Pena de corazón · I
~12 min · 2304 palabras
Cualquiera que hubiese sido su motivo, Laurie estudió con ahínco ese año, pues se graduó con honores y pronunció la oración en latín con la gracia de un Phillips y la elocuencia de un Demóstenes, según decían sus amigos. Estaban todos allí, su abuelo —oh, tan orgulloso—, el señor y la señora March, John y Meg, Jo y Beth, y todos se regocijaban por él con la sincera admiración que los muchachos menosprecian en el momento, pero que luego no logran arrancarle al mundo con ningún triunfo posterior.
—Tengo que quedarme a esta maldita cena, pero estaré en casa temprano mañana. ¿Vendrán a recibirme como de costumbre, chicas? —dijo Laurie, mientras ayudaba a las hermanas a subir al coche una vez terminadas las alegrías del día. Dijo «chicas», pero se refería a Jo, pues ella era la única que mantenía la vieja costumbre. No tuvo el valor de negarle nada a su espléndido y triunfante muchacho, y respondió efusiva...
—Iré, Teddy, llueva o truene, y marcharé delante de ti tocando «Llega el héroe victorioso» en un arpa de boca.
Laurie le agradeció con una mirada que le hizo pensar en un repentino pánico: «¡Ay, Dios mío! Sé que va a decir algo, ¿y qué voy a hacer entonces?»
La meditación vespertina y el trabajo matutino calmaron un poco sus temores, y tras decidir que no iba a ser tan vanidosa como para pensar que la gente iba a proponerle matrimonio cuando les había dado sobradas razones para saber cuál sería su respuesta, partió a la hora fijada, esperando que Teddy no hiciera nada que la obligara a herir sus pobres sentimientos. Una visita a casa de Meg, y un sorbo y un aroma reconfortantes en la botica, la fortificaron aún más para el cara a cara, pero al ver una figura robusta que se perfilaba a lo distancia, sintió un fuerte deseo de dar media vuelta y huir.
—¿Dónde está el arpa de boca, Jo? —clamó Laurie, tan pronto como estuvo a distancia de voz.
—Se me olvidó. —Y Jo cobró ánimos de nuevo, pues aquel saludo no podía calificarse de amante.
Siempre solía tomar su brazo en esas ocasiones, pero ahora no lo hizo, y él no se quejó, lo cual era un mal signo, sino que siguió hablando rápidamente sobre toda clase de temas lejanos, hasta que se desviaron del camino hacia el pequeño sendero que conducía a casa a través del bosquecillo. Entonces él caminó más despacio, de repente perdió su gran fluidez verbal y de vez en cuando se producía una pausa espantosa. Para rescatar la conversación de uno de los pozos de silencio en los que no dejaba de caer, Jo dijo a la carrera: —¡Ahora debes de tener unas buenas y largas vacaciones!
—Tengo la intención de hacerlo.
Algo en su tono resuelto hizo que Jo levantara la vista rápidamente y lo encontrara mirándola con una expresión que le aseguró que el temido momento había llegado, y la hizo extender la mano con un ruego: —No, Teddy. ¡Por favor, no!
—Lo haré, y tienes que escucharme. No sirve de nada, Jo, tenemos que aclararlo, y cuanto antes, mejor para los dos —respondió él, ruborizándose y agitándose de golpe.
—Di lo que quieras entonces. Te escucharé —dijo Jo, con una paciencia desesperada.
Laurie era un amante joven, pero hablaba en serio y estaba decidido a «aclararlo todo» aunque muriera en el intento, así que se metió de lleno en el tema con su característica impetuosidad, diciendo con una voz que se le atragantaba de vez en cuando, a pesar de sus denodados esfuerzos por mantenerla firme...
—Te he amado desde que te conozco, Jo, no he podido evitarlo, has sido muy buena conmigo. He intentado demostrarlo, pero no me has dejado. Ahora voy a hacer que me escuches y me des una respuesta, porque no puedo seguir así ni un minuto más.
—Quería ahorrarte esto. Pensé que lo entenderías...
—Sé que lo pensaste, pero las chicas son tan extrañas que una nunca sabe lo que quieren decir. Dicen que no cuando quieren decir que sí, y vuelven a un hombre loco solo por diversión —replicó Laurie, atrincherándose tras un hecho innegable.
—Yo no. Nunca quise hacer que te encariñaras conmigo así, y me fui para evitarlo si podía.
—Eso pensé. Fue muy propio de ti, pero no sirvió de nada. Solo te amé aún más, y trabajé duro para complacerte, y dejé el billar y todo lo que no te gustaba, y esperé sin quejarme nunca, porque esperaba que me amaras, aunque no soy ni la mitad de bueno... —Aquí se le hizo un nudo en la garganta que no pudo controlar, así que se dedicó a decapitar margaritas mientras se aclaraba la «maldita voz».
—Tú, tú sí, eres muchísimo mejor de lo que merezco, y te estoy tan agradecida, y te tengo tanto orgullo y cariño, que no sé por qué no puedo amarte como tú quieres. Lo he intentado, pero no puedo cambiar este sentimiento, y sería una mentira decir que lo hago cuando no es así.
—¿De verdad, de verdad, Jo?
Se detuvo en seco y le agarró ambas manos al hacer su pregunta con una mirada que ella no olvidó pronto.
—De verdad, de verdad, querido.
Estaban ya en el bosquecillo, junto al estilo, y cuando las últimas palabras cayeron a regañadientes de los labios de Jo, Laurie le soltó las manos y se dio la vuelta como para seguir andando, pero por una vez en su vida la cerca pudo más que él. Así que simplemente apoyó la cabeza en el poste musgoso y se quedó tan quieto que Jo se asustó.
—¡Ay, Teddy, lo siento, lo siento tanto que me mataría si sirviera de algo! Ojalá no te lo tomaras tan a pecho, no puedo evitarlo. Ya sabes que es imposible que la gente se obligue a amar a otros si no lo siente —clamó Jo, de forma poco elegante pero arrepentida, mientras le daba suaves palmadas en el hombro, recordando el tiempo en que él la había consolado hacía tanto.
—A veces lo hacen —dijo una voz ahogada desde el poste—. No creo que sea el tipo de amor correcto, y prefiero no intentarlo —fue la tajante respuesta.
Hubo una larga pausa, mientras un mirlo cantaba alegremente en el sauce junto al río y la hierba alta crujía con el viento. Al cabo de un momento, Jo dijo con mucha sensatez, sentada en el peldaño del estilo: —Laurie, quiero decirte algo.
Él dio un salto como si le hubieran disparado, levantó la cabeza y exclamó con tono feroz: —¡No me digas eso, Jo, no puedo soportarlo ahora!
—¿Decir qué? —preguntó ella, extrañada por su violencia.
—Que amas a ese viejo.
—¿Qué viejo? —inquirió Jo, pensando que se refería a su abuelo.
—Ese maldito profesor del que siempre estabas escribiendo. Si dices que lo amas, sé que haré una locura; —y parecía dispuesto a cumplir su palabra, pues apretaba los puños con una chispa de ira en los ojos.
Jo quiso reírse, pero se contuvo y dijo con vehemencia, pues ella también empezaba a exaltarse con todo aquello: —¡No digas palabrotas, Teddy! No es viejo, ni nada malo, sino bueno y amable, y el mejor amigo que tengo, después de ti. Por favor, no te pongas furioso. Quiero ser amable, pero sé que me enojaré si insultas a mi profesor. ¡No tengo la menor idea de amarlo a él ni a nadie más!
—Pero lo harás dentro de un tiempo, ¿y qué será de mí entonces?
—Tú también amarás a otra persona, como un muchacho sensato, y olvidarás todo este mal trago.
—¡No puedo amar a nadie más, y nunca te olvidaré, Jo, nunca! ¡Nunca! —remató con un pisotón para enfatizar sus apasionadas palabras.
—¿Qué voy a hacer con él? —suspiró Jo, descubriendo que las emociones eran más ingobernables de lo que esperaba—. No has oído lo que quería decirte. Siéntate y escucha, porque de verdad quiero hacer lo correcto y hacerte feliz —dijo, esperando apaciguarlo con un poco de raciocinio, lo cual demostraba que no sabía nada del amor.
Al ver un rayo de esperanza en aquel último discurso, Laurie se tiró al césped a sus pies, apoyó el brazo en el peldaño inferior de la escalerilla y la miró con cara de expectación. Ahora bien, aquella postura no propiciaba la calma en el hablar ni la claridad de pensamiento por parte de Jo, pues ¿cómo iba a decirle cosas duras a su muchacho mientras él la miraba con ojos llenos de amor y anhelo, y con las pestañas aún mojadas por la gota o dos de amargura que la dureza del corazón de ella le había arrancado? Ella le apartó suavemente la cabeza mientras le acariciaba el cabello ondulado que se había dejado crecer por amor a ella —¡qué tierno era eso, desde luego!— y le dijo: —Estoy de acuerdo con mamá en que tú y yo no convenimos el uno para el otro, porque nuestro pronto carácter y nuestra fuerte voluntad probablemente nos harían muy desgraciados si fuéramos tan tontos como para... Jo se detuvo un poco en la última palabra, pero Laurie la pronunció con expresión arrobada.
—Casarnos... ¡no, no lo seríamos! Si me amaras, Jo, yo sería un santo redomado, porque tú podrías hacer de mí lo que quisieras.
—No, no puedo. Lo he intentado y he fracasado, y no voy a arriesgar nuestra felicidad en un experimento tan grave. No nos avenimos ni nos aveniremos nunca, así que seremos buenos amigos toda la vida, pero no vamos a cometer ninguna locura.
—Sí que la cometeremos si se presenta la ocasión —murmuró Laurie con rebeldía.
—Ahora sé razonable y mira el asunto con sensatez —suplicó Jo, casi al límite de su paciencia.
—No quiero ser razonable. No quiero mirar lo que llamas «con sensatez». Eso no me ayuda y solo lo hace más difícil. No creo que tengas corazón.
—Ojalá no lo tuviera.
Hubo un leve temblor en la voz de Jo y, tomándolo como un buen augurio, Laurie se volvió, poniendo en juego todas sus dotes de persuasión mientras decía, con el tono halagüeño que nunca antes había sido tan peligrosamente halagüeño: —¡No nos defraudes, querida! Todo el mundo lo espera. El abuelo se ha empeñado en ello, a los tuyos les gusta y yo no puedo tirar adelante sin ti. Di que sí y seamos felices. ¡Anda, di que sí!
Solo meses después comprendió Jo cómo había tenido la fuerza de ánimo para mantenerse firme en la resolución que había tomado cuando decidió que no amaba a su muchacho y que nunca lo haría. Fue muy difícil de hacer, pero lo hizo, sabiendo que demorarlo era a la vez inútil y cruel.
—No puedo decir «sí» de verdad, así que no lo diré en absoluto. Ya verás cómo tengo razón dentro de poco y me lo agradecerás... —comenzó solemnemente.
—¡Que me ahorquen si lo hago! —y Laurie saltó del césped, devorado por la indignación ante la mera idea.
—¡Pues sí que lo harás! —insistió Jo—. Te recuperarás de esto al cabo de un tiempo y encontrarás a alguna muchacha encantadora y refinada que te adorará y hará de excelente dueña para tu hermosa casa. Yo no. Soy desgarbada, torpe, rara y vieja, y te darías vergüenza de mí, y reñiríamos —no podemos evitarlo ni ahora, ya ves—, y a mí no me gustaría la alta sociedad y a ti sí, y odiarías mis garabatos, y yo no podría prescindir de ellos, y seríamos infelices, y desearíamos no haberlo hecho, y ¡todo sería horrible!
—¿Algo más? —preguntó Laurie, a quien le costaba escuchar pacientemente aquel arrebato profético.
—Nada más, salvo que no creo que me case nunca. Soy feliz tal como soy y quiero demasiado mi libertad como para tener prisa por cederla a ningún simple mortal.
—¡Eso no me lo creo! —interrumpió Laurie—. Ahora piensas así, pero llegará un momento en que te importará alguien, y lo amarás muchísimo, y vivirás y morirás por él. Sé que lo harás, es tu manera de ser, y yo tendré que quedarme al margen y verlo —y el desesperado amante arrojó el sombrero al suelo con un gesto que habría parecido cómico si su rostro no hubiera estado tan trágico.
—Sí, viviré y moriré por él, si alguna vez llega y me hace amarle a pesar de mí misma, ¡y tú tendrás que apañártelas como puedas! —exclamó Jo, perdiendo la paciencia con el pobre Teddy—. He hecho todo lo posible, pero tú no quieres ser razonable, y es egoísta por tu parte seguir insistiendo en lo que no puedo darte. Siempre te tendré cariño, muchísimo cariño, como a un amigo, pero nunca me casaré contigo, y cuanto antes te lo creas, mejor para los dos... ¡así que ya lo sabes!
Aquello fue como pólvora. Laurie la miró un minuto como si no supiera muy bien qué hacer consigo mismo, y luego se dio la vuelta bruscamente, diciendo con un tono desesperado: —Algún día te arrepentirás, Jo.
—¡Oh, dónde vas? —gritó ella, pues su rostro la asustó.
—¡Al diablo! —fue la consoladora respuesta.
Por un minuto el corazón de Jo se detuvo, mientras él se dejaba caer por la pendiente hacia el río; pero se necesita mucha insensatez, pecado o desgracia para empujar a un joven a una muerte violenta, y Laurie no era de los débiles que se dejan vencer por un solo revés. No tenía intención de protagonizar una inmersión melodramática, pero algún instinto ciego le llevó a arrojar el sombrero y la capa a la barca, y a remar con todas sus fuerzas, haciendo mejor tiempo río arriba que en ninguna regata. Jo dejó escapar un largo suspiro y abrió las manos al ver al pobre muchacho intentar dejar atrás la cuita que llevaba en el corazón.
Fin del Episodio 72 · de 96
Pena de corazón · I
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