parte de su gusto por la sociedad y se iba a dibujar sola a menudo. Nunca tenía mucho que mostrar cuando volvía a casa, pero estaba estudiando la naturaleza, me atrevo a decir, mientras pasaba horas sentada, con las manos cruzadas, en la terraza de Valrosa, o dibujaba distraída cualquier fantasía que se le viniera a la cabeza: un caballero fornido tallado en una tumba, un joven dormido en la hierba con el sombrero sobre los ojos, o una muchacha de rizos en fastuoso atuendo que desfilaba por un salón de baile del brazo de un alto caballero, quedando ambos rostros difuminados según la última moda en el arte, lo cual era seguro pero no del todo satisfactorio.

Su tía creía que ella se arrepentía de su respuesta a Fred, y al ver inútiles las negativas e imposibles las explicaciones, Amy la dejó pensar lo que quisiera, cuidando de que Laurie supiera que Fred se había marchado a Egipto. Eso era todo, pero él lo comprendió y puso cara de alivio, mientras se decía a sí mismo, con aire venerable...

—Estaba seguro de que lo reconsideraría. ¡Pobre viejo! He pasado por todo eso y puedo simpatizar.

Fin del Episodio 83 · de 96

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