Nuestro corresponsal en el extranjero · I
~12 min · 2375 palabras
Londres
Queridísima gente: Aquí estoy de verdad sentada ante una ventana que da al frente en el Bath Hotel, en Piccadilly. No es un lugar muy elegante, pero el tío se hospedó aquí hace años y no quiere ir a ninguna parte más. De todos modos, no pensamos quedarnos mucho tiempo, así que no tiene mayor importancia. ¡Ay, no puedo empezar a contarles cuánto lo disfruto todo! Nunca podría, así que solo les daré fragmentos de mi cuaderno de notas, porque no he hecho otra cosa que dibujar y garabatear desde que partí.
Mandé unas líneas desde Halifax, cuando me sentía bastante desgraciada, pero después de eso avancé encantada, rara vez enferma, en cubierta todo el día, con montones de gente agradable para entretenerme. Todo el mundo fue muy amable conmigo, especialmente los oficiales. No se rían, Jo, los caballeros son en verdad muy necesarios a bordo para sostenerse o para atender a una, y como no tienen nada que hacer, es una bendición hacerlos útiles; de otro modo temo que fumarían hasta morir.
La tía y Flo se sintieron mal todo el trayecto y preferían que las dejaran en paz, así que, cuando hube hecho lo que pude por ellas, me fui a disfrutar. ¡Qué paseos por cubierta, qué puestas de sol, qué aire y olas tan espléndidos! Era casi tan emocionante como montar un caballo veloz cuando avanzábamos con tanta grandiosidad. Ojalá Beth hubiera podido venir, le habría hecho muchísimo bien. En cuanto a Jo, habría subido a sentarse en el foque del mastelero mayor o como se llame esa cosa alta, se habría hecho amiga de los maquinistas y habría tocado la bocina del capitán, ¡habría estado en un estado de éxtasis total!
Todo fue celestial, pero me alegré de ver la costa irlandesa y la encontré muy hermosa, tan verde y soleada, con cabañas marrones aquí y allá, ruinas en algunas de las colinas y casas de campo de caballeros en los valles, con ciervos pastando en los parques. Era temprano por la mañana, pero no me arrepentí de levantarme para verla, pues la bahía estaba llena de botecitos, la orilla muy pintoresca y un cielo rosado sobre nuestras cabezas. Nunca lo olvidaré.
En Queenstown uno de mis nuevos conocidos nos dejó, el señor Lennox, y cuando mencioné algo sobre los lagos de Killarney, suspiró y cantó, mirándome...
—Oh, ¿has oído hablar de Kate Kearney? Ella vive a la orilla de Killarney; de la mirada de su ojo, huye del peligro y vuela, pues fatal es la mirada de Kate Kearney.
¿No fue eso una tontería?
Solo nos detuvimos en Liverpool unas pocas horas. Es un lugar sucio y ruidoso, y me alegré de marcharme. El tío salió corroyendo a comprar un par de guantes de piel de perro, unos zapatos gruesos y feos, y un paraguas, y lo primero que hizo fue afeitarse a la costilla de cordero. Luego se vanaglorió de parecer un auténtico británico, pero a la primera vez que mandó a limpiar el barro de sus zapatos, el pequeño limpiabotas supo que un americano los calzaba y le dijo con una sonrisa: «Ahí tiene su pelo, señor. Les he dado el último brillo yankee». Al tío le divirtió muchísimo. ¡Ay, debo contarles lo que hizo ese absurdo Lennox! Hizo que su amigo Ward, que vino con nosotros, me encargara un ramo, y lo primero que vi en mi habitación fue uno precioso, con la tarjeta que decía: «Con los cumplidos de Robert Lennox». ¿No fue divertido, chicas? Me gusta viajar.
Nunca llegaré a Londres si no me doy prisa. El viaje fue como cabalgar por una larga galería de cuadros, llena de hermosos paisajes. Las granjas eran mi delicia, con techos de paja, hiedra hasta los aleros, ventanas enrejadas y mujeres fornidas con niños rosados en las puertas. Hasta el ganado parecía más tranquilo que el nuestro, mientras se paraba hasta las rodillas en el trébol, y las gallinas emitían un cacareo satisfecho, como si nunca se pusieran nerviosas como las gallinas yankees. Nunca vi un color tan perfecto; el pasto tan verde, el cielo tan azul, el grano tan amarillo, los bosques tan oscuros, estuve extasiada todo el camino. Flo también, y no parábamos de rebotar de un lado a otro intentando verlo todo mientras volábamos a razón de sesenta millas por hora. La tía estaba cansada y se durmió, pero el tío leía su guía de viajes y no quería sorprenderse por nada. Así es como procedíamos. Amy, volando hacia arriba: «¡Ay, ese debe ser Kenilworth, ese lugar gris entre los árboles!». Flo, precipitándose a mi ventana: «¡Qué encanto! Tenemos que ir ahí alguna vez, ¿verdad, papá?». El tío, admirando calmosamente sus botas: «No, querida, a menos que quieras cerveza, eso es una cervecería».
Una pausa; luego Flo exclamó: «¡Válgame Dios, ahí hay una horca y un hombre subiendo!». «¿Dónde, dónde?», chilla Amy, mirando fijamente dos postes altos con un travesaño y unas cadenas colgantes. «Una mina de carbón», observa el tío, con un parpadeo en los ojos. «Aquí hay un rebaño precioso de corderos tumbados», dice Amy. «Mira, papá, ¿no son bonitos?», añadió Flo con sentimentalismo. «Gansos, señoritas», replica el tío en un tono que nos mantiene calladas hasta que Flo se acomoda para disfrutar de Las coqueterías del capitán Cavendish, y me quedo con el paisaje para mí sola.
Por supuesto que llovía cuando llegamos a Londres, y no se veía nada más que niebla y paraguas. Descansamos, desempacamos y compramos un poco entre chaparrón y chaparrón. La tía Mary me consiguió cosas nuevas, pues salí con tanta prisa que no estaba ni a mitad de lista. Un sombrero blanco y pluma azul, un vestido de muselina a juego y el mantón más encantador que jamás hayan visto. Comprar en Regent Street es sencillamente espléndido. Las cosas parecen muy baratas, bonitos cintas a solo seis peniques la yarda. Me aprovisioné de reservas, pero compraré mis guantes en París. ¿No suena eso como algo elegante y rico?
Flo y yo, por pura diversión, pedimos un coche de dos ruedas mientras la tía y el tío estaban fuera, y fuimos a dar una vuelta, aunque luego nos enteramos de que no estaba bien visto que las jóvenes viajaran solas en ellos. ¡Fue tan cómico! Porque, cuando nos encerraron con el faldón de madera, el cochero condujo tan deprisa que Flo se asustó y me dijo que lo parara, pero él iba arriba y atrás en alguna parte, y yo no podía alcanzarlo. No oyó mis gritos ni vio que agitaba mi sombrilla por delante, y allí íbamos, totalmente desvalidas, traqueteando y dando vueltas a las esquinas a una velocidad vertiginosa. Al fin, en mi desesperación, vi una puertecita en el techo y, al abrirla a empujones, apareció un ojo rojo y una voz aguardentosa dijo...
—¿Ahora qué, señora?
Di mi orden lo más sobriamente que pude y, al cerrar de golpe la puerta con un «Entendido, señora», el hombre hizo caminar a su caballo como si fuera a un entierro. Volví a empujar y dije: «Un poco más rápido», y entonces salió a toda prisa, a trochemoche como antes, y nos resignamos a nuestro destino.
Hoy hizo buen día, y fuimos a Hyde Park, que está muy cerca, pues somos más aristocráticos de lo que parecemos. El duque de Devonshire vive cerca. A menudo veo a sus lacayos holgazaneando en la puerta trasera, y la casa del duque de Wellington no queda lejos. ¡Qué espectáculos vi, querida! Fue mejor que un espectáculo de títeres, porque había ricas viudas de alta sociedad rodando por ahí en sus carrozas rojas y amarillas, con espléndidos criados con medias de seda y abrigos de terciopelo atrás, y cocheros empolvados adelante. Doncellas elegantes, con los niños más sonrosados que jamás he visto, chicas hermosas, con cara de medio dormidas, elegantes petimetres con extraños sombreros ingleses y guantes de cabritilla color lavanda holgazaneando por ahí, y soldados altos, con chaquetillas rojas cortas y gorros planos de lado, con un aspecto tan divertido que me daban ganas de dibujarlos.
Rotten Row significa «Route de Roi» o el camino del rey, pero ahora se parece más a una escuela de equitación que a otra cosa. Los caballos son espléndidos y los hombres, especialmente los mozos de cuadra, montan bien, pero las mujeres van rígidas y dan botes, lo cual no está de acuerdo con nuestras reglas. Me moría de ganas de enseñarles un galope americano desenfrenado, porque trotaban solemne arriba y abajo, con sus hábitos escuetos y sombreros altos, pareciendo las mujeres del Arca de Noé de un juguete. Todo el mundo cabalga —ancianos, señoras corpulintas, niños pequeños— y la gente joven coquetea un montón aquí; vi a una pareja intercambiar capullos de rosa, porque se lleva eso de llevar uno en el ojal, y me pareció una idea bastante bonita.
Por la tarde a la Abadía de Westminster, pero no esperes que la describa, eso es imposible, ¡así que solo diré que fue sublime! Esta noche vamos a ver a Fechter, lo cual será un final apropiado para el día más feliz de mi vida.
Es muy tarde, pero no puedo dejar que mi carta se vaya por la mañana sin contarte lo que pasó anoche. ¿Quién crees que entró mientras tomábamos el té? ¡Los amigos ingleses de Laurie, Fred y Frank Vaughn! Me sorprendió tanto, pues no los habría conocido de no ser por las tarjetas. Ambos son muchachos altos con patillas; Fred, apuesto al estilo inglés, y Frank mucho mejor, pues solo cojea levemente y no usa muletas. Se habían enterado por Laurie de dónde íbamos a estar y vinieron a invitarnos a su casa, pero el tío no quiere ir, así que les devolveremos la visita y los veremos como podamos. Fueron al teatro con nosotros y nos lo pasamos tan bien, pues Frank se dedicó por entero a Flo, y Fred y yo charlamos sobre diversiones pasadas, presentes y futuras como si nos hubiéramos conocido toda la vida. Dile a Beth que Frank preguntó por ella y sintió enterarse de su mala salud. Fred se rio cuando hablé de Jo y envió sus «respetuosos cumplidos al sombrero grande». Ninguno de los dos había olvidado el Campamento Laurence ni la diversión que tuvimos allí. Qué hace siglos parece, ¿verdad?
La tía está dando golpecitos en la pared por tercera vez, así que tengo que parar. De verdad me siento como una gran dama disipada de Londres, escribiendo aquí tan tarde, con mi habitación llena de cosas bonitas y mi cabeza hecha un revoltijo de parques, teatros, vestidos nuevos y criaturas galantes que dicen «¡Ah!» y se retuercen los bigotes rubios con auténtica hidalguía inglesa. Deseo veros a todos y, a pesar de mis tonterías, soy, como siempre, vuestra afectísima...
AMY
PARÍS
Queridas niñas:
En mi última os conté nuestra visita a Londres, lo amables que fueron los Vaughn y las fiestas tan agradables que nos organizaron. Disfruté de las excursiones a Hampton Court y al Museo de Kensington más que de cualquier otra cosa, porque en Hampton vi los cartones de Rafael y, en el museo, salas llenas de cuadros de Turner, Lawrence, Reynolds, Hogarth y las otras grandes criaturas. El día en Richmond Park fue encantador, pues tuvimos un pícnic típicamente inglés y tuve más robles espléndidos y grupos de ciervos de los que podía copiar, además oí un ruiseñor y vi subir a las alondras. «Hicimos» Londres a más no poder, gracias a Fred y Frank, y nos dio pena marcharnos, porque, aunque los ingleses tardan en acoger te, una vez que se deciden a hacerlo, creo que no hay quien les gane en hospitalidad. Los Vaughn esperan encontrarse con nosotros en Roma el próximo invierno, y me decepcionaré terriblemente si no lo hacen, porque Grace y yo somos grandes amigas y los chicos son muy majos, especialmente Fred.
Bueno, apenas nos habíamos instalado aquí cuando volvió a aparecer, diciendo que había venido a pasar unas vacaciones y que iba a Suiza. La tía puso cara seria al principio, pero él se lo tomó con tanta calma que no pudo decir palabra. Y ahora nos llevamos muy bien y nos alegramos mucho de que haya venido, porque habla francés como un nativo y no sé qué haríamos sin él. El tío no sabe diez palabras e insiste en hablar inglés muy alto, como si eso fuera a hacer que la gente lo entienda. La pronunciación de la tía es anticuada, y Flo y yo, aunque nos halagábamos pensando que sabíamos bastante, vemos que no, y estamos muy agradecidas de que Fred haga el «parley vooing», como lo llama el tío.
¡Qué momentos tan deliciosos estamos pasando! Visitando monumentos desde la mañana hasta la noche, parando para comer algo rico en los alegres cafés y encontrándonos con todo tipo de aventuras divertidas. Los días de lluvia los paso en el Louvre, deleitándome con los cuadros. Jo torcería su nariz traviesa ante algunos de los mejores, porque no tiene alma para el arte, pero yo sí, y estoy cultivando el ojo y el gusto tan rápido como puedo. A ella le gustarían más las reliquias de los grandes hombres, pues he visto el sombrero bicorne y el abrigo gris de Napoleón, la cuna de su infancia y su viejo cepillo de dientes, así como el zapatito de María Antonieta, el anillo de San Denís, la espada de Carlomagno y muchas otras cosas interesantes. Hablaré durante horas sobre ellas cuando vaya, pero no tengo tiempo para escribir.
El Palais Royale es un lugar celestial, tan lleno de bijouterie y cosas encantadoras que estoy casi desesperada por no poder comprarlas. Fred quería comprarme algunas, pero por supuesto no se lo permití. Luego, el Bois y los Campos Elíseos son tres magnifique. He visto a la familia imperial varias veces, el emperador un hombre feo y de aspecto duro, la emperatriz pálida y bonita, pero vestida con mal gusto, según pensé: vestido púrpura, sombrero verde y guantes amarillos. El pequeño Nap es un muchacho apuesto, que se sienta a charlar con su tutor y besa su mano a la gente mientras pasa en su landó de cuatro caballos, con postillones con chaquetas de satén rojo y una guardia montada delante y detrás.
Fin del Episodio 62 · de 96
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