El perezoso Laurence · I
~10 min · 2031 palabras
Laurie fue a Niza con la intención de quedarse una semana, y se quedó un mes. Estaba cansado de vagar solo, y la familiar presencia de semblante conocido de Amy parecía conferir un encanto hogareño a aquellas escenas extranjeras de las que ella formaba parte. Echaba un poco de menos las «mimadas atenciones» que solía recibir, y disfrutaba de nuevo de un ápice de ellas, pues ninguna muestra de afecto, por muy halagadora que fuera por parte de extraños, resultaba ser ni la mitad de placentera que la adoración fraternal de las muchachas en su hogar. Amy jamás lo mimaba como las demás, pero ahora se alegraba mucho de verlo y casi se aferraba a él, sintiendo que era el representante de esa querida familia que tanto añoraba, mucho más de lo que se atrevía a confesar. De manera natural hallaron consuelo en la mutua compañía y pasaban mucho tiempo juntos, ya fuera cabalgando, paseando, bailando o haraganeando, pues en Niza nadie puede entregarse en exceso al trabajo durante la temporada festiva. Pero, mientras parecían divertirse del modo más despreocupado, a medio gas y de forma consciente, iban descubriendo cosas y formando opiniones el uno sobre el otro. Amy ascendía a diario en la estimación de su amigo, pero él descendía en la de ella, y cada cual percibió tal verdad antes de que se pronunciara palabra alguna. Amy trataba de complacer, y lo conseguía, pues se mostraba agradecida por los múltiples placeres que él le brindaba y se lo retribuía con esos pequeños servicios a los que las mujeres de verdad saben conferir un encanto indescriptible. Laurie no hacía esfuerzo alguno de ningún tipo, sino que se dejaba llevar tan cómodamente como le era posible, intentando olvidar, y sintiendo que todas las mujeres le debían una palabra amable debido a que una de ellas se había mostrado fría con él. No le costaba ningún esfuerzo ser generoso, y le habría regalado a Amy todas las chucherías de Niza de haberlas querido aceptar, mas al mismo tiempo intuía que no podía cambiar la opinión que ella se estaba forrando de él, y temía un tanto aquellos agudos ojos azules que parecían observarlo con una estupefacción mitad dolida, mitad desdeñosa.
—Todos los demás se han ido a Mónaco por el día. Yo preferí quedarme en casa y escribir cartas. Ya están terminadas y voy a Valrosa a dibujar, ¿quieres venir? —le propuso Amy al unirse a Laurie un día precioso en que él merodeaba por allí, como de costumbre, hacia el mediodía.
—Pues sí, pero ¿no hace demasiado calor para una caminata tan larga? —respondió él con lentitud, pues el salón en sombra resultaba de lo más tentador tras el fulgor de fuera.
—Voy a llevar el carruaje pequeño, y Baptiste puede conducir, así que no tendrás nada más que hacer que sostener tu sombrilla y mantener tus guantes impecables —replicó Amy, con una mirada sarcástica hacia los impecables cabritillas, que eran el punto débil de Laurie.
—Entonces iré con mucho gusto —y extendió la mano en busca de su cuaderno de dibujo. Pero ella se lo metió bajo el brazo con un gesto cortante...
—No te molestes. No me supone ningún esfuerzo, pero tú no pareces estar a la altura.
Laurie enarcó las cejas y la siguió a paso pausado mientras ella bajaba corriendo las escalera abajo, pero al subir al carruaje él mismo tomó las riendas, sin dejarle al pequeño Baptiste más tarea que cruzar los brazos y quedarse dormido en su pescante.
Ambos jamás discutían. Amy tenía demasiada buena educación y, en esos momentos, Laurie estaba demasiado perezoso, de modo que al instante él se asomó bajo el ala del sombrero de ella con aire inquisitivo. Ella le devolvió una sonrisa y continuaron su camino de la manera más amistosa.
Fue un paseo encantador, por sinuosos caminos rebosantes de esas escenas pintorescas que deleitan a los ojos amantes de la belleza. Allí un antiguo monasterio, desde donde el solemne canto de los monjes descendía hasta ellos. Más allá, un pastor de piernas desnudas, con zuecos de madera, sombrero picudo y una burda chaqueta sobre el hombro, tocaba la flauta sentado sobre una piedra mientras sus cabras correteaban entre las rocas o yacían a sus pies. Apacibles burros de color ratón, cargados con serones de hierba recién cortada, pasaban de largo con una muchacha tocada con un capuchón sentada entre los verdes montones, o una anciana hilando con una rueca mientras caminaba. Niños morenos de ojos dulces salían corriendo de las pintorescas chozas de piedra para ofrecer ramilletes o ramos de naranjas aún prendidos de la rama. Retorcidos olivos cubrían las colinas con su follaje oscuro, la fruta pendía dorada en el huerto, y grandes anémonas escarlatas ribeteaban el borde del camino, mientras más allá de las verdes laderas y las escarpadas alturas, los Alpes Marítimos se alzaban nítidos y blancos contra el azul del cielo italiano.
Valrosa hacía honor a su nombre, pues en aquel clima de eterno verano las rosas florecían por todas partes. Colgaban sobre el arco de la entrada, se introducían entre los barrotes de la gran verja con una dulce bienvenida para los transeúntes, y bordeaban la avenida que serpenteaba entre limoneros y palmeras plumosas hasta la villa en la colina. Cada rincón umbrío, donde los asientos invitaban a detenerse y descansar, era una masa de flores; cada gruta fresca tenía su ninfa de mármol sonriendo tras un velo de pétalos, y cada fuente reflejaba rosas carmesíes, blancas o de un rosa pálido que se inclinaban para contemplar su propia belleza. Las rosas cubrían los muros de la casa, drapeaban las cornisas, trepaban por los pilares y corrían a sus anchas por la balaustrada de la amplia terraza, desde la cual se contemplaba el soleado mar Mediterráneo y la ciudad de blancos muros a la orilla.
—Esto parece un auténtico paraíso de luna de miel, ¿verdad? ¿Has visto alguna vez unas rosas así? —preguntó Amy, deteniéndose en la terraza para disfrutar de la vista y de una lujosa ráfaga de perfume que flotaba en el aire.
—No, ni he sentido semejantes espinas —replicó Laurie con el pulgar en la boca, tras un vano intento de atrapar una solitaria flor escarlata que crecía justo fuera de su alcance.
—Prueba más abajo y coge las que no tienen espinas —sugerencia de Amy, que recolectó tres de las diminutas rosas de color crema que tachonaban el muro a su espalda. Se las puso en el ojal a modo de ofrenda de paz, y él se quedó un instante contemplándolas con una expresión curiosa, pues en la vertiente italiana de su carácter albergaba un toque de superstición y se hallaba justo entonces en ese estado de melancolía agridulce en el que los jóvenes imaginativos hallan significado en las pequeñeces y alimento para el romance en todas partes. Había pensado en Jo al estirarse en busca de la espinosa rosa roja, pues las flores vivaces le sentaban bien y a menudo había lucido algunas así procedentes del invernadero de su hogar. Las rosas pálidas que Amy le había regalado eran de la clase que los italianos depositan en las manos de los muertos, jamás en coronas de bodas, y por un momento se preguntó si el augurio era para Jo o para él mismo, pero al instante siguiente su sentido común estadounidense se impuso al sentimentalismo y soltó una carcajada más sincera que cualquiera de las que Amy le hubiera escuchado desde su llegada.
—Es un buen consejo; harías mejor en seguirlo para salvar tus dedos —le aconsejó ella, creyendo que su parlamento lo había divertido.
—Gracias, así lo haré —contestó él en broma, y unos meses después lo cumplió de veras.
—Laurie, ¿cuándo piensas ir a ver a tu abuelo? —le inquirió al poco rato, acomodándose en un asiento rústico.
—Muy pronto.
—Ya has dicho eso una docena de veces en las últimas tres semanas.
—Es muy probable, las respuestas breves ahorran problemas.
—Él te espera, y de verdad deberías ir.
—¡Qué criatura tan hospitalaria! Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué no vas?
—Depravación natural, supongo.
—Indolencia natural, querrás decir. ¡Es verdaderamente espantoso! —y Amy puso cara de severidad.
—No es tan grave como parece, pues si fuera solo lograría molestarlo, así que bien puedo quedarme y molestarte un poco más a ti; lo soportas mucho mejor; de hecho, creo que te sienta de maravilla —y Laurie se acomodó para holgazanear en el ancho alféizar de la balaustrada.
Amy sacudió la cabeza y abrió su cuaderno de dibujo con aire de resignación, pero se había propuesto echarle una reprimenda a «aquel muchacho» y al cabo de un minuto volvió a la carga.
—¿Qué estás haciendo ahora mismo?
—Observar lagartijas.
—No, no. Me refiero a qué pretendes hacer y qué deseas.
—Fumar un cigarrillo, si me lo permites.
—¡Qué irritante eres! No apruebo los cigarros y solo te lo permitiré a condición de que me dejes dibujarte en mi boceto. Necesito una figura.
—Con todo el gusto del mundo. ¿Cómo me prefiere, de cuerpo entero o de tres cuartos, de cabeza o de pies? Sugiero respetuosamente una postura yacente, y luego colóquese usted también y llámelo «dolce far niente».
—Quédate como estás y ve a dormir si te apetece. Yo pienso trabajar duro —dijo Amy en su tono más enérgico.
—¡Qué entusiasmo tan delicioso! —Y él se recostó contra una urna alta con aire de completa satisfacción.
—¿Qué diría Jo si te viera ahora? —preguntó Amy con impaciencia, esperando animarle al mencionar el nombre de su hermana, aún más enérgica.
—Como de costumbre: «¡Vete, Teddy! ¡Estoy ocupada!». —Rió al hablar, pero la risa no era natural y una sombra cruzó por su rostro, pues la pronunciación de aquel nombre familiar tocó la herida que aún no había sanado. Tanto el tono como la sombra llamaron la atención de Amy, pues ya los había visto y oído antes, y ahora levantó la vista a tiempo de captar una nueva expresión en el rostro de Laurie: una mirada dura y amarga, llena de dolor, insatisfacción y arrepentimiento. Desapareció antes de que pudiera estudiarla y la expresión apática volvió a instalarse. Lo observó un momento con deleite artístico, pensando en lo mucho que se parecía a un italiano mientras yacía tomando el sol con la cabeza descubierta y los ojos llenos de ensoñación sureña, pues parecía haberse olvidado de ella y haber caído en un ensueño.
—Pareces la efigie de un joven caballero dormido en su tumba —dijo ella, trazando con cuidado el perfil bien cortado que destacaba contra la piedra oscura.
—¡Ojalá lo fuera!
—Ese es un deseo necio, a menos que hayas arruinado tu vida. Estás tan cambiado, que a veces pienso... —allí se detuvo Amy, con una mirada mitad tímida, mitad nostálgica, más significativa que su frase inacabada.
—Laurie vio y comprendió la afectuosa inquietud que ella dudaba en expresar y, mirándola directamente a los ojos, le dijo, tal como solía decirle a su madre: «Todo va bien, señora».
Eso la satisfizo y disipó las dudas que habían empezado a preocuparla últimamente. También la conmovió, y demostró que así era por el tono cordial con el que dijo...
—¡Me alegro de eso! No creía que hubieras sido un chico muy malo, pero imaginé que podrías haber malgastado dinero en ese malvado Baden-Baden, haber perdido el corazón por alguna encantadora francesa con marido, o haberte metido en alguno de los líos que los jóvenes parecen considerar una parte necesaria de un viaje por el extranjero. No te quedes ahí fuera al sol, ven a tumbarse en la hierba y «seamos amigos», como solía decir Jo cuando nos metíamos en el rincón del sofá y nos contábamos secretos.
Laurie se dejó caer obedientemente sobre el césped y comenzó a entretenerse clavando margaritas en las cintas del sombrero de Amy, que estaba allí.
—Estoy listo para los secretos. —Y alzó la vista con una clara expresión de interés en los ojos.
—No tengo ninguno que contar. Puedes empezar tú.
—No tengo ni uno con el que bendecirme. Pensé que quizá habrías tenido noticias de casa...
—Has oído todo lo que ha llegado últimamente. ¿No escriben a menudo? Imaginé que Jo te mandaría volúmenes.
Fin del Episodio 79 · de 96
El perezoso Laurence · I
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