Mujercitas·Episodio 69

Amigo · I

~12 min · 2358 palabras

Aunque muy feliz en el ambiente social que la rodeaba, y muy ocupada con el trabajo diario que se ganaba el pan y lo hacía más dulce por el esfuerzo, Jo todavía encontraba tiempo para las labores literarias. El propósito que ahora se apoderaba de ella era natural en una muchacha pobre y ambiciosa, pero los medios que empleaba para alcanzar su fin no eran los mejores. Veía que el dinero confería poder; por lo tanto, decidió tener dinero y poder, no para usarlo solo para sí misma, sino para aquellos a quienes amaba más que a la vida. El sueño de llenar el hogar de comodidades, darle a Beth todo lo que quisiera, desde fresas en invierno hasta un órgano en su dormitorio, ir ella misma al extranjero y tener siempre más que de sobra para poder entregarse al lujo de la caridad, había sido durante años el castillo en el aire más querido de Jo.

La experiencia del cuento premiado había parecido abrir un camino que podía, tras un largo viaje y mucho esfuerzo cuesta arriba, conducir a este delicioso castillo en España. Pero el desánimo repentino apagó su valor por un tiempo, pues la opinión pública es un gigante que ha asustado a Juanes de más coraje en tallos de habichuela más grandes que el suyo. Como aquel inmortal héroe, descansó un tiempo tras el primer intento, que resultó en una caída y en el menos hermoso de los tesoros del gigante, si mal no recuerdo. Pero el espíritu de «levantarse de nuevo y probar otra vez» era tan fuerte en Jo como en Juan, así que trepó por el lado oscuro esta vez y obtuvo más botín, pero por poco deja atrás lo que era mucho más valioso que las bolsas de dinero.

Se dio a escribir historias de misterio, pues en aquellas edades oscuras, incluso la todoperfecta América leía basura. A nadie le dijo nada, sino que urdió un «relato emocionante» y lo llevó audazmente ella misma al señor Dashwood, editor del Weekly Volcano. Nunca había leído Sartor Resartus, pero tenía el instinto femenino de que la ropa posee una influencia más poderosa sobre muchos que el valor del carácter o la magia de los modales. Así que se vistió con sus mejores galas y, tratando de persuadirse a sí misma de que no estaba ni emocionada ni nerviosa, subió valientemente dos tramos de escaleras oscuras y sucias para encontrarse en una habitación desordenada, una nube de humo de puros y la presencia de tres caballeros, sentados con los talones bastante más altos que sus sombreros, artículos de vestir que ninguno de ellos se molestó en quitarse a su aparición. Algo acobardada por este recibimiento, Jo dudó en el umbral, murmurando muy aturdida...

—Perdone, estaba buscando la oficina del Weekly Volcano. Deseaba ver al señor Dashwood.

Abajo cayeron los talones más altos, arriba se levantó el caballero más humeante y, acariciando cuidadosamente su puro entre los dedos, avanzó con un asentimiento y un rostro que no expresaba otra cosa que sueño. Sintiendo que tenía que salir del paso como fuera, Jo sacó su manuscrito y, sonrojándose cada vez más con cada frase, soltó fragmentos del pequeño discurso cuidadosamente preparado para la ocasión.

—Un amigo mío deseaba que le ofreciera... una historia... solo como un experimento... le gustaría saber su opinión... se alegraría de escribir más si esta le conviene.

Mientras ella se sonrojaba y soltaba su discurso, el señor Dashwood había tomado el manuscrito y pasaba las hojas con un par de dedos bastante sucios, lanzando miradas críticas de arriba abajo por las pulcras páginas.

—No es un primer intento, supongo —observó, al ver que las páginas estaban numeradas, escritas solo por una cara y sin atar con una cinta, claro signo de una novata.

—No, señor. Ella tiene cierta experiencia y ganó un premio por un cuento en el Blarneystone Banner.

—¿Ah, sí? —y el señor Dashwood le dio a Jo una rápida mirada que pareció tomar nota de todo lo que llevaba puesto, desde el lazo de su capota hasta los botones de sus botas—. Bueno, puedes dejarlo, si quieres. Tenemos más material de este tipo a mano del que sabemos qué hacer por ahora, pero le echaré un vistazo y te daré una respuesta la semana que viene.

Ahora bien, a Jo no le gustaba dejarlo, porque el señor Dashwood no le convenía en absoluto, pero, dadas las circunstancias, no le quedaba otra cosa que hacer que hacer una reverencia y alejarse, luciendo particularmente alta y digna, como solía hacer cuando se sentía irritada o abochornada. Justo entonces estaba ambas cosas, pues era perfectamente evidente por las miradas de complicidad intercambiadas entre los caballeros que su pequeña ficción de «mi amigo» se consideraba una buena broma, y una risa, producida por algún comentario inaudible del editor mientras cerraba la puerta, completó su desazón. Casi con la firme resolución de no volver jamás, se fue a casa y descargó su irritación cosiendo delantales con energía, y en una hora o dos estuvo lo suficientemente serena como para reírse de la escena y desear que llegara la semana siguiente.

Cuando fue de nuevo, el señor Dashwood estaba solo, de lo cual se alegró. El señor Dashwood estaba mucho más despierto que antes, lo cual era agradable, y el señor Dashwood no estaba tan profundamente absorso en un puro como para olvidar sus modales, por lo que la segunda entrevista fue mucho más cómoda que la primera.

—Publicaremos esto (los editores nunca dicen yo), si no te importa hacerle unas pocas alteraciones. Es demasiado largo, pero omitir los pasajes que he marcado hará que tenga la longitud justa —dijo en un tono profesional.

Jo apenas reconoció su propio manuscrito, tan arrugadas y subrayadas estaban sus páginas y párrafos, pero sintiendo lo que un tierno progenitor podría sentir al que le piden que le corte las piernas a su bebé para que quepa en una nueva cuna, miró los pasajes marcados y se sorprendió al descubrir que todas las reflexiones morales —que había puesto cuidadosamente como lastre para tanto romance— habían sido tachadas.

—Pero, señor, pensé que toda historia debería tener algún tipo de moraleja, así que me cuidé de que algunos de mis pecadores se arrepintieran.

La gravedad editorial del señor Dashwood se relajó en una sonrisa, pues Jo se había olvidado de su «amigo» y había hablado como solo un autor podía hacerlo.

—La gente quiere divertirse, no que le prediquen, ya sabes. Las moralejas no se venden hoy en día. —Lo cual no era del todo una afirmación correcta, por cierto.

—¿Cree que funcionará con estas modificaciones, entonces?

—Sí, es una trama nueva y bastante bien desarrollada; el lenguaje es bueno y todo eso —fue la afable respuesta del señor Dashwood.

—¿Qué... es decir, qué compensación... —comenzó Jo, sin saber muy bien cómo expresarse.

—Oh, sí, bueno, damos de veinticuatro a treinta por cosas de este tipo. Se paga cuando sale publicado —repuso el señor Dashwood, como si ese detalle se le hubiera escapado. Tales fruslerías se le escapan a la mente editorial, según se dice.

—Muy bien, puede quedarse con él —dijo Jo, devolviendo la historia con aire satisfecho, pues después del trabajo a dólar la columna, incluso veinticinco le parecía un buen pago.

—¿Le diré a mi amigo que aceptará otro si tiene uno mejor que este? —preguntó Jo, inconsciente de su pequeño desliz y envalentonada por su éxito.

—Bueno, ya lo miraremos. No puedo prometer que lo aceptemos. Dile que lo haga corto y picante, y que no se preocupe por la moraleja. ¿Qué nombre le gustaría ponerle a tu amigo? —preguntó en un tono despreocupado.

—Ninguno en absoluto, por favor; ella no desea que su nombre aparezca y no tiene ningún seudónimo —dijo Jo, sonrojándose a pesar suyo.

—Como quiera, por supuesto. El cuento saldrá la próxima semana. ¿Pasarás a buscar el dinero o te lo envío? —preguntó el señor Dashwood, que sentía un deseo natural de saber quién podría ser su nueva colaboradora.

—Pasaré a buscarlo. Buenos días, señor.

Al marcharse, el señor Dashwood levantó los pies con el gracioso comentario: «Pobre y orgullosa, como de costumbre, pero servirá».

Siguiendo las indicaciones del señor Dashwood y tomando a la señora Northbury como modelo, Jo se precipitó temerariamente en el espumoso mar de la literatura sensacionalista, pero gracias al salvavidas que le lanzó un amigo, salió a flote de nuevo no muy peor por su chapuzón.

Como la mayoría de los jóvenes escritores novatos, buscaba sus personajes y decorados en el extranjero, y bandidos, condes, gitanos, monjas y duques aparecían en su escenario, interpretando sus papeles con toda la precisión y el brío que cabía esperar. A sus lectores no les importaban demasiado menudencias como la gramática, la puntuación y la verosimilitud, y el señor Dashwood le permitía generosamente llenar sus columnas por el precio más bajo, sin creer necesario decirle que el verdadero motivo de su hospitalidad era el hecho de que uno de sus plumíferos, al ofrecerle un sueldo mayor, le había dejado miserablemente en la estacada.

Pronto se interesó por su trabajo, pues su enflaquecido monedero se engordaba, y el pequeño alijo que iba reuniendo para llevar a Beth a las montañas el próximo verano crecía lenta pero inexorablemente a medida que pasaban las semanas. Una sola cosa turbaba su satisfacción, y era que no decía nada en casa. Tenía el presentimiento de que el padre y la madre no lo aprobarían, y prefería actuar a su manera primero y pedir perdón después. Era fácil guardar el secreto, pues ningún nombre acompañaba a sus historias. El señor Dashwood, por supuesto, lo había descubierto muy pronto, pero prometió guardar silencio y, como una rareza, cumplió su palabra.

Pensaba que aquello no le haría ningún daño, pues su sincera intención era no escribir nada de lo que tuviera que avergonzarse, y acallaba todos los remordimientos de conciencia anticipando el feliz momento en que mostraría sus ganancias y se reiría de su bien guardado secreto.

Pero el señor Dashwood rechazaba cualquier cosa que no fueran relatos emocionantes, y como la emoción no podía producirse si no era desgarrando el alma de los lectores, la historia y el romance, la tierra y el mar, la ciencia y el arte, las crónicas policiales y los manicomios tenían que ser saqueados con tal fin. Jo pronto descubrió que su inocente experiencia apenas le había ofrecido unos breves destellos del mundo trágico que subyace a la sociedad, así que, viéndolo desde una perspectiva comercial, se dispuso a subsanar sus carencias con su energía característica. Ansiosa por hallar material para sus historias y empeñada en hacerlas originales en el argumento, si no magistrales en la ejecución, rebuscó en los periódicos accidentes, sucesos y crímenes. Despertó las sospechas de los bibliotecarios públicos al pedir obras sobre venenos. Estudió rostros en la calle y caracteres, buenos, malos y mediocres, a su alrededor. Escavó en el polvo de los tiempos antiguos en busca de hechos o ficciones tan antiguos que parecían nuevos, y se introdujo en la locura, el pecado y la miseria tanto como sus limitadas oportunidades se lo permitían. Creía que le iba de maravilla, pero sin saberlo empezaba a profanar algunos de los atributos más femeninos del carácter de una mujer. Vivía en mala compañía y, por muy imaginaria que fuera, su influencia la afectaba, pues alimentaba el corazón y la fantasía con un alimento peligroso e inconsistente, y estaba despojando con rapidez a su naturaleza de su inocente lozanía mediante un conocimiento prematuro del lado más oscuro de la vida, que a todos nos llega bastante pronto.

Empezaba a sentirlo más que a verlo, pues describir con tanta frecuencia las pasiones y sentimientos ajenos la llevó a estudiar y especular sobre los suyos propios, una afición enfermiza en la que las mentes jóvenes y sanas no se entretienen por voluntad propia. El obrar mal siempre trae su propio castigo, y cuando Jo más necesitaba el suyo, lo recibió.

No sé si el estudio de Shakespeare la ayudó a leer el carácter, o el instinto natural de una mujer hacia lo que es honesto, valiente y fuerte, pero mientras dotaba a sus héroes imaginarios de toda perfección bajo el sol, Jo estaba descubriendo a un héroe de carne y hueso que le interesaba a pesar de muchas imperfecciones humanas. El señor Bhaer, en una de sus conversaciones, le había aconsejado que estudiara los caracteres sencillos, veraces y encantadores, dondequiera que los encontrara, como un buen entrenamiento para una escritora. Jo tomó su palabra al pie de la letra, pues con toda la frescura se dio la vuelta y se puso a estudiarlo a él —un procedimiento que le habría sorprendido mucho a él de haberlo sabido, pues el digno profesor era muy modesto en su fuero interno—.

Lo que al principio desconcertaba a Jo era por qué le gustaba a todo el mundo. No era rico ni grande, ni joven ni apuesto, ni en ningún aspecto lo que se llama fascinante, imponente o brillante; y, sin embargo, resultaba tan atrayente como un fuego benévolo, y la gente parecía reunirse a su alrededor con tanta naturalidad como en torno a un hogar cálido. Era pobre, pero siempre parecía estar regalando algo; era un extraño, y sin embargo todo el mundo era su amigo; ya no era joven, pero tenía el corazón tan alegre como un muchacho; era sencillo y peculiar, y no obstante su rostro le parecía hermoso a muchos, y sus excentricidades se le perdonaban con generosidad por su bien. Jo lo observaba a menudo, intentando descubrir el encanto, y al fin decidió que era la benevolencia la que obraba el milagro. Si tenía alguna pena, «escondía la cabeza bajo el ala», y solo mostraba su lado soleado al mundo. Había líneas en su frente, pero el tiempo parecía haberlo tocado con suavidad, recordando lo bueno que era con los demás. Las agradables curvas alrededor de su boca eran el testimonio de muchas palabras amistosas y risas alegres, sus ojos nunca eran fríos ni duros, y su gran mano tenía una apretón cálido y fuerte que resultaba más expresivo que las palabras.

Fin del Episodio 69 · de 96

Amigo · I

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