Mujercitas·Episodio 74

El secreto de Beth

~11 min · 2221 palabras

Cuando Jo regresó a casa aquella primavera, le había impresionado el cambio operado en Beth. Nadie hablaba de ello ni parecía notarlo, pues se había producido de forma demasiado gradual como para alarmar a quienes la veían a diario; pero para unos ojos avivados por la ausencia, era de lo más evidente y un pesado fardo cayó sobre el corazón de Jo al ver el rostro de su hermana. No estaba más pálida ni apenas más delgada que en otoño, pero había en ella un aspecto extraño y transparente, como si lo mortal se fuera despojando lentamente y lo inmortal brillara a través de la frágil carne con una belleza indescriptible y patética. Jo lo vio y lo sintió, pero no dijo nada en aquel momento, y pronto la primera impresión perdió gran parte de su fuerza, pues Beth parecía feliz, nadie parecía dudar de que estaba mejor y al punto, entre otras preocupaciones, Jo olvidó por un tiempo su temor.

Pero cuando Laurie se hubo ido y reinó la paz de nuevo, la vaga ansiedad regresó y la atormentó. Había confesado sus pecados y había sido perdonada, pero cuando Jo le enseñó sus ahorros y le propuso un viaje a las montañas, Beth se lo había agradecido de corazón, mas le suplicó que no fueran tan lejos de casa. Otra pequeña visita a la orilla del mar le vendría mejor y, como no se pudo convencer a la abuela de que dejara a los bebés, Jo llevó a Beth a aquel lugar tranquilo, donde podía vivir mucho al aire libre y dejar que las frescas brisas marinas devolvieran un poco de color a sus pálidas mejillas.

No era un lugar de moda, pero incluso entre la gente agradable que allí se encontraba, las muchachas hicieron pocas amistades, prefiriendo vivir la una para la otra. Beth era demasiado tímida para disfrutar de la sociedad, y Jo estaba demasiado absorta en ella para importarle nadie más. De modo que lo eran todo la una para la otra, yendo y viniendo muy ajenas al interés que suscitaban en quienes las rodeaban, que observaban con ojos comprensivos a la hermana fuerte y a la débil, siempre juntas, como si sintieran instintivamente que una larga separación no estaba muy lejana.

Ellas sí que lo sentían, pero ninguna de las dos hablaba de ello, pues a menudo entre nosotros y nuestros seres más próximos y queridos existe una reserva que cuesta mucho vencer. Jo sentía como si un velo hubiera caído entre su corazón y el de Beth, pero cuando estiraba la mano para levantarlo, había algo sagrado en el silencio y esperaba a que Beth hablara. Se preguntaba, y también se alegraba, de que sus padres no parecieran ver lo que ella veía; y durante las semanas tranquilas en las que las sombras se hacían tan patentes para ella, no le dijo nada a los de casa, creyendo que se revelaría por sí mismo cuando Beth regresara sin haber mejorado. Se preguntaba aún más si su hermana adivinaba realmente la dura prueba y qué pensamientos cruzaban por su mente durante las largas horas en que yacía sobre las cálidas rocas con la cabeza en el regazo de Jo, mientras los vientos soplaban saludables sobre ella y el mar hacía música a sus pies.

Un día Beth se lo contó. Jo pensó que estaba dormida, pues yacía tan quieta que, bajando su libro, se quedó mirándola con ojos melancólicos, tratando de ver indicios de esperanza en el tenue color de las mejillas de Beth. Pero no pudo encontrar suficiente como para quedar satisfecha, pues las mejillas estaban muy delgadas y las manos parecían demasiado débiles para sostener siquiera las rosadas conchas que habían estado recolectando. Entonces comprendió con más amargura que nunca que Beth se iba alejando lentamente de ella, y sus brazos estrecharon instintivamente el tesoro más querido que poseía. Por un minuto sus ojos estuvieron demasiado empañados para ver, y cuando se aclararon, Beth la miraba con tanta ternura que apenas hizo falta que dijera: «Jo, querida, me alegro de que lo sepas. He intentado decírtelo, pero no he podido».

No hubo otra respuesta que la mejilla de su hermana apoyada contra la suya, ni siquiera lágrimas, pues cuando estaba más conmovida, Jo no lloraba. Ella era la más débil entonces, y Beth intentó consolarla y sostenerla, con los brazos alrededor de su cuello y las palabras reconfortantes que le susurraba al oído.

—Lo sé desde hace tiempo, querida, y ahora que estoy acostumbrada, no me resulta difícil de pensar ni de soportar. Intenta verlo así y no te preocupes por mí, porque es lo mejor, de verdad que lo es.

—¿Es esto lo que te ponía tan triste en otoño, Beth? No lo sentías entonces, ni te lo guardaste para ti tanto tiempo, ¿verdad? —preguntó Jo, negándose a ver o a decir que fuera lo mejor, pero alegrándose de saber que Laurie no tenía parte en la tribulación de Beth.

—Sí, entonces dejé de tener esperanza, pero no me gustaba reconocerlo. Intenté pensar que era un capricho enfermizo y no quise que preocupara a nadie. Pero cuando os veía a todas tan sanas y fuertes y llenas de planes felices, me costaba sentir que yo nunca podría ser como vosotras, y entonces fui muy desgraciada, Jo.

—¡Oh, Beth! ¿Y no me dijiste nada, no me dejaste consolarte y ayudarte? ¿Cómo pudiste excluirme, soportarlo todo sola?

La voz de Jo estaba llena de tierno reproche, y su corazón se dolía al pensar en la solitaria lucha que debió de librarse mientras Beth aprendía a decir adiós a la salud, al amor y a la vida, cargando su cruz con tanta alegría.

—Quizá estuvo mal, pero intenté hacer lo correcto. No estaba segura, nadie decía nada y esperaba equivocaros. Habría sido egoísta asustaros a todos cuando Marmee estaba tan preocupada por Meg, y Amy estaba fuera, y tú tan feliz con Laurie... al menos eso pensé entonces.

—Y yo creía que tú lo amabas, Beth, y me fui porque no podía —exclamó Jo, contenta de decir toda la verdad.

Beth pareció tan sorprendida ante tal idea que Jo sonrió a pesar de su dolor, y añadió suavemente—: ¿Entonces no era así, querida? Me temía que fuera eso y me imaginé tu pobrecito corazón lleno de penas de amor durante todo ese tiempo.

—Vaya, Jo, ¿cómo iba a hacerlo, si él te quería tanto a ti? —preguntó Beth con la inocencia de un niño—. Lo quiero de verdad. Es tan bueno conmigo, ¿cómo podría evitarlo? Pero él nunca podría ser para mí otra cosa que mi hermano. Ojalá lo sea de verdad algún día.

—No por mi mediación —dijo Jo con decisión—. Amy se queda para él, y harían una pareja excelente, pero ahora no tengo corazón para esas cosas. No me importa lo que sea de nadie excepto de ti, Beth. Tienes que curarte.

—¡Quiero hacerlo, oh, muchísimo! Lo intento, pero cada día pierdo un poco y me siento más segura de que nunca lo recuperaré. Es como la marea, Jo; cuando gira, va despacio, pero no se puede detener.

—Se detendrá, tu marea no debe girar tan pronto, diecinueve años es demasiado joven, Beth. No puedo dejar que te vayas. Trabajaré, rezaré y lucharé contra ello. Te retendré a pesar de todo. Tiene que haber modos, no puede ser demasiado tarde. Dios no será tan cruel como para arrancarte de mi lado —exclamó la pobre Jo con rebeldía, pues su espíritu era mucho menos piadoso y sumiso que el de Beth.

Las personas sencillas y sinceras rara vez hablan mucho de su piedad. Se manifiesta en actos más que en palabras, y tiene más influencia que las homilías o las protestas. Beth no podía razonar ni explicar la fe que le daba valor y paciencia para renunciar a la vida y esperar alegremente la muerte. Como una niña confiada, no hacía preguntas, sino que lo dejaba todo en manos de Dios y de la naturaleza, Padre y Madre de todos nosotros, con la seguridad de que ellos, y solo ellos, podían enseñar y fortalecer el corazón y el espíritu para esta vida y la venidera. No reprendía a Jo con discursos de santa, sino que la amaba más por su afecto apasionado y se aferraba con más fuerza a ese querido amor humano del que nuestro Padre nunca pretende que nos destetemos, sino a través del cual nos atrae más hacia sí misma. No podía decir: «Me alegro de irme», porque la vida era muy dulce para ella. Solo podía sollozar: «Intento estar conforme», mientras se aferraba con fuerza a Jo, al tiempo que la primera ola amarga de esta gran tristeza rompía sobre ambas.

Al poco rato, Beth dijo con serenidad recuperada: —¿Se lo dirás a ellos cuando volvamos a casa?

—Creo que lo verán sin necesidad de palabras —suspiró Jo, pues ahora le parecía que Beth cambiaba cada día.

—Tal vez no. He oído decir que las personas que más quieren suelen ser las más ciegas a esas cosas. Si no lo ven, se lo dirás tú de mi parte. No quiero secretos, y es más bondadoso prepararlos. Meg tiene a John y a los bebés para que la consuelen, pero tú debes apoyar a papá y a mamá, ¿verdad, Jo?

—Si puedo. Pero, Beth, todavía no me rindo. Voy a creer que es una fantasía de enferma y no voy a dejar que pienses que es verdad —dijo Jo, intentando hablar con alegría.

Beth se quedó un minuto pensando y luego dijo a su manera tranquila: —No sé cómo expresarme, y no intentaría hacerlo con nadie más que contigo, porque no puedo hablar abiertamente sino con mi Jo. Solo quiero decir que tengo la corazonada de que nunca se pretendió que yo viviera mucho tiempo. No soy como las demás. Hice planes sobre lo que haría cuando fuera mayor. Nunca pensé en casarme, como hicisteis todas. No me parecía capaz de imaginarme siendo otra cosa que la tonta de la pequeña Beth, correteando por casa, sin servir para nada más que para eso. Nunca quise marcharme, y lo más difícil ahora es dejaros a todas. No tengo miedo, pero me parece que sentiría morriña de vosotras incluso en el cielo.

Jo no pudo hablar, y durante varios minutos no se oyó más sonido que el susurro del viento y el chapoteo de la marea. Una gaviota de alas blancas pasó volando, con un destello de sol en su pecho plateado. Beth la miró hasta que desapareció, y sus ojos se llenaron de tristeza. Un pequeño correlipes de abrigo gris pasó tiritando por la playa, piando suavemente para sus adentros, como si disfrutara del sol y del mar. Se acercó bastante a Beth, la miró con ojo amigo y se sentó sobre una piedra templada, arreglándose las plumas mojadas, como en su propia casa. Beth sonrió y se sintió consolada, pues el diminuto ser parecía ofrecerle su pequeña amistad y recordarle que aún quedaba por disfrutar un mundo agradable.

—¡Pajarito querido! Mira, Jo, qué manso es. Me gustan más los correlipes que las gaviotas. No son tan salvajes ni tan hermosos, pero parecen criaturas felices y confiadas. El verano pasado solía llamarlos mis pájaros, y mamá dijo que le recordaban a mí: criaturas trabajadoras, de color cuáquero, siempre cerca de la orilla y siempre canturreando esa pequeña canción tan contenta. Tú eres la gaviota, Jo, fuerte y salvaje, a la que le gustan la tormenta y el viento, que vuela mar adentro y es feliz completamente sola. Meg es la tórtola, y Amy es como la alondra de la que escribe, que intenta subir entre las nubes, pero siempre vuelve a caer en su nido. ¡Niña querida! Es tan ambiciosa, pero su corazón es bueno y tierno, y por muy alto que vuele, nunca olvidará su hogar. Espero volver a verla, pero me parece tan lejana.

—Ella viene en primavera, y quiero que estés preparada para verla y disfrutar de ella. Para entonces haré que estés sana y sonrosada —comenzó diciendo Jo, al sentir que, de todos los cambios operados en Beth, el de la charla era el mayor, pues ahora parecía no costarle ningún esfuerzo y pensaba en voz alta de un modo muy distinto a la tímida Beth.

—Jo, querida, no abrigues más esperanzas. De nada servirá. Estoy segura de ello. No vamos a estar desgraciadas, sino a disfrutar de estar juntas mientras esperamos. Lo pasaremos muy bien, porque no sufro mucho, y creo que la marea bajará con tranquilidad si me ayudas.

Jo se inclinó para besar aquel rostro tranquilo y, con aquel beso silencioso, se entregó en cuerpo y alma a Beth.

Tenía razón. No hizo falta ninguna palabra al llegar a casa, pues papá y mamá vieron claramente ahora aquello de cuya visión habían rezado para librarse. Cansada por su corto viaje, Beth se fue a la cama de inmediato, expresando lo contenta que estaba de estar en casa, y cuando Jo bajó, descubrió que se ahorraría la dura tarea de revelar el secreto de Beth. Su padre estaba de pie con la cabeza apoyada en la repisa de la chimenea y no se volvió cuando ella entró, pero su madre le tendió los brazos como pidiendo ayuda, y Jo fue a consolarla sin decir una palabra.

Fin del Episodio 74 · de 96

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